… ¿y se formó la gozadera?

gm-ratoncico-arre-530x250Para quien trabaja duro todo el año, estar de vacaciones es una oportunidad muy esperada. Cada cual disfruta de esos días como quiere o puede; la mayoría busca relajarse y practicar sus actividades preferidas. Aquel día me dispuse a leer debajo de una sombra deliciosa y junto al mar; hacía mucho sol aún para bañarme en la playa y ya había paseado lo suficiente.

Sin embargo, apenas tuve tiempo de acomodarme, pues inesperada y alta irrumpió la música y volví a escuchar, afligida: “… y el arroz con habichuela, Puerto Rico me lo regaló”. El problema no era la canción, sino que ese día había sonado alrededor de seis veces, tal como el anterior, y el anterior.

Al parecer, al DJ le encantaba el tema y no se aburría de oírlo y ofrecérselo a los huéspedes. Miré a todos lados, la pista de baile estaba vacía, el parque también, hasta el bar; nadie más se había decidido a abandonar su habitación al mediodía. ¿A quién estaba destinado entonces el acompañamiento musical? ¿A mí?

Traté de empezar la lectura, pero no fue posible. El volumen ensordecedor amenazaba con provocarme dolor de cabeza, así que recogí mis cosas y me marché lejos. No intenté reflexionar con el encargado del esparcimiento sonoro, días antes algunos miembros de mi familia le pidieron que bajara la intensidad porque apenas podían conversar. Asumió el pedido, hasta que los vio marcharse y la elevó, de nuevo, “a todo lo que daba”.

Un vecino del lugar nos comentó su sufrimiento todos los veranos, pues la oferta musical –que para nada le agradaba- se extendía cada jornada y aunque la vivienda se ubicaba a varios metros de la instalación recreativa, le parecía que los bafles estaban en su cuarto.

Este año tuve suerte y además del entorno de sol y playa, pude visitar un área rural. Estaba encantada con el canto de las aves, el agua corriendo entre las piedras, las hojas movidas por el viento, hasta que surgieron bachatas, reguetones, baladas… y tuve deseos de llorar.

Todos y cada uno de los días que estuve allí, debí soportar desde el amanecer y hasta entrada la noche una selección musical que no era de mi gusto y que además hería los tímpanos de los vacacionistas. Para colmo de males, en una oportunidad colocaron las bocinas justo al lado del único teléfono; terminé enredada así en una “surrealista” discusión con el animador, quien no quería bajar el volumen para que yo pudiera llamar.

Primero pensé que la culpa recaía en la mala suerte, mas después enumeré todas las veces que he estado en sitios donde la música no contribuye al disfrute del cliente sino de quien la coloca; el cual impone sus preferencias y hasta baila como loco, mientras el resto intenta comunicarse a gritos.

La recreación en nuestro país presenta graves problemas de concepción. Todavía se piensa que con un buen equipo que lance su “carga” a decibeles insospechados todo se encuentra resuelto y la gente estará contentísima.

Se olvida que consumir música, como cualquier otra manifestación artística, constituye una decisión personal; por tanto deben existir espacios para el baile, las interpretaciones en vivo, donde las canciones funcionen como un fondo ameno, y también aquellos en que el silencio sea una opción.

A los directivos de las instalaciones que brindan servicios al público (villas, cafeterías, campismos, centros nocturnos) les vale reflexionar y preguntarse si la música que brindan agrada o tortura; valorar su calidad ya ameritaría un análisis independiente.

musica-altaEn los medios de comunicación resultan incesantes las denuncias de personas afligidas por la contaminación sonora que los agrede desde la casa de un vecino o una entidad cercana. Las leyes protegen del ruido nocivo a los ciudadanos de este país y sancionan a los infractores, ¿dónde están las multas? ¿Cuántos locales se han cerrado por no estar insonorizados? Tengo la impresión de que en este aspecto la impunidad campea y muchos soportamos que otros, sin preguntar, nos impongan “su gozadera”.

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