Ana Belén Montes. El espionaje, la ética y el deber.

Por Rey Montalvo

s635-0206171657.source.prod_affiliate.84“Espero que Estados Unidos desarrolle una política con Cuba fundamentada en el amor al vecino, una política que reconozca que Cuba, como cualquier otra nación, quiere ser tratada con dignidad y no con desprecio.”

Esto no lo dijo Obama, aunque ahora se presenta como el máximo defensor de la equivalencia entre los países; no es una frase desenvainada de la historia norteamericana, que siempre ha tenido líderes inconsecuentes entre actos y discursos; esto lo dijo una mujer y a muchos les pareció extraño.

Ella fue una gran agente de los Estados Unidos, trabajó para la DIA y el Pentágono, se codeaba con los analistas de la CIA y la Casa Blanca, era miembro del secreto “grupo de trabajo inter-agencias sobre Cuba”; pero más que todo, Ana Belén Montes respiraba como los buenos seres humanos, los justos, los mortales, a los que misteriosamente llamamos héroes por creerlos perfectos.

Ana Belén Montes no quiere ser heroína, es demasiado humilde; no quiere que pidan por su libertad, asume la culpa de no cumplir las órdenes improcedentes de su gobierno. Ayudó a Cuba porque pensó que era lo correcto, y no se arrepiente. En el juicio (hace 15 años) donde la llamaron traidora, dijo:

“Todo el Mundo es un solo país (…) Este principio implica tolerancia y entendimiento para las diferentes formas de actuar de los otros. Él establece que nosotros tratemos a otras naciones en la forma en que deseamos ser tratados, con respeto y consideración. Es un principio que, desgraciadamente, yo considero, nunca hemos aplicado a Cuba.”

Muchos pedimos por la libertad de Ana Belén Montes, que no cumplió con su deber resueltamente como los seres pobres de espíritu; actuó según la frase de un puertorriqueño como ella (Pablo de la Torriente Brau): “el deber termina donde empieza la arbitrariedad de la ley”.

(http://cubalaopinion.blogspot.com)

El odio que apagó una vida

Estabas aún en el vientre de tu madre y de alegría lloré… Cuando la bomba asesina apagó tu joven vida no tengo más lágrimas para llorar”. A Fabio: mi hijo. Giustino Di Celmo

Yo solo tenía seis años; por eso no recuerdo con precisión los sucesos de aquel jueves. Aún era muy pequeña para entender de noticias, y mucho menos de odios.

Ese mediodía seguro mamá me llevaba de la mano y hacíamos el recorrido habitual entre la escuela y la casa para disfrutar del almuerzo. Imposible precisar sobre qué discurría mi elocuencia infantil en el mismo segundo en que una bomba te arrancó la vida.

Tal vez en la noche me hablaron de ti en casa, o al otro día en la escuela. Sin embargo, las nociones que tengo de quién fuiste no son cosa de un día, se han forjado de a poco, con el paso de los años, hasta hacerte tan cercano como los héroes y mártires que la historia me enseñó a amar.

Te llamabas Fabio Di Celmo, tenías 32 años y una hermosa sonrisa. Como todas las víctimas del terrorismo eras inocente. Los asesinos no te conocían, no planeaban que murieras tú, podía ser cualquiera. Solo importaba sembrar el miedo. Tu fin no les quitó el sueño.

EL PEQUEÑO FABIO

Los hermanos menores siempre son pequeños a los ojos de la familia, sin importar que crezcan y se hagan hombres o mujeres independientes. Como Fabio era el menor de los tres hijos de Ora y Giustino, todos le reservaban un cariño especial, protector. Había nacido en Génova, Italia, el 1ro de junio de 1965, dentro de un hogar acomodado; no obstante, sus padres le propiciaron una educación austera.

Así creció Fabio. Leía mucho, aprendía a hablar francés e inglés y prefería la Geografía y la Historia. El fútbol le corría por las venas, desde los siete años perseguía la pelota y lo hacía bien. Llegado el momento, dio la espalda a una carrera futbolística profesional. Le parecía un mundo cruel, y para él ese deporte no podía ser más que refugio.

Preservó la mayoría de los amigos de la escuela; cautivaba por conversador, sencillo, ajeno a extravagancias y lujos fútiles. Siguió los pasos del padre como empresario, y muchas veces trabajaba a pie de obra con los obreros. Le satisfacía palpar con sus manos la labor.

No es de extrañar entonces que Cuba lo conquistara. Sabía del bloqueo y de la historia de resistencia de la Isla. La naturalidad y heroicidad de su gente terminarían por enamorarlo  cuando en 1992 llegó con Giustino a La Habana. Fabio representaba a una firma de exportación e importación radicada en República Checa y proyectaba establecer una sucursal en la capital cubana.

EL MUCHACHO DEL COPACABANA

En una de sus primeras visitas, su auto se averió en medio de La Habana Vieja. Trató de arreglarlo y no pudo. Los vecinos de los alrededores se reunieron. Cada uno daba su opinión sobre cómo solucionar la rotura, hasta que uno dio con la respuesta y Fabio pudo continuar. Eufórico contó la historia al padre, pocos países se asemejaban tanto a su carácter.

Cada dos meses viajaba a Cuba. En el hotel Copacabana todos lo querían, había trabado confianza con cada trabajador y con algunos construido una fuerte amistad. Debatía sobre la realidad del país, estudiaba los discursos de Fidel y hasta había logrado que lo llevaran al Cotorro a jugar un partido de fútbol; soñaba con traer a los miembros de su equipo, el Sciarborasca. Conversaba sobre su deseo de radicarse aquí, como un cubano más, tarjeta de abastecimiento incluida.

Los hechos del 4 de septiembre de 1997 acontecieron con la rapidez y frialdad de lo trágico: canceló una cita de negocios a la que no lograría llegar a tiempo. Desde la habitación, llamó a sus amigos Enrico y Francesca para encontrarse en el lobby bar y decidir dónde almorzarían. La pareja celebraba su luna de miel en la Isla por recomendación de Fabio y esa tarde volverían a Italia.

El salvadoreño Raúl Ernesto Cruz León también estaba en el Copacabana. En el baño armó una bomba –por cada una que colocara en un centro turístico cubano cobraría 4 500 dólares- y la dejó dentro de un cenicero del lobby.

El artefacto pudo explotar sin dejar víctimas fatales, como los otros que ese día dejó en el hotel Tritón, el Chateau Miramar y La bodeguita del Medio, pero una esquirla de metal le seccionó la yugular a Fabio y se desangró.

En el cementerio de Arenzano, Génova, su tumba reza: “El 4 de septiembre de 1997, una bomba asesina de un mercenario salvadoreño apagó la vida del joven Fabio Di Celmo”. Primero se leía “bomba americana asesina” y las autoridades italianas exigieron suprimir el gentilicio.

Giustino, marcado por el dolor inmenso de perder un hijo, juró morir él también en Cuba y lo cumplió. Batalló de forma tenaz contra el terrorismo y exigió condena para los que pagaron a Cruz León y, a diferencia de este, nunca fueron enjuiciados.

Luis Posada Carriles, quien ideó la escalada de 1997 contra el turismo cubano y aún vive libre, dijo a un reportero: “Es triste que alguien haya muerto, ese italiano estaba en un lugar y momento equivocado, pero yo duermo como un bebé”.

Y yo pienso en ti, Fabio, y en la expresión de tu rostro, esperanzada, llena de futuro, cuando un presidente de Estados Unidos pisa suelo cubano por vez primera luego del triunfo  revolucionario y, además de no pedir perdón, nos convida a olvidar. ¿Cómo olvidarte? ¿Cómo olvidar el odio sin castigo, ese que te apagó?

Luces de una ciudad

DSCF1096Mucho más que un espacio geográfico urbanizado son las ciudades. Las define el paisaje, el clima, pero sobre todo la gente que las habita y conforma su historia y arte.

Por eso parecen tener personalidad propia. Se muestran alegres, nostálgicas o misteriosas. De algunas se puede decir que poseen alma, magia, como Matanzas.

Aunque hace décadas la persigue el estigma de señora dormida, marcada por las obras inconclusas y el deterioro del patrimonio, un epíteto se niega a desaparecer del imaginario de sus habitantes: La Atenas de Cuba.

Quizá Rafael del Villar no imaginó, hace 156 años, que su propuesta de llamarla así perduraría tanto y se convertiría en bandera para los defensores de la cultura en estos lares.

Era el 17 de febrero de 1860, y en un inmueble del callejón de San Severino, se celebraba el acto oficial para constituir el Liceo de Matanzas. Allí mencionó del Villar, su director, el paralelismo entre la ciudad clásica y Matanzas.

Sobre la sangre esclava y el azúcar, el florecimiento económico en tierras yumurinas había repercutido en el ámbito social y determinado una vorágine de acontecimientos culturales. Florecieron poetas, tertulias, instituciones, revistas y periódicos.

El calificativo prendió dentro de la élite cultural y entre los habitantes. Vino a resumir la estirpe de Matanzas, no solo en ese momento específico, sino desde su surgimiento y hasta mucho después, incluso en los días que corren.

Imposible hablar de esta urbe sin remitirse a su condición moderna, al perfecto trazado de las calles; a Plácido, Milanés, White, Del Monte, Gener, Guiteras, Byrne, Digdora, Carilda; las casas almacenes de la calle Narváez; el Instituto de Segunda Enseñanza; Ediciones Vigía; Teatro de Las Estaciones… Más que los límites físicos, la cultura nos demarca y define.

Hace pocos días, el poeta, editor y director de Ediciones Matanzas, Alfredo Zaldívar hablaba en el tercer aniversario de la peña Trovadores y Punto, de Rey Montalvo, acerca de su satisfacción por ver cómo aumentaban los espacios de encuentro con la creación en las noches matanceras.

En el 2016 nos sorprende el placer de ver resurgir a la Sala White –donde el Liceo de Matanzas sentó pautas- luego de años de una penosa reparación; el empeño de la AHS por diferenciar sus propuestas musicales; el inicio de una peña literaria auspiciada por Ediciones Aldabón; la renovación de la Casa de la Memoria Escénica; una programación cultural más variada e inclusiva en las noches del sábado.

Quedan zonas oscuras, como las puertas cerradas del Sauto o la poca implicación en tales iniciativas de quienes viven más allá del centro histórico urbano. La mirada debe ponerse en rescatar y reinventar todas las luces que llenen de sentido el sobrenombre de La Atenas de Cuba.

Una fiebre en la imaginación

A 80 años de los sucesos del Morrillo

“Si canto a los muertos /es porque sé/que los muertos no han muerto, /que están a mi lado/calmándome la sed/y avivándola a un tiempo”. Vicente Feliú

El Morrillo
El Morrillo

Una bala en el corazón, y fue la muerte. Minutos antes había aceptado ese destino, así se lo comunicó a Aponte, el venezolano que ya era su compadre y estuvieron de acuerdo: morirían antes de permitir que los capturaran; y lo cumplieron el 8 de mayo de 1935.

El Morrillo, fortín español, pertenecía entonces a la Marina de Guerra; alejado del centro de la ciudad de Matanzas, desatendido por sus responsables y poseedor de un atracadero, resultó escogido para la salida de Antonio Guiteras, que permanecía en la clandestinidad, y de otros militantes de la Joven Cuba.

Allí los recogería el yate Amalia para llevarlos a México. En ese país, organizarían una expedición para desembarcar por Oriente y desatar la lucha armada en Cuba.Leer más »

Hay locuras que son poesía

“Las tinieblas del revés jamás apagaron la certidumbre de victoria”. Faustino Pérez

Foto (4)

  1. Abril, 9. 7:30 am

–Muchacho, quítate esos audífonos. Vas a terminar sobre el parabrisas de un carro.

–Yo bajo el volumen, mami, no te preocupes.

En la puerta, Ernesto da un beso distraído a su mamá. Busca en el reproductor una canción para iniciar el día. Mientras la música lo inunda, repasa mentalmente los contenidos para el examen de Historia. Camina junto al muro del preuniversitario y se detiene, por primera vez, frente a la tarja que ha rebasado tantas veces.

Lee: “Juan Ripoll  García. Julio Ruffin Hoyos. José Pérez Vidal. Combatientes heroicos asesinados en la gesta revolucionaria del 9 de abril de 1958. El pueblo eternamente los recuerda”.

Busca en su memoria: matanceros humildes y miembros del Movimiento 26 de julio,  aquel día tenían la misión de protagonizar sabotajes en la zona industrial. De regreso, fueron perseguidos por los esbirros de Batista y alcanzados en esa misma esquina, muy cerca del entonces Instituto de Segunda Enseñanza. Allí los masacraron.Leer más »

Dolor hecho luz

“…qué epopeya y misterio había en esa humilde mujer, qué santidad y unción hubo en su seno de madre, qué decoro y grandeza hubo en su sencilla vida, que cuando se escribe de ella es como de la raíz del alma…” José Martí

Mariana Grajales
Mariana Grajales

Rectitud y laboriosidad son las premisas del hogar. Modesto, sí, pero limpio; allí vive una familia de bien y no existe espacio para las mentiras ni el desorden. Por eso impone horarios para la comida, el sueño y llegar a casa. Nada de andar por ahí de noche, a las diez en la puerta y al otro día a estudiar o trabajar en el campo junto al padre; el sustento debe ganarse con las manos.Leer más »

Cuando la inocencia se manchó de sangre

Asesinato de los niños Fermín y Yolanda
Asesinato de los niños Fermín y Yolanda

El corte de caña agota, pero Fermín ni lo siente. Le gusta ayudar al padre, pero tiene otros sueños metidos en la cabeza. Esa noche no se aguanta y le dice a su mamá: “Me sé todos los problemas que pone la maestra.El año que viene voy a empezar en una escuela de milicias, ya estoy bastante grande”.

Nicolasa sonríe condescendiente, casi no puede creer que sus niños crecieran tanto. Fermín la asombra, solo tiene 13 años pero anda loco de admiración por Camilo Cienfuegos y dice que será como él. Yolanda no se queda atrás, dos años menor, quiere ser maestra y practica con cualquiera que se le cruce delante.

Cierto, viven en un bohío muy modesto, en la apartada finca La Candelaria en Bolondrón, Matanzas; pero son una familia feliz. Las oportunidades que crecen para los cinco hijos alegran la vida. Es el 24 de enero de 1963.Leer más »