Disentir también vale

¿Para qué dices esas cosas si al final nada cambiará? Afloja. La vida siempre ha sido la misma. Solo conseguirás ‘marcarte’ y los otros continuarán su camino frescos como lechugas.

Más de una vez me lo han dicho, incluso personas que estimo. Yo siempre contesto que cuando creo que algo está mal tengo que decirlo o escribirlo porque si no ‘reviento’ de la impotencia; que si siguiera tal lógica no tendría este trabajo ni viviera en este país; y que asentir sin concordar me parece el más ignominioso de los crímenes.

Por supuesto que tal postura conlleva complicaciones, imagino lo mismo en Cuba que en Transilvania. Hay personas a quienes les incomodan los que critican, los que dicen aquello que los otros no quieren escuchar, los que se alejan de las versiones complacientes.

En este archipiélago, si bien un proceso revolucionario de más de cinco décadas pone en primer plano la participación popular como esencia, interpretaciones erradas validaron durante muchos años la idea de que había que estar de acuerdo siempre, porque lo contrario contribuía a la fragmentación y al debilitamiento de las estructuras.

Junto a ello creció la costumbre de someter casi todo a votaciones a mano alzada, puramente formales, desde el orden del día de una reunión hasta la ubicación laboral de un grupo de graduados universitarios (aunque alguno no esté contento con lo que le tocó y el resto lo sepa).

Los votos en contra y las abstenciones devinieron rara avis. En una suerte de actuar mecánico e irresponsable hay quien levanta la mano en el barrio o el centro de trabajo sin haberse leído el documento, conocer a la persona que se propone, o coincidir en la decisión que se establece.

En algunos casos, salen enfurruñados, comentando con el de al lado lo que pudo decir en el momento y se calló; en otros -los peores- ni les importa: ya la apatía se les instaló dentro.

Pero disentir también vale, y no conduce a la desunión, sino a  la confrontación sana. Solo de las contradicciones, y eso lo sabe bien quien le prestó un poquito de atención a la teoría marxista, nace el desarrollo.

Si la cultura del debate –y que a nadie le quepa duda de que constituye una cultura- estuviera más acendrada en la nación, en sus espacios de socialización, en los medios de prensa, e incluso en las instancias gubernamentales, muchos problemas podrían solucionarse a tiempo. Sin embargo, la mayoría de las veces quedan como cuerpo para autopsias, y entonces de nada sirve afirmar: yo siempre lo supe.

Sé que muchos que presumen de pragmáticos, a esta altura del comentario podrían cuestionarme: todo eso parece muy lindo, pero si digo lo que creo en un momento que se considere inoportuno puede ocurrir que hagan caso omiso de mi opinión; el jefe me mire con mala cara y después me ‘ponga el pie arriba’; o me den fama de incómodo.

Y sí, pero también puede que quienes no habían notado la deficiencia abran los ojos; o los demás reconozcan en su reflexión sus propias insatisfacciones; y siempre quedará la buena conciencia del revolucionario: haber hecho lo correcto.

La dirección del país llama al pueblo a buscarse problemas, a exterminar el dañino falso consenso. Para lograrlo nos falta un trecho y ahí entra el sacrosanto cambio de mentalidad.

Quien ocupe una responsabilidad cualquiera debe prepararse no solo para que cuestionen su gestión, sino además para sacar de esos cuestionamientos las mejores experiencias. Si, por el contrario, asume la crítica como una ofensa y la emprende contra la persona, ya está suspenso.

Del mismo modo, todos debemos interiorizar que el resto no siempre coincidirá con nuestra forma de entender los procesos y eso no es malo, al contrario. Además, ejercer el criterio constituye un derecho inalienable. Solo construiremos una nación superior si naturalizamos las confrontaciones y entendemos que la unidad nace de una construcción conjunta; y esta, sin debate real, resulta imposible.

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