Prohibido morirse de literalidad

«Tu Correo es definitivamente uno de los momentos más altos en el decir coral de una asombrosa promoción de poetas», dice Yamil Díaz en su carta-prólogo.
«Tu Correo es definitivamente uno de los momentos más altos en el decir coral de una asombrosa promoción de poetas», dice Yamil Díaz en su carta-prólogo.

Recuerdo con claridad el día que descubrí que la denominación de «poeta» era una cosa tremenda. Fue hace unos 20 años, la tarde cuando me regalaron el primer libro de poemas.

Aún era demasiado pequeña, pero intenté leerlo y comencé a descubrir, por suerte temprano, que la poesía es una cosa de otro mundo que nos acompaña, y que andar de espaldas a ella por esta vida a veces árida, es perderse la oportunidad de acaparar la verdadera riqueza, la que nos alumbra dentro.

Desde entonces hasta hoy he leído poesía con apetito, y siempre me provoca felicidad extrema hallar a la vuelta de la esquina un poeta tremendo. Así me sucedió con Frank Abel Dopico (Santa Clara, 1964-2016).

Los primeros versos suyos los encontré en una revista, y quedé asombrada con la manera  de convertir la simplicidad en belleza. Después, a mi paso por Santa Clara, armé a retazos  su existencia de tintes dramáticos, novelescos, pero que se resistía a la tristeza.  El público lo había amado. Ganó en 1988 el Premio David y el Premio de la Crítica. En 1994 se fue a vivir a España, desde donde publicó poco. A su vuelta a Cuba, en el 2008, el panorama literario había cambiado y no muchos sabían cuánto significaba para las letras cubanas ese hombre que –me contaron– murió un poco solo y de demasiado alcohol.

También supe de su influjo que seguía, no solo en el vocablo impreso para siempre, sino además en la obra de un músico agradecido, del que fue profesor, al que ayudó a superar su timidez infantil mediante el teatro, y que ahora hace canciones sinceras que en Cuba se admiran.

De vuelta a La Habana fui directo a comprar El correo de la noche (Editorial Letras Cubanas, 2015), una reedición del poemario que había merecido el David. Y después de leerlo reafirmé la opinión de que la poesía sufre el prejuicio que signa lo desconocido. No vende, proclaman las grandes editoriales, y la gente acaba por creerse que es cosa de élites.

Parte de la culpa la tienen los malos poetas, los que hacen del sinsentido una forma de exhibir supuesta cultura; pero Dopico, porque era de veras poeta, no asumía poses, más bien asaeteaba con sus metáforas insólitas y su irrespeto por los lugares comunes.

«Y cuando en cada ombligo nace un duende, no se trata de una visión, sino de una visión  a lo Frank Abel. Caramba, Frank, todo aquello devino contagioso ¡Cuántos quisimos dopiquear! Te convertiste en un estilo», afirma Yamil Díaz en su carta-prólogo.

La poesía, como todo lo sublime, no anda necesitada de explicaciones. Cada quien puede hacerla su ancla o su globo aerostático, según lo precise. Lo único imperdonable es aferrarse a la literalidad, temerle a buscar detrás de las palabras. No queda más que compartir un cóctel de versos desordenados, una herejía que creo me sería perdonada por la desprejuiciada alma que los atrapó en papel.

«Bienaventurada seas si esta noche vienes a partir / mi soledad en dos pedazos, /  a darle a mi puerta su carruaje/… Donde crecen las alas antes hay precipicios… Se informa a los propietarios de maravillas/…que lo increíble existe a una gota de las cosas…  ¿A quién de caminar no le ha brotado un ángel?».

Anuncios

Las libras exactas para el consumidor

Instrumentos legales, como el Código Penal, sancionan las conductas que atentan contra el normal desenvolvimiento de los servicios públicos…

Me cuenta que casi se queda callado, que le faltaba apenas un metro para franquear la puerta del mercado, cuando se arrepintió. “No, no podía ser que me fuera con la duda, y me quedara todo el día con esa sensación de impotencia”, dice.

Unos minutos antes había comprado arroz en uno de los mostradores del establecimiento. El vendedor era del tipo confianzudo, de los que te dicen: “Mi socio, echa pa’ca la jaba”, y ponen cara de buenazos.  Como quien tiene una maestría en calcular cantidades a “ojo de buen cubero” despachó el cereal casi sin mirar la pesa y extendió la compra.

“Me pareció muy poco, y le pregunté si estaba seguro de las libras. ‘Claro que sí’, me contestó sin dudarlo. Por poco me voy con el bichito de la incertidumbre”, relata.

En ese momento, recordó que en una esquina, casi escondida entre cajas vacías y montacargas, estaba la pesa de comprobación, y para allá fue. “Primero no había nadie que la utilizara, después llamaron al administrador, que confirmó mi sospecha: faltaba al menos media libra.

“Lo más triste del caso  es que el dependiente me estuvo vigilando desde su puesto durante todo ese tiempo, y antes de que retirara mi jabita de la pesa, ya venía con el arroz faltante en una paleta.  ‘Mira, socio, aquí tienes’.

“Y me fui a casa, con cierta sensación de victoria, pero con la incógnita de qué habría pasado luego entre él y el administrador, ¿un regaño, una medida, nada?”.

La anécdota de mi amigo, sucedida hace unas pocas tardes en un céntrico mercado de la capital cubana, me vino a la mente mientras leía los comentarios del foro “Protección al consumidor: ¿Qué hacemos?”, convocado por Cubahora.

Encontré los puntos de contacto en dos líneas de opinión:  los mayores aliados de los servidores públicos que incumplen con su deber son los ciudadanos que no se quejan; y no basta solo con la denuncia, deben existir jefes lo suficientemente conscientes de su responsabilidad como para hacer cumplir al pie de la letra lo establecido.

La protección al consumidor no es un eslogan ni un invento cubano. Internacionalmente se conceptualiza como el conjunto de normas emanadas de los poderes públicos, destinadas a la protección del consumidor o usuario en el mercado de bienes y servicios, y que le otorga y regula ciertos derechos y obligaciones.

Ha sido ampliamente estudiada y en Cuba varias investigaciones  la han contextualizado atendiendo al carácter socialista  de la nación, el predominio mayoritario de un tipo de propiedad, los efectos del Periodo Especial, la canasta básica…

El tema se mantiene en los primeros puestos de la agenda pública y se relaciona con tópicos sociales diversos que los foristas mencionaron: las fallas humanas, el respeto, la corrupción, la responsabilidad, los valores, la impunidad y la apatía, la calidad de los servicios, la educación formal, la gestión de venta, la reventa…

Un usuario que se identificó como “coco”, afirmó que la protección al consumidor supone un deber y también un derecho, y reflexionó sobre el carácter cíclico del maltrato: “La persona que brinda un servicio para que otro consuma o se sirva de él, también en algún momento lo recibe y se convierte en consumidor”

Otro lector, Guadarramas, enrumbó sus opiniones sobre  el compromiso civil  ante lo mal hecho, porque no puede ser que, como expresaron otros usuarios, no se reclame por temor a caer mal:

“El problema debe ser de todos los ciudadanos, llamarnos a conciencia cada uno, ser un inspector más, exigir más, regatear por los precios; exigir por que se me dé el peso exacto …no es ser miserable, como en ocasiones  expresan algunos… Es una polémica dura, fuerte, pero tenemos que llevarla a cabo todos. La miseria humana comienza cuando uno deja de exigirle al timador el respeto por sus derechos”.

Si en algo coincidieron buena parte de quienes opinaron fue en la necesidad de cumplir lo legislado. La existencia de una Ley de Protección al Consumidor pudiese ser determinante, pero ya hay instrumentos legales, como el Código Penal, que sancionan las conductas que atentan contra el normal desenvolvimiento de los servicios públicos.

Asimismo, la Constitución de la República de Cuba es explícita en su Artículo 63, cuando dicta que “Todo ciudadano tiene derecho a dirigir quejas y peticiones a las autoridades y a recibir la atención o respuestas pertinentes y en plazo adecuado, conforme a la ley”.

En este, como en otros muchos temas de la vida nacional, son determinantes el control y la organización del emisor, por un lado, y la actitud proactiva del receptor, por el otro.

Desterrar el paternalismo;  no aplicar la bondad meliflua en la dirección, sino la justeza, que es mucho más difícil; ser intransigentes ante las vulnerabilidades que menoscaban nuestros derechos constituyen buenos primeros pasos.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Sobre montañas de utopías ciertas

Cae la tarde de domingo y nos da por hablar del pasado. Les cuento de un Martí diferente que encuentro por estos días en una biografía sublime y, como yo, se estremecen con las anécdotas del muchacho que se enamoró e hizo el ridículo, tan único y tan igual a nosotros en su humanidad que instiga.

A mi amigo se le ocurre preguntar: ¿Si tuviesen una máquina del tiempo, a qué momento irían? Playitas de Cajobabo, dice primero, para verlos bajar a él y a Gómez… y mirar sus rostros al poner los pies sobre la arena prometida, y con olor a Isla.

Por el camino de la historia vamos, sin orden cronológico, de los ojos arrancados de Abel a la tos de Villena; del perfil de Mella a Celia, férrea y eficiente organizadora; de Fidel, sagaz líder, adalid de la unidad, a la carta de despedida del Che, tan cubano. De Raúl, defensor de la bandera única, la del respeto inmenso para todos los mártires; a Pablo de la Torriente, periodista tremendo, y a Guiteras, masacrado en El Morrillo.

Nos robamos la palabra unos a otros para recordar aquel hecho, el otro testimonio… alzamos la voz, nos apasionamos. Tenemos menos de 30 años y la historia nos parece algo tan hermoso como serio; por eso nos rondan otras interrogantes: ¿Qué hay grande para hacer en esta Cuba? ¿Cuál machete mambí empuñaremos? ¿Dónde está la Sierra de hoy?
Nuestro debate dominical en la última fila de asientos de un ómnibus interprovincial nos ofrece las pistas. «Ellos en su momento no sabían que estaban haciendo historia», apunta alguien, y concordamos. Pero la épica de este tiempo no puede ser ciego presentismo. La de ellos no lo fue, siempre hubo deudas con la sangre precedente. Y esa deuda persiste y se acrecienta, lo sabemos.
Ahí está la obra, rebelde y vital, de los hombres y mujeres de la nación: en honrar, con el deber limpio y la palabra honda, los sucesivos sacrificios, los hombros miles que han sostenido el país y sus destinos. Y en fundar siempre, porque el pasado nuestro punza en las comodidades.

Como nosotros, más jóvenes dialogan con el ayer, inquiriéndolo, y que andemos en la búsqueda de un Moncada propio habla de la llama viva que prendió un día 26 de un julio martiano. Revolucionar siempre es el modo de fortalecer la Revolución de sincera raíz.

De ahora en adelante todo será más difícil, dijo una vez un cubano gigante en medio del triunfo que parecía total y la gente entendió que empezar de nuevo cada mañana era el precio de no ser lacayos.

Y ahora pareciera que nos lo repite, poniendo en el reto la única opción digna y amorosa, en una Isla de victorias encaramadas sobre montañas de utopías y burladora de presagios grises. Poder, casi 60 años después, pasar de manos firmes a manos prestas, la conducción del sueño común, es la más cierta de esas victorias. ¡Tanto y tan grande tenemos que hacer! El precio de no entenderlo sería muy alto.

(Publicado originalmente en Granma)

Ñámpiti o la flor que nos crece dentro

Podría retirarme mañana mismo y no hacer más que leer, y aun así –aunque llegara a ser la persona más longeva del mundo– no podría ni acercarme a terminar, no digo ya todos los libros que existen en el mundo, sino al menos los que me interesan.

Como nadie puede contra las estadísticas, hace tiempo superé mis indiscriminadas lecturas adolescentes, y escojo muy bien a qué textos dedico mi tiempo. Pocas veces releo, pero ese es un placer al cual resulta difícil sustraerse y unos meses atrás me embarqué en la aventura de volver a los primeros libros «sin muñequitos» que leí.

Ese reencuentro me confirmó algo que ya sabía: hacer literatura infantil –al contrario de lo que creen quienes la subestiman– requiere de una agudeza singular. Los niños son quizá los lectores más difíciles: no perdonan la falsedad ni que se subestime su inteligencia. Hay que ser muy perceptivos para ponerse a la altura de la riqueza y la fantasía de sus mundos. Los adultos debiéramos leer más lo que se escribe para ese público, y así entenderíamos otra verdad: la literatura, cuando es buena, no tiene edad de destino.

Así lo prueba Ñámpiti (Ediciones Sed de Belleza, 2015), una historia que habla de abandono, de acoso escolar, de racismo, del alcohol, de las limitaciones aparentes de un entorno rural… todo orbitando en la vida de Handel, un niño que suaviza esas crudezas a través de su mirada limpia, y que aprenderá por el camino que las madrastras no tienen por qué ser brujas y que a veces la muchacha linda del aula sí se enamora del menos pensado.

Este no es un entramado de tristezas, pero tampoco idílico; no podría ser de otro modo porque se parece a la vida. Advierto el aliento autobiográfico que marca con la sinceridad los buenos textos. Nunca antes había leído a su autor Eduard Encina (1973- 2017). Supe de él primero por esa estela como de luz que deja la gente buena cuando se marcha definitivamente. Ante su prematura muerte, muchos de quienes lo conocieron escribieron del poeta, narrador y pintor, natural de Baire, como quien dice de un hermano muy querido.

Con esas referencias, fui a Ñámpiti a buscar sensibilidad y la encontré con creces. Y me arrastré entre las hierbas del patio con Handel para perseguir lagartijas, pinté con él asfódelos gigantes que se me aparecieron en sueños, me alegré cuando su padre dejó de beber para volver a pintar y me hice amiga del ciego Brunelo.

«Mira lo que pasó con la bruja y ahora nadie cree que la vieron volando sobre el cine, mucho menos creerán que Brunelo no desapareció como todos piensan, ni que tampoco se mudó de pueblo, sino que se convirtió en esta flor que hoy vinimos a cuidar para sembrarla mañana», le dice el niño a su noviecita Inés. Y a mí me dan deseos de contestarle, y lo hago, que yo sí le creo, porque, ¿qué sería del mundo si no esperáramos que un día cualquiera, en el pecho, nos crezca una flor?

Ellas, las que se lo «jugaron» todo

Su papel no fue el del mero apoyo, estuvieron en la vanguardia cuando esa actitud podía entrañar la muerte

 

La vida es más fuerte que el horror. Una pudiera pensar que en tiempos de guerra todo se paraliza y solo quedan el miedo o la voluntad de luchar a cualquier costo.

Pero la violencia no extirpa los amaneceres ni el sabor a niñez de los dulces, y mucho menos la capacidad humana más extraordinaria, la de amar.
Por eso aquella mañana clara, ella sonreía al caminar junto a su amiga…

La Habana era entonces un hervidero de anécdotas «barbudas», de sirenas policiales rajando la madrugada, de cuerpos jóvenes masacrados y lucha clandestina omnipresente.

Fue tan rápido que apenas alcanzó a advertir, mientras él se alejaba, su camisa a cuadros, sudada y medio abierta; la figura menuda, la respiración agitada del que huye por su vida.

Casi las había derribado al rebasarlas en la esquina de la acera estrecha. Y apenas un segundo, volvió el rostro como para disculparse. Sus ojos eran limpios.

Instantes después, aparecieron los policías, y ella se estremeció al imaginar al perseguido en una calle cualquiera, arrojado como basura.

«¿Por dónde se fue?», les preguntaron. «Por allá», contestó ella, con una voz firme, para su sorpresa, y señaló el lado contrario al que realmente había tomado el perseguido.

Nunca supo su nombre ni si logró sobrevivir, pero sus ojos siguieron siendo impulso para nobles cosas.

***

La anécdota familiar que escuchaba emocionada en mi infancia habla de un acto menudo; sin embargo, muchas mujeres encontraron así, ante la disyuntiva de lo justo y lo honorable, su camino hacia la Revolución.

Muchas no habían tenido la oportunidad de traspasar los cercos del patriarcado y la pobreza, para llegar a una conciencia política sólida y ante la idea del bien se enrolaron; otras estuvieron desde el principio y fueron puntales de ideales y acción…  sin ellas las luchas clandestinas y de guerrilla no pudieran haber llegado al triunfo.

Trasladaron armas y propaganda política, arriesgaron la vida para esconder a los perseguidos, todo ello con una conciencia total del peligro, porque nunca la dictadura tuvo consideraciones ante un rostro de mujer.

Basta recordar el duro final de Lidia Doce y Clodomira Acosta, mensajeras del Che y de Fidel, respectivamente; capturadas en La Habana: «El día 13 de septiembre Ventura las mandó a buscar conmigo (…). Al bajar del sótano que hay allí y empujarla Ariel Lima, Lidia cayó de bruces y casi no se podía levantar por lo que este la golpeó con un palo, los ojos se le saltaron al darse contra el contén de la escalera. Clodomira me soltó y le fue arriba a Ariel arrancándole la camisa y clavándole las uñas en el rostro, traté de quitársela y entonces se viró y saltó sobre mí (…) tuvieron que quitármela a golpes»;  contó  en el  juicio realizado luego del triunfo revolucionario, un guardaespaldas de Esteban Ventura Novo.

Para intentar sacarles información, aun cuando estaban moribundas, las metieron en sacos con piedras, y las hundían y sacaban del agua.

***

«Aquello era muy difícil, pero todas nos ayudamos unas a otras y logramos salvar a muchas personas», relató en una ocasión la etnóloga Natalia Bolívar, quien perteneció al grupo clandestino  Mujeres Oposicionistas Unidas.

La profesora universitaria Isabel Monal, integrante del Movimiento 26 de julio, ha afirmado que «participar en aquellas acciones era muy mal visto… la familia quería que una fuera una “muchachita buena”, incluso aunque los padres y madres compartieran las mismas ideas políticas.

«Si bien muy pocas mujeres ocupaban cargos de dirección dentro del movimiento clandestino, éramos muchas dentro de él. Algunas vivíamos casi de gitanas porque nos buscaba la policía y todo resultaba muy angustioso», relató Monal.

A ellas, de la sección de Mujeres Martianas y del propio M-26-7, muchos combatientes les debieron la vida.

 

***

«Que no se fijaran a qué hora entraban o salían de la casa, pero que ellas se iban a dedicar a luchar contra aquello, dijo a su familia. Actuaba de forma inteligente, serena, reflexiva, pero con gran valentía… Déborah, uno de los nombres que usara en la clandestinidad, llegó a convertirse en una de las personas más buscadas por la tiranía de Batista», así habló Asela de los Santos a Granma y se refería a Vilma.

Y también podría contarse de Aly, Carmen, Liliana, Caridad o Norma; todas una sola mujer: Celia multiplicada, capaz de esconderse debajo de la cama para escapar de un registro, lanzarse en un marabuzal, disfrazarse de embarazada, y también de organizar con exactitud los detalles logísticos para garantizar la sobrevivencia del Ejército Rebelde.

O de las mujeres de Guantánamo, Caimanera, Mayarí y  Santiago de Cuba que desarmaban a los «casquitos» y corrían con las armas al monte, en un acto de desafiante temeridad. Luego atravesaban las líneas enemigas, las barricadas a veces minadas, para entregar las cananas, granadas, suero, plasma, sulfa, pistolas y cuchillos que escondían entre sus ropas, carteras e incluso pegadas con esparadrapo en el vientre y los muslos, y que disimulaban debajo de sayuelas y batas de maternidad.

Esas, las que se lo jugaron todo en la ciudad y el monte, las Marianas, las Haydées, las Melbas… demostraron de una vez y para siempre que el lugar de la mujer no era la retaguardia y definieron un camino de empoderamiento y compromiso que llega hasta hoy.
Fuentes: Artículos publicados en Granma, Cubahora, Juventud Rebelde y Resumen latinoamericano

(Publicado originalmente en Granma)