Ser mujer en el siglo XXI

Algunas teorías explican que los machos de las especies son más fuertes, ágiles y vistosos, para que de dicha forma resulten más atrayentes a los depredadores. Así se las ingenió la naturaleza para preservar a las hembras, y su importante papel reproductivo.
Siguiendo esa lógica y trasladándola a los humanos, podría pensarse que los hombres deben proteger a la mujer y mantenerla en el lugar de privilegio que la madre natura le asignó. Nada más lejos de la verdad, y no se entiendan estas líneas como una cruzada feminista que acusa a todos los varones de “neardenthales postmodernos”; pues aunque alguno queda por ahí, la discriminación actual de las féminas no constituye una cuestión individual, sino el producto de convenciones sociales profundamente arraigadas.
Desde que la sociedad patriarcal se impuso, para la mujer comenzó una historia de siglos de dominación. Aunque en cada región este fenómeno se expresó de maneras diferentes, en buena medida fueron comunes la precariedad en los niveles de instrucción, el no reconocimiento de sus derechos reproductivos, el irrespeto a su sexualidad y la no inclusión en la vida política.
Si bien estamos en el siglo XXI, la época de Internet, de las nanotecnologías y de los estudios de clonación, muchos de estos flagelos se mantienen y existen otros peores. A pesar de la lucha de las mujeres por su derecho al sufragio, a estudiar carreras universitarias y ejercerlas en igualdad de condiciones, y a decidir sobre su cuerpo; ser parte de lo que algunos llaman el ” sexo débil” es aún, por increíble que parezca, un reto.
Todavía en algunas naciones se realiza la ablación del clítoris a niñas y adolescentes con el objetivo de privarlas en el futuro del placer sexual y asegurar así, la completa fidelidad a los maridos. En otras regiones las mujeres que se presuma hayan sido infieles son apedreadas hasta morir, sin que la ley condene a sus asesinos. Y qué decir sobre las violaciones, cuando muchos afirman que es culpa de ellas por “andar provocando”, o de los asesinatos de bebes niñas por considerarlas una carga, de las ventas por parte de la familia o de las esclavas sexuales…
Estos son hechos bárbaros, pero hay otros más sutiles obviados por la sociedad, como la diferencia de salario entre un hombre y una mujer que ocupan el mismo puesto de trabajo, la promoción laboral menor de las féminas, el irrespeto a los derechos de maternidad, la violencia doméstica…
Cuba es un país que puede preciarse de sus avances en la materia, a lo largo de su proceso revolucionario ha sido una prioridad incorporar activamente a la mujer en la vida social del país, como obrera, profesional, dirigente. Ya a nadie asombra que en un aula universitaria cubana muchas veces el número de hembras se imponga ampliamente o que exista un elevado por ciento de delegadas del Poder Popular.
Además, es preciso mencionar las facilidades de licencia de maternidad, las consultas de planificación familiar e incluso, el impulso a los estudios sobre género. No obstante, creer que todo está logrado constituye un error. Aún falta mucho, sobre todo a nivel de conciencia, para lograr la plena igualdad, no solo de la puerta del hogar hacia afuera, sino también hacia adentro.
Y es que para una mujer cubana de hoy la jornada laboral no termina cuando sale de su trabajo, en cuanto abre la puerta de la casa comienza otra que no concluye hasta la hora de dormir: la de cocinar mientras su esposo mira el noticiero, la de limpiar rápidamente y recoger los “regueros de la mañana”, fregar los platos y sentarse con el niño a hacer la tarea. Y cuando llega el fin de semana tampoco las obligaciones se acaban, porque es el momento de lavar la ropa de la semana, limpiar a fondo la casa y asegurar un buen almuerzo dominguero.
No importa que su aporte salarial sea igual al del marido e incluso lo supere, las tareas se comparten en muy pocas ocasiones; porque las cosas de la casa constituyen contenido de trabajo de la mujer, idea que nos imponen desde la infancia con los juegos de roles, porque un niño con escobita y recogedor es “raro”, “flojo” , y los carritos son para ellos y las muñecas y biberones para ellas, porque para él la calle y para ella la casa y las piernas bien cruzadas.
Y así los esquemas se reproducen y la más trabajadora de las mujeres cría un hijo varón machista, incapaz de freír un huevo. Los ejemplos sobran, aún hoy una sociedad como la nuestra acepta y perdona la infidelidad masculina, considerada algo natural, pero si es ella la que comete el desliz, entonces es una cualquiera, una sinvergüenza, una….
Quizás lo más preocupante es que muchas mujeres no reaccionen ante el esquema y lo acepten sin rebeldía, sin pedir ayuda a su familia para cumplir las tareas del hogar y viviendo cansadas, estresadas, pudiendo contar con el “hombre de la casa” solo si se rompe el ventilador, si hay que cambiar una lámpara o pintar, esos que se consideran “trabajos fuertes”, de varones.
No se trata de entablar una lucha por “quien llevará los pantalones”, sino establecer relaciones de diálogo para socavar los roles establecidos, lograr la cooperación dentro del hogar; y que de esta forma la mujer tenga derecho también a la recreación y al descanso y por qué no, a ver con tranquilidad el noticiero o el fútbol y no solo los escasos minutos de novela.
Se trata además, de formar niños y niñas que puedan reconocer sus diferencias y aceptarlas, para que en vez de barreras devengan en puentes de comunicación; niñas y niños sin estereotipos que entiendan que nacer hembra no implica traer en la mano una escoba.
Ser mujer en este siglo ciertamente no es fácil, por eso nos toca reclamar nuestro espacio, hacernos sentir en todos los ámbitos y luchar por una verdadera igualdad donde los estigmas no tengan cabida.

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