Alas de cualquier color

“Si me quieres, quiéreme entera, no por zonas de luz o sombra (…) Si me quieres, no me recortes: ¡Quiéreme toda…O no me quieras!” Dulce María Loynaz

¡Trae niña! La noticia sacude a la familia; se esparce la alegría y comienza un maratón de comprar artículos rosados: baticas, medias, hebillas, canastillero, sábanas…

Mamá, papá y todo adulto con relaciones de parentesco reservan un arsenal de presupuestos educativos para la pequeña. No es igual que si fuese varón, ¡no!, ella debe ser delicada, jugar dentro de la casa, no treparse en los muros ni tirar piedras.

Por eso le regalan muñecas, jueguitos de cocina, de limpieza, de maquillaje. Y la niña comienza a aprender que no le corresponde empinar un papalote, ni jugar a las bolas o tener un trompo. “Esas son cosas de machos”. Se sabe que la que transgreda las estrechas fronteras, y demuestre que puede correr más o jugar mejor a la pelota que sus vecinitos, recibirá como premio la mirada acusadora de los que la llamarán: “marimacha”.

Y mientras crece, aumentan las expectativas ajenas que la adolescente debe llenar. Esconde al enamoradito, porque “está muy chiquita todavía para pensar en eso” aunque a su hermano – que aún no alcanza la pañoleta roja- todos los días le pregunten en casa si ya tiene novia.

Así se convierte en joven mujer. El mundo le ha dejado claro que ello implica estar siempre arreglada, impecable, tener pocos amores para que las “malas lenguas” no se desaten; acumular destrezas para lavar, limpiar, cocinar, planchar, porque “hay que estar preparada para el futuro”.

Por el camino, a veces se obvian las razones que nos hacen ser especiales, las que nos permiten sentirnos cómodas con nuestro género. Ser mujer y ser joven va más allá. Supone amar nuestro cuerpo como es, aceptarnos, saber que lo hermoso sobrepasa a la queratina y a las uñas acrílicas, y tiene que ver con encontrar lo que prefiramos y no lo que la moda imponga de forma dictatorial.

Comprende, además, el derecho a escoger la profesión u oficio que nos guste, el que esté acorde con los sueños personales. Libertad para amar, para decidir cuándo casarse y tener hijos. Suficiente amor propio para exigir que la pareja brinde compañerismo, y que no prevalezcan relaciones de servidumbre y renuncia. Espacio y apoyo para encontrar la realización en los ámbitos público y privado.

Mujer y joven: los límites son tan desconocidos como los del universo. El rosa de la infancia constituye una tradición que la sociedad dicta; las alas para volar las construye una, y esas se pueden pintar de cualquier color.

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