Emma y la conmoción de las estrellas

«No hay que tocar a los ídolos; su dorado se nos queda en las manos», se lee en Madame Bovary. Foto: YEILÉN DELGADO CALVO
«No hay que tocar a los ídolos; su dorado se nos queda en las manos», se lee en Madame Bovary. Foto: YEILÉN DELGADO CALVO

Hace unos años, una encuesta provocadora preguntaba a la gente, de forma anónima, sobre aquellos grandes libros que había fingido leer para escapar del ridículo, o no ser calificado de «inculto».

Los resultados recogían el testimonio de quienes disertaban sobre la sanchotización del Quijote sin haber pasado nunca de «un lugar de la Mancha»; y de otros que alababan el horror logrado por Kafka al convertir a un ser humano en insecto repugnante, aunque nunca hubieran siquiera hojeado La metamorfosis.

Así, aunque nos parezca irreal, muchos de los volúmenes que por la belleza, innovación o valor testimonial de sus letras han entrado en el panteón divino de los clásicos, quedan confinados a los análisis de los libros de texto y al entusiasmo de los profesores… años después de la escuela habrá quien cite la cólera de Aquiles y el Infierno de Dante, sin haber franqueado la definitoria primera página.

Pero adentrarse en un clásico no es cuestión de dotar de juicios de valor a la vanidad propia; sino, y sobre todo, de placer. Nunca es tarde para descubrir, por una misma, cómo un autor ha logrado hacerse imprescindible para la literatura universal.

Tarde, pero segura, he llegado a Madame Bovary, de Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880), dispuesta a traspasar esa primera frase extensamente citada: «Estábamos en la sala de estudio cuando entró el director…».

La edición cubana (Editorial Arte y Literatura, 2016) nos pone de frente a una pieza maestra. No por gusto se considera –como se afirma en la nota de contraportada– la novela moderna más importante y reveladora de la sociedad francesa del siglo XIX.

Flaubert se cuida de todas las intromisiones en el curso de la historia que hacen difíciles para los lectores de hoy volver a las obras de ese siglo. Al leerlo, pueden advertirse técnicas muy contemporáneas y hasta cinematográficas, como superponer dos diálogos o escenas aparentemente apartados entre sí; y hasta ciertas notas de absurdo.

Pero no solo lo formal hace a Madame Bovary un monumento vivo hasta nuestros días. Las pasiones humanas han sido iguales siempre, cambian las convenciones sociales, la forma de escribir… pero las alegrías y tristezas siguen siendo las mismas… quizá por eso a la literatura genuina no le salen canas.

La novela, luego de su publicación en 1857, fue juzgada por obscenidad. Debió causar una desazón atroz la osadía de Flaubert de colocar en el centro de su obra un tema tan controvertido como el adulterio de la mujer. Se le reprochaba violar la moral pública, religiosa y las buenas costumbres.

Emma es un personaje tan trágico como fascinante, puede que Flaubert la juzgue, y condene sin decirlo su infidelidad a través de las consecuencias que le acarrea; pero al exponer los pensamientos de Madame Bovary desnuda la realidad de una mujer víctima de las ambiciones consustanciales a una rígida sociedad de clases y de sus pasiones en una época donde solo había dos destinos «honorables»: el matrimonio o el convento.

Recordando su infancia, Emma sufre: «Qué felicidad en aquellos tiempos (…) Lo había gastado en todas las aventuras de su alma (…) en la virginidad, en el matrimonio y en el amor (…) ¿pero quién la hacía tan desgraciada? ¿dónde estaba la catástrofe extraordinaria que la había trastornado?».

Era muy pronto tal vez para que ella, a través del hombre que la creó, pudiese entender en  toda su plenitud las cadenas que la ataban y arrastraban en dirección contraria a «lo correcto». De vivir hoy Emma, Flaubert se quedaría sin anécdota. Sus personajes acudirían al divorcio y los métodos anticonceptivos, y el final sería muy diferente.

Hay que llegar a Madame Bovary y beber de un escritor que, en boca de uno de sus personajes, pone una de las preocupaciones literarias suyas y de todos los tiempos: «nadie puede jamás dar la exacta medida de sus necesidades, ni de sus conceptos, ni de sus dolores, y la palabra humana es como un caldero cascado en el que tocamos melodías para los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas».

(Publicado originalmente en Granma)

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