Lectores para Virginia

Cuando Virginia Woolf (Reino Unido, 1882-1941), harta de las voces que la hostigaban dentro de su cabeza y consciente de que no eran más que un síntoma de la enfermedad mental, llenó sus bolsillos de piedras y se lanzó a un río, para no vivir ni sufrir más, seguro no podía tener la certeza de que, entrado el siglo xxi, habría aún quien la leería con curiosidad y admiración.
O tal vez lo imaginaba, pero no le daba extrema importancia a esas vanidades, pues «la simple piedra que uno patea con la bota perdurará más que Shakespeare».
Sin embargo, mientras la vida humana persevere en el planeta y no sucumbamos ante la barbarie de la violencia y la insensibilidad, tendrá almas que conmover la literatura, y –me atrevo a afirmar– habrá lectores para Virginia.
Después de la última página de La señora Dalloway, una de sus muy conocidas novelas, y lo primero que leí de ella, supe que a la Woolf no le interesaba contar historias en el sentido convencional, sino comunicar sensaciones; mostrar lo convulsas que pueden ser las sacudidas de una mujer obligada por la sociedad a cumplir mil y un papeles; desnudar los tejidos emocionales que subyacen bajo las relaciones humanas.
Esa opinión la robustecí con Al faro (Ediciones Holguín, 2016), el descarnado retrato de unas vacaciones familiares, perfectas si se les mira superficialmente, pero repletas de insatisfacciones, de personajes ansiosos por ser algo más que solo lo que los otros precisan.
Manuel García Verdecia, traductor al español de esta edición, afirma en el prólogo que dentro de la novela «resaltan la relación de pareja, la amistad, la significación de los hijos, su crianza y la familia como un núcleo complejo de humanidad,  las ambiciones personales que forjan un destino, las crispaciones y desencuentros en los roles de clases, la relevancia de la vida intelectual y su peso en la existencia de los individuos, las transformaciones que se suceden con el paso del tiempo, principalmente».
La señora Ramsay, al frente de una prole numerosa, se debate entre la belleza que ya se le escapa y lo imperioso de refrenar su inteligencia, porque no puede permitirse brillar más que su marido, profesor e intelectual de cierto renombre; más
preocupado siempre por la durabilidad de su obra que por las interrogantes, no menos filosóficas, que plantea la vida cotidiana.
La excursión al faro es el plato fuerte de los días de veraneo en la isla agreste; simboliza para la madre y los hijos una puerta a lo diferente, a la aventura que contribuye, al menos, a imaginar la felicidad. Pero el mal tiempo lo impedirá, y se harán más fuertes las amarguras y las grietas.
En una época en que la mayoría de las mujeres no sabía ni siquiera de su condición de relegadas, Virginia Woolf hace que la señora Ramsay confiese anhelos para ella perturbadores, como «una vida más animada, sin tener que estar siempre cuidando de algún que otro hombre».
La rebelión que nunca se produce, pero cuya materia prima está allí, ocupa buena parte de Al faro:
«Pero, ¿qué he hecho con mi vida?, pensó la señora Ramsay, ocupando su lugar en la cabecera de la mesa y mirando a todos los platos que formaban blancos círculos sobre ella (…). De modo  que todo el esfuerzo de unir y fluir y crear descansaba en ella. Otra vez sintió, como un hecho sin hostilidad, la esterilidad de los hombres, pues si no lo hacía ella nadie lo haría y así, dándose a sí misma la pequeña sacudida que se le da a un reloj que se ha detenido, el viejo pulso familiar comenzó a latir».
Una década después volverá la familia y algunas de las amistades habituales, pero la guerra y la muerte habrán hecho lo suyo, y el viaje al faro –al fin conseguido– no tendrá los mismos significados, ni podrá revertir los distanciamientos.
«El faro era entonces una torre plateada, brumosa, con un ojo amarillo que se abría de súbito, suavemente, al anochecer», se describe en las últimas páginas del libro; aunque para quien lee perdura como la metáfora del proyecto común, del sueño que une, y que, de ser descuidado o subestimado, contribuye a la atomización, al alejamiento.
Leer a Virginia, más que respuestas, deja preguntas y ese quizá sea el mejor de los saldos: hacer que indaguemos dónde está nuestro propio faro.

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