Diciembre, mes de promesas

Fin de añoDiciembre me huele a tierra mojada, a carne cocida con carbón, a esperanza sobreviviente, a lágrimas postergadas o desterradas para siempre. Diciembre me huele a reencuentro y me recuerda esa temperatura agradable, de un friecito tímido que permite permanecer bajo la colcha con un libro cómplice.

Diciembre me hace feliz, tal vez por las luces del arbolito, la sonrisa de mi madre, la algarabía de mi familia toda junta alrededor de una mesa que cada año nos queda más pequeña, para suerte nuestra.

Desde que el mes inicia todo se transforma, las calles, la gente, los centros de trabajo: un brillo insólito cubre cada espacio; pareciera que nadie escapa del ansia de festejar, de visitar a los suyos, de trazarse metas, algunas alcanzables, otras imposibles de realizar; pero igual se hacen porque eso es Diciembre, un mes para las promesas, para creer que todo puede lograrse, que todo puede ser diferente en el año que comienza.

Por eso, desde niña, escribo mi lista de deseos, no para que el azar me premie sino para recordar mis anhelos, para no perderlos de vista cuando Diciembre se marche y nos deje ante la inexorable realidad de los once meses restantes.

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