Conchita Torres: la música campesina no tiene fronteras

Texto y foto: Yeilén Delgado Calvo

Especial de la ACN para Cubasí

Conchita Torres no titubea para responder. Dice lo que piensa sin ambages, como la gente de campo, aunque vive casi desde su nacimiento en el reparto Dubrocq, de la ciudad de Matanzas.
  “No reniego de mis raíces. Guajira soy” confiesa, a los 63 años, una mujer que desde los siete permanece en los escenarios para defender la música campesina.
Fundadora de las agrupaciones Serenata Yumurina y Cuba Nueva, ganadora de premios Cubadisco y nominada a los Grammy, no aguarda por reconocimientos ni homenajes. Por el contrario, busca nuevos proyectos que la hagan sentir la misma emoción de los guateques hogareños en su infancia.
“Mi papá era natural de Benavides, un pueblecito cercano a Ceiba Mocha. Improvisaba y tocaba el laúd. No era un gran músico, pero me enseñó las tonadas. A él le debo el amor por el género”.   Recuerda su casa siempre llena de poetas, un ambiente en el que también se formó su hermano, el laudista Bárbaro Torres.
   “A los cuatro años Barbarito me acompañaba haciendo sonidos con la boca. A los 10, tomó el laúd y no lo soltó más. En aquel tiempo, ya me sentía mejor acompañada por él que por cualquier otro músico”.
   Fue el padre quien decidió que el talento de su hija debía conocerse. “A los cinco fui por primera vez a un programa campesino.
Por supuesto, a esa edad apenas se me entendía. Dos años después regresé y desde entonces no he dejado de cantar ni un solo día.
   “Era una niña intranquila, pero sentía la necesidad de interpretar. ¿Quién que ha cantado un punto guajiro no quiso ser como Celina González?”      Guiada por ese anhelo, hizo radio y televisión. A los 15 años se radicó en La Habana y su presencia se hizo habitual en programas como Vivimos en campo alegre y Palmas y cañas. Agradece a muchas de las figuras junto a las cuales actuó, durante lo que considera la época de oro de la música campesina en Cuba.
   “Celina es y será una de la mejores cantantes del país, tenía una voz privilegiada. De Inocencio Iznaga, El Jilguero, siempre disfruté sus tonadas, la gracia especial para hacerlas. También admiro a sus hijos María Victoria y José Antonio, El Jilguerito, grandes amigos.
Conchita Torres    “Sin embargo, mi ídolo dentro del género es Radeunda Lima, una compositora excepcional, gran maestra e intérprete. Me enseñó mucho de lo que sé, incluso los gestos en el escenario. Era una guajira tremenda”.
   Después de casarse regresó a Matanzas. No obstante, como   “nadie es profeta en su propia tierra”, las oportunidades no fueron muchas en su terruño natal y su carrera siguió ligada a la capital. “He tratado de lograr cosas aquí. Voy a la televisión pero a la radio no me llaman. Ahora, al fin, la Dirección Municipal de Cultura brindó el apoyo para hacer mi peña campesina cada mes.
   “Ese espacio permite que los matanceros conozcan mi trabajo actual y también el del grupo que fundé. Ya grabamos un disco y fuimos a Palmas y Cañas. Fue una tarea difícil crearlo, porque todos los músicos de la provincia quieren trabajar en Varadero.
   “A la Cultura le hace mucho daño que siempre convoquen a los mismos o que el propio artista deba gestionarse sus actividades, y no las personas encargadas de hacerlo”.
   Sus presentaciones en naciones como Estados Unidos, España, Francia o México la convencieron de la universalidad de la música campesina. “En ningún país he dejado de cantar una tonada y me recibieron bien con independencia del idioma.
   “Hasta en Japón canté punto guajiro. Para la buena música no existen barreras de lenguaje y la campesina no tiene fronteras.
   “No entiendo que en Varadero no haya un lugar dedicado al género. Sucede porque al animador no le gusta e impone al turista sus preferencias. Nuestras raíces son poco divulgadas.
   “Por lo general prima el desinterés, quisiera que se ocuparan más y se hicieran competencias o festivales en los municipios. Así pueden obtenerse grandes resultados.
  “Exceptúo a los que se esfuerzan, entre ellos la dirección de Palmas y Cañas, un programa baluarte. Con poco apoyo emprenden iniciativas como el concurso Buscando la voz guajira”.
  Cree Conchita que en la actualidad hay escasez de intérpretes y poca rigurosidad desde las direcciones. “Se audicionan buenos cantantes y luego cambian a otros géneros, utilizan a este como trampolín. Faltan calidad y voces guajiras.
   “Si un joven pone la radio y escucha a un poeta o intérprete desafinado, cambia de estación. Para dirigir un programa campesino se precisan talento y conocimiento”.
  Ansiosa de revertir la situación, se entrega a la labor de jurado y de enseñanza. “Siempre me encuentro disponible para el que lo necesite. Estoy jubilada, pero no retirada. Nunca me ha pasado por la mente dejar de ser lo que soy. En mi corazón y cerebro hay sangre y punto guajiro.
   “A la familia le debo el sostén. Cuando siento deseos de rendirme, mi esposo me impulsa. Aunque mi hijo y nieta no cultivan la música campesina, la disfrutan y agradecen”.
   Intérprete a mucha honra y defensora del son, la guaracha, la guajira y la tonada, Conchita Torres lleva 56 años enalteciendo lo guajiro del arte y poniéndole un punto de su naturalidad a lo cubano.
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