La serenidad que brindan los años

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América Muiño Bouza posee la serenidad de quien ha vivido muchos años; no obstante, en sus ojos se aprecia la vitalidad que ni un siglo de existencia ha podido menguar. Madrina le dicen todos, pues aunque no tuvo hijos propios, llenó de amor a sobrinas y sobrinos que hoy la acompañan.
Para muchos resulta asombroso ver cómo América teje. De sus manos, surcadas de arrugas, pero aún fuertes, salen tapetes y manteles que insiste en regalar a sus vecinos, pues jamás cobra. Delante de mis ojos tiene lugar el prodigio, mueve la aguja con la habilidad que los años de costurera le dejaron; rápidamente se concentra mientras su sobrina nos cuenta que está haciendo una pieza para la médico de la familia.
Cuando me le acerco para conversar, enseguida me cautivan su alegría y vivacidad; su hablar es claro y pronto comparte conmigo sus secretos como si fuera una más de la familia.
¿Qué significa para usted haber llegado a cien años y haber vivido tantas cosas?
Yo pienso, porque en mi familia nunca nadie llegó a esta edad, que Dios no me quiso allá, me quiere aquí. Cuando no me ha llamado es que allá no me quiere.
Así me cuenta en tono jocoso, pues como afirma su sobrina Adela, América es una persona activa con un carácter muy bueno, a quien todo le viene bien, por eso ha vivido tanto, pues es quien le brinda consejos a todo el mundo.
Quien viera a esta anciana caminando por su casa con el andador no creería que solo seis meses atrás sufrió una fractura de cadera y debió someterse a una intervención quirúrgica. Por segunda vez era víctima de tal lesión y ningún médico se atrevía a operar a alguien de tan avanzada edad. Por eso América no deja de mencionarme a su querido doctor Juan Pedro, quien aceptó el riesgo y le devolvió la posibilidad de caminar.
Esta mujer no se sienta a ver cómo los años pasan, aunque depende actualmente de su sobrina para acciones como levantarse o vestirse, colabora en las tareas del hogar pelando sazones y viandas o escogiendo el arroz, ve televisión, conversa con sus vecinos y lee el periódico cada día.
Nacida en Lugo, España en 1913, cuesta imaginar cuantos sucesos se han visto reflejados en las pupilas de América. Ella misma es un pedacito de historia y me sorprende al mostrarme el bastón que, cuenta, Manuel Sanguily le regalara a su padre, un joven peninsular que vino a combatir contra los independentistas cubanos y terminó cambiando de bando, convencido de la injusticia de la contienda.
Se aferra al bastón mientras me relata estos hechos, pero no hay melancolía en su voz como pudiera esperarse, sino la confianza de quien se siente afortunada; y es que no vive en el pasado, disfruta del presente e incluso del futuro que promete la sonrisa del más joven miembro de su familia.
¿Qué usted le diría a las personas jóvenes para que lleguen a cien años así como usted?
Bueno, que hay que tener conformidad con lo que le toca a uno y paciencia
¿Cómo va a seguir a partir de ahora?
Vamos a ver si puedo llegar a caminar sin el andador, eso es lo que yo quiero ahora porque así podré ayudar a mi sobrina en muchas cosas.
Me despido de América y mientras reflexiono sobre sus palabras, entiendo que me ha regalado un valioso secreto: el optimismo y la voluntad son ingredientes fundamentales para una existencia larga y feliz.

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