El odio que apagó una vida

Estabas aún en el vientre de tu madre y de alegría lloré… Cuando la bomba asesina apagó tu joven vida no tengo más lágrimas para llorar”. A Fabio: mi hijo. Giustino Di Celmo

Yo solo tenía seis años; por eso no recuerdo con precisión los sucesos de aquel jueves. Aún era muy pequeña para entender de noticias, y mucho menos de odios.

Ese mediodía seguro mamá me llevaba de la mano y hacíamos el recorrido habitual entre la escuela y la casa para disfrutar del almuerzo. Imposible precisar sobre qué discurría mi elocuencia infantil en el mismo segundo en que una bomba te arrancó la vida.

Tal vez en la noche me hablaron de ti en casa, o al otro día en la escuela. Sin embargo, las nociones que tengo de quién fuiste no son cosa de un día, se han forjado de a poco, con el paso de los años, hasta hacerte tan cercano como los héroes y mártires que la historia me enseñó a amar.

Te llamabas Fabio Di Celmo, tenías 32 años y una hermosa sonrisa. Como todas las víctimas del terrorismo eras inocente. Los asesinos no te conocían, no planeaban que murieras tú, podía ser cualquiera. Solo importaba sembrar el miedo. Tu fin no les quitó el sueño.

EL PEQUEÑO FABIO

Los hermanos menores siempre son pequeños a los ojos de la familia, sin importar que crezcan y se hagan hombres o mujeres independientes. Como Fabio era el menor de los tres hijos de Ora y Giustino, todos le reservaban un cariño especial, protector. Había nacido en Génova, Italia, el 1ro de junio de 1965, dentro de un hogar acomodado; no obstante, sus padres le propiciaron una educación austera.

Así creció Fabio. Leía mucho, aprendía a hablar francés e inglés y prefería la Geografía y la Historia. El fútbol le corría por las venas, desde los siete años perseguía la pelota y lo hacía bien. Llegado el momento, dio la espalda a una carrera futbolística profesional. Le parecía un mundo cruel, y para él ese deporte no podía ser más que refugio.

Preservó la mayoría de los amigos de la escuela; cautivaba por conversador, sencillo, ajeno a extravagancias y lujos fútiles. Siguió los pasos del padre como empresario, y muchas veces trabajaba a pie de obra con los obreros. Le satisfacía palpar con sus manos la labor.

No es de extrañar entonces que Cuba lo conquistara. Sabía del bloqueo y de la historia de resistencia de la Isla. La naturalidad y heroicidad de su gente terminarían por enamorarlo  cuando en 1992 llegó con Giustino a La Habana. Fabio representaba a una firma de exportación e importación radicada en República Checa y proyectaba establecer una sucursal en la capital cubana.

EL MUCHACHO DEL COPACABANA

En una de sus primeras visitas, su auto se averió en medio de La Habana Vieja. Trató de arreglarlo y no pudo. Los vecinos de los alrededores se reunieron. Cada uno daba su opinión sobre cómo solucionar la rotura, hasta que uno dio con la respuesta y Fabio pudo continuar. Eufórico contó la historia al padre, pocos países se asemejaban tanto a su carácter.

Cada dos meses viajaba a Cuba. En el hotel Copacabana todos lo querían, había trabado confianza con cada trabajador y con algunos construido una fuerte amistad. Debatía sobre la realidad del país, estudiaba los discursos de Fidel y hasta había logrado que lo llevaran al Cotorro a jugar un partido de fútbol; soñaba con traer a los miembros de su equipo, el Sciarborasca. Conversaba sobre su deseo de radicarse aquí, como un cubano más, tarjeta de abastecimiento incluida.

Los hechos del 4 de septiembre de 1997 acontecieron con la rapidez y frialdad de lo trágico: canceló una cita de negocios a la que no lograría llegar a tiempo. Desde la habitación, llamó a sus amigos Enrico y Francesca para encontrarse en el lobby bar y decidir dónde almorzarían. La pareja celebraba su luna de miel en la Isla por recomendación de Fabio y esa tarde volverían a Italia.

El salvadoreño Raúl Ernesto Cruz León también estaba en el Copacabana. En el baño armó una bomba –por cada una que colocara en un centro turístico cubano cobraría 4 500 dólares- y la dejó dentro de un cenicero del lobby.

El artefacto pudo explotar sin dejar víctimas fatales, como los otros que ese día dejó en el hotel Tritón, el Chateau Miramar y La bodeguita del Medio, pero una esquirla de metal le seccionó la yugular a Fabio y se desangró.

En el cementerio de Arenzano, Génova, su tumba reza: “El 4 de septiembre de 1997, una bomba asesina de un mercenario salvadoreño apagó la vida del joven Fabio Di Celmo”. Primero se leía “bomba americana asesina” y las autoridades italianas exigieron suprimir el gentilicio.

Giustino, marcado por el dolor inmenso de perder un hijo, juró morir él también en Cuba y lo cumplió. Batalló de forma tenaz contra el terrorismo y exigió condena para los que pagaron a Cruz León y, a diferencia de este, nunca fueron enjuiciados.

Luis Posada Carriles, quien ideó la escalada de 1997 contra el turismo cubano y aún vive libre, dijo a un reportero: “Es triste que alguien haya muerto, ese italiano estaba en un lugar y momento equivocado, pero yo duermo como un bebé”.

Y yo pienso en ti, Fabio, y en la expresión de tu rostro, esperanzada, llena de futuro, cuando un presidente de Estados Unidos pisa suelo cubano por vez primera luego del triunfo  revolucionario y, además de no pedir perdón, nos convida a olvidar. ¿Cómo olvidarte? ¿Cómo olvidar el odio sin castigo, ese que te apagó?

Anuncios

Un comentario en “El odio que apagó una vida

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s