Se le acabó la gasolina

Ya le duelen los pies de tanto esperar y también tiene un poco de frío. Cuando anochece refresca y alivia montarse en la guagua, donde hay calorcito y casi siempre, a esa hora, asientos vacíos.

Pero esta vez la ruta está atrasada, hace más de una hora que aguarda, y nada. Apesadumbrado se lamenta: “¿Por qué empiezan los fallos si hace unos días era tan estable? ¡Qué poco me duró la felicidad!” Luego de un profundo suspiro se dispone a caminar el largo trecho; en el trayecto ni un solo ómnibus pasa por su lado…

¿A cuántos cubanos habrá preocupado en alguna ocasión que determinados servicios pierdan la calidad de forma progresiva hasta, incluso, desaparecer? Ejemplos abundan, y no solo referidos al transporte público. Entre ellos, los restaurantes que se inauguran exhibiendo copas, manteles impolutos y eficiente asistencia; y en pocos años se transforman en locales de mala presencia, con vasos opacos y donde debe esperarse más de una hora por arroz frío.

Asimismo, propuestas, iniciativas y ofertas de diversa índole se inician para luego, bajo el peso de lo cotidiano, caer en el abandono y el olvido; dejando de la mano a quienes se aficionaron.

Tal vez la causa más sencilla sea la pérdida del ‘embullo inicial’, ese que hace comprometerse con un proyecto y dedicarle buena parte del tiempo y las energías. En múltiples esferas se implementan propuestas atendiendo a directrices nacionales, nuevas políticas o a la idea de algún directivo; sin tener en cuenta las verdaderas necesidades del territorio y las potencialidades humanas y materiales de la entidad para mantenerlas.

Así, junto a la improvisación vienen la falta de compromiso y problemas objetivos como la ausencia en los planes de recursos destinados al mantenimiento. En otros casos se impone el escaso  control: los jefes ponen la mirada en nuevas tareas y se entroniza la relajación, que termina por devenir en relajo. Si no se sistematizan los chequeos, las evaluaciones, ni se estudia la satisfacción de los públicos no puede asegurarse que todo marche como debe, en ascenso, y no en sentido contrario.

Influyen también la inestabilidad del personal; un trabajador resulta sustituido por cualquier motivo y quien toma su puesto deja en segundo plano líneas de trabajo anteriores, aun cuando fuesen exitosas.

Al final, se afecta el cliente que no alcanza a ‘casarse’ con prestaciones, horarios o productos y permanece en permanente zozobra: puede que un día ya no estén más allí, sean diferentes o desmejoren. De igual forma, se resquebraja la confianza; disminuye el entusiasmo de los ciudadanos ante el anuncio de una mejora. Buena parte hace un mohín de escepticismo, mientras suelta la fatal y tristemente fundamentada sentencia: “Vamos a ver hasta cuándo”.

Por suerte, quedan excepciones honrosas en nuestra ciudad. Entre ellas El Polinesio, restaurante especializado que no solo mantiene, a través del paso de los años, los precios, sino además el buen surtido y atención, limpieza y agradable imagen.

Entonces, no es una utopía. No hay que resignarse ante la tablilla que exhibe solo cigarros y condones (cuando hay); la pared descascarada sin que la pintura la visite; las guaguas de itinerarios fantasmas o las pizzerías devenidas tristes caricaturas de lo que un día fueron.

La culpa sí la tiene alguien, el mismo que a veces va de puesto en puesto dejando tras de sí una estela de promesas incumplidas, de realizaciones a medio concretar o víctimas de la inercia; y, no obstante, muestra un expediente impoluto sin apenas una sanción administrativa. Nada más parecido a la demagogia.

Toca a las direcciones de los distintos sectores, los Consejos de la Administración y a los Ministerios controlar, juzgar, mantener el ojo abierto, para corregir e impulsar a los rezagados. Así se advertirán a tiempo los errores y se evitará que tantos emprendimientos acertados queden en medio del camino, sin gasolina para seguir.

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