Dolor hecho luz

“…qué epopeya y misterio había en esa humilde mujer, qué santidad y unción hubo en su seno de madre, qué decoro y grandeza hubo en su sencilla vida, que cuando se escribe de ella es como de la raíz del alma…” José Martí

Mariana Grajales
Mariana Grajales

Rectitud y laboriosidad son las premisas del hogar. Modesto, sí, pero limpio; allí vive una familia de bien y no existe espacio para las mentiras ni el desorden. Por eso impone horarios para la comida, el sueño y llegar a casa. Nada de andar por ahí de noche, a las diez en la puerta y al otro día a estudiar o trabajar en el campo junto al padre; el sustento debe ganarse con las manos.

¿Cómo si no poner concierto en aquel hato de chiquillos que le ha nacido? Siempre recuerda darles un beso, consolarlos cuando tras una caída vienen llorando por el chichón, sonreír ante sus ocurrencias; sin embargo, prima el respeto y la disciplina. No puede ofrecerles toda la educación que quisiera, mas les brinda las lecciones que considera imprescindibles: ser honrados, pulcros, trabajadores y, sobre todo, valientes. Que no los amilanen el color oscuro de la piel, la tartamudez o el origen humilde. Esos son los mismos tesoros que le transmitieron José y Teresa, sus padres, a ella, Mariana Grajales Coello, desde que naciera el 12 de julio de 1815.

***

¡Los niños han crecido tanto! Ya hasta Antonio se casó. Hay felicidad en la familia, esa que algún día pensó que no regresaría, primero cuando su primer esposo murió y quedó sola con cuatro pequeños, y luego, al perder a Manuel y a María Dolores, dos de sus retoños. Es octubre de 1868. Junto a Marcos Maceo logró crear una estirpe robusta, de cuerpos vigorosos que parecen llevar en sí toda la fiereza de Santiago de Cuba.

Las informaciones del alzamiento de Céspedes llegan claras. Sabe que los hijos se unirán pronto porque ella misma les enseñó a odiar la opresión, repudiar las discriminaciones y amar su tierra como la mayor prueba de hidalguía. Entonces, saca el crucifijo, e incita a los de su linaje: “De rodillas todos, padres e hijos, delante de Cristo que fue el primer hombre liberal que vino al mundo, juremos liberar a la Patria o morir por ella”. A la manigua se fueron. Mariana tenía 53 años; tal vez adivinada que perdería muchos de los 14 frutos que, en medio de dolores, habían salido de su vientre.

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Nada prepara para la muerte de los seres que uno ama. Primero fue el esposo; como sargento, Marcos cayó en el combate de San Agustín de Ararás. También se fueron para siempre Julio, Justo, Fermín, Miguel. A Rafael, capturado y deportado a España, la tuberculosis le corroía los pulmones.  Y por esos campos andaba el resto. Cualquier día podía llegar la noticia: “Tu hijo está preso, lo hirieron, lo fusilaron.”

Cada mambí convaleciente recibe de sus manos la atención de una madre, así podían estar los suyos en cualquier monte. En el trabajo de enfermera pone todas sus fuerzas, a su lado permanecen las hijas Baldomera y Dominga y la nuera, María Cabrales. Sabe que el llanto resulta estéril, con lágrimas no se redimen pueblos; cuando le traen a Antonio ensangrentado espanta a las gritonas y se pone manos a la obra, su mirada se cruza con la de Marcos, –el adolescente tenía del padre más que el nombre, se le adivinaba en los ojos el fuego independentista– y enérgica le ordena: “Y tú, empínate, porque ya es hora de que te vayas a la guerra”. No se precisaba la advertencia, Mariana había nacido con un destino marcado, parir soldados para su país y ser, ella misma, pedestal de la causa.

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Trae un dolor clavado en el pecho: el Pacto de Zanjón. El trato indigno lo percibía como una mancha sobre los huesos de sus muertos. En Kingston, Jamaica, vigilan a los Maceo sin descanso; no obstante, no dejan de enrolarse en cuanto plan se relacione con la Isla.

Aunque los diez años de guerra menguaron su salud y la pobreza amenaza, recibe a los conspiradores, aboga por la libertad de sus vástagos presos y no les pide a los que quedaron vivos, –las mujeres, Antonio, José, Felipe, Marcos y Tomás– que se cuiden. Solo la avergonzaría que se resignasen a la derrota, pues no serían fieles a la Patria y a la crianza que recibieron. En el recuerdo Cuba la sostiene, a ella le dio todo y a su suelo pide que un día, cuando sea libre, regresen sus restos. Presiente cerca el fin, que llega el 27 de noviembre de 1893. Muere orgullosa, tanto dolor, a fuerza de coraje y entrega, se hizo luz.

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