¿Reparar lo roto?

No puede ser casual la última frase del último cuento del libro: «A la mañana, la brutal certeza de que todo vuelve a comenzar». Foto: de la autora
No puede ser casual la última frase del último cuento del libro: «A la mañana, la brutal certeza de que todo vuelve a comenzar». Foto: de la autora

Cada cuento es un universo. Sin importar cuál sea la historia y cuántas palabras se necesiten para contarla, hay mucho de mágico en crear, de la nada, nuevas vidas y sus conflictos.
A diferencia de las novelas, que ofrecen al lector la posibilidad de reconciliarse por el camino con sus dramas, los cuentos –al menos los buenos– suelen ser golpes definitivos, que dejan sin aire y permanecen en la memoria como ecos lejanos, pero fuertes.

La literatura cubana es pródiga en buenos cuentistas, y hoy se escriben «ficciones breves», marcadas por la furia, el dolor, la curiosidad, el miedo, la ironía, el humor…, porque, aunque a veces parezca que ya todo está escrito, la naturaleza humana sigue siendo insondable y cada una de sus versiones digna de ser contada.
Anna Lidia Vega Serova (Leningrado, 1968) es una de las narradoras cubanas que, se nota, no puede dejar de escribir. Me bastó con leer Imperio doméstico (2005) para entender que su escritura rehúye de los prejuicios y las sensiblerías; en realidad, arremete contra la sensibilidad básica y no lo hace, como otros tantos, por moda o efectismo, sino porque alguien debe contar a esos seres rotos que, a contrapelo de la lógica, existen.
Cazadora como soy de las rebajas de libros, fue grato encontrarme en una de las tiendas de Artex, en ese bendito estante de «literatura en liquidación», con Estirpe de papel (Ediciones Cubanas, 2012), una antología personal en la que Vega Serova reunió las piezas de sus siete libros de cuentos que considera mejor logradas.
Según declara la nota de contraportada, con la que concuerdo, en el volumen «aparecen seres que se empeñan en buscar sus esencias explorando sus lados más oscuros, personas que sufren y aman, que luchan día a día contra la destrucción y la muerte, y que podemos encontrar en cualquier mirada a nuestro entorno (…). Al parecer Anna Lidia cree, como Mallarmé, que “el mundo está hecho para terminar en un libro”».
Leyendo estos cuentos, he sentido más de una vez la necesidad de advertirles a los personajes para que no se lancen por el acantilado, para que tomen decisiones racionales y no vayan derecho a la perdición; esa no es más que otra prueba del sustento real de estas historias: ¿cuántas veces al día no queremos aconsejar a alguien que creemos avanza en contra de toda lógica? ¿Cuántas veces no somos nosotros mismos los erráticos que, no sin cierta cursilería, actuamos según los «dictados del sentimiento»?
Penuria, discapacidad física e intelectual, rupturas, ausencias, fobias y filias pueblan estas páginas que pueden llevarnos del horror a la lástima (ese desagradable sentimiento que parte de un falso sentido de superioridad), de la tristeza a la amarga sonrisa, del asco a la reflexión.
Los textos que Anna Lidia congregó no narran, salvo algunas excepciones, grandes sucesos, por el contrario, se cimientan en la cotidianidad que puede ser tan rara y agresiva como el timbre del teléfono en medio de la madrugada.
Yo me quedo con la punzada en el pecho tras leer las cuatro páginas de Sueños de naufragios, con ese sentimiento de querer reparar lo para siempre roto; y con la certeza de que nunca faltará la palabra escrita, para, como en el final de Collage con fotos y danzas, volar:
«Nos quedamos mucho rato mirando en dirección del teatro, viéndola, con sus alas de mariposa trastornada, dar dos o tres círculos sobre el edificio, después planear lentamente hacia nosotros y, por último, subir en línea recta más y más alto, hasta perderse en el amanecer que la recibía con una ingenua humildad».

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#Reforma Constitucional: Entre el tener y el ser

“Tin tiene, Tin vale; Tin no tiene, Tin no vale”, el estribillo de la canción atravesó mis tímpanos para convertirse en angustia. La preocupación por las diferencias en el poder adquisitivo dentro de Cuba y por la banalización —que a veces llega a escandalizar— de cierto sector de la población que identifica tener con ser, no es solo tema para la música.

El debate está en las bodegas, esquinas, casas, centros de trabajo… y el nuevo proyecto de Constitución ha venido a ratificar que a la ciudadanía le preocupan las bases de justicia social y equidad del socialismo en el país.

No es que el reconocimiento de la propiedad privada llegue ahora de la mano de la propuesta de Carta Magna, pues ya estaba en los Lineamientos y en la práctica, sino que, acorde con el carácter de delineador del futuro que tiene este documento, a buena parte del pueblo le preocupa que queden muy claras aquellas directrices que impidan torceduras en el camino.

En la introducción al análisis del texto se afirma que “el sistema económico que se refleja mantiene como principios esenciales la propiedad socialista de todo el pueblo sobre los medios fundamentales y la planificación, a lo que se añade el reconocimiento del papel del mercado y de nuevas formas de propiedad no estatal, incluida la privada”.

Ello se puede confirmar en el Artículo 20, donde se especifica que la dirección planificada de la economía considera y regula el mercado, en función de los intereses de la sociedad; y en el 21 que recoge las formas de propiedad reconocidas (socialista de todo el pueblo, cooperativa, mixta, de las organizaciones políticas, de masas y sociales; privada y personal) y aclara que la ley regula lo relativo a estas y otras formas de propiedad, y el Estado estimula aquellas de carácter más social.

Desde la gestión estatal es imposible asegurar una serie de pequeños servicios y actividades —muchos de ellos fuertemente deprimidos por el Periodo Especial— que hoy asumen los trabajadores por cuenta propia. Desde la apertura de esta fuente de empleo hasta hoy ha habido tropiezos y rectificaciones; y la falta de un mercado mayorista extendido continúa como un freno considerable.

Aunque la gestión privada no recibe el rechazo de la población, sí prima el consenso acerca de los precios que se vuelven prohibitivos para un amplio sector trabajador y las nefastas consecuencias del acaparamiento para abastecer iniciativas privadas.

Que haya oferta para todos los bolsillos es una máxima introducida en la reanimación de muchos territorios, pero las preocupaciones van más allá, hasta la expresión ideológica que podrían tener las desigualdades y ciertas lógicas capitalistas que regresan en las mentes de aquellos que creen “que debe haber ricos y pobres” y que el “Estado no puede interferir con el mercado”.

Por eso, el Artículo 22 reza: “El Estado regula que no exista concentración de la propiedad en personas naturales o jurídicas no estatales, a fin de preservar los límites compatibles con los valores socialistas de equidad y justicia social. La ley establece las regulaciones que garantizan su efectivo cumplimiento”.

¿Cómo logrará eso la ley? ¿Se pondrá límite también a la riqueza? ¿Qué pasará con quienes usan testaferros para no aparecer como propietarios, y, mientras, hacen crecer un emporio?, son preguntas que muchos se hacen por estos días y que no carecen de relevancia.

Homero Acosta, secretario del Consejo de Estado, dijo en una reciente conferencia dictada en Abogacía 2018: “Lo significativo es que ella (la propiedad privada) no distingue ni tiene predominio en el modelo. Es también necesaria en determinadas actividades y con las regulaciones y control necesarios (…). En el orden económico el Estado mantiene la dirección, regulación y el control de los procesos en el país”.

En el foro de Cubahora ¿Listos para debatir sobre la nueva Constitución de la República?, Antonio Bouza Pérez propuso modificar el artículo 22 para que aparezca que el Estado regula que no exista concentración de la propiedad y la riqueza; pues en su opinión “no siempre se corresponde riqueza material de los individuos con desarrollo de conciencia socialista. No estamos en contra de la riqueza que pueda acumular un campesino o un deportista, pero sí de la que pueda acumular un privado, valiéndose para ello de la explotación de trabajo ajeno. Se corre el riesgo de crear una élite burguesa. La historia ha demostrado que quien domina el poder económico, domina el poder político. Esto pondría en peligro nuestro sistema socialista y los valores de equidad y justicia social que se mencionan en el propio artículo”.

Para Lissette “debe estar contemplado qué se considera acumulación (cantidad) porque por lógica quien tiene un negocio particular unido con un cerebro y parte de suerte en el negocio, si le va bien, quiere vivir según su poder adquisitivo y si se puede comprar una casa con piscina, un apartamento, carro, moto, yate, etc. y le da para eso, lo compra”.

Onelio Nelson García, por su parte, propuso que el Estado regule “la propiedad y la riqueza en personas naturales o jurídicas no estatales, mediante un régimen fiscal adecuado, progresivo y basado en el principio de que el que más renta gana más debe contribuir al fisco y por tanto a toda la sociedad como forma justa de redistribución de la riqueza”.

De igual forma, considera que en el artículo 21 la definición de la propiedad privada (la que se ejerce sobre de­terminados medios de producción de conformidad con lo establecido), es muy imprecisa, “¿determinados por quién y cuándo? ¿De conformidad con lo establecido dónde?)”, se pregunta.

El usuario Camilo Rodríguez Noriega opina que en la Constitución debe quedar plasmado el rechazo a la explotación del hombre por el hombre, porque “es el argumento y realidad primaria con el que cualquier ciudadano identifica la Revolución Cubana. Que en los últimos tiempos se hayan incorporado en nuestra sociedad cuotas de explotación del hombre por el hombre relacionadas con el crecimiento relativo de la propiedad privada no implica ni que eso prime en nuestra sociedad, ni que perdamos la conciencia de su significado esencial”.

Un país que ofrezca calidad de vida y prosperidad a sus habitantes es parte de la ruta que se traza la nación; por eso el desafío económico es central. Pero el ser humano nuevo necesita tener para vivir, y no, por el contrario, hacer de lo material el sentido de la existencia. En ese equilibro con lo espiritual está el reto del socialismo y la explicación de las reflexiones que nacen en la consulta popular.

(Publicado originalmente en Cubahora)

#ReformaConstitucional: 168 municipios hacen el país

El todo necesita de la parte, esa es verdad sabida. Cada estructura está conformada por otras más pequeñas, y si una de estas deja de funcionar o lo hace mal, difícilmente gozará el conjunto de buena salud.

Por eso, una mirada rápida a los municipios de Cuba revela enseguida cuáles son las necesidades primordiales del país, sus desafíos y también las reservas para transformar la realidad, en correspondencia con un proyecto socialista.

Mal estado de viales, pocos medios de transporte, problemas con el abasto de agua, escasas fuentes de empleo, saldos migratorios negativos…  son algunas de los retos para el desarrollo que he podido constatar en varios municipios del país. Claro que no todos tienen la misma realidad económica y social; es imposible, por ejemplo, comparar Cárdenas con Los Arabos, aunque ambos integren la provincia de Matanzas.

El Periodo Especial golpeó con especial fuerza  esas estructuras, sobre todo las rurales. Muchas industrias cerraron y, cuando años después lo hicieron varios centrales azucareros, la economía se deprimió aún más; y el éxodo hacia las capitales provinciales creció.

Ante ese diagnóstico, el país apostó más por la diversificación de las capacidades locales para solventar aquellas carencias a las que no siempre se puede llegar con el presupuesto asignado por el Estado; y también por transformar sus panoramas en beneficio de la prosperidad de sus habitantes y de toda la nación.

El número 17 de los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución propone “impulsar el desarrollo de los territorios a partir de la estrategia del país, de modo que se fortalezcan los municipios como instancia fundamental, con la autonomía necesaria, sustentables, con una sólida base económico-productiva, y se reduzcan las principales desproporciones entre estos, aprovechando sus potencialidades”; y, a la vez, añade: “elaborar el marco jurídico correspondiente”.

La contribución territorial del 1 % y los proyectos de desarrollo local forman parte de ese entramado de cambios que, pese a nudos y retrocesos, confirma la idea de que los municipios pueden hacer mucho por sí mismos; pero para lograrlo sus autoridades tienen que poder tomar decisiones. El inobjetable control no puede convertirse en amarre que condene a la falta de iniciativa.

No sorprende entonces que en el proyecto de nueva Carta Magna, sometido ahora a consulta popular, los municipios –según se afirma en la introducción al texto– “adquieren mayor relevancia a partir del reconocimiento de su autonomía, la que ejercen en correspondencia con los intereses de la nación”.

Otro elemento cuya novedad se destaca es que “se ratifica al Consejo de la Administración Municipal como el órgano que dirige la Administración Municipal, a cargo de un Intendente, término que se propone sustituya el de Presidente y Jefe empleados en la actualidad”.

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En el proyecto se define que el territorio nacional, para los fines político-administrativos, se divide en provincias y municipios, y que en todos los casos se garantiza la representación del pueblo por medio de los órganos del Poder Popular. También que en los municipios pueden organizarse distritos administrativos, de acuerdo con la ley (Artículo 161).

El Artículo 162, a la vez que esclarece las determinaciones de la provincia, da a entender cuáles serían los preceptos de su relación con los municipios: “La provincia tiene personalidad jurídica propia a todos los efectos legales y se organiza por la ley como nivel intermedio entre el Gobierno de la República y el del municipio”.

El municipio –según el proyecto– es la sociedad local, organizada por la ley, que constituye la unidad política primaria y fundamental de la organización nacional; goza de autonomía y personalidad jurídica, propias a todos los efectos legales, con una extensión territorial determinada por necesarias relaciones de vecindad, económicas y sociales de su población e intereses de la nación, con el propósito de lograr la satisfacción de las necesidades locales. Cuenta con ingresos propios y las asignaciones que recibe del Gobierno de la República, en función del progreso económico, el desarrollo social de su territorio y otros  fines del Estado, bajo la dirección de  una Asamblea del Poder Popular y su Consejo de la Administración (Artículo 163).

En ese sentido, la autonomía supone tres prerrogativas fundamentales: la elección de sus autoridades, la facultad para decidir sobre la utilización de sus recursos y el ejercicio de las competencias que le corresponden, con arreglo a la Constitución y a las leyes (Artículo 164).

Ello, por supuesto, se ejerce de conformidad con los principios de solidaridad, coordinación y colaboración con el resto de los territorios del  país, y sin detrimento de los intereses superiores de la nación.

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Aunque hay temas que han despertado más polémicas, el de los municipios también es de interés de la ciudadanía, que, con la inteligencia popular, enriquece el texto en los debates.

Cubahora, y en especial su foro ¿Listos para debatir sobre la nueva Constitución de la República?, sirve de plataforma para expresar esas inquietudes.

La usuaria Loida afirma que la autonomía de los municipios “es una vía para quitarnos el exceso de centralización y que definitivamente los municipios y la gente de abajo resuelvan los problemas sin esperar por el presupuesto de «arriba». Ojalá los que dirijan sepan aprovechar bien esa posibilidad”.

Por otra parte, Laura se pregunta “¿Qué pasa con las localidades o municipios que solo son repartos de vivienda y no hay desarrollo propio? ¿Cómo se discutirá la distribución de los presupuestos y la riqueza allí?”.

José Eduardo considera que “el mal funcionamiento de las localidades, de los municipios, lacera la unidad del pueblo entorno al Partido y a la Revolución”.

Las denominaciones de Gobernador e Intendente han sido también criticadas, por considerar que no se ajustan a la fraseología revolucionaria y recuerdan tiempos ya superados.

Sin embargo, aunque las palabras no dejan de ser importantes por los significados que contienen, de seguro habrá otras propuestas para nombrar estas figuras; y lo que sí no puede perderse de vista es el rol central de los municipios en la calidad de vida de la gente y el desarrollo homogéneo de la nación. A eso aspira la propuesta de Constitución, por ese camino deben ir los esfuerzos posteriores.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Las palabras no van a desaparecer

«La persona que amas puede desaparecer… pero los dinosaurios van a desaparecer». Charly García

Lucila Pagliai afirma que Walsh amaba y creía en la palabra como instrumento para la acción política. Foto: YEILÉN DELGADO CALVO
Lucila Pagliai afirma que Walsh amaba y creía en la palabra como instrumento para la acción política. Foto: YEILÉN DELGADO CALVO

«Es una relación de abuelo y nieta. Habrá visto lo que hay entre nosotros, los gestos de cariño. Hay 23 años de vacío. No la vi crecer, nunca me dijo “abuelo”», así le contestó Juan Gelman, con las palabras exactas para explicar un hondo episodio de dolor, a un periodista que indagaba sobre los lazos entre el escritor y su nieta recién hallada.

En plena dictadura militar argentina, Gelman permanecía en el exilio para salvar su vida; y los represores encontraron la manera de castigarlo con algo peor que la muerte.

Su hija, su hijo y su nuera embarazada resultaron las víctimas de una jauría siempre sedienta que los arrancó de casa. La primera fue liberada, pero la pareja jamás volvió. Se convirtieron en «desaparecidos».

El cadáver del hijo de Gelman apareció años después dentro de un barril lleno de cemento; asesinado con un disparo en la nuca. Tras extensas indagaciones, se supo que su mujer había sido trasladada, como parte del Plan Cóndor, a Uruguay. Allá la mantuvieron con vida hasta el parto, y regalaron a la niña. Del cuerpo de la madre, una muchacha que apenas rondaba los 20 años, nada se sabe.

Macarena descubrió quién era realmente a los 23 años, y desde entonces comenzó el camino de conocer a una familia que siempre la añoró a pesar de no conocer su rostro.

Hoy pueden leerse varios artículos sobre esta historia, pero hubo una época en que reportarla, u otras similares, equivalía a una segura sentencia de muerte.

Sin embargo, en medio del pánico por una masacre social sistemática, la Agencia Clandestina de Noticias dedicaba sus cables a denunciar la tortura, el asesinato, la aplicación mentirosa de la ley de fuga, la reducción a la inactividad por miedo: «… un grupo de individuos encapuchados que se identificaron como policías, irrumpían en el domicilio de los hijos del periodista y poeta Juan Gelman –actualmente en Italia– secuestrando a ambos: Marcelo, de 20 años, y Elvira de 18; junto con ella se llevaron a la esposa del primero, que está embarazada de siete meses».

Así se relata en uno de los más de 200 cables producidos por la Agencia durante casi un año, y que pueden leerse en Ancla, Rodolfo Walsh y la Agencia de Noticias Clandestina 1976-1977 (Editorial Pablo de la Torriente, 2014).

De visita por Cuba, una pareja de amigos argentinos encontró el libro en una de nuestras librerías e insistió en regalármelo. Durante una tarde entera, me hablaron de Walsh y de la rabia acumulada en todos los que en su país sueñan con un mañana diferente, y deben convivir con la herida abierta de la dictadura y también con quienes anhelan «que vuelvan los militares», para callar a los revoltosos, a los pobres, a los diferentes.

Después de leerme el texto, originalmente compilado por Ejercitar la Memoria Editores, entendí más esa frustración por la bestialidad impune y reafirmé lo rotundo de la palabra como instrumento de lucha y de verdad.

Ancla fue un proyecto que terminó con muerte, desapariciones y exilio, pero mientras duró «cuatro personas, cuatro máquinas de escribir y un mimeógrafo abrieron los ojos del mundo al horror», declara la nota de los editores.

Rodolfo Walsh, Lila Pastoriza, Lucila Pagliai y Carlos Aznárez dieron cuerpo al propósito de informar a Argentina y al mundo de la inhumanidad que electrocutaba, violaba mujeres con embarazos a término, robaba las casas de los detenidos…

Walsh, para entonces un escritor reconocido –y uno de los fundadores de Prensa Latina– renunció a su firma para convertirse en un soldado más.

Animaba a contrastar fuentes, a olfatear tras los datos en apariencia intrascendentes; y a estimular la participación popular en la información, como parte del periodismo clandestino.

«Ese hombre enjuto pero movedizo, cerebral pero a la vez dicharachero, brillante pero también dotado de una humildad que casi siempre nos dejaba perplejos (… ) parió entonces un instrumento que sirvió para romper el muro de silencio que nos quería imponer la dictadura, y además, supo vencer el discurso del terror», dice Carlos Aznárez.

Ese periodismo insurgente cumplió con creces sus propósitos, no solo porque sembró la perplejidad y la desconfianza entre las propias filas de los represores, que por mucho tiempo no imaginaron quién estaba detrás de las noticias; sino porque el estilo sobrio, eminentemente informativo, con el que denunciaron las barbaridades más impensables, contribuyó a mostrarlas en toda su crudeza.

Al final del libro, estremecen dos documentos firmados por Walsh: Carta a mis amigos, donde habla sobre la muerte de su hija en un enfrentamiento con los militares, y Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, en la que hace un balance de todos los saldos de la represión para el país.

Pero más triste aún es leer en el medido estilo de la agencia que él creó y para la que escribió, el cable que lo revela como otro desaparecido más: «Fuentes allegadas a sus familiares, informaron a esta agencia que el día viernes 25 de marzo fue secuestrado el escritor y periodista Rodolfo J. Walsh».
Walsh fue asesinado en la Escuela de Mecánica de la Armada, pero tenía razón en su apuesta total por el periodismo. Las denuncias de Ancla siguen funcionando décadas después y hacen tan imposibles el perdón, como el olvido.