El precio de “llevar los pantalones”

Niñas, adolescentes, mujeres con jeans: ya nadie se escandaliza. Hace rato conquistaron el derecho a vestir como deseen, sin absurdos dictados que les impidan ceñir sus piernas. Pero todas no logran usar los otros pantalones, los simbólicos.

La sociedad cubana, estrategias inclusivas aparte, es esencialmente machista, y privilegia el género masculino a la hora de entender universos como la sexualidad y la vida doméstica.

Y pudiera pensarse que nacer varón otorga pasaporte a una vida más fácil y libre. Sin embargo, esas lógicas también los marcan de formas engañosas y nocivas.

“Trae macho”, anuncia el ultrasonido y se destierran del ajuar todos los colores asociados a lo femenino. La convención no importaría mucho si no fuera porque, apenas el hijo comienza a tener noción de sí y de los otros, la familia se encarga de hacerle saber que la ternura no le pertenece: “aguante como un hombre”; “no se siente así, que parece una mujercita”; “deje la gritería, ni que fuera una niña”.

El pequeño no solo aprende que debe aparentar fortaleza en todo momento, sino que sus pares son unas histéricas, lloronas y gritonas. Comienza la escuela y le dicen que “no se puede quedar da’o”, ni “ser un punto”, “tienes que saber defenderte”. Las incitaciones a la violencia inundan la cotidianidad.

De parejas se les habla a las niñas lo más tarde posible. A los niños se les pregunta desde siempre: ¿ya tienes noviecita?; y los parientes se ríen si contestan que sí y cuando dicen que no, los incitan a buscarla.

Sobre los varones se establece una vigilancia constante, su inclinación sexual se halla siempre en tela de juicio; por eso no pueden jugar mucho con las niñas, ni andar con escobitas o cocinitas; y si a alguien se le ocurre decir que parecen amanerados, corren las alarmas, e incluso algunos terminan en el psicólogo.

Aunque parezca demodé, todavía existen progenitores que niegan a sus vástagos la posibilidad de una carrera artística por considerar que los puede volver “flojitos”.

Llegada la adolescencia, la interrogante acerca de la novia se hace más seria. Los tímidos, los homosexuales o quienes aún no piensan en el sexo, sufren el acoso en el hogar y en el grupo de amigos, ser virgen deviene deshonra. Entonces llegan a una relación sexual por coacción, sin estar preparados, y luego vienen los embarazos, las enfermedades o las disfunciones.

Por lo general, no se les prepara para hablar de sentimientos, les pertenece la acción, deben ser valientes y temerarios; quizás por eso las estadísticas revelan que mueren más por accidentes durante la juventud: si todos se tiran del puente, allá va él.

Los que se acercan a las tareas domésticas lo hacen por inclinaciones propias, no porque les hayan dicho en algún momento que ya era hora de lavar, limpiar, o hacer el arroz. Muchos, el día en que se ven solos, sienten todo el peso de la inutilidad porque no logran “ni freír un huevo”. En la ancianidad se les hace más difícil vivir sin apoyo.

Pocos experimentan la paternidad a plenitud, ellos mismos o sus parejas los limitan cuando no los dejan solos con el bebé porque “hay cosas que un padre no sabe hacer”. Por suerte, día a día aumentan los que se revelan contra ese modelo y dan biberones, cambian culeros, arrullan y peinan motonetas; y no creen que el hecho de que sus mujeres ganen más dinero los convierta en ‘ceros a la izquierda’.

La presión social inclina a la infidelidad, “un hombre tiene que responder”. Conduce, asimismo, al descuido de la salud; tardan más en ir al médico y si de visitar al proctólogo se trata la vergüenza surge.

Hoy ganan espacio nuevas formas de entender las masculinidades, sin el enfoque agresivo y competitivo que se obsesiona por el desempeño sexual, el tamaño del pene y las habilidades de conquista. La discriminación por género no atañe solo a las mujeres, solo que ellos tal vez no se percatan de que viven siempre cuestionados y dentro de estrechos paradigmas preconcebidos. A lo mejor se creen con ventaja, aunque aguanten cargas demasiado pesadas, sin quejarse, porque “los machos varones masculinos no lloran”.

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