Fidelidad, ¿una utopía?

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Carlos estaba enamorado de su novia, luego de un año de relación el interés no decrecía, se sentía feliz y no pensaba en la posibilidad de otra relación. Las cosas se complicaron cuando, junto a su grupo, se fue quince días a trabajar en el campo. Allí una de las muchachas comenzó a insinuársele, los amigos presionaban: “no seas bobo, si está puesta pa ti”. Al fin su resistencia cedió, fue solo una noche y así pensó que quedaría.

Al regresar a la universidad su novia se enteró y decidió dejarlo. Carlos se sentía triste y a la vez culpable; la había engañado y ya no le quedaba siquiera su amistad, ese era el precio de la traición.

Según el Pequeño Larousse Ilustrado la fidelidad se define como la exactitud en cumplir con los compromisos y la constancia en el cariño. Sin embargo, muchas personas van por la vida ajenas a ella, y no es nada nuevo.

La infidelidad existe desde los inicios de la historia del hombre; en civilizaciones antiguas como Egipto, Mesopotamia, Grecia y Roma ya se hablaba de este fenómeno, siendo las féminas las más perjudicadas en cuestiones de castigo. La ley judía establecía pena contra las mujeres adúlteras, a quienes se les privaba de la mitad de su dote o del tercio de sus bienes y se les desterraba a una isla.

Por muchos años en la historia de la humanidad el matrimonio constituyó un negocio, sobre todo en el ámbito de las clases adineradas donde las parejas eran escogidas por los padres; al no existir el divorcio la deslealtad amorosa alcanzaba grandes proporciones.

En la actualidad, existe más libertad para escoger a la persona que nos acompañará, así como la posibilidad de comenzar a buscar otra vez ante el fracaso. Se podría pensar, por tanto, que no hay necesidad de llegar a una infidelidad, pero sus causas resultan muy complejas y aún hoy hace pensar.

¿Y en Cuba qué?

Los cubanos no nos encontramos ajenos a esta problemática; la traición en la pareja existe, a pesar de los cambios revolucionarios ocurridos que han incidido en todas las esferas de nuestra vida, esencialmente en el desenvolvimiento de las relaciones familiares.

Tal conducta no puede achacársele solo al hombre, la mujer contemporánea ya no se queda en la casa, trabaja en la calle, se relaciona y tiene las mismas posibilidades de ser infiel. Es preciso reconocer que en esta cuestión también hay machismo; si un varón mantiene dos o tres relaciones paralelas es un “bárbaro”, pero si es una de las descendientes de Eva no se duda en calificarla como una “cualquiera” o cosas peores.

Sobran los que creen que tener más de una pareja no está mal y que su moral jamás se verá afectada por ello. Al respecto nos dice Mónica Sorín Socolsky en su libro ¿Crisis del amor?: “Está la idea de que podemos ser comunistas en la parte superior de nuestro cuerpo y desideologizados en la parte inferior, o dicho de otra manera; sociales por arriba y animales por abajo. Estoy convencida de que existe una ética del amor, que según el signo que lleve puede ayudar al enriquecimiento del ser humano o a su empobrecimiento”

Algunos son infieles porque buscan en otro(a) lo que su pareja ya no les ofrece; por eso resulta vital la comunicación, aprender a decirle a nuestra media naranja qué nos gusta, qué necesitamos, sin discusiones o violencia. Se trata de saber mantener una cultura del amor y de la comprensión. Es necesario autoanalizarnos cada día, dedicar un tiempo para observar a quien nos acompaña y descubrir si aún tenemos esa dicha que describe el físico Zeldovich: “La felicidad es cuando por la mañana se quiere ir al trabajo y por la tarde se quiere regresar a la casa”

Existe también la infidelidad por presión, como la de la historia de Carlos, mucho más frecuente en hombres que en mujeres. Algunos creen que ante cada provocación hay que responder, porque si no serán menos “machos”, así van a la cama con cualquiera que les guiñe un ojo aunque en realidad quieran a sus parejas. En los más jóvenes está el temor de que los consideren “cheos” por estar enamorados, incluso llegan a ser blanco de burlas los que solo tienen relaciones sexuales con su novia.

Con respecto a la posibilidad del perdón las opiniones resultan contradictorias, hay que tener en cuenta que nada en la vida es completamente blanco o negro; algunas infidelidades se producen en momentos de crisis agudas, somos humanos y podemos errar. Pero el perdón es un derecho del perjudicado y debe ser sincero, orientado por el deseo de empezar de nuevo, para evitar caer en un círculo vicioso de desconfianza y sufrimiento. Si se siente que nunca se podrá olvidar es mejor terminar y encontrar un nuevo rumbo. Hay quienes perdonan por temor a perder seguridad económica, estabilidad o por el bienestar de los hijos, obviando que el amor es cosa de dos y debe estar orientado hacia lo interno.

Encontradas opiniones

Cuando de infieles se habla la polémica aparece; unos son más radicales y otros, más flexibles. Para Adriana se engaña no precisamente cuando se acaba el amor, a veces se atraviesan situaciones difíciles y se busca refugio en otras personas, lo que muchas veces permite valorar lo que se tiene.

Aylet afirma que la infidelidad nos hace infelices y debemos ser leales, mientras que Adrián confiesa que ha traicionado en ocasiones y cree que ocurrió porque había entrado en la monotonía, solo quedaba costumbre. Dayna considera que “somos infieles al buscar el apoyo o el amor que nos falta; no es una solución pero tomamos el camino más fácil, solo que podemos salir muy lastimados”.

Para Yoan esta es una problemática cuyos orígenes radican en la esencia de la especie humana y no se puede juzgar precipitadamente, “en ocasiones el egoísmo y la superficialidad influyen en el acto de la infidelidad, no es justificable, pero sí entendible”

Dolorosas consecuencias

El engaño puede acarrear muchísimos resultados negativos. En una relación que acepta la infidelidad puede perderse el respeto y cariño verdaderos. Existe además el peligro de que el infiel contagie a su pareja con una enfermedad de transmisión sexual, pues hay quienes al “echar una canita al aire”, obvian la protección y vuelven a casa como si nada hubiese pasado. Las consecuencias pueden llegar incluso al plano psicológico; las víctimas de una traición pueden padecer miedo a la entrega sentimental en relaciones posteriores e, incluso, disfunciones sexuales.

No se trata de idealizar la relación amorosa o aferrarnos con uñas y dientes al “hasta que la muerte nos separe” aunque el aburrimiento nos esté matando. Lo necesario es respetar a la persona que nos acompaña, saber decir a tiempo “ya no te amo” y evitar, así, herir a quien un día quisimos.

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