Tula en Matanzas

Tula
Amada y odiada con igual intensidad, La Peregrina (seudónimo utilizado por Gertrudis) no convirtió su dolor en mutismo, lo tornó en poesía. ( Retrato al óleo de la Avellaneda por Antonio María Esquivel, Sevilla 1840. Colección Museo Nacional de Bellas Artes)

Gertrudis Gómez de Avellaneda (Puerto Príncipe, 23 de marzo de 1814 – Madrid, 1 de febrero de 1814) cultivó la poesía, el drama, la novela y el relato. Como todos los poetas románticos, se sentía desterrada dentro de su propia vida, incomprendida, llena de ansias de libertad que la sociedad frenaba. Todo ello lo reflejó en sus poemas de una constante exaltación sentimental, donde con igual fuerza expresaba energía y melancolía desgarradora, pues era autora de grandes matices y no de palideces.
“Yo al cantar solo cumplo la condición de mi vida”, afirmaba; su existencia la dedicó a ese su impulso primigenio, pero no fue comprendida. Sus deseos de triunfar, de ser ella misma más allá del apellido de un esposo, la condenaron a una soledad entre multitudes. Fue víctima del abandono de su familia y de la envidia de los literatos, que observaban con recelo su éxito. No se entendió su feminismo: ella no quería ser hombre, sino una mujer con libertad.
Comparada con Safo, le dedicó a ella los versos que mejor encierran lo que fue su propia vida: La envidia de abrojos sembró su camino; / la hirió la calumnia con ciego furor; / matóla el desprecio de un hombre mezquino, / que aún vive en sus cantos sublimes de amor.
DE VUELTA A CUBA: PRESENCIA EN MATANZAS
La poeta (pues no se llamaba a si misma poetisa) regresó a su tierra natal en noviembre de 1859, luego de 23 años de ausencia durante los cuales residió en España. Acompañaba a su esposo el coronel de caballería Domingo Verdugo, quien formaba parte del cortejo del nuevo Capitán General de la Isla Francisco Serrano. A finales de ese año se hospedó en uno de los ingenios matanceros de la familia Aldama. Volvió a Matanzas en julio de 1860 para establecerse en Cárdenas junto a su cónyuge, nombrado teniente gobernador de la villa.
Allí vivió la mayor parte de su estancia cubana, montó pequeñas obras cómicas y colectó recursos para beneficencia. El matrimonio incidió en la fundación de obras vitales para la localidad: el teatro Concha, el casino El Siglo y el hospital Santa Isabel. En territorio cardenense escribió la novela El artista barquero y varios poemas, entre ellos A un cocuyo.
En noviembre de 1861 arribó a la ciudad de Matanzas. Participó en el bazar para la construcción de un nuevo teatro y presidió los Juegos Florales organizados por el Liceo Artístico y Literario, ocasión en que fue coronada. La muerte de Verdugo dos años después en Pinar del Río supuso un duro golpe para Tula que se había trasladado a esa ciudad.
Volvió a La Atenas de Cuba para despedirse de sus amigos y admiradores antes de dejar para siempre los paisajes yumurinos el 12 de mayo de 1864. Aquí dejaba la impronta de su obra y también la fascinación causada por su personalidad transgresora y peregrina. Se llevaba ella la calidez criolla y el aprecio que le negaron la mayoría de los hombres y mujeres en tierras peninsulares, donde murió sola y sumida en la religiosidad.

 

 

 

 

 

 

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