De pie espero

Cuando me toca hacer uso de mi paciencia en alguna gestión ineludible, trato siempre de sacarle provecho a los minutos invertidos-perdidos. (Fernando Medina Fernández / Cubahora)

Si evoco mi infancia, me visitan enseguida el olor del café vespertino de mamá y sus expresiones originales; mi madre tiene una colección completa de frases que pertenecen al universo peculiar de nuestra familia.

Así, si le decía que me aburría, ella ripostaba: “No sea burra”; para significar que algo era muy pero muy poco, soltaba: “Un tin a la marañín”; y cuando alguien le hablaba con entusiasmo desmedido de algún suceso con escasas probabilidades de hacerse realidad, sentenciaba: “Espere sentado”. Y lo de esperar cómodamente sentado era para no padecer un dolor de pies agudo por aguardar promesas difusas.

De mis despreocupados días infantiles a las incipientes canas de hoy, varias veces me ha tocado esperar sentada, muchas más en el sentido literal que en el metafórico —aunque en ocasiones tengan tantas similitudes.

Como heredé el pragmatismo materno, esperar es una tortura cruel que jamás he sabido enfrentar con resignaciones, y le huyo a los trámites como a la peste medieval. Aun así no me salvo, esperar (hacer cola en la oficina de la Vivienda, en la consulta del médico, en la bodega, en la parada de la guagua…) parece relacionado de forma intrínseca a la sociedad cubana actual. Incluso allí donde no es necesario hacer fila, siempre aparece algún desesperado clamando a toda voz por el último.

Cuando me toca hacer uso de mi paciencia en alguna gestión ineludible, trato siempre de sacarle provecho a los minutos invertidos-perdidos, y como me tomé en serio lo de la campaña de “leyendo espero”, no salgo jamás sin un libro (una nunca sabe cuando la espera sacará sus garras).

Eso sí, buena parte de los cubanos tiene un arma poderosa para sacarle provecho a esas ocasiones: su don natural para conversar, así sea con completos extraños. De tal forma, dos personas que nunca se habían visto pueden salir del cuerpo de guardia de un hospital conociendo hasta el más mínimo detalle de sus respectivas historias clínicas.

Pero de la espera también se pueden decir muchas cosas malas. La gente se impacienta, se siente maltratada, se pone agresiva con quien menos lo merece y sufre mientras ve esfumarse un recurso que no recuperará jamás: su tiempo.

¿Por qué entonces esperamos tanto? Muchas razones podrían surgir, desde falta de recursos hasta de personal, pero la mayoría de las veces la indolencia asoma su oreja peluda detrás de los retrasos; y el funcionario sale a fumarse un cigarrito o la doctora conversa por teléfono, mientras aguardan por ellos.

Si fuesen requeridos, los “demorones” dirían que hay que entenderlos, que también son personas; y en sus respuestas airadas encontraríamos una esencia del problema: un servidor público no será eficiente si no entiende lo que implica servir.

En resumen, sin exigencia, los burócratas se cocinan en su propia salsa y viven felices, atendiendo en una jornada a tres usuarios, cuando podrían ayudar a diez; y hasta habrá alguno podrido que dilatará adrede las soluciones de no haber un “regalito” de por medio.

Sí, a veces no queda más remedio que esperar, la vida y el éxito requieren de paciencia, de esperanza en lo por venir; sin embargo, mi madre me enseñó a no esperar sentada, a ponerle fechas de cumplimiento a los proyectos, a no dejarme pasar gato por liebre.

Y ya que vuelvo al terreno metafórico, le digo que hay que esperar de pie e irles de frente a los que nos hacen perder además de las horas, la lozanía. Que la espera no se vuelva conformidad con lo malo, que no rumiemos calladas amarguras en vez de hacer por la transformación.

Una espera injustificada, sea por soluciones o explicaciones, merece siempre una denuncia instantánea y dura. Esperar de pie quizás no agilice el proceso, pero no nos hará cómplices y, sin dudas, seremos más útiles a la obra común.

Si evoco mi infancia, me visitan enseguida el olor del café vespertino de mamá y sus expresiones originales; mi madre tiene una colección completa de frases que pertenecen al universo peculiar de nuestra familia.

Así, si le decía que me aburría, ella ripostaba: “No sea burra”; para significar que algo era muy pero muy poco, soltaba: “Un tin a la marañín”; y cuando alguien le hablaba con entusiasmo desmedido de algún suceso con escasas probabilidades de hacerse realidad, sentenciaba: “Espere sentado”. Y lo de esperar cómodamente sentado era para no padecer un dolor de pies agudo por aguardar promesas difusas.

De mis despreocupados días infantiles a las incipientes canas de hoy, varias veces me ha tocado esperar sentada, muchas más en el sentido literal que en el metafórico —aunque en ocasiones tengan tantas similitudes.

Como heredé el pragmatismo materno, esperar es una tortura cruel que jamás he sabido enfrentar con resignaciones, y le huyo a los trámites como a la peste medieval. Aun así no me salvo, esperar (hacer cola en la oficina de la Vivienda, en la consulta del médico, en la bodega, en la parada de la guagua…) parece relacionado de forma intrínseca a la sociedad cubana actual. Incluso allí donde no es necesario hacer fila, siempre aparece algún desesperado clamando a toda voz por el último.

Cuando me toca hacer uso de mi paciencia en alguna gestión ineludible, trato siempre de sacarle provecho a los minutos invertidos-perdidos, y como me tomé en serio lo de la campaña de “leyendo espero”, no salgo jamás sin un libro (una nunca sabe cuando la espera sacará sus garras).

Eso sí, buena parte de los cubanos tiene un arma poderosa para sacarle provecho a esas ocasiones: su don natural para conversar, así sea con completos extraños. De tal forma, dos personas que nunca se habían visto pueden salir del cuerpo de guardia de un hospital conociendo hasta el más mínimo detalle de sus respectivas historias clínicas.

Pero de la espera también se pueden decir muchas cosas malas. La gente se impacienta, se siente maltratada, se pone agresiva con quien menos lo merece y sufre mientras ve esfumarse un recurso que no recuperará jamás: su tiempo.

¿Por qué entonces esperamos tanto? Muchas razones podrían surgir, desde falta de recursos hasta de personal, pero la mayoría de las veces la indolencia asoma su oreja peluda detrás de los retrasos; y el funcionario sale a fumarse un cigarrito o la doctora conversa por teléfono, mientras aguardan por ellos.

Si fuesen requeridos, los “demorones” dirían que hay que entenderlos, que también son personas; y en sus respuestas airadas encontraríamos una esencia del problema: un servidor público no será eficiente si no entiende lo que implica servir.

En resumen, sin exigencia, los burócratas se cocinan en su propia salsa y viven felices, atendiendo en una jornada a tres usuarios, cuando podrían ayudar a diez; y hasta habrá alguno podrido que dilatará adrede las soluciones de no haber un “regalito” de por medio.

Sí, a veces no queda más remedio que esperar, la vida y el éxito requieren de paciencia, de esperanza en lo por venir; sin embargo, mi madre me enseñó a no esperar sentada, a ponerle fechas de cumplimiento a los proyectos, a no dejarme pasar gato por liebre.

Y ya que vuelvo al terreno metafórico, le digo que hay que esperar de pie e irles de frente a los que nos hacen perder además de las horas, la lozanía. Que la espera no se vuelva conformidad con lo malo, que no rumiemos calladas amarguras en vez de hacer por la transformación.

Una espera injustificada, sea por soluciones o explicaciones, merece siempre una denuncia instantánea y dura. Esperar de pie quizás no agilice el proceso, pero no nos hará cómplices y, sin dudas, seremos más útiles a la obra común.

(Publicado originalmente en Cubahora)

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