Donde se me partió el corazón

De Los Arabos solo conocía el central Mario Muñoz. Allí, en el pueblo, el corazón de ese municipio, nunca había puesto los pies.

Cuando supe que era finalista de un concurso de poesía que convoca la casa de cultura arabense y que me invitaban a participar en la gala de premiación, asumí todo el viaje como una aventura.

Podría hablar de lo surrealista de un trayecto en “máquina” hasta Colón; de cómo la vuelta ciclística nos detuvo al borde del camino alrededor de media hora; o de cómo un chofer quería montarnos a mí y a mi cuñado (representante oficial de mi esposo, también finalista) en un camión desvencijado por 5 pesos, y a los pocos minutos de que se fuera –creyendo que éramos un par de locos obstinados- alcanzamos una guagua hasta Los Arabos por solo un peso.

Mi cuñado y yo.                                                                                     Mi cuñado y yo.

Pero esos no son los detalles que me importan. En Los Arabos se me partió el corazón. Y no, no porque me sintiera mal, de hecho hacía mucho tiempo que no veía a gente haciendo por la cultura con tanto deseo y sinceridad.

Aún no entiendo como Freddy y Katia –especialistas de Literatura de la casa de cultura Ninón Mondéjar- se las arreglan para, casi sin presupuesto, convocar al Concurso Nacional Benigno Vázquez y traer escritores de toda Cuba (en esta edición había una guantanamera)

Allí conocí a un muchacho que no quiso continuar los estudios y vende dulces, pero desde los 12 años pertenece al taller literario de Freddy y escribe poemas con la autenticidad de quien sabe que la poesía salva.

Allí vi a un grupo de estudiantes de preuniversitario asistir a una actividad comunitaria, en el portal de una casa, y escuchar con complicidad a poetas e intérpretes.

Allí asistí a una casa de cultura repleta de adolescentes y entendí que a la gente que tiene ganas de hacer no la para ni un tren de carencias.

Estuvimos hasta la una de la madrugada leyéndonos nuestros poemas y cuando me fui a la cama, con un frío que daba deseos de llorar y mi mención, supe que tenía el corazón roto.

Los Arabos y la gente que allí vive y sueña merecen más. Sí, porque a veces los que residimos en la ciudad nos creemos el centro y demandamos para nuestro patrimonio, nuestra vida cultural, nuestra economía. ¿Y qué dejamos para el resto de los territorios?

¿Cómo exigir que se trabaje la tierra si los esquemas de desarrollo son cada vez más urbanos? ¿Y lo rural? ¿Qué oportunidades tienen los habitantes de esos municipios?

Los Arabos es un lugar dolido por la migración de sus jóvenes hacia la capital provincial y hacia el extranjero; por las casas cerradas y en venta, por la pérdida de tradiciones, por el cierre de fábricas…

Solo me había sentido tan triste al visitar un lugar, cuando conocí España Republicana, el sitio dónde se gestó el hombre con el que hoy comparto la vida. Un batey sin central, y ojalá no sin esperanzas.

Sé que Los Arabos también tiene esperanzas, porque hay allí quien se afana, quien no prepara las maletas, quien crea sobre su suelo. Esos que batallan contra el reguetón a todo dar que colocan en el parque segundos después de que Teatro de Las Estaciones culmine una representación en la casa de cultura.

Apuesto por los trabajadores del museo, que esperan su reparación capital, aunque la saben costosa; apuesto por Freddy y Katia que brindan lo que pueden con la cabeza en alto y la sonrisa. Apuesto por los que labran senderos sin desanimarse.

Como sociedad ese debe ser un reto, lograr una nación con una distribución más equitativa de las oportunidades, donde no haya que ir a las capitales para realizarse profesionalmente. Puede que sea un propósito utópico, pero si hay un país donde las utopías se siembran y cosechan, es en Cuba.

                             La casa de la infancia de mi esposo. Central España Republicana

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