Sangre que no puede olvidarse

Eso no está muerto: /no me lo mataron/ni con la distancia/ ni con el vil soldado. / Hasta allí me siguió, como una sombra, /el rostro del que ya no se veía. /Y en el oído me susurró la muerte /que ya aparecería. Santiago de Chile (Silvio Rodríguez)

articles-93388_foto_portadaEl 11 de septiembre parece signado por la fatalidad; en años y lugares diferentes acaecieron sucesos marcados por la muerte, el dolor y la crueldad humana, que en ocasiones alcanza extremos inimaginables.

Todos ello tienen en común el terror, como medio o fin y constituyen manifestaciones del terrorismo de Estado. Este consiste en la utilización de métodos ilegítimos como amenazas y represalias, por parte de un gobierno, orientados a inducir el miedo en la población civil para alcanzar sus objetivos o fomentar comportamientos. Se incluye patrocinar a terroristas, es decir, albergarlos, entrenarlos y darles apoyo táctico –estratégico.

Una escalada de represión dirigida a doblegar y amordazar todo Chile, se inició con el golpe de Estado a Salvador Allende en tal fecha de 1973. La acción marcaba tan solo el final de una larga campaña de desestabilización promovida desde Estados Unidos de América (EUA). Su entonces presidente, Richard Nixon, había autorizado al director de la Agencia Central de Inteligencia, a socavar al gobierno chileno y evitar que se convirtiera en “una nueva Cuba”. Ello explica el bloqueo económico promovido desde esa nación y el apoyo al sabotaje interno, al acaparamiento de insumos, así como a las negativas campañas de prensa, fórmula luego repetida en múltiples ocasiones. En el golpe jugó un papel esencial la Oficina de Inteligencia Naval de EUA.

Allende había marcado pautas al llegar al poder mediante las vías institucionales del sistema capitalista, pese a promover una experiencia socialista de forma pacífica. El violento fin de su gestión presidencial marcó el retroceso de los sectores progresistas en la nación. Con el ascenso de Augusto Pinochet comenzó un régimen militar de más de 15 años caracterizado por la prisión, la tortura, la desaparición y el exilio de miles de chilenos.

También un 11 de septiembre de 1980 murió asesinado Félix Carlos García Rodríguez, funcionario de la misión de Cuba en la ONU, donde desarrollaba funciones administrativas. Esa tarde, luego de cumplir con su rutina de repartir ejemplares de la revista Bohemia entre cubanos radicados en Nueva York, se dirigió a una cena con amigos en Queens. Al detenerse en un semáforo, fue baleado por Pedro Crispín Remón, quien viajaba en una motocicleta.

Remón pertenecía a la organización Omega 7, fundada por el terrorista de origen cubano Eduardo Arocena, la cual, según el FBI, consumó cerca de 30 atentados con explosivos en Nueva York, Nueva Jersey y Florida entre 1975 y 1983. Esta resulta una más entre una larga serie de agrupaciones anticubanas que han prosperado en suelo estadounidense, sin intervención de las autoridades, y a pesar de sus actos de terrorismo.

Tal vez ninguna otra catástrofe ha causado tanto revuelo internacional como los atentados suicidas del 2001 en Estados Unidos, protagonizados, según los informes oficiales, por miembros de la red yihadista de Al Qaeda. Cuatro aviones de línea fueron secuestrados, dos de ellos lanzados contra las Torres Gemelas, uno contra el Pentágono y el último, que se estrelló en campo abierto, se supone se dirigía al Capitolio.

Alrededor de 6 mil personas resultaron heridas y 3 mil murieron. El temor creciente sirvió de pretexto al gobierno de George Bush para adoptar la política exterior de “guerra contra el terrorismo”, cuya primera manifestación fue la escalada militar en Afganistán y a la cual la caracterizó la doble moral y las acciones en pos de intereses geopolíticos. Los hechos del 11 S y la implicación en ellos de la administración norteamericana, permanecen sin aclarar, máxime cuando transcurridos 10 años, Richard Clarke, ex asesor de la Casa Blanca, reveló que la CIA sabía, con anterioridad, de las actividades de los extremistas.

El terrorismo de Estado deja su saldo más doloroso no en los daños materiales, para nada desdeñables, sino en las vidas truncas de las víctimas y en la de sus familiares que llevan por siempre el dolor. Ellos devienen en razón para proseguir la lucha por un orden mundial más justo, su sangre jamás debe olvidarse.

 

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