Lista de nuevo año

Para el año que empieza no voy a pedir un aumento de salario, ni una casa más grande… nada material que me cuele en los caminos enrevesados  del tener. Prefiero concentrar mi poder mental en esta lista.

En el 2019, yo quiero:

-Reírme de algo todos los días.

-Que un libro me apriete el pecho de vez en cuando.

-Encontrarme poemas tan buenos que me den ganas de haberlos escrito yo.

-Tener muchas ganas de escribir y hacerlo.

-Oír más veces al año una frase vespertina de mi madre: «vamos a colar un cafecito».

-Que siga ahí para mí el mismo abrazo antes de dormir y los ojos de rey que me impulsan con su «tú puedes».

-Que mis amigas y amigos sigan siendo tan de risa franca, tan buenas porque sí, tan de entregarse.

-No perderme los centímetros de mi Isa, la sobrina más bella vista por ojos humanos jamás.

-Encontrarme siempre con Matanzas cuando la madrugada despunta y con el desayuno en esa casa donde aprendí que la familia es ancla y ala.

-Felicidad para mi tribu familiar, para quienes quiero, para quienes admiro, para quienes no me quieren, para todos.

-Camino para los sueños de Cuba.

-Espantar los ciclones y la enfermedad.

-Vivir.

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Exprimir los sábados

Me paso buena parte de la semana planificando qué haré con mi sábado. El sábado no es cualquier cosa. El sábado es mi único día libre de la semana.

Salir a pasear (que me lo merezco); terminar el libro de cuentos  y organizar los poemas; lavar la ropa sucia; limpiar el refrigerador;  leer; ver las series de Multivisión, comprar provisiones…

Todo lo que no puedo hacer el resto de la semana lo quiero hacer los sábados, y en realidad –como es lógico– no logro ni la mitad.

Porque, a diferencia de lo prometido el viernes en la noche, me levanto tarde, y cuelo café obnubilada, y vegeto un ratico y de la lista cumplo tres cosas, solo las más agradables, y el resto las aplazo irremediablemente, ¿hasta el próximo sábado?

Como una caricatura de Martínez

La risa, aunque no lo parezca, no es siempre la misma, las hay de diverso tipo; y conste que no cuento a esa medio fingida a la que acudimos para salir de situaciones embarazosas o no iniciar discusiones épicas.

Existe una risa poco profunda, motivada por chistes o situaciones divertidas que olvidamos muy poco tiempo después; y otra ocasionada por el buen humor, provocadora –segundos después de su fin– de un cierto regusto amargo, aunque no desagradable: el de la reflexión que nos indica que la anécdota, si bien hilarante, nos deja asuntos en qué pensar, y en extremo serios.

Cuando leí Noche de sábado y otros cuentos (Editorial Capiro, 2015), las carcajadas hicieron que me doliera el estómago y hasta lagrimeara un poco.

En los poco menos de 15 cuentos que conforman el libro de Abel Prieto (Pinar del Río, 1950), el absurdo toma las calles de Cuba, para hacernos reconocibles una serie de personajes y circunstancias que andan por ahí, moldeando también el paisaje del país.

Esta es una reedición del texto original, merecedor en 1989 del Premio de la Crítica. Falta una historia y se añaden tres nuevas. El aliento de aquella década se percibe en el volumen, donde cada pieza es una obra maestra del género; pero sus situaciones podrían, perfectamente, estarse produciendo ahora mismo.

En el prólogo, Francisco López Sacha, mediante la claridad con la que solo un narrador puede entender a otro, es rotundo en su invitación, que suscribo:

«Podemos adelantarle al lector que gozará –y sufrirá– con este universo imprevisible, con su agudeza de estilo, con estos emisarios del futuro que el ingenio de Abel ha situado para siempre en el imaginario popular y en la historia de la narrativa cubana».

Desde una obra más enigmática en su construcción y sentido como Las aves, hasta otras definitivamente kafkianas como El juez, Nacimiento y muerte prematura de la SOCUTE: historia de una traición, o De Estupiñán y la ameba, no hay texto que no invite a mirar a los otros con ojos más críticos (que no quiere decir condenatorios) y de paso echarnos un vistazo por dentro.

Love history subvierte el clásico relato de amor, para recordarnos que también hay enlaces un poco sórdidos y resignados; en El pitusa, la protagonista termina violada por su flamante jean recién comprado a exorbitante precio, en lo que me parece una genial metáfora de lo que el consumismo nos hace. En Elizabeth Gordon y los batuibres, la seudointelectualidad y la falsa bohemia salen tan mal paradas que dan un poco de pena. Los tres cuentos de Walter del Pino, añadidos al final del libro, constituyen un cierre perfecto, donde la ironía vuelve a hacer de las suyas.

Noche de sábado es tan herético como las caricaturas de Martínez, el «pequeño, callado y eficiente»  trabajador tras cuya muerte repentina y entierro,
comienza el cuento El domingo, antes de la tanda. El Jefe del Departamento de Control de Ventas y Almacenaje, apremiado por ver la película de la Tanda del Domingo, decide pasar por la oficina a limpiar el buró de ese subordinado un poco anodino pero modelo, con el que siempre se podía contar:

«Ya iba a cerrar la última gaveta, ya iba a dar por terminada la deprimente requisa, cuando advirtió, en el mismísimo fondo, un cilindro blancuzco que parecía ocultarse para escapar de la inspección. Eran unas hojas de cartulina, enrolladas apretadamente y atadas con un cordel grasiento. El Jefe del Departamento tuvo que usar su cortaúñas para enfrentarse, así, de golpe, a las caricaturas de Martínez.

«La primera estaba fechada dos años atrás, cuando un informe urgente para el Ministro conmovió al Departamento durante quince o veinte días febriles.

Pudo reconocerse al centro, rechoncho y calvo, vestido como un domador de circo. A su alrededor, jadeantes, los especialistas y la secretaria saltaban de un lado a otro, evitando el contacto del látigo y pasándose una pelota de goma con golpes de nariz».

Por supuesto, aquella pertenencia no fue entregada a los familiares de Martínez, sino hecha pedazos. Pero usted no rompa el libro, ría, piense, moléstese si quiere, y después salga a ser mejor.

(Publicado originalmente en Granma)http://www.granma.cu/bibliofagias/2018-11-27/como-una-caricatura-de-martinez-27-11-2018-20-11-14

Ojos de perro

Nací en una casa con perro. A lo mejor ya yo había venido al mundo cuando mis padres adoptaron a Linda, pero el caso es que ella estaba ahí desde que desarrollé uso de razón.

Linda era una perra poodle, de mucho pelo blanco y un mal genio igual de abundante. Idolatraba a mi madre a todas horas. Al resto, solo cuando tenía ganas.

Pero yo sí la quería y me gustaba saberla ahí, con su cara de creerse cantidad de cosas y unos ojos dulcísimos, que delataban su perruna alma blanda.

La misma semana que Linda, a los 13 años, murió de cáncer, Shakira (que entonces no tenía nombre y era una cachorra sata, pulgosa y entrometida) se coló por la reja del portal. Varias veces la sacamos –yo sin mucha convicción–, todas regresó.

Una noche se puso a ver la novela metida en una chancleta. Al día siguiente mi mamá la bañó y le sacó los bichos. «Por hacer una obra de caridad», dijo. «Después se va», sentenció. Pero Shakira se empezó a llamar Shakira y se instaló por toda una década.

Un fin de semana nos fuimos a la playa. Como siempre, los vecinos habían quedado encargados de cuidarla. Desapareció. Se escapó a la calle y no volvió.

Meses después, encontré a su doble en medio de la ciudad y me puse a llamarla. Era macho. No era ella. De algún modo sigue viva.

Ya mami no quiere más perros, y mi casa actual es tan pequeña que no tengo dónde meter uno. Además, ya me lo ha advertido mi esposo, si con mis horarios apenas puedo regar las plantas qué sería de ese animal.

Así como me desagradan los gatos, hay algo en los perros y sus ojos que me hace sentir en paz.

Me gustaría que, algún día, hayan en mi hogar niños y un perro.

Papeles cambiados

Se me había olvidado llamar a mis padres el día anterior. Eso me inquieta. No me gusta que pase un día sin preguntarles: « ¿Y cómo está la cosa, sin novedad en el frente?»

Mis padres crecieron sin que yo me diera cuenta.

Tomo el teléfono, entre los dos y cuatro timbres, como promedio, siempre responde uno de los dos. Pero pasan cinco, y más. «Lo sentimos, no responde», me dice una voz impersonal.

Trato con el móvil de mi padre, está apagado o fuera del área de cobertura. Lo intento en las dos siguientes horas. Sin respuesta.

Repaso los lugares en que pueden estar, es muy tarde para los habituales. Me pongo nerviosa. Me preocupo. Pienso en cosas malas y yo misma las espanto.

Entonces se me ocurre llamar a mi hermana: «Mija, ¿tú sabes dónde están mami y papi?».«Aquí, en mi casa», me dice muy tranquila.

Yo me molesto, y le pido que me pase a mami y le peleo por no avisarme que se van a mover de municipio, para que una no se preocupe por gusto; pero, como siempre, solo oír su voz alegre alisa todas mis arideces.

Ya en la noche me río de mi propio episodio paranoico, y pienso en cuánto y cuán rápido se intercambian los papeles.