Punto…y seguido

“Gracias a la vida que me ha dado tanto/
Me dio el corazón que agita su marco/
Cuando miro el fruto del cerebro humano, /
Cuando miro al bueno tan lejos del malo…” (Gracias a la vida. Violeta Parra)

Ella no celebraba fines de año. No había cenas, arbolitos, regalos o deseos. No tenía derecho a esos lujos, tampoco sus doce hermanos, huérfanos de madre, carentes de juguetes.

El campo de sus primeros años era desolador, pero la ciudad no trajo otras esperanzas. Sobre una caja la encaramaban para que alcanzara el fogón en su primer trabajo. Como criada y niña la humillaron; solo algunas veces los dueños de la casa le daban un obsequio en vísperas del nuevo año: algo práctico, tal vez medias, nunca una muñeca.

Aun así, no dejó que le apagaran su entereza. Se sacudió los prejuicios; en la calle señaló la dirección contraria a los soldados que le preguntaban por dónde había huido aquel muchacho “revoltoso; y, cuando triunfó la Revolución, sacó el sexto grado en una escuela nocturna, con mi mamá soñolienta sobre un pupitre.

Por eso fue tan importante aquel primer arbolito, repleto de algodón para simular la nieve; no porque creyera en la Navidad, sino porque podía celebrar los meses que se aproximaban y las oportunidades que junto a su familia tendría. Se había graduado de Corte y Costura, ya no temía a la muerte de causa desconocida, ni al vencimiento del alquiler o los caprichos de la dictadura. Era alguien, no una más en la multitud informe de hombres y mujeres sin sueños.

Mi abuela Andrea no me vio entrar en la Universidad, ni graduarme, tampoco leyó ninguno de mis trabajos periodísticos. Murió antes. Sin embargo, la recuerdo siempre que un año se extingue, su vida me compulsa a agradecer cuanto tengo y a no “colgar los guantes” en el empeño de hacer por mi tierra con un arma tan endeble como poderosa: la palabra.

Cuando en el mundo actual la cultura de masas nos invita a enajenarnos, a conformarnos con las novelas, los videojuegos, los reality show; a no estresarnos porque a fin de cuentas la vida sigue igual; y a soñar siempre con lo próximo que debemos tener para ser; yo pienso en esa mujer humilde y completa, y en cuánto transformó su destino el proyecto de una Patria digna, soberana e independiente.

No podemos los cubanos dejar que conceptos como ese se vacíen de significado; o que nos vendan como metas el falso paraíso de la Cuba de los años 50, y el capitalismo del Primer Mundo, que jamás será el nuestro.

Quedan prácticas por desterrar: la desidia, la falta de ejemplaridad, las ineficiencias productivas, la escasez de iniciativas creadoras desde la base, el discurso vacío. Que debemos cambiar, es cierto; mas, siempre sobre una línea martiana y fidelista, comprometida con la tradición histórica y los principios. Nada parecido al “cambio” que hoy venden en América Latina y que amenaza con la muerte a las izquierdas.

Trabajar por una sociedad cada vez más justa, equitativa y con bienestar, es también hacerlo por los destinos individuales, y los de nuestros hijos. No imagino una Cuba sin seguridad en sus calles, sin los servicios gratuitos de salud y educación, o donde no se hable del traje negro y triste de Martí, los ojos de Abel, la boina del Che, las flores de Celia.

Como todos, este fin de año debe ser espacio para reflexionar en las búsquedas y compromisos personales, que tanto se relacionan con los destinos del país. Alegres, patriotas, cubanos, el 2016 -que se avecina complejo en el panorama mundial- precisará de cada uno lo mejor: ímpetu, trabajo, combatividad, crítica, amor.

Pongamos punto a lo mal hecho, y sigamos este primero de enero con todo lo rebelde, apasionado, verdadero, radical y hermoso que se comenzó a construir en esta Isla hace 57 años. Como Violeta, digamos: “Gracias a la vida que me ha dado tanto/ Me ha dado la risa y me ha dado el llanto, / Así yo distingo dicha de quebranto/ Los dos materiales que forman mi canto/ Y el canto de ustedes que es el mismo canto/ Y el canto de todos que es mi propio canto”.

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