Más que profe, maestro

Muchos deciden dedicarles unas líneas a sus primeros maestros, esos que les enseñaron los colores, las primeras letras o les recomendaron el primer libro. Se recuerda con una especie de mágica melancolía esos años de enseñanza primaria, a veces un poco borrosos en la memoria, pero casi siempre acompañados de la felicidad y la inocencia

Yo también tuve a esas maestras, las que despertaron en mí el amor por el estudio, nombres como Daysi, Melba, Bárbara, me hacen pensar en cual sencillo era ser una pionera con pañoleta, cuando sacar un excelente en las comprobaciones era mi única preocupación y responsabilidad, claro que entonces me parecía algo muy grave.

Con el inicio de la secundaria, la palabra maestro desapareció de nuestros labios; allí ya se decía profesor y profesora, sustantivos que al principio pronunciábamos con gravedad y que nos hacían sentir más grandes. Rápidamente abreviamos a profe, una forma más coloquial y cariñosa.

Así pasé por tres años de estudios secundarios y tres más de preuniversitario; tuve muchos profes, todos distintos y todos de alguna forma dejaron una huella en mí. Pero había una diferencia, en esa etapa paulatinamente, comencé a cuestionarme lo que decía esa figura al frente del aula, ya sus palabras no eran ley como las de mis maestros.

Al mismo tiempo que percibí que todo lo que aparecía en los libros no siempre era verdad, me di cuenta que mis profes no siempre tenían la razón o al menos yo no lo creía así. Hoy percibo que se debió al paso de la niñez a la adolescencia y a la consiguiente formación de un pensamiento propio.

Pero tampoco quiero dedicar estas líneas a quienes me enseñaron en esos años, aunque no podría dejar de mencionar a María Cristina y sus bellas clases de Biología que no pudieron inclinarme a la Medicina; quiero hablar de hombres y mujeres a quienes no se recuerda con tanta añoranza, quizás porque llegan en nuestra plena adultez: los profesores universitarios.

Ser profesor en la universidad implica un reto: ser cuestionado constantemente. En ese nivel de enseñanza ya no queda mucho de la inocente admiración de los primeros años, por eso se juzga al profesor con dureza, se espera no solo que brinde conocimiento sino que también inspire, que sea exigente pero también sensato y sobre todo, que transmita ganas de saber.

En cinco años se conocen muchos profesores, algunos buenos y otros no tan buenos, pero sin dudas vale la pena cuando llega ese hombre o mujer con la capacidad de silenciar a un aula universitaria repleta, tan solo con su presencia. Son esos que muy pocas veces tienen en las manos algo más que la hoja de la asistencia, e imparten sus conferencias con la amenidad de una conversación en el parque.

Son esos que te hacen sentir una callada vergüenza por saber tan poco, por no haber leído más, por no haber preparado suficiente el seminario; los que te insisten una y otra vez en la importancia de lo que se está aprendiendo para el futuro, los que te hablan de un libro y enseguida te dan ganas de leerlo, los que más que respuestas te ofrecen preguntas.

Esos profes te convierten en un verdadero universitario, porque combaten la inercia del pensamiento y enseñan una actitud ante la vida. No les hacen falta las grandes formalidades y terminan convirtiéndose en amigos de sus cientos de alumnos, pero eso sí, resultan intransigentes ante la desidia y la morosidad en el estudio.

Para mí, que tuve la suerte de tener algunos de ese tipo, más que profesores resultaron maestros, porque si bien no fueron quienes me enseñaron a leer y escribir, sí me mostraron cómo descubrir lo que está detrás de esa lectura, a entender los significados ocultos y  a enfrentarme al mundo sin ideas preconcebidas, con una postura siempre interrogante

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