Hombre cotidiano en las alturas

Creímos que subir la Loma del Pan iba a ser cosa fácil. Ya una vez un aguacero inoportuno había frustrado la expedición, y por eso sobraba el entusiasmo y la voluntad: nada en el mundo impediría que aquella tarde conquistáramos la mayor elevación de Matanzas y viéramos toda la ciudad y sus paisajes a nuestros pies.

No calculamos el sedentarismo periodístico, los años de más de algunos, las libras sobrantes de otros, los pulmones de algún fumador empedernido. La mayoría, primeriza en la aventura, nada sabía de la empinada carretera que corta el aliento, arranca el sudor y afloja las piernas.

Como “subir lomas hermana hombres” (y mujeres) nos reímos de nosotros mismos, hicimos paradas no recomendables, valoramos acampar a mitad del camino, compartimos el poco ánimo sobrante; y, cuando ya faltaba la fe, llegamos al punto más alto.

Nos hinchamos los pulmones de aire limpio, la brisa del atardecer comenzó a secarnos la ropa, pero primero no vimos el paisaje, ni el sol languideciendo, sino a Martí.

En un fragmento de pared, Salomón -el artista de la plástica- dejó un Apóstol, y nos conmovió encontrarnos con aquel rostro tantas veces recreado, aunque bien definido en el pensamiento de quienes hemos aprendido a amarlo sin convertirlo en ser perfecto o supraterrenal.

Si un pequeño grupo de reporteros insistía en el simbólico acto de conquistar una loma, era en buena medida por el amor al oficio y la Patria heredado de aquel hombre enjuto y brillante, que no se amilanaba ante las debilidades de su físico, ni las ingratitudes del ejercicio de la palabra.

El Maestro para nosotros, el héroe cotidiano; nunca de mármol, nunca idealizado. Allí, en las alturas, sé que más de uno le dedicó en silencio el compromiso de ser, como él, irreverente y revolucionario en tiempos convulsos; y derrotar siempre la subida más difícil, la de la conformidad.

Al otro día, antes de volver a casa, luego de una noche de estrellas y fogatas, no le dijimos adiós. Él, el Martí nuestro, siempre nos acompaña, y lo hará mientras haya Cuba y alguien que palpite al llamarse cubano.

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