Mi amiga pequeña

Mi amiga y yo
Mi amiga y yo

Como Alex, el amigo pequeño de Pepe Ordaz, Yarlet pasa como un soplo de aire fresco por mis días demasiado adultos.

Luego de una jornada de trabajo llego a casa arrastrando los pies, los ojos cansados, la columna hecha “talco” por tantas horas frente a la computadora y, además, emocionalmente agobiada por la guagua, el hambre y la falta de sueño.

En fin, soy un desastre, y me siento en el sofá para coger un “diez” y pedirle a mami que me haga un café. Entonces, Yarlet aprovecha para sentarse a mi lado y conversar. Desde sus escasos cuatro años puede tener dudas de casi cualquier cosa entre los poros y las estrellas, al decir lezamiano.

Yo no puedo resistirme a sus charlas; la conozco desde que nació y aunque es mi vecinita la quiero con una “tontería total” como la que deben sentir las madres por sus hijos. Es mi amiga más joven y una de las más fieles.

Siempre empieza por enseñarme sus dibujos del día, y con ojos de lechuza me interroga a ver si me gustaron y pide que los ponga en el cuarto en algún lugar visible, “ah y mira, uno para tu novio” (no deja de decirle novio a mi esposo aunque nos casamos hace ya y ella hasta fue la damita; creo que tales determinaciones oficialistas no le importan mucho).

“Esto es una casita para que vivas con tu novio, en la playa. ¿Te gusta?” Le digo que sí, no le cuento que me vendría de lo mejor una casa en la playa porque el que se casa, casa quiere y tan cerca del mar pudiera escribir a toda hora. Pero con mi sueldo no llego allá más nunca y tengo que proponerme metas más modestas.

Después me enseña las trenzas que mi mamá le hizo y me cuenta las maldades cotidianas de Isabel (mi sobrinita próxima a cumplir un año) De pronto, me mira con expresión interrogante y suelta sin previo aviso:

  • ¿Y tu niño cuándo va a salir?
  • ¿Qué niño?
  • El que tienes en la barriga – y señala mi barriguita que, es verdad, presenta unas rosquitas producto del sedentarismo periodístico, pero no tantas como para confundirse con un embarazo.
  • No tengo ningún bebé ahí todavía.
  • ¿Y cuándo?
  • De aquí a unos años
  • Pero, ¿por qué si tú ya eres grande y tienes novio?
  • Bueno… sí, pero para tener un bebé hacen falta otras cosas.
  • ¿Qué cosas?
  • Cosas… – (¿cómo le respondo eso?)
  • ¿Y si te pones vieja?
  • Vieja, qué va si todavía me falta cantidad para eso
  • Uhm… está bien, pero cuando tu niño nazca tienes que prestármelo para llevarlo a pasear y cambiarle el culero y …

Así hace una lista de todo lo que quiero hacer con mi hijo – muñeco; yo sonrío y no le cuento que si bien ya mis contemporáneas empiezan a tener bebés, mi esposo y yo queremos esperar un poco, porque tenemos proyectos, porque los culeros desechables están muy caros, porque no tenemos casa propia. Y como estamos en los veintitantos aún no nos pesa la conciencia por no aportar a la tasa de natalidad cubana.

Mi esposo, mi sobrina y la amiga pequeña
Mi esposo, mi sobrina y la amiga pequeña

Con una inquietud pasmosa cambia de tema, me dice que me queda bonito el vestido, que hoy sí se portó bien y que si mi novio le puede enseñar a tocar guitarra (anda loca de cariño por mi novio – esposo, aunque la primera vez que lo vio me susurró al oído, “ese novio tuyo no me gusta” y cuando le pregunté por qué, dijo: “es que tiene pelo largo y los hombres no tienen pelo largo”. Tuve que reírme de su inocente entendimiento del género)

Cuando casi me dispongo a darme una ducha reparadora me agarra por la mano y con total seriedad afirma:

  • Yili, cuando sea grande voy a ser una pintora famosa.
  • Ah, qué bien, pero para eso tienes que estudiar mucho.
  • Y princesa
  • ¿Princesa?

Me río, le doy un beso y la dejo que ya es la hora de los muñes ¿Para qué decirle que ser princesa no es muy práctico ni popular en estos tiempos, que las monarquías están en desuso?

No le digo nada de eso, a fin de cuentas lo mejor de ser niño es soñar, no estar consciente de impedimentos, costos, normas sociales. Ser niño es no hacer caso de los muros que de adultos, muchas veces, nos ocultan la ilusión, Por eso, después de hablar con Yarlet, salgo feliz y convencida de que, de vez en cuando, debo ponerle a mi vida una dosis de infancia.

 

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