¿Terror sobre ruedas?

Apenas duró unos segundos. Fue como en una película hollywoodense. Mientras los cristales volaban hechos añicos yo solo pensaba en que aquello era una locura. No concebía semejante muestra gratuita de violencia…

De paseo por La Habana, regresábamos a casa de unos amigos y, buscando ahorrarnos el dinero del carro de alquiler, nos dispusimos a esperar con paciencia un P-2. El ómnibus se llenó de adolescentes que volvían a casa luego de un sábado de fiesta.

Apenas en la segunda parada comenzó una discusión entre un grupito sobre la guagua y otro debajo. Los insultos fueron subiendo de tono. Vi a uno con una botella en la mano, pero me dije: ‘no, no estará tan loco como para tirarla’. Me equivoqué. Solo unos segundos después de que mi esposo me empujara hacia el piso, ya las piedras, botellas y toda suerte de objetos destrozaban las ventanas.

Unos gritaban al chofer que arrancara, otros que no porque faltaba alguien, hasta que partió para frenar unas calles más adelante.  Nos bajamos atónitos, asustados y, al final, tuvimos que pagar los 20 pesos.

El desafortunado episodio me sirvió para reflexionar sobre diversos temas de nuestra realidad necesitados de atención; pero en lo esencial acerca de cómo crecen en los servicios públicos de transporte las manifestaciones violentas para resolver conflictos de diversa índole.

Si bien en Matanzas no he sufrido nada parecido a la historia del P, he presenciado disímiles disputas: una madre y una hija por un lado y un anciano por el otro vociferando por el derecho a subir primero y diciéndose todas los ofensas que uno pueda imaginarse; un hombre y una mujer discutiendo por si el primero estaba o no muy pegado a ella; incluso pasajeros y choferes en encarnizadas controversias. De hecho, hace pocos días un ciudadano casi arremete a golpes contra el conductor, con el vehículo en marcha, y si todos los presentes no lo hubieran censurado, no sé de qué forma habría terminado aquello. Otros deciden canalizar su molestia golpeando al vehículo.

El desacuerdo más común resulta el del ‘empuje – empuje’; todos quieren montarse pero algunos no toleran ni que los rocen y si se imaginan que alguien se cuela, entonces se forma. Tales conductas revelan cierto complejo proveniente de la ética de la guapería: ‘a  mí nadie me mete el pie’.

Estos incidentes tienen causas. La primera se relaciona con las escasas opciones de transportación estatal; ello provoca demora, aglomeración y, como lógica consecuencia, el estrés que pone los nervios en tensión y determina reacciones exageradas ante dificultades no muy grandes.

Sin embargo, también influye la falta de educación. Muchas cosas pueden resolverse con un por favor, con permiso o una sonrisa. Si se proyecta maltrato sobre los demás, inexorablemente se recibirá de vuelta; y eso sirve para todos, pasajeros y transportistas.

Asimismo, se ha perdido el respeto hacia los lugares públicos, especie de pudor inculcado desde la infancia, el cual indica que como ciudadanos debemos ser responsables por y en la propiedad colectiva: desde no botar papeles en el suelo hasta hablar en voz baja y mantener las normas elementales de educación formal.

A veces, los choferes olvidan que les corresponde ser la máxima autoridad en el carro a su cargo, se enajenan y permiten que ciertos individuos hagan y deshagan en detrimento del bienestar común. A ellos toca imponer el orden y la disciplina, siempre desde el respeto y la comunicación clara con los usuarios.

No afirmo que las paradas sean el salvaje Oeste; muchas personas saben decir ‘disculpe’ luego de empujar a alguien sin quererlo, y otras tantas responden ‘no se preocupe’. Hay quienes llevan los bolsos al que está parado, ceden el asiento al anciano y la mujer o cargan a los más pequeños. En ocasiones y haciendo gala de esa característica tan típica del cubano de bromear hasta con sus penas, terminan riendo a coro por las situaciones del transporte que a otros hacen estallar de furia.

Mantener la tranquilidad y la seguridad que caracterizan al país hacia el interior y para el mundo constituye premisa. Detalles como estos no pueden olvidarse ante otros imperativos del devenir social. El espacio público es espejo en el cual podemos analizarnos.

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