De ferias, libros, y… mi bolsillo soñador

Una vez más llegué a la Feria Internacional del Libro; como los libros me apasionan, la Feria también. En esta ocasión llegaba después de andar por La Habana tratando de localizar a los” “escurridizos” entrevistados para mi tesis. Llevaba el cansancio de tres días y una mochila enorme para mi talla, pero aunque la bahía de Matanzas ya me llamaba – y todos los matanceros entenderán ese sentimiento- estaba convencida de que no podía abandonar la capital sin llegarme a La Cabaña.

 

Mi amigo Gabriel – compañero en la travesía habanera – y yo, aguantamos estoicamente la larga espera para comprar las entradas y, cuando al fin lo logramos, corrimos, antes que a los libros, al guardabolsos. Ante el abultado equipaje, la compañera del mostrador nos dedicó una mirada suspicaz como diciendo -¿de dónde habrán salido estos locos?

 

Ya libres del pesos, comenzamos a recorrer el recinto ferial; tropezamos con muchos stand a los que no entramos: las ofertas hermosas, coloridas e incluso –no les miento- olorosas, de las editoriales extranjeras, decidimos obviarlas, porque a esos precios no llegábamos y, ¿para qué sufrir?

 

Apegados a la realidad, nos dirigimos a lo que nos interesaba, las ofertas en moneda nacional. No había de que quejarse, allí estaban las deliciosas novelas de Chavarría – a quien se le dedica la Feria-,los interesantísimos títulos de la Editorial de la Mujer, poesía, diccionarios, sinnúmero de ofertas para niños e incluso, el pabellón con libros de “saldo”, es decir, rebajados de precio por diversos motivos… Lástima que muy poco de eso llegue a provincia, donde las novedades editoriales se agotan a la velocidad de la luz.

 

Volviendo a la historia, comencé a escoger mientras calculaba mentalmente mi presupuesto. Y es que, en cuestiones de ferias del libro, el dinero nunca me alcanza. Generalmente cuento con lo que reúno y con lo que mi familia, conocedora de mi adicción bibliófila, me facilita, pero de todas formas no me alcanza. Siempre se me queda algún título que, con mente de estratega, planeo comprar el mes próximo, si no se esfuma y lo sacan en la biblioteca de la universidad. Por eso, esta vez me decidí por lo que sabía no iba a volver a encontrar.

 

Agotados por la hora y presionados por la necesidad de encontrar transporte para Matanzas, abandonamos la Feria. Nuestros bártulos resultaban más pesados por las recientes adquisiciones, pero nuestros modestos bolsillos de estudiantes se encontraban anémicos. No obstante, yo marchaba contenta, anticipando los momentos de placer que la lectura de esas obras me iba a proporcionar.

 

La meta sigue siendo la misma: “para el año que viene voy a ahorrar más para llevarme todo lo que me atraiga”. Digo eso, pero de todas formas sé que esa vez tampoco me va a ser suficiente, pero ¿qué le voy a hacer?, mi bolsillo es soñador y yo también.

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