Ese muchacho de sombrero grande

imagesEn blanco y negro las fotografías nos devuelven una sonrisa, siempre limpia, viva. Así es él para nosotros, los que no lo conocimos, los que escuchamos su voz, potente y varonil, solo en grabaciones. Es el hombre de al lado, con quien nos imaginamos conversando sin inhibiciones; el muchacho franco, presto siempre a la broma, encarnación de la idiosincrasia del cubano. Ese es nuestro Camilo.

Creció jugando pelota en la barriada de Lawton, como muchos habaneros de la época, y como muchos buscó empleo para aliviar la carga de su humilde familia y luego fue a los Estados Unidos en busca de oportunidades. Sin embargo, no era él como todos: más allá de su destino personal, crecían en su  pensamiento ansias de una Cuba ajena a la tortura, el paro y la botella.

Aventurero, tomando en serio solo lo indispensable, se sumó al Granma y llegó a la Sierra. Arriesgaba su vida con la naturalidad de quien no conoce el miedo o le da poca importancia. Le querían todos. ¿Cómo no querer a ese Camilo que sacaba el chiste del hambre, el frío, la lluvia, a aquel que logró una confesión haciendo pasar un esfigmómetro por un detector de mentiras? Solo él penetraba en el carácter recio y poco dispuesto a chanzas del Che.

La barba negra y poblada no lograba envejecerlo. Al verlo muchos no creían que fuera Camilo, el Comandante, el de la invasión, el de Yaguajay, el señor de la vanguardia. El pueblo lo amaba porque era ajeno a su grandeza, cotidiano, sencillo, solo un muchacho con sombrero grande.

Se perdió en el mar y Cuba entera se sumió en la búsqueda. No era posible creer en su muerte, ni dejar de buscarlo en la inmensidad de un azul para siempre mudo. No llegó siquiera a las tres décadas de vida, pero se hizo eterno, héroe de carne y sangre vibrantes y no de mármol o bronce. Por él octubre se hace mes de flores y las olas rompen con la violencia del dolor.

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