Mi derecho a decidir

Era muy pequeña la primera vez que asistí a una reunión de los Comité de Defensa de la Revolución (CDR). Por aquella época para mí era un acontecimiento porque salía de casa, podía ver a mis amiguitos por la noche y hasta corretear en la calle. Las celebraciones festivas ya eran otra cosa, entonces sí que gozaba de lo lindo, recogiendo viandas casa por casa, “ayudando” a las vecinas en los preparativos y finalmente comiendo, brincando y jugando hasta después de la medianoche, para finalmente caer rendida.

De más está decir que por aquel entonces no entendía el significado de la organización, ni de las rendiciones de cuenta o del papel del Delegado. Solo mucho después comencé a vislumbrar la importancia de esos espacios y luego, cuando las clases universitarias me hicieron reflexionar en serio sobre el sistema político de mi país, comprendí que la cuestión no era solo estar ahí, sino además ser partícipe de forma conciente y activa.

Los propios cubanos, por la fuerza de lo cotidiano, no nos percatamos de los múltiples espacios de participación política con que contamos y que debemos explotar más. Muy pocas naciones consultan a las masas antes de tomar decisiones trascendentales para el futuro de la nación, como se hizo aquí con la implementación de los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y de la Revolución. Cada congreso deviene en multitud de oportunidades para expresar lo que pensamos y sentimos. La propia dirección del país ha llamado a construir el consenso desde la diversidad de opiniones y no desde la aceptación pasiva. Espacios sobran, solo debemos aprovecharlos más.

Los medios internacionales basan la mayoría de sus acusaciones contra Cuba en la suposición de que es un régimen antidemocrático. ¿Pero de que democracia nos hablan? De la que enfrenta los fraudes electorales, los recortes a programas sociales, las medidas de austeridad, los desacuerdos entre facciones del Parlamento que perjudican la economía nacional… Las sociedades occidentales han asumido sus modelos de democracia como paradigmas para el resto del mundo y hostigan a quienes se atreven a construir un poder del pueblo diferente, donde los más humildes sean justamente los empoderados.

La democracia cubana, basada en el Poder Popular, es nuestra, original, singular como la realidad que por más de 50 años construimos. Solo a los que aquí habitamos nos toca perfeccionar nuestra nación, nadie allende los mares tiene la potestad de decidir sobre nuestro destino.

Hace pocos meses en un encuentro con representantes de la política local en Latinoamérica y el Caribe estos se asombraban ante el hecho de que el Delegado del Poder Popular no cobrase nada por su gestión. “No entendemos nada – decían- pero entonces, ¿qué ganan? Y es que quien conozca Cuba, sabe que quien accede a un cargo en su barrio, no lo hace por ganar nada, sino, por el contrario, sacrificándose, quitando horas al trabajo y al esparcimiento, solo por la voluntad de hacer algo bueno por su gente, de mejorar el entorno, de “buscarse problemas” en aras de construir un país mejor.

La contrarrevolución alentada y financiada desde fuera afirma una y otra vez que en la Isla se irrespetan elementales derechos humanos, como los asociados a la institucionalidad democrática y la sociedad civil. Olvidan a las Organizaciones No Gubernamentales que trabajan aquí, a las sociedades religiosas y hasta a ellos mismos, que para ganarse el sueldo del mes salen a la calle y terminan siendo protegidos de la ira popular por la Policía Nacional Revolucionaria.

Ahora voy a las reuniones consciente de lo que está en juego. Sé que aunque soy joven tengo la responsabilidad de hacer por mi país. Me siento no solo con derecho a decir y participar, sino además con las tribunas para hacerlo.

 

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Un comentario en “Mi derecho a decidir

  1. Aprovéchalo Yeilen, que aquí en España no tenemos derecho a decidir NADA absolutamente NADA. Ni si estamos o no de acuerdo con los recortes, ni si deseamos república o monarquía, ni en qué se gasta nuestro dinero de los impuestos, ni si deseamos o no (l@s catalan@s) tener estado pripio, ni siquiera el precio del transporte “público” (entre comillas porque es tan caro que ya no se le puede calificar como tal). Lo que digo está tan asumido por la población, en general, que la gran mayoría ya lo ven como algo lógico y ya ni se molestan en indignarse, alegando cobardía, derrotismo o simple comodidad. Los que tienen un sueldo se callan la boca por miedo a perderlo. Los medios nos venden nuestro sistema como el mejor del mundo y much@s escogen creérselo. Metemos un papelito en una cajita de metacrilato transparente cada 4 años y nada más. En fin, una vergüenza.

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