El mal (y el buen) médico

No todos los médicos son buenos por el hecho de curar. Hay médicos que saben mucho y, sin embargo, son malos médicos.
El mal médico o la mala doctora no te mira a los ojos y tiene cara de molestia cuando te examina, como si hubieras decidido enfermarte solo para incomodarlo. Te pregunta apenas tres cosas y escribe párrafos y párrafos reglamentarios en la historia clínica.
El mal médico minimiza tus padecimientos, pone en dudas que sientes lo que sientes y que pasó lo que pasó, te toca de mala gana, y si no preguntas insistente no explica. Cambia tratamientos sin decir razones, atiende a los papeles que cuentan lo que te pasa, pero no a ti.
El mal médico puede que cure, pero no sana; sabes que no pone en ti el mismo interés que si fueses su familia, le temes a sus despertares malhumorados en las noches de guardia cuando parece que no debieras importunar su sueño si no vas desangrándote (y si estás de parto, con la cabeza del bebé asomando). El mal médico no ofrece confianza, y por eso falla. Su rostro te asalta como un mal recuerdo.
Pero el buen médico, la buena doctora, es otra cosa. Te mira y te toca. Sonríe y hasta hace un chiste. Presta verdadera atención a tu historia, a los detalles como un chasquido o una molestia en alguna parte.
El buen médico te advierte que va a doler, pero te dice que es necesario, y que pronto vas a estar bien. Te respeta, y contesta las preguntas con seriedad, porque eres un ser pensante y lo sabe; y seguro también le exigen esa formalidad (muchas veces entorpecedora) de escribirlo todo, pero no lo antepone a tu examen.
Ese médico es el que te dice: “ ven tempranito mañana para verte antes que salga de la guardia”, sin que medie amistad ni la consabida jabita con merienda. Y no te asusta con tecnicismos, ni da malas noticias con la frialdad de los desalmados.
El buen médico no se cree tu jefe. Y no te culpa por las evidentes escaseces ni por su exceso de trabajo. No se libra de ti con un “no hay”, y busca las alternativas. Le gusta su profesión y se nota. Puedes ser el paciente 101 de su día, puede que no haya tenido tiempo ni de bañarse en la guardia, pero hace de tu problema su problema. Y entonces confías, y sonríes aunque duela la cura, y se encoja el estómago con el inconfundible olor a hospital.
El buen médico, quizá de forma instintiva, domina el arte de la empatía y por eso sana. Dondequiera que lo encuentres le ofrecerás eso que es tan valioso, y que tan poco se pondera y valora, el agradecimiento, y le darás tu mano para lo que le haga falta.
Sí, un mal día lo tiene cualquiera, pero no hay peores horas que aquellas en que se está enfermo o alguien que quieres lo está.
Ojalá se examinasen en las academias médicas la capacidad de ser sensibles; ojalá no se dijese tanto: “fulano es tremendo médico, pero es un pesado”; ojalá como pacientes no nos sintiéramos tan vulnerables ante el poder total de un mal médico.
Nuestra atención médica es gratuita, pero cuesta, y eso va también para quien la ofrece.

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