Igualdad, también puertas adentro

“El amor de mi hombre no le huirá a las cocinas ni a los pañales del hijo, será como un viento fresco llevándose entre nubes de sueño y de pasado, las debilidades que, por siglos, nos mantuvieron separados como seres de distinta estatura”   Gioconda Belli

Desde que la sociedad patriarcal se impuso, para la mujer comenzó una  historia de siglos de dominación. Aunque en cada región el fenómeno se expresó de maneras diferentes, en buena medida fueron comunes la precariedad en los niveles de instrucción, el irrespeto a la sexualidad y la no inclusión en la vida política.

Si bien estamos en el siglo  XXI, la época de Internet, de  las nanotecnologías y de los estudios de clonación, muchos de estos flagelos persisten en el mundo.  A pesar de la lucha de las féminas por su derecho al sufragio, a estudiar carreras universitarias y ejercerlas en igualdad de condiciones, así como a decidir sobre su cuerpo, ser parte de lo que algunos llaman el “sexo débil” es aún, por increíble que parezca, un reto.

Cuba es un país que puede preciarse de los avances en la materia. A lo largo de su proceso revolucionario ha sido una prioridad incorporar activamente a la mujer en la vida social del país, como obrera, profesional, dirigente. Ya a nadie asombra que en un aula universitaria cubana a veces se impongan ampliamente o que exista un elevado por ciento de delegadas del Poder Popular.

Además, es preciso mencionar las facilidades de licencia de maternidad, las consultas de planificación familiar e incluso, el impulso a los estudios sobre género. No obstante, creer que todo está logrado constituye un error. Aún falta mucho, esencialmente a nivel de conciencia, para lograr la plena igualdad no solo de la puerta del hogar hacia afuera sino también hacia adentro.

Y es que para la cubana de hoy la jornada laboral no termina cuando sale de su trabajo. En cuanto abre la puerta de la casa comienza otra que no concluye hasta la hora de dormir: la de cocinar mientras su esposo mira el noticiero, limpiar rápidamente y recoger los “regueros de la mañana”, fregar los platos y sentarse con el niño a hacer la tarea. Cuando llega el fin de semana las obligaciones no cesan, porque es el momento de lavar la ropa de la semana, limpiar a fondo la casa y asegurar un buen almuerzo dominguero.

No importa que su aporte salarial sea igual al del marido o incluso lo supere, las tareas se comparten en muy pocas ocasiones. Las cosas de la casa, generalmente, constituyen contenido de trabajo de la esposa; idea que nos imponen desde la infancia con los juegos de roles, porque  un niño con escobita y recogedor es “raro”, “flojo”, y los carritos son para ellos y las muñecas y biberones para ellas, porque para él la calle y para ella la casa y las piernas bien cruzadas.

Y así los esquemas se reproducen y la más trabajadora de las mujeres cría un hijo varón machista, incapaz de freír un huevo. Los ejemplos sobran, aún hoy una sociedad como la nuestra acepta y perdona la infidelidad masculina, considerada algo natural, pero si es ella la que comete el desliz, entonces es una cualquiera, una sinvergüenza, una….

Quizás lo más preocupante es que muchas no reaccionan ante el esquema y lo aceptan sin rebeldía; sin pedir ayuda a su familia para cumplir las tareas del hogar y viviendo cansadas, estresadas; contando con el “hombre de la casa” solo si se rompe el ventilador, si hay que cambiar una lámpara o pintar, esos que se consideran “trabajos fuertes”, de varones.

No se trata de entablar una lucha por “quien llevará los pantalones”, sino establecer relaciones de diálogo para socavar los roles establecidos, lograr la cooperación  dentro del hogar y que de esta forma la mujer tenga derecho también a la recreación y al descanso y por qué no, a ver con tranquilidad el noticiero o el fútbol y no solo los escasos minutos de novela.

Se trata asimismo, de formar niños y niñas que puedan reconocer sus diferencias y aceptarlas, para que en vez de barreras devengan en puentes de comunicación; infantes sin estereotipos, que entiendan que nacer hembra no implica traer en la mano una escoba.

Ser mujer en este siglo aún no es fácil, por eso nos toca reclamar nuestro espacio, hacernos sentir en todos los ámbitos y luchar por una verdadera igualdad donde los estigmas no tengan cabida.

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