Sin guiones y con pasión

reunionesSe han ganado muy mala fama. Cuando se les menciona, una mueca de rechazo aparece en el rostro de la mayoría de los convocados, que comienza a pensar en la duración probable (casi siempre mayor a la estimada), en las cosas que le quedan pendientes por hacer, en el valioso tiempo que perderá.

Sí, porque aunque ellas son herramientas imprescindibles en la organización de las labores en todo el orbe, en Cuba su esencia muchas veces se resquebraja aparejada al formalismo y la repetición.

Entre nosotros, las reuniones, más allá de establecer pautas, se convierten en el trabajo en sí. ¿A cuántas se cita a un directivo cubano, durante un mes?; una investigación al respecto demostraría lo imperioso de cambiar algunas rutinas, pues ¿dónde queda el tiempo para la superación, el intercambio con los trabajadores, la atención a la población, o simplemente para poner en práctica lo que se acordó en la cita?

Tales espacios pierden efectividad, además, porque los asistentes llegan con la idea de que, “hablamos y hablamos y no pasa nada” y al más entusiasta le dicen, “no hagas catarsis, que al final vas a discutir lo mismo el año que viene”; eso pasa por la ausencia de un guía certero, que sepa encauzar el debate, proponer soluciones allí mismo y, pasado el tiempo, rendir cuentas de lo que se hizo. Si la gente siente que sus preocupaciones durmieron el sueño eterno del acta, terminará por desmotivarse.

Tampoco hay que absolutizar, pero las excepciones no son la regla; se ha hablado tanto del tema, que parece reiterativo y vano volver a hacerlo. No obstante, resulta esencial tocar otro aspecto que se aborda menos, y quizá sea más dañino que los encuentros caóticos y largos: las reuniones “preparadas”.

El término no alude a las horas de estudio de quien dirige el espacio, ni al cuidado que se puso en construir un orden del día coherente y enriquecedor, y mucho menos al esfuerzo que invirtieron los participantes en recopilar datos o redactar informes honestos y que aporten.

La preparación aludida se refiere al establecimiento de un guion, el cual recoge de antemano quién va a hablar, cuándo y, por supuesto, lo que va a decir. La principal justificación radica en que así se logra prescindir de aquellos oradores sin medida, que nada aportan y cansan al auditorio, así como que la duración no se extienda más allá de lo planificado; ¿pero un moderador con suficiente preparación no puede evitar esas situaciones?

Las verdaderas razones para ese proceder se hallan en el deseo de que todo salga perfecto, que no se produzcan “baches” de silencio, y no existan señalamientos de los superiores –porque se aplica sobre todo en reuniones presididas por representantes de la dirección nacional-. Puede que el resultado sea una jornada ágil, sin embargo, más parecida a una película de ficción que a la vida real.

La espontaneidad, y la verdad (que casi siempre le sigue los pasos), dirían como Estelvina: ¿y cómo quedo yo? Nada más alejado de la esencia revolucionaria que esa forma de actuar, que institucionaliza el burocratismo y no resuelve ningún acápite.

Dichas citas no poseen efectividad porque las deficiencias que se confiesan van con unas dosis de maquillaje, seguidas de los bocadillos “estamos trabajando”, “ya se tomaron medidas” o “una comisión lo investiga”. No se producen denuncias, críticas verdaderas y nadie se apasiona, ni siente el peso de la participación política, porque solo es una reunión más de tantas.

Si usted tiene la honrosa misión de dirigir y ha organizado este tipo de eventos, se encuentra a tiempo de no repetir el error; si le teme a lo que sus subordinados puedan decir, no está trabajando bien.

En caso de que, por el contrario, sea de quienes asisten un poco decepcionados, no se sume a la errónea práctica, ejerza su derecho al criterio, no se amilane porque puedan censurarlo, no piense que la vida seguirá igual hable o no hable.

No podemos darnos el lujo de la inercia, Cuba merece mucho más, y solo con serio compromiso conservaremos y edificaremos la sociedad que soñamos y por la que tantos lo han dado todo.

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