Papeles cambiados

Se me había olvidado llamar a mis padres el día anterior. Eso me inquieta. No me gusta que pase un día sin preguntarles: « ¿Y cómo está la cosa, sin novedad en el frente?»

Mis padres crecieron sin que yo me diera cuenta.

Tomo el teléfono, entre los dos y cuatro timbres, como promedio, siempre responde uno de los dos. Pero pasan cinco, y más. «Lo sentimos, no responde», me dice una voz impersonal.

Trato con el móvil de mi padre, está apagado o fuera del área de cobertura. Lo intento en las dos siguientes horas. Sin respuesta.

Repaso los lugares en que pueden estar, es muy tarde para los habituales. Me pongo nerviosa. Me preocupo. Pienso en cosas malas y yo misma las espanto.

Entonces se me ocurre llamar a mi hermana: «Mija, ¿tú sabes dónde están mami y papi?».«Aquí, en mi casa», me dice muy tranquila.

Yo me molesto, y le pido que me pase a mami y le peleo por no avisarme que se van a mover de municipio, para que una no se preocupe por gusto; pero, como siempre, solo oír su voz alegre alisa todas mis arideces.

Ya en la noche me río de mi propio episodio paranoico, y pienso en cuánto y cuán rápido se intercambian los papeles.

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