Toda la promesa era la luz

Afuera la vida vibra con toda la intensidad de lo cotidiano: un chofer desgasta el claxon, una pareja avanza tomada de la mano mientras discute su plan para la noche, un señor camina a casa cargado de bolsas, una muchacha repasa los textos de la librería.

El edificio es uno más en la urbe apretada, solo una placa salva su fachada del anonimato; pero hasta el No. 164 de 25 y O, en el diverso Vedado habanero, no impulsa la casualidad. Hay quien va allí buscando un pedazo de la Patria, un fragmento claro de lo que es la Isla y también de lo que será.

En la entrada, unos niños hacen rodar en el juego su inocencia. Se les debe sortear para ganar la escalera. La subida tiene de conversaciones vecinales, de olor a almuerzo, de noticiero del mediodía, de lavadora en marcha… el inmueble está vivo, y se adivina que no se encontrará un mero museo —con toda la carga de tiempo detenido que le es inherente— sino una casa, un hogar de una simpleza limpia, como la de los ojos y la esperanza de Abel Santamaría Cuadrado.

La historia puede palpitar, y es más que libros y vidrieras. Allí, en el apartamento 603, nada habla de pasado ni de muerte. Allí, en sus habitaciones pequeñas y austeramente amuebladas, de paredes signadas por Chibás, y por Martí una y otra vez, emergió el cuartel general más dulce que una causa pueda acreditarse. Allí se gestó una revolución de un sedimento ético excepcional; y Abel, Haydée, Fidel y otros integrantes de una generación marcada por la lucidez del cambio, fueron irrepetiblemente felices.

Había lecturas, discusión, crítica, comidas de amigos, siestas sobre la cama o en el piso y, sobre todo, la promesa de un devenir luminoso, de un porvenir sin mácula para Cuba.

Aquel apartamento tiene, aún hoy, la huella de Abel, y no en particular por los muebles que la familia rescató en aras de un mañana agradecido ni por sus libros que ahí permanecen; no por la sutil sobrecama que tejieron los dedos del alma fundadora de Casa de las Américas ni por la explicación provocadora y apasionada de un especialista que —como debe ser— lleva su trabajo prendido en el pecho. Sino por la esencia total que nos devuelve a un muchacho enfrentado a la tortura más cruel y al asesinato, que aunque apenas comenzaba a vivir, tenía muy claro el sendero arduo del bien y del deber.

Abel, niño humilde que estudió a golpe de deseo, trabajador honrado que negaba el egoísmo en nombre de la dureza de los tiempos, fue un hombre preclaro y fiel; no llegó a convertirse en un teórico revolucionario; pero como «lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida», le sobró visión para entender que la transformación no puede esperar por condiciones ideales, y que tiene mucho de la mística del arrojo.

Respiró apenas un cuarto de siglo y dejó uno de los monumentos más estremecedores de la Revolución Cubana: su mirada de mártir teñido de rojo, su mirada que acusa al pusilánime y al traidor, su mirada que compulsa a creer en la valía del sueño y en la indignidad de abandonarlo.

Por sus ojos arrancados, la novia viuda y el ajuar inútil, la hermana siempre perseguida por su ausencia y, a pesar de todo ello, su espíritu que perdona y convida, es Abel ser de otro mundo, animal de galaxia y también, como Martí, Villena, Celia o el más anónimo hijo o hija de esta tierra, la estirpe de la cubanidad, que combina en proporciones inauditas heroísmo y humildad, radicalismo y amor.

Una no quisiera dejar nunca el apartamento 603, con el desgarramiento del almanaque detenido para siempre un 25 de julio de 1953; la silla de tijeras que tanto disfrutada Abel; el refrigeradorcito comprado por Boris Luis Santa Coloma, otra vida breve y de siempre; la mesa de Fidel, y el abanico de Haydée generosa y de girasoles.

Y cuando se deja el lugar, templo para cada cubano y cubana con el sentir bien puesto, se entiende mejor que afuera la vida vibre con toda la intensidad de lo cotidiano. No por homenajes fatuos murió Abel, sino por esa tranquilidad vespertina del barrio, por ese futuro sin oscuridades. Que no se melle la sencillez del sitio, pero que nunca esté vacío. Hay luchas que no cesan.

Suplemento especial de JR dedicado a Abel Santamaría

http://www.juventudrebelde.cu/cuba/2017-10-19/toda-la-promesa-era-la-luz

Silvio Rodríguez, Canción del Elegido

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El rostro

20071007elpdmgrep_2El rostro en la camiseta. La misma ropa todo el día. El sudor moja la tela. Ella quiere abandonarlo todo. Decir basta. Escapar. Recuerda el rostro en la camiseta y se dice: un poco más.

Él lleva el rostro tatuado en el hombro. De adolescente esa era toda la distancia. Hace falta más que símbolos para parir la vida, sabe ahora.  El rostro ha entrado muy hondo en la piel. No se borra. Le acompaña.

Ellos llegaron de la marcha, ateridos de miedo y humedad. Se meten a la cama y hacen el amor frenéticamente, como si el fin fuera mañana. Desde la pared una bandera con el rostro los mira. Cuando amanezca volverán a gritar. Por él.

Pero eso no ha pasado aún.  Hoy el rostro es un hombre. Solo. Herido. Con olor a guerrilla. Un hombre que va a morir, lo sabe y no llora, porque la idea siempre sobrevive.

Un hombre que no imagina sus ojos en camisetas, pieles, banderas. Solo aguarda la bala y confía.

La herejía de la consecuencia

Así como un gesto sincero o una palabra limpia, una fotografía puede convocar de repente toda la fragilidad de quien la mira. Fueron unos segundos escasos, y la imagen, rescatada por un documental, alcanzó a golpearme. Estaba él, de manos atadas, flaco, sucio, mechones enredados, ojos extrañamente tranquilos para las circunstancias. Era la antesala de la muerte y de seguro lo sabía.

Siempre ha sido duro ver su cuerpo tal cual era a finales de la épica de Bolivia y justo al inicio de la mística guevariana: su cadáver viviente, la mirada escrutadora de mesías… Pero esa imagen en particular me mostró sus pies de aquel octubre ingrato de 1967.

No llevaba botas. No iba descalzo. Los pies del guerrillero, los pies del Che, los pies del Comandante de la Revolución Cubana estaban envueltos en un zapato pobre, rudimentario; pudieron ser unas chancletas hechas de goma y tiras de piel, que llaman abarcas; tal vez ni siquiera llegaban a eso.

Y si la fotografía me desarmó no fue por pensar, como bien lo haría algún enjuto de alma, ¿cómo pudo quien fuera ministro, quien llegara a presidir el Banco Nacional o bien pudiese haber vivido tranquilo, con merecimientos y glorias de sobra, terminar su vida hambreado y sin zapatos?

Lo que me conmovió fue advertir en aquellos pies frágiles toda la determinación captada tiempo atrás por Korda, la convicción de seguir un destino signado por un amor tremendo a la humanidad, y una conciencia completa de que el universo personal vale en la medida de cuánto se pueda hacer en función de los que por tener tan poco no tienen ni sueños. Una convicción, un amor y una conciencia difíciles de entender y más aún de emular.

Los pies mal calzados de Ernesto Guevara de la Serna me recordaron que sus enemigos no han podido nunca asesinarlo, no por la temeridad que le permitía combatir de pie ajeno a los caprichos de las balas ni por la batalla frontal y casi a muerte con sus pulmones maltrechos en medio de la sierra y de la selva; no por sus maneras ásperas y sin imposturas de hacer lo correcto ni por su afán de estudiar para construir.

Lo que lo hace vivo, mito, santo, camino… y lo que no le perdonan los que creen en la inevitabilidad de pocos ricos y miserables por millones, es su consecuencia; la virtud y la fuerza moral de hacer coincidir pensamiento y acción, de no dejar en palabras los discursos ni en utopías los ideales.

Porque cometió la herejía de la consecuencia, comió el Che la misma ración magra de su tropa de rebeldes sin barba, adolescentes que aprendieron el sentido de la revolución porque su jefe predicaba desde los sacrificios propios. Y estimuló la crítica de la obra que fundaba porque no creía en las invulnerabilidades del poder ni en las revoluciones con punto final.

Volvió a comer con los obreros y a montarse en sus camiones. Puso bloques, cortó caña, dominó maquinarias, porque el trabajo voluntario no era para las masas vistas desde arriba como entes sin nombre, sino para el pueblo, del que los dirigentes deben ser alma y también parte humilde.

Zarandeó a la burocracia, y no premió a los obedientes por el mero hecho de serlo ni estigmatizó a los incómodos por la misma razón. No se apegó a nada material que sus responsabilidades pudiesen proveerle.

Y, esencialmente, demostró que su autodeclaración de hijo de América toda no había sido mera retórica, y que los que fingen confundir aventura con justicia e imposible con involuntad no exhiben más que su apego ramplón a la comodidad del inmovilismo.

Por eso es molesto el Che y por eso quieren mancharlo; les asusta su eternidad ajena a mármoles, intentan hacerlo marca, acomodarlo dentro de la tiranía del mercado y sus esclavos, para acabar por retroceder cuando aparece citado, como símbolo de las causas más genuinas, cuando surge en la pasión de la gente que lo comprende, que dialoga, que incluso le reprocha, como no se puede hacer con un héroe sacrosanto, pero sí con un joven que juega ajedrez, que mima a sus hijos, que recita y graba textos de Neruda, que firma con simpleza, Che.

Guevara, especial multimedia

La luz diferente y el mañana

Cuba tiene hoy una luz diferente. Quizá sea por los árboles que un huracán desconocedor de la piedad dejó apagados y sin hojas, o porque los caminos, las casas, los bancos del parque no acaban de sacudirse la humedad pegajosa del desastre. Se camina y aunque haya sol se siente diferente, menos retador.

Hay también un silencio inusual, incluso allí donde la corriente eléctrica ya vuelve a enseñorearse, y un olor indefinible, mezcla de días y noches fuera de lo común, olor a ciclón reciente.

Quien sepa poco de esta Isla, pedazo de épica en medio del agua, quien no haya sabido o podido conectarse con sus esencias a través del sentimiento —la única manera posible— nos pensará sumidos en el letargo, apocados por la furia de la naturaleza, dubitativos.

Le resultarán inconcebibles, entonces, las banderas, flashazos de belleza en medio de la destrucción, puestas a secar junto a los bienes más preciados. Le confundirá el niño salvador del Apóstol, ya para siempre de torso desnudo en medio del gris de la tormenta, fotografiado: en sus brazos el busto del Martí nuestro, su mirada como la de quien sostiene toda la bondad del mundo.

Y será un misterio para el observador frío y también para el que quiere convencernos, una vez más, de la muerte de la historia y de todas las rebeldes herejías, el buchito de café dado por la vecina a los muchachos que vencen los escombros, y los caramelos que otra les aporta, y el agua que una más les brinda, no sin antes disculparse «por no tener aún cómo enfriarla».

Qué podrá decir el que saborea lo arduo de estos días, ansiando hincarnos en el alma el desaliento, de Irma vapuleada por el humor cubano, de la mesa de dominó más viva que nunca, de los niños pintando otra vez las calles de escuela, de la gente que dice «si tengo vida, pa’lante». ¿Cómo podrá, aquel que ignore nuestras entrañas alegres hechas para la utopía y para la cotidianidad extraordinaria, concebir esta reconciliación pronta con el mar que nos besa y esta confianza en lo por venir?

Cuba tiene hoy una luz diferente y no por derrota alguna. Las huellas físicas de la catástrofe tardan en desaparecer y nos duele hondo donde el otro sufre. Por eso llevamos prendidos en el pecho y la retina a Esmeralda, Bolivia, Punta Alegre, Yaguajay, Boca de Camarioca, Caibarién, al litoral habanero…

Volverán a ser los de siempre los colores, así como el olor a salitre y palmiche, retornará el calor a derretir el asfalto, eso es seguro, y también que seguiremos, sonrisa mediante, iluminando entre todos las cicatrices más oscuras de estas jornadas. ¿Cómo podría ser de otro modo si los de aquí nacemos con una insólita, persistente, arrolladora predisposición a la esperanza?

Ismael Francisco Cubadebate.
foto ISMAEL FRANCISCO
Iván Paz Nogueira
foto IVÁN PAZ NOGUEIRA
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foto YANDER ZAMORA

Cuestiones divinas

fuga-de-cerebrosImagínese que usted está de vacaciones y ha alcanzado la paz mental que ese estado conlleva. Imagínese que va de visita a uno de los lugares más hermosos de su país, de Cuba (la bella), uno de esos sitios naturales que llenan el pecho de orgullo patrio, el de verdad; y repleta la cámara de imágenes inigualables, y la mente de metáforas frescas para utilizar en el futuro próximo.

Imagínese, una vez más, que ya va de regreso en el ómnibus (una Girón, pero no importa, porque está pletórica, sanamente cansada y de vacaciones) .  Y entonces el chofer recuerda que tiene música y bocinas, y que sus decibeles llegan a confines insospechados.

Usted se molesta, claro está, pero respira: (¿qué sería de nosotros, pobres mortales, si perdiéramos los estribos ante cada reguetón carente de hondura y sentido común?)

Justo cuando se ha enajenado de la materia musical circundante, un estribillo la asalta, la enerva, la maltrata, la golpea, le produce un súbito y tremendo ataque de alipori —verguenza ajena—, la hace dudar de la humanidad y hasta del amor al prójimo.

Parafraseo, para que usted se imagine mejor, pero antes tenga en cuenta que una familia entera (abuela, papá, mamá, nené, tío, tía y primos) corea a toda voz dentro del vehículo algo así:

Él le dice que él es su asesino, pero reconoce que ella es su asesina, porqué él tiene el palón divino, y ella la tota divina.

Sí, así mismo, no se asombre, y no crea que me es fácil escribirlo.

Imagínese la estupefacción, identifíquese con esta doliente, que no puede imaginar como ese ser (que no cantante) cuyo nombre no quiero saber ni repetir, puede idear algo así y propagarlo, y como otros pueden disfrutarlo, cantarlo, enseñarlo a sus niños…

A lo mejor cree usted que exagero. ¿Será?

 

Cosas de gente antideportiva

K-noGustaDeporte-esHD-AR2Llego del trabajo. Mi esposo (matancero hasta la médula, furibundo fan del béisbol, residente en La Habana) en cuanto me ve asomarme por la la puerta  pregunta: « ¿viste el juego de pelota?». «No», le respondo con naturalidad y voy a servirme un vaso de agua. Entonces recuerdo que el juego era importante, que era el Kramer contra Kramer, que la Isla en pleno estaba puesta para eso, menos yo, y le pregunto: « ¿Y quién ganó?». «Matanzas, claro», me responde, yo le digo «Ah» y sigo en lo mío porque, no es que no quiera, es que los deportes no logran conmoverme. Él me dedica una mirada de espanto y conmiseración, como pregúntandose de qué manera llega al mundo gente con tan poca sangre en las venas. Pero al final me perdona, porque me quiere y, además, yo no tengo la culpa de haber nacido antideportiva.

Muchacho de siempre que nos hablas

Porque la sangre termina por borrarse de los muros y las aceras, los cuerpos se hacen polvo y las lágrimas secan, se sabe que es verdad la muerte, y no un infundio para que olvidemos.

Pero hay quien tiene algo que resiste a los finales, una luz que impulsa y limpia. Hay quien recorre el tiempo —como lo haces tú, bien lo dijo la poetisa de Tirry 81— con «el oficio de eternidad debajo de los párpados».

Así vuelves a nosotros, José Antonio, en un amasijo de Echeverría, de Bianchi, Cárdenas, manzana, asma, remos, arquitectura, Radio Reloj, 13 de Marzo… para hablarle a los cubanos que te escuchan, de fe, revoluciones, luchas y de mantenerlas vivas.

Te empeñas en recordarnos lo profundo: la sangre que señala caminos de victoria, la sublime virtud de Mella, los pueblos otros que también deben dolernos, la mancha oscura del abuso y de la indiferencia, la clara dignidad del estudiante que se encuentra en y por su época.

Y aún te sobra impulso para, desde el asombro de los 24 años que siempre tendrás, invitarnos a tus pasiones de muchacho perenne, a escuchar al Benny con acento de vitrola, a extasiarnos con la hondura de una bailarina mientras danza o adentrarnos en el salvaje misterio de un cuadro de Lam.

Al descuido, con la naturalidad de las verdades tremendas, confiesas el acierto de la sonrisa y la bondad, esas que recogieron fidelísimas las fotografías, aun más en tus años de presidente de universitarios bravos, de protestas, fracturas, contusiones… pero siempre de poemas de amor en las noches.

Entonces parece más ridículo el impulso de tus asesinos de robarte homenajes con un entierro nocturno, de poca gente y farolas opacas, como si fueras a irte, como si se pudiese borrar a quien tiene conversación límpida, radical, sabia para la Isla de hoy todos los días.

Tumaini de la guerrilla

Siempre lo imagino con una sonrisa muy amplia alumbrándole el rostro, con esa expresión tan propia de la gente sencilla que anda por la vida dispuesta a dar de sí cuanto haga falta sin pedir a cambio, porque es lo correcto.

Tal vez eso mismo sintieron quienes compartieron con él en el Congo y, por eso, de la palabra en lengua swahili «tumaini» que significa esperanza, salió su sobrenombre: Tuma

Me lo represento como un guajiro de alma limpia, presto a la ayuda, pero que no olvidaba algunas quemaduras en el sentimiento como sus trasiegos desde los ocho años entre ganado, lecherías, arroz… para llevar más a la mesa del hogar por el que la madre, ocupada como sirvienta, se desvivía.

¿Cuán feliz podrá haber sido en aquellos años pobres en Manzanillo? Allí había nacido él, Carlos Coello, en diciembre de 1940 y allí también se hizo un poco aventurero y aprendió a distinguir entre el mal y el bien. Esa comprensión ingenua y justa de la bondad lo llevó a los 16 años a ir en busca del Ejército Rebelde.

Entre lomas se convirtió en uno de los imberbes que rodeaban al Che, y que le idolatraban con la misma intensidad con que temían sus regaños ante algún «despiste». Y el Che, que constantemente los conminaba a dejar aquella guerra que no era para niños, les quería también, tal vez porque eran los más rebeldes o porque combinaban el empeño con un arrojo a veces desmedido.

Entonces Carlos no era aún Tuma sino solo un combatiente de la Columna Invasora No. 8 Ciro Redondo, y de su paso por el llano y en la batalla de Santa Clara se recuerda su dedicación para rescatar a los heridos o el cuerpo de un combatiente caído.

El año del triunfo le dieron una tarea que lo llenaba de un orgullo tremendo: debía cuidar al Che, y le siguió por trabajos voluntarios, fábricas, campos de caña, viajes…

Ser escolta del Comandante Guevara era una misión en la que no se iba a permitir fallar, pero el jefe quería que estudiara. Carlos, a quien el trabajo temprano le había robado el sueño de la escuela, decía que no, que para leer estaban los jefes de la Revolución; aunque, claro está, a tozudez ganó el Che porque sin letras no habría ascensos.

La seguridad personal de su jefe continuó siendo responsabilidad suya en el Congo, donde se hizo Tuma, y —porque así lo quiso—  también en Bolivia. En las selvas bolivianas sufrió, como todos los guerrilleros, del hambre, las incertidumbres cotidianas, los insectos… y allí supo que le había nacido un hijo y seguro deseó cargarlo y contarle de sus motivos para estar tan lejos.

El Che lo menciona en su diario solo lo preciso, y de ahí se desprende que era un guerrillero ejemplo, por disciplinado y de confianza… pero cuando la muerte se le tropezó el 26 de junio de 1967 en una escaramuza, su jefe le dedicó los párrafos más estremecedores de esas páginas, en los que el dolor se escurre tras un estilo que pretende ser siempre hermético y objetivo:

«Día negro para mí…la (herida) de Tuma le había destrozado el hígado y producido perforaciones intestinales; murió en la operación. Con él se me fue un compañero inseparable de todos los últimos años, de una fidelidad a toda prueba y cuya ausencia siento desde ahora casi como la de un hijo. Al caer pidió se me entregara el reloj y como no lo hicieron para atenderlo, se lo quitó y se lo dio a Arturo. Ese gesto revela la voluntad de que fuera entregado al hijo que no conoció, como había hecho yo con los relojes de los compañeros muertos anteriormente. Lo llevaré toda la guerra. Cargamos el cadáver en un animal y lo llevamos para enterrarlo lejos de allí».

La tarea de darle sepultura la calificó de penosa. «Una pérdida personal», dijo más adelante que había sido su muerte, pero lo que no escribió fue lo que contó el campesino Augusto Coca, dueño de la casa donde operaron a Tuma, muchos años después; esa noche el Che no quiso dormir y la pasó solo, sin hablar, mirando el fuego.

Por aquellos parajes se conocía a Tuma como el hijo del Che, porque, afirmaban, se le parecía, era su doble; y es entendible la relación de paternidad que se les achacaba, al momento de su muerte Carlos tenía apenas 27 años, y toda la esperanza de su apodo y de la edad.

El día que toda la cobardía del mundo se juntó para asesinarlo, el Che llevaba dos relojes.

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