Cuando la inocencia se manchó de sangre

Asesinato de los niños Fermín y Yolanda
Asesinato de los niños Fermín y Yolanda

El corte de caña agota, pero Fermín ni lo siente. Le gusta ayudar al padre, pero tiene otros sueños metidos en la cabeza. Esa noche no se aguanta y le dice a su mamá: “Me sé todos los problemas que pone la maestra.El año que viene voy a empezar en una escuela de milicias, ya estoy bastante grande”.

Nicolasa sonríe condescendiente, casi no puede creer que sus niños crecieran tanto. Fermín la asombra, solo tiene 13 años pero anda loco de admiración por Camilo Cienfuegos y dice que será como él. Yolanda no se queda atrás, dos años menor, quiere ser maestra y practica con cualquiera que se le cruce delante.

Cierto, viven en un bohío muy modesto, en la apartada finca La Candelaria en Bolondrón, Matanzas; pero son una familia feliz. Las oportunidades que crecen para los cinco hijos alegran la vida. Es el 24 de enero de 1963.

No obstante, sienten algo raro mientras oscurece; los perros ladran y ladran. Los muchachos repasan las lecciones y los padres mandan a dormir; con mucho trabajo logran acostarlos. Nicolasa presiente algo muy malo y no se atreve ni a salir a la puerta. Cerca de las once se sienten los pasos de un grupo que se acercan y alguien grita: “Compañeros, casi no se ve nada y estamos perdidos. ¡Levántense!” Desde la casita se hace silencio.Los desconocidos insisten en que son milicianos.

“¿Es que ustedes son gusanos y tienen miedo?”, gritan. La madre responde al fin: “Fíjense en la puerta de la casa, a ver si nosotros somos gusanos, ahí está la bandera cubana”. Entonces, los supuestos combatientes afirman necesitar que el niño los conduzca hasta el responsable de una cooperativa cercana.

Nicolasa se dispone a abrirles la puerta e invitarlos a pasar. Enseguida comprende el error. Gregorio, el padre, percibe que vienen a matarlos y sale corriendo a buscar la vieja escopeta de cartucho para defender a su prole.

“¿Qué esperas para tirarle, cabo?, fue lo último que se oyó antes de que las ráfagas atravesaran las endebles paredes desde todos lados. Felicia, la hija de 16 años, se dobla sobre su vientre y cae al suelo. La madre, también herida, corre al cuarto. Lo que ve allí la espanta. Su hijito, Fermín Rodríguez Díaz, yace bañado en sangre; se estaba vistiendo cuando lo mataron. Yolanda y la pequeña Josefa, de siete, todavía dormían cuando las alcanzaron las balas, ni siquiera se quejan. La niña que soñaba con la enseñanza moriría de camino al hospital”.

Nicolasa no puede enfrentar la desesperación, empieza a gritar. Gregorio se culpa, no pudo acabar con aquellos matones. Les habían arrancado las esperanzas; dos de sus pequeños, tan inocentes, perdieron el futuro que la nueva Cuba brindaba. El dolor perseguiría por siempre a lo que quedaba de la familia.

Los asesinos eran mercenarios dirigidos por Francisco Hernández (El Gallego). Él había recibido la orden de Juan José Catalá Coste, ‘Pichi Catalá’ –jefe de todos los bandidos de la provincia– de protagonizar una acción violenta que resonara en el territorio. No escogieron enclaves militares ni ningún otro objetivo desde el cual pudiesen ofrecerles resistencia; unoscampesinos era más fáciles de masacrar.

1963 trajo el luto para muchos cubanos. Luego del fracaso, el año anterior, de la Operación Mangosta; el gobierno norteamericano comenzó a implementar un nuevo programa subversivo denominado ‘de Múltiple Vía’, para fortalecer las principales organizaciones contrarrevolucionarias, apoyar las bandas de alzados y fomentar nuevos alzamientos.

En esos doce meses fueron asesinados 51 personas, incluidas mujeres, ancianos y niños; y heridas otras 27. Además, se incendiaron viviendas, tiendas de pueblo y escuelas rurales.

El terrorismo no quedó impune. En marzo, a partir de la confesión de un detenido, se sorprendió a la banda de Pichi Catalá; en el enfrentamiento murieron seis de los bandidos, entre ellos el jefe, quien mantenía estrechos contactos con la CIA. También se localizó al grupo de El Gallego y, al resistirse, fueron abatidos tres de los asesinos de Fermín y Yolanda.

En mayo comenzó a mermar el bandidismo en la región; sin embargo, las víctimas no olvidarían jamás la crueldad de aquellos que, financiados desde el exterior, concebían como una hazaña el asesinato de niños.

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