Los espejuelos y yo

Rosados, azules, negros, violetas, dorados. Cuadrados, redondos, ovalados. Lindos, feos, detestables. Así han sido los míos desde que comencé a usarlos.

Llegaron durante los estudios primarios. Me dolía la cabeza si fijaba la vista en la pizarra y mamá me llevó al oftalmólogo; como premio recibí espejuelos. Las gafas en cuestión resultaron un adefesio de plástico, demasiado grande para mi cara; no se le podía pedir otra cosa a las Ópticas de los años noventa. Meses después se rompieron, o yo los rompí, no recuerdo bien.

En el preuniversitario los necesité para ‘fijar la vista’. No era problema, más de uno cree que usarlos (de ‘quita y ponֹ’) para labores intelectuales te hace ver más interesante, con más ‘swing’ se podría decir.

No sabía entonces que mi destino estaría unido a ese objeto. Poco a poco dejé de distinguir los rostros de las personas en la acera del frente; pero me hice la “chiva con tontera” por varios cursos, hasta que llegó un chequeo médico a la escuela y el doctor se alarmó porque yo no podía ver ni las letras más grandes de su tablilla.

Era miope, según el dictamen, y me los recetaron una vez más, ahora permanentes. No puedo describir lo lindo que se veía el mundo la primera vez que los usé, nítido, preciso. Y como ya no era una niña, no hubo complejos, solo la comodidad de apreciar todos los detalles del entorno.

Así entré de forma definitiva en la secta de los que llevamos espejuelos, un grupo definido en gran medida por las experiencias comunes. Por ejemplo, dejarlos en casa para salir de fiesta y después no saber el número de la guagua o preguntarse quién será ese que a lo lejos nos saluda con efusión.

También están las molestas rozaduras en la nariz, sobre todo en etapas calurosas; las roturas en los momentos más inapropiados, y los ruegos a la dependiente: “por favor, prioríceme, mire que son los únicos que tengo y sin ellos no puedo discutir la tesis”.

Claro, la experiencia dicta que debe tenerse unos de repuesto, sin embargo, se va dejando para después porque da pereza dilatarse otra vez las pupilas y llamar todos los días para ver cuándo sacan las armaduras lindas.

En otro apartado entran las preguntas. ¿Por qué no te pones lentes o te operas? ¿De verdad no ves si te los quitas?; y la clásica después que te piden sacártelos y ponen la mano delante de tu rostro: ¿Cuántos dedos tengo? No queda más que afrontarlas con buen humor.

Al final una aprende que no todas las telas sirven para limpiarlos y que tratar de maquillarse sin retirarlos y acomodárselos cuando no están no son excentricidades tan graves. También termina tomándole amor a los susodichos, aunque estén muy usados, y se busca un sinnúmero de razones para no desecharlos: son muy cómodos, pegan con cualquier vestuario, los nuevos dan mareo…

Los espejuelos se convierten en una parte más del cuerpo, orgánica y en ocasiones hasta imperceptible, sino que lo digan los que como yo se han ido a dormir o han entrado bajo la ducha con ellos puestos.

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