Decimitis, una «enfermedad» contagiosa

Se dice décima y pienso inmediatamente en Cuba, y en poesía desatada; esta última asociación podría extrañar cuando se sabe que tiene fórmulas inviolables al disponer los versos, pero es tal el ingenio con el cual sus cultivadores hablan de lo humano y lo divino, que no dejo de identificarla con libertad creativa.

De lo que no estaba tan clara antes de iniciar el año, era de que eso de contar el mundo en versos octosílabos se «pegaba». En enero, el Festival de Trovadores Longina, que hace más de dos décadas inunda de canción la ciudad de Santa Clara, quiso homenajear además de a Ela O’ Farril, a la décima. Y bastó la convocatoria para que las redes sociales y el propio evento se inundaran de composiciones repletas de un humor y entusiasmo que quizá alguien suponía perdidos.

Lo más curioso, no obstante, es que los nuevos cultores, nacidos entonces, no podían parar de reseñarlo todo en versos, y hallar la rima perfecta devino obsesión. En esa actitud me sorprendí también después de leer las 239 páginas de Decimerón (Decimario con pimienta para mayores de treinta), una compilación que llega desde la misma provincia central, gracias al escritor, periodista y editor Yamil Díaz Gómez (Santa Clara, 1971).

El Decimerón es ya casi una leyenda, mucho me lo habían recomendado, pero no se encontraba –como diría mi madre– «ni en los centros espirituales». No obstante, ninguno de los amigos que lo hizo se atrevió a recitarme alguno de los textos allí contenidos, y ahora ya imagino por qué.

Finalmente, el libro (Premio del Lector, 2017), gracias a una entrega de Sed de Belleza (2018) se ha convertido en mi primer atisbo de la Feria del Libro que acaba de empezar; y sería muy injusta si dijera que me he reído y nada más.

Yamil Díaz no solo nos muestra el desparpajo al que puede llegar la décima humorística cubana, sino que lo hace con tal muestra de desprejuicio y, a la vez, de rigurosidad (pudiéramos decir científica), que nos pone de frente a nuestros propios recatos-rezagos y demuestra que cualquier creación humana viva merece ser analizada.

El volumen lo interpreto, además, como un homenaje a tanto poeta anónimo o conocido que no ha podido «sustraerse a ese rasgo tan raigal de nuestra población que obliga a someter a burla todo lo serio y solemne, lo que Mañach estudió magistralmente bajo el nombre de choteo».

Las intenciones, al rescatar de la oralidad estas piezas, están claras desde el prólogo: «Decimerón pretende reivindicar, como poesía popular estéticamente válida, aquellas décimas humorísticas que a juicio del antologador mejor se han referido en Cuba a temas eróticos y escatológicos. Para ello no hará muchas distinciones entre las piezas del llamado doble sentido –cuya publicación ha sido tolerada por la sociedad– y aquellas cuyo contenido obsceno aflora sin enmascaramientos.

«Así como el Decamerón, a mediados del siglo XIV, en sus cien cuentos con pimienta, echó por tierra el espíritu trascendentalista de la cultura medieval para poner los pies en la tierra y recordarnos nuestra existencia como seres vivos, la décima popular cubana, si se divulga sin prejuicio, puede ser un antídoto ante el exceso de solemnidad de mucha poesía de la llamada culta».

El lector encontrará diversidad de autores y de motivos, además de cuidadosas notas, y también entenderá, de seguro, que improvisar no es un arte menor; si bien hay poetas cubanos que escriben décimas con una innovación y una altura en el lenguaje asombrosas, quienes las componen «en vivo» son merecedores de todo el respeto: hace falta agilidad mental e innegable talento para hacerlo. Yo que llevo intentándolo desde que cerré el libro, lo confirmo.

Horas he pasado, además, valorando qué obra escoger para compartir como muestra del Decimerón, sin escandalizar a nadie. Finalmente, me decidí por la primera, Modelo de secretaria, de Jesús Orta Ruiz:

Mi secretaria María / no usaba puntos ni comas / yo dictaba los asuntos / y ella me los escribía. / Recuerdo que cierto día / escribió Remos por ramos / confundió trinos con tramos, / Petra Pons con piedra pómez; / yo le dije Lucas Gómez / ella escribió Laca Gamos.

Recuerde, la malicia no está en el que escribe la décima, sino en quien la lee. Vale la pena llegarse al Decimerón para constatar cuán inocentes somos.

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