La fórmula de Luisa

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Volver sobre los pasillos del Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Carlos Marx impulsa una sana nostalgia. Una se olvida por un momento de los años universitarios, el título, el ejercicio periodístico; y se vuelve a la muchachita de uniforme azul, demasiadas lecturas y carácter introvertido.
La alumna que fui entonces siempre sacó buenas notas en las ciencias, pero ellas pasaron sin dejar más rastro que escasas referencias que hoy me salvan de pasar por una completa ignorante en tales asuntos. Prefería las letras, me apasionaban, el resto solo constituía conocimiento formal, al que no le veía utilidad práctica.
Tal vez si Luisa hubiera estado frente a la pizarra de mi aula, la Química y yo habríamos experimentado una relación distinta, menos apática y más divertida; porque desde que me senté frente a la profesora de ojos claros y vivos comprendí que el cariño de sus antiguos pupilos, algunos por caminos tan alejados de ese saber como yo, tenía fundamentos sólidos.
Rodeadas de adolescentes –quienes disfrutaron del descanso facilitado por mi intromisión, y a la vez escucharon con tímida curiosidad las confesiones de su profe- iniciamos un diálogo matizado por sus respuestas siempre directas y objetivas, como las de gente de ciencia.
En 1957 nació Luisa María González – Molleda Pérez, por San Pedro de Mayabón, Los Arabos. Apenas cumplía 15 años y ya soñaba con la Química, pero no con enseñarla tiza en mano. Quería trabajar en un laboratorio; sin embargo, el deseo duró lo que demoró en llamarla el deber.
“Fue una cuestión de principios. Era militante de la Unión de Jóvenes Comunistas, y Fidel anunció que el país necesitaba maestros con urgencia. Así me hice miembro del I Contingente del Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech, en 1972”.
Aquellos jóvenes se formaron por un programa que combinaba el estudio y el trabajo; permitía su incorporación como docentes en las escuelas al campo; y los preparaba para, luego de cinco años, graduarse.
“Nos fuimos a Jagüey Grande. Los estudiantes tenían nuestra edad o, incluso, eran mayores. A pesar de ello, siempre primó el respeto. Nos sentíamos más profesores que alumnos, hacíamos todo lo que correspondía a esas figuras; y trabajábamos a la par. Nos apoyaron maestros con muchos años de experiencia”.
A conciencia, repito preguntas, insisto en aspectos que entonces pudieron ser candentes; sin embargo, Luisa no titubea ahora y me demuestra que entonces tampoco lo hizo. Estaba entregada a la tarea de educar, como a un sacerdocio, y no miró atrás.
Luego de tres años instruyendo en Secundaria Básica y dos en Preuniversitario, el IPVCE Carlos Marx se atravesó en su vida. Se precisaba personal docente y allá se fue junto a su esposo; transcurridos varios años él optó por otro centro de trabajo. Luisa no.
DSCF0882“Mi existencia está ligada a esta escuela, no me veo haciendo algo diferente. La calidad de los muchachos me ha mantenido aquí; a pensar de la opción de los preuniversitarios urbanos. No pienso moverme”, afirma categórica, y enseguida pienso que eso es más que una heroicidad, porque el régimen interno supone de los profesores múltiples sacrificios adicionales, desde algunos tan serios como las guardias, hasta otros más complicados como convertirse en consejeros de un sinfín de adolescentes buscando su lugar en el mundo.
No obstante, ella me desarma una vez más con su pragmatismo, porque si bien lo considera un trabajo minucioso y exigente, lo ve como natural. Esos rostros jóvenes y pícaros que reunidos pueden atemorizar a más de uno, para ella son amigos, promesas, “solo hay que entenderlos y ser sinceros, hablarles con la verdad”.
Los sentimientos se entretejen con el devenir de ese centro donde también estudiaron sus dos hijos. En la memoria atesora los años en que la Vocacional exhibía un claustro de Química completo, laboratorios, reactivos, piscinas, teatro, tabloncillo.
Cuando ya se superaron los años del Periodo Especial que agrietaron la belleza del edificio monumental, todo ha cambiado. Si bien los educandos poseen otros recursos para estudiar la disciplina, solo queda una unidad de estudios y la matrícula es menor. Luisa no teme a los cambios ni se los toma a la tremenda, “a pesar de la falta de maestros, luchamos porque se cumpla el plan de estudios. Habíamos abogado porque los estudiantes matanceros pasaran a régimen seminterno, estamos conscientes de esa necesidad”.
No puede contradecirme en que enseñar Química no resulta fácil, “todos los estudiantes no tienen la inclinación”; aunque sospecho que ella termina por enamorar al más reacio. A diario tropieza con algunos de sus discípulos de antaño, y el agradecimiento la colma, porque no solo se limitan a decirle que fue esa la mejor etapa de sus vidas, sino que le tienden la mano en las situaciones más convulsas.
Guía de grupo desde el año 95, y Vanguardia Nacional por cuatro cursos, en algún rincón especial guarda las medallas Rafael María de Mendive, Por la Educación Cubana, y la Pepito Tey que otorga el Consejo de Estado; y declara que se ha sentido gratificada y reconocida.
Cuando la interrogo acerca de la desmotivación de los jóvenes de hoy por el camino de la Pedagogía, reflexiona que una etapa no se parece a la otra, los intereses y motivaciones no son los mismos, poseen aspiraciones que el sector educacional no puede satisfacerles.
DSCF0883Creo que Luisa ignora que constituye en sí misma un ejemplo real y palpitante para quienes valoren ese destino; y lo confirmo cuando modestamente explica que se jubilará llegado el momento, porque “una tiene la experiencia, y no la vitalidad”. No se considera imprescindible y quizás, asimismo, no percibe que hace rato encontró la fórmula para ser una profesora de las que permanecen en el recuerdo: “hay que escuchar a los muchachos y prepararse cada día como si fuera el primero, sin acomodarse”.
Nos despedimos en el pasillo, y me alejo mientras un hombre que le dobla la estatura, con bata de médico, la abraza, le pregunta: ¿cómo está, profe?, y luego le cuenta que su hijo empezó este año en la Vocacional.

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3 comentarios en “La fórmula de Luisa

  1. Admirable Luisita,professora de Quimica,que entrega.k sacrificio,que dedicacion de su vida enters a esta causa,de verdad,Es Digan de admiration,yo ,confieso:me canse rapido,no pude soportarlo por mucho tiempo

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  2. Sin exagerar, nuestra Luisa, es una de las mejores profesoras que he tenido, nunca me gustó la Química, pero el día en que ella entró por primera vez a mi aula, fue algo mágico que nos atrapó a todos, convirtió aquel reguero de fórmulas y propiedades en un tesoro para nosotros sembrando la semillita de la curiosidad. Me hubiera encantado estudiar una carrera relacionada con aquellas espectaculares clases y aunque no fue así, aún recuerdo con un cariño inmenso las mallas que haciamos en la pizarra para ver quien se atrevía a solucionarlas, como si fuera una competencia donde fueran a entregar un gran premio. Luisa supo y sabe atraer a sus estudiantes, los hace enamorarse de la química, de solo verla uno se da cuenta de la pasión que siente y se desborda en sus clases inundándolo todo. Ojalá las circunstancias me permitan volver a verla y agradecerle por todo lo que hizo por nosotros, que fue muchísimo!!!!!

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