Aprendizajes de mamá primeriza (V)

Y tuve que revisar mi blog para saber qué número de post era este; sí, la maternidad te trastoca, a veces salgo al portal de la casa y me digo: “hola, mundo, cuántos días sin verte”; y extraño cosas simples como maquillarme, y me dan deseos repentinos de volver al trabajo, pero saben qué, soy inmensamente feliz, esta de ser mamá es una experiencia liberadora y de mucho crecimiento espiritual… y eso va para toda aquella y aquel que cuando te embarazas solo sabe decirte que no vas a dormir más, que vas a quedar gorda… y una lista extensa de negatividades.
Gente, hace meses que no duermo una noche entera y tengo una barriga fofita, pero no hay un día que mi hija no me haga reír, reír mucho. Eso es lo primero que pienso contarle a una mujer que me confiese su embarazo.
SE TENÍA QUE DECIR Y SE DIJO.

En estos dulces meses de ser madre (qué palabra tan grande y qué pequeña me siento yo todavía) he aprendido que:
Vas a mirar mucho a tu bebé, a toda hora, a cada segundo, de día y de noche. Te va a costar tiempo dejarlo en el cuarto unos minutos, y toda la voluntad del mundo para salir de casa sola por primera vez. No todos van a entender esa aprehensión u obsesión, pero los que han sido uno físicamente por nueve meses, bien se merecen su espacio para adaptarse a ser dos cuerpos separados, así que perdónate tus miedos y disfruta de una etapa que no volverá.
Desarrollarás el complejo de Gollum, consistente en no querer prestarle tu bebé a nadie, porque es “tu tesoro”. Cuesta trabajo dejar que otros, no importa el grado de familiaridad, se hagan cargo. Lo tienen en brazos un ratico, y ya quieres que te lo devuelvan. Y si llora, ahí sí te entra el desespero, porque sientes la necesidad de ofrecer consuelo tú y solo tú. Es un instinto primario, animal. Pero papá tiene el derecho y el deber de compartir la crianza. Además, siempre hacen falta unos brazos extra para satisfacer necesidades básicas como comer o bañarse. Por eso el Gollum que llevas dentro debe entender que por compartir un poco no pasa nada. PD: No importa a que hora entres a la ducha, siempre te parecerá que oyes llorar al bebé, es una suerte de paranoia.
Tan solo de embarazarte, vas a amar a todos los otros bebés del mundo y te vas a sentir conectada con el resto de las mamás. A los pequeños los verás hermosos, te llenarán el alma de ternuras, y te solidarizarás con las madres, porque sabes que detrás de cada foto de sonrisas hay mucho esfuerzo. Tantos likes he dado, que por obra y gracia de los algoritmos de FB ahora solo me aparecen publicaciones de amigos sobre sus bebés, maternidades y paternidades, y ME ENCANTA.
Estar limpia cuando cuidas a un bebé es un imposible. Nada atrae más un buche apestoso que una blusa acabadita de poner. Al final de la tarde no sé ni a qué huelo, pero hay orines, leche y partículas de caca por todo mi ser. Mi antigua yo se habría retorcido de la incomodidad. Pero esta versión mejorada de mí olfatea pañales sucios con la pericia de un perfumista y la curiosidad de una científica. Mientras ella huela rico y tenga ropa impoluta y seca, todo está bien.
Te van a dar consejos a borbotones, algunos útiles; muchos tan obvios que a veces dudarás si te creen tonta; y otros francamente entrometidos. Creo que lo esencial es entender que ningún bebé ni ninguna maternidad es igual a otra y que es tu derecho de madre primeriza aprender a un ritmo propio, hacer las cosas a tu forma y hasta equivocarte. Ya le he pedido perdón a mi hija varias veces cuando meto la pata, y por la forma en que me mira creo que me lo ofrece.
Y, finalmente, lo reconozco, a veces me siento niña jugando a las muñecas, y es muy divertido…

Cosas de mamá primeriza (IV)

Si pensabas que eras una persona seria e incapaz de ñoñerías, pues, mamá, eso era antes. Ahora le hablarás a tu bebé con más dulzor que la melaza y acento de borracha, y le dirás mil apodos (cualquier cosa menos el nombre que le pusiste): aderezos, comidas, animales, y epítetos locos inventados por ti. (Una muestra: chimichurri, cangurita, tuini tu, cosita de mama…)Si tienes acceso a internet, corres el riesgo de vivir la googlematernidad, una adicción que impulsa a buscar cada tema relacionado, primero con el embarazo, y luego con el parto, el posparto, el desarrollo del bebé, la lactancia… y yo apuesto por la necesaria información, que educa y propicia decisiones conscientes. Pero ojo, que se corre el riesgo de desarrollar ciertas paranoias (inevitables cuando sabes todo lo que puede ir mal), y hasta mirar con sospecha a un médico si te da por creer que sabes más, y créanme, que ese delirio sucede.
Aprenderás por obra del día a día, que la maternidad es más que entrañable ropita diminuta, mimos y abrazos, risas y alegrías, olor delicioso a bebé… y todo aquello hermoso que suele resaltarse como el ideal. Convertirse en mamá es un duro aprendizaje que trae llanto y agotamiento, poquísimas horas de sueño, dolor de espalda y brazos, heridas en los pezones, culpas, miedos… Y es de esa poderosa combinación que nace la maravilla, la felicidad más tremenda, la fuerza vencedora de imposibles. No hay madres perfectas ni supermujeres con la capa siempre puesta, a veces hay ganas de solo dormir un rato. No hay maternidades rosas. Si se dijera más, si se renunciara a tanta imagen empalagosa, quizá todas llegáramos mejor preparadas y la sociedad entendería completamente la terrible belleza de esas madrugadas que parecen eternas y donde se empieza a descubrir que existe el amor incondicional.

 

El mal (y el buen) médico

No todos los médicos son buenos por el hecho de curar. Hay médicos que saben mucho y, sin embargo, son malos médicos.
El mal médico o la mala doctora no te mira a los ojos y tiene cara de molestia cuando te examina, como si hubieras decidido enfermarte solo para incomodarlo. Te pregunta apenas tres cosas y escribe párrafos y párrafos reglamentarios en la historia clínica.
El mal médico minimiza tus padecimientos, pone en dudas que sientes lo que sientes y que pasó lo que pasó, te toca de mala gana, y si no preguntas insistente no explica. Cambia tratamientos sin decir razones, atiende a los papeles que cuentan lo que te pasa, pero no a ti.
El mal médico puede que cure, pero no sana; sabes que no pone en ti el mismo interés que si fueses su familia, le temes a sus despertares malhumorados en las noches de guardia cuando parece que no debieras importunar su sueño si no vas desangrándote (y si estás de parto, con la cabeza del bebé asomando). El mal médico no ofrece confianza, y por eso falla. Su rostro te asalta como un mal recuerdo.
Pero el buen médico, la buena doctora, es otra cosa. Te mira y te toca. Sonríe y hasta hace un chiste. Presta verdadera atención a tu historia, a los detalles como un chasquido o una molestia en alguna parte.
El buen médico te advierte que va a doler, pero te dice que es necesario, y que pronto vas a estar bien. Te respeta, y contesta las preguntas con seriedad, porque eres un ser pensante y lo sabe; y seguro también le exigen esa formalidad (muchas veces entorpecedora) de escribirlo todo, pero no lo antepone a tu examen.
Ese médico es el que te dice: “ ven tempranito mañana para verte antes que salga de la guardia”, sin que medie amistad ni la consabida jabita con merienda. Y no te asusta con tecnicismos, ni da malas noticias con la frialdad de los desalmados.
El buen médico no se cree tu jefe. Y no te culpa por las evidentes escaseces ni por su exceso de trabajo. No se libra de ti con un “no hay”, y busca las alternativas. Le gusta su profesión y se nota. Puedes ser el paciente 101 de su día, puede que no haya tenido tiempo ni de bañarse en la guardia, pero hace de tu problema su problema. Y entonces confías, y sonríes aunque duela la cura, y se encoja el estómago con el inconfundible olor a hospital.
El buen médico, quizá de forma instintiva, domina el arte de la empatía y por eso sana. Dondequiera que lo encuentres le ofrecerás eso que es tan valioso, y que tan poco se pondera y valora, el agradecimiento, y le darás tu mano para lo que le haga falta.
Sí, un mal día lo tiene cualquiera, pero no hay peores horas que aquellas en que se está enfermo o alguien que quieres lo está.
Ojalá se examinasen en las academias médicas la capacidad de ser sensibles; ojalá no se dijese tanto: “fulano es tremendo médico, pero es un pesado”; ojalá como pacientes no nos sintiéramos tan vulnerables ante el poder total de un mal médico.
Nuestra atención médica es gratuita, pero cuesta, y eso va también para quien la ofrece.

Cosas de papá (desde el principio) primerizo


Que conste que hablo de un papá desde el principio, es decir, uno que se implica desde el día 1 del embarazo; que es compañero y amoroso, atento a las necesidades de la mamá y el bebé, protagonista de cada episodio, que comparte las responsabilidades, y no dice ni deja que digan que ayuda.
Pero para este tipo de padre -que ojalá sean cada vez más- las cosas no siempre son fáciles, porque nuestra sociedad patriarcal, que además ensalza el modelo de madre mártir, lo invisibiliza e intenta escamotearle la posibilidad de experimentar una paternidad plena.
Así descubre algunas cosas como que:
Pondrán su nombre en el tarjetón (carné de salud de la embarazada) -no se sabe con qué fin- pero rara vez los médicos le preguntarán o dirán algo directamente, aunque esté en cada consulta.
No habrá familiar, amistad o persona conocida que no lo disuada de prepararse para el parto junto con la madre: es seguro que se va a desmayar, porque los hombres no sirven para eso. Y una se pregunta si serán milagros de la naturaleza los obstetras varones.
Todos dudarán de su capacidad de cuidar a la madre adolorida y al bebé recién nacido en el hospital, como si le faltase algún atributo esencial para cambiar culeros y arrullar a ese pedacito de sí.
Lo perseguirán las expresiones de asombro allí donde lo vean sentarse con su bebé en los brazos en la consulta del pediatra y mamá al lado, de pie; o desvestir con pericia a su hij@ para un examen.
Minimizarán su angustia por tener que irse a trabajar y perderse vivencias hermosas, o no entenderán sus ojeras en la mañana, cuando es ella la que tiene que dar el pecho.

Pero estos papás primerizos no se pliegan a esa supuesta inutilidad masculina para cuidar (que también es amar) a sus bebés, y cambian culeros, y duermen, y bañan, y peinan, y visten, y disfrutan de su paternidad a la par de mamá. Vaya, que no dan la teta, porque no pueden, y eso seguro que les da un poquito de envidia.
El papá desde el principio comparte el agotamiento y la felicidad, por eso es también mejor esposo y, definitivamente, un ser humano más completo.

Aprendizajes de mamá primeriza III

1. En algún momento rogarás porque tu hermoso bebé duerma al fin, antes de que tú desfallezcas de agotamiento. Y cuando logres acostarlo en su cuna, en vez de correr a la cama, te quedarás comprobando su respiración, deseando peinarle una patilla, y darle un beso sonoro en su cachete perfecto.
2.Aprenderás a dormir con un ojo abierto. No temas, por muy dormilona que hayas sido, a tu nuevo amor no le hará falta ni llorar, bastará con que se mueva, para que te aprestes a chequear “la situación operativa”.
3. En algo te equivocarás: medias muy apretadas, culero mal puesto, querer darle el pecho cuando llora de sueño… es inevitable, pero sabrás que tu hij@ te perdona, que no repara en esas nimiedades, porque solo con tu voz se calma, porque solo sobre tu corazón su rostro refleja toda la paz.