De recepciones, limas de uñas y otros demonios

“Si respetas la importancia de tu trabajo, este, probablemente, te devolverá el favor” Mark Twain

Puntual llegué a la entrada de aquella empresa. Como corresponde, procedí a identificarme con la recepcionista. Ella pareció no verme; con audífonos colocados y espejito en mano, bromeaba con un custodio y se sacaba las cejas. Mientras, una de las trabajadoras del centro hablaba por teléfono a toda voz, casi sentada sobre el buró.

Yo me sentía invisible; carraspeé y nada: cero contacto visual. Entonces repetí una, dos, tres veces, un “buenos días” que aumentó de volumen paulatinamente. Solo entonces la señora reparó en mí y lanzó un “dime”, nada amistoso.

Respiré profundo, le expliqué que venía a entrevistar a un especialista y dije su nombre: “¿A quién?”, me espetó. En aquel momento, la de la conversación telefónica intervino para decirle que sí, fulanito, el flaquito de bigotes, trabajaba en tal departamento. La recepcionista se reclinó en su asiento y afirmó: “Ah, ya sé quien es, no lo he visto hoy, entra ahí a ver si lo encuentras”.

Yo estaba atónita. Aquella señora no solo cumplía mal su función sino que afectaba el prestigio de toda la institución que debía representar. Por suerte, sobran los ejemplos de personas que realizan bien ese encargo y, con cortesía, atienden a los visitantes. Sin embargo, también existen los que en cualquier esfera siguen el ejemplo de la protagonista de mi desafortunado encuentro; aquellos que desempeñan su labor de mala gana, con el entrecejo siempre fruncido.

A esos ciudadanos les falta una cualidad esencial: la profesionalidad; esta no se refiere solo al mero ejercicio de una actividad, sino al cumplimiento de la misma con relevante capacidad y aplicación. Para ser profesional no se precisa haber asistido a la universidad o contar con un título, pues constituye un concepto que va más allá y se relaciona con el compromiso, la ética y la excelencia en el desarrollo de una responsabilidad.

Vocablos como eficacia, rapidez, calidad, resaltan en todos los análisis sobre el tema y son parámetros que debe cumplir un trabajador no solo para llegar a lo que el organismo al que pertenece o la sociedad esperan de él, sino también para encontrar satisfacción en su tarea.

Hace un tiempo alguien, en tono de broma, me comentaba que la función número uno de algunas funcionarias públicas era limarse las uñas; el chiste me supo amargo porque esconde un flagelo que nos ataca: la desprofesionalización que va de la mano con la desmotivación.

¿Por qué la gente trabaja de mala gana? El fenómeno es multifactorial, y los bajos salarios se ganan la papeleta para ser la causa primera, pero hay más. La deficiente organización y la mala gestión de dirección inciden en el establecimiento de normas absurdas que coactan la creatividad e impulsan a la enajenación. Hay lugares donde el mes se va en confeccionar y revisar preplanes y planes de trabajo y apenas queda tiempo para laborar de verdad; eso nada se relaciona con la planificación que pide la dirección del país.

Otros factores inciden: las plazas sin contenido, la falta de exigencia, la inexistencia de un clima laboral que contribuya al compromiso. Valdría la pena estudiar, en varios sitios, la inflexibilidad de los horarios; quizá medir al trabajador por los resultados y no por la hora de entrada y de salida sería mejor que obligarlo a estar en una oficina donde el debate sobre la novela del momento y los juegos de detective en la computadora, ocupan la jornada.

No obstante, la falta de profesionalidad no tiene excusa, sobre ella debe mantenerse un ojo vigilante para evitar que se instituya como lo natural. Perder la insensibilidad ante lo mal hecho resulta lo más peligroso. Mientras, agradezcamos a quienes, graduados de las casas de altos estudios o sin siquiera haber pisado un aula universitaria, derrochan amabilidad y rectitud en las labores más disímiles; reconozcamos a los profesionales.

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