La odisea de convertirse en periodista

No recuerdo exactamente cuando decidí estudiar Periodismo pero sí sé por qué. Quería una carrera que me permitiera combinar las tres cosas que más me gustaban: leer, escribir y aprender cosas nuevas. No me concebía en un trabajo donde se hiciese lo mismo, mes tras mes, por eso decidí que quería ser reportera. Es cierto, mi visión entonces resultaba muy ingenua y ni siquiera sospechaba los retos que se derivarían de mi decisión cuando en septiembre de 2008 entré a la universidad.

Cuando mis compañeros y yo aprendíamos a escribir una nota informativa o intentábamos entrevistar a alguien sentíamos que ya develábamos secretos de la profesión, pero cuánto faltaba. Mi primer choque con la realidad se produjo en nuestras prácticas preprofesionales, allí percibí que ser periodista implicaba mucho más de lo que había imaginado en mis sueños de adolescente. El paso de los años de carrera y las experiencias en otros medios lo confirmaron.

Aprendí que el Periodismo es un sacerdocio, jamás se deja de ejercer, ni de noche, ni en vacaciones, ni en una fiesta; y eso se debe a un “bichito” que se te mete dentro desde el primer día y te hace olfatear en cada acontecimiento una historia digna de ser contada. El Periodismo no tiene hora.

Aprendí que el periodista no puede tener pena y paulatinamente tuve que asesinar mi timidez. Que hay que preguntar una, dos, las veces que sean necesarias hasta comprenderlo todo a la perfección, porque hay gente que confía en la fidelidad de tus palabras.

Comprendí que el reportero no constituye una suerte de llanero solitario, sino que, como mediador entre los hechos y la población, debe tener siempre presente a su público; porque uno no cultiva esta profesión por afán de gloria, poder o vanidad, sino por vocación de servicio al pueblo y a la verdad.

Descubrí además, que así como todo lo que está impreso en un libro no es cierto, tampoco se puede creer todo lo que una fuente dice, y hay que confirmar, cruzar y volver a confirmar para no irse “con la de trapo”. Y que no todas las fuentes colaboran lo que debieran y entonces hay que asediarlas y enamorarlas porque al periodista no suelen regalarle la información.

Asimismo, percibí que el periodista tiene al crítico más severo que existe, el pueblo, que no pasa por alto errores u omisiones y que siempre exige profundidad, veracidad y seguimiento; así como comprendí la terrible certeza de una frase que nos repetían nuestros profesores: el médico entierra sus errores y el periodista los publica.

Convertirse en periodista puede resultar una odisea, porque constituye una riesgosa aventura que exige compromiso, dedicación y deseos infinitos de superar una tras otra cada prueba que la profesión impone. Pero sobretodo hace falta amor, un amor inmenso por la labor de informar, opinar, formar conciencia; sin ese sentimiento se puede ser muchas cosas pero no PERIODISTA.

Aún no lo soy y no porque me falten meses para graduarme, luego de tener mi título bajo el brazo no lo seré todavía. Tal vez me tome algunos años porque esta profesión-oficio se aprende paso a paso, con el cuentagotas de la experiencia. Mientras tanto me conformo con mi condición de aprendiz y con el afán cotidiano, que también aprendí persigue a todo periodista, de que mis palabras lleguen a alguien y cambien algo.

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