Y del pelo nos saldrán mariposas

Algunos libros llegan a nuestras manos por arte de magia. Desandando una de las carpas veraniegas que promueven la lectura como forma de convertir el ocio en alimento para el alma, una portada fuera de lo común me atrajo.
Oscurecía, ya las vendedoras adelantaban el inventario para el día siguiente y guardaban en cajas los volúmenes, pero me las ingenié para tomar y hojear Un hondo bosque de sueños (Notas sobre literatura para niños).

En estas páginas hay consejos sinceros que pueden ayudar a quienes tengan a su cargo una niña o niño. Foto: de la autora
En estas páginas hay consejos sinceros que pueden ayudar a quienes tengan a su cargo una niña o niño. Foto: de la autora

Hubiera bastado el nombre del autor, Eliseo Diego, para que me lo llevara, pero lo que al vuelo pude leer era tan seductor, y de tanto ingenio las ilustraciones de Rapi Diego, que pagué enseguida su precio.
Aunque ya tenía algunos años de editado (Ediciones Unión, 2008), se ofertaba entonces para suerte mía. Vender libros es también un arte –un poco maltratado en los tiempos que corren– pero aquellas dos señoras, conocedoras de su oficio, no protestaron porque llegaba a última hora: me dedicaron una sonrisa cálida y un «que lo disfrutes».
Solo los empedernidos lectores conocen la sensación bendita de adquirir un libro que se adivina cautivante y ansiar la hora de «devorarlo», página a página.
Así, me fui con el ejemplar en el bolso y cuando al fin pude leerlo, no quedó expectativa sin cubrir. Conferencias, notas, entrevistas, ensayos… componen Un hondo bosque de sueños. En ellas, Eliseo –uno de nuestros poetas rotundos– habla sobre lo que se escribe para los niños y cómo hacerlo bien, es decir, sin considerarlos adultos en formación que deben ser tempranamente preparados para la vida «de los grandes».
«Porque lo he vivido, sé cuánto importa la poesía al corazón de la infancia», dice Diego y nos invita a leer de nuevo El gato con botas y La bella y la bestia; y a no subestimar ninguna de las historias que de generación en generación cuentan los padres y las abuelas a la hora de dormir, porque «… en todo arte de pueblo el tiempo filtra, acendra, pule como hace el agua del arroyo con las piedrecillas del fondo, o los dedos de las viejas con las cuentas de sus rosarios».
Sería equivocado pensar que este es un libro solo dirigido a quienes están interesados en hacer arte para el público infantil, en sus páginas hay consejos sinceros que pueden ayudar también a quienes tengan a su cargo una niña o niño. El autor exhorta a no menospreciar sus inteligencias ni la forma rápida en que todo lo captan y desechan lo que no logra conmoverlos:
«No hay más que una preocupación legítima en cuanto al mensaje que algunos de buena fe suponen imprescindible en el arte que se dedica a los niños: que no sea nocivo, que no les haga daño psíquica o ideológicamente.
«Si tenemos esta seguridad no hace falta mensaje alguno, ni pedagógico ni moral. Basta la belleza –y en ella incluyo, por supuesto, la gracia–, porque la belleza hará mejor al niño. ¿Es concebible nuestra ideología en un hombre incapaz de conmoverse ante lo puro, lo noble, lo bello? ¿En un hombre incapaz de sonreír o de detenerse a contemplar el esplendor de la vida en un niño, una muchacha, un pájaro?».
La gente pequeña que nos desordena la vida con sus energías inagotables, necesita mucho ese «conocimiento oscuro pero inmediato de las cosas que algunos llamamos poesía». Nunca como en esos años lo evidente no es lo verdadero, y hace falta tan poco para ser feliz.
La persona nueva, la que ancle sus principios en una forma diferente de entender la sociedad, sin «lobos» que se devoren los unos a los otros, debe también tener una sensibilidad cierta para amar la humanidad, que pasa por apreciar la sobriedad de los versos sencillos de Martí, y también la limpieza de una esquina sin basuras o un ómnibus sin decenas de empolvados muñecos de peluche y calcomanías descoloridas.
El sentido de lo estético empieza a formarse cuando aún nos ponemos de puntillas para otear el horizonte por la ventana, cada estímulo será influyente, cada costumbre, definitiva.
Educar a un niño es un trabajo de tiempo completo, y si no se hace como misión de amor y no de obligación, sin esperar más a cambio que contribuir al crecimiento de un buen ser humano, se fallará seguramente.
«Los mejores libros para niños son también libros para adultos», advierte Eliseo Diego, y de paso, nos conmina a volver a leer los clásicos infantiles y asombrarnos con la complejidad que entonces aceptábamos de forma natural en Peter Pan y Wendy, o Platero y yo, y que ahora nos sobrecoge.
Tal vez si nunca perdiésemos esos poderes que tenemos en la infancia de sacudir el pelo y que nos salgan mariposas multicolores; de crear amigos y pueblos, imaginarios pero reales; de decir lo que no nos gusta sin pensarlo dos veces… el mundo tendría otro rostro, menos amenazante. Crecemos y se nos olvida, pero nos bastaría apenas un salto a aquel tiempo de libertad, para ser mejores y más buenos.

(Publicado originalmente en Granma)

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