Los sueños no mueren del todo

Tiene cuatro años y un sinfín de estrellas en los ojos. Cuando entra a la casa, las habitaciones se llenan de arcoíris. Cuando ríe, amanece; y cuando pregunta, las cosas vuelven a nacer.

A su paso, deja un amasijo de hojas coloreadas, de juguetes desperdigados, de migajas dulces, y de corazones seducidos por sus ojos pícaros.

Ella es un tornado bueno que estremece mi amor de tía con su don de niñez: todo lo quiere saber, nunca se aburre, jamás se agota.

Ahí está lo sublime de la infancia: en las ocurrencias que salen como conejo del sombrero del mago, en la imaginación honda, y en las quimeras que destilan más sabiduría que los manuales universitarios.

***
«–Bien –dijo– ¿qué es lo que ves?
«Carlos escudriñó el espejo.
«–Nada –respondió– Solo mis cara y mis gafas y una vela.
«Humm –gruñó el viejo– Hay que saber mirar, muchacho. Sin embargo, espero que algún día aprendas a hacerlo. No olvides esto que voy a decir: en el ­fondo de cada persona, en la región más interior de cada uno de nosotros, vive otro ser. Con nosotros comparte vida y cuerpo, pero la mayoría de las veces resulta diferente. Muchos lo tienen dormido y van como sonámbulos por la vida. Por eso es necesario reconocerlo y despertarlo. Solo así se puede saber quién es uno en realidad.
«–¿Y si no se despierta? –preguntó Carlos».

***
Las niñas y niños deben creer en las brujas, en el unicornio, en los sentimientos de las muñecas, en los espejos mágicos, así se preservan de la aridez adulta, así son felices… Lo sabe el viejo Jesús, y les dice a Carlos y a Natacha: «Es bueno creer esas cosas. Así los sueños no se mueren del todo».

Lo entiende Idiel García (Villa Clara, 1980), el creador de estos tres personajes que se nos hacen entrañables en la novela ¡No soy un héroe! (Ediciones Áncoras, 2016). Pero los pequeños no son tontos ni viven en burbujas, comprenden más de lo que sospechamos los «grandes». El reto está en explicarles el mundo, incluidas sus zonas grises, sin rasgarles el velo de la inocencia.

Contar para ellos no es asunto de tema, sino de sensibilidad; esa es la razón por la que este libro habla de la guerra sin esconderla y del recuerdo de una herida, que es todavía más doloroso que la propia herida.

El Ogro, el flaco Lennon, Camila, Almudena, Raúl, Laura, son algunos entre una multitud de personajes, todos con sus diversas fisuras y enfrentados a la decepción, la muerte, la emigración, la enfermedad, el engaño, la bebida.

Sin embargo, al final, hay alegrías. Carlos quiere consigo a su papá –más que el nintendo enviado desde tierras lejanas– para que lo ayude en sus asuntos,  «al que pudiera contarle sus problemas y pedirle consejo, que le
enseñara la verdad de las cosas que él no comprendía, y fuera su amigo», y su deseo tendrá buen camino.

Para Natacha, sin otra magia que la de las flores de piscualas, se hará el prodigio de un hogar feliz; y el Ogro dejará de ser «el malo de la película», porque a veces los niños crueles en realidad solo están muy tristes y asustados.

Así como las almendras se vuelven unos árboles grandísimos, los protagonistas de esta historia descubren por el camino que no es lo mismo dolor que amargura (el primero es inevitable, la segunda, opcional), que la amistad es una tabla salvadora y el enamoramiento un susto extraordinario.

Y, sobre todo, una lección esencial también para quienes queremos a esos seres, inmensos en su poca estatura, que nos alborotan la cotidianidad: aún tienen tiempo para crecer. Aprender de a poco con la dicha plena es lo que permite mantener vivos ciertos sueños y un día, ante el espejo mágico, reconocerse una persona buena y repleta de luz.

***
«Si no despierta sería una verdadera lástima, muchacho. Ese otro ser es quien de verdad siente lo que cada uno es. Quienes lo llevan dormido solo pueden sentir a medias. Y van siempre equivocando lo que son. Bueno, ya lo sabrás por ti mismo, no hay que apurarse».

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Faro y farero

f0116129Un amigo trajo la revista y me advirtió: «trae unos cuentos de Fernando». Lo más pronto que pude, creo que esa misma noche, comencé a leerlos. Era fuerte la curiosidad por conocer la narrativa de quien tanto pensó a Cuba desde la desinhibición y la humildad, consustanciales a la grandeza cuando es verdadera.

El resultado de la lectura fue grato y para nada una sorpresa, Fernando Martínez Heredia (Yaguajay, 1939-La Habana, 2017) escribió literatura con el alma afuera. Sus cuentos tienen el sabor de la Isla y de su torbellino revolucionario, y descubren una sensibilidad artística aguda para describir la poética de la realidad, que no a todos les es dado advertir.

Esa misma pericia para escrutar lo velado está en su ciencia y en el modo en que la compartió. Lo volví a confirmar con el primer libro que compré este verano: Cuba en la encrucijada (Ruth Casa Editorial y Editora Política, 2017), donde confluyen artículos, intervenciones y ponencias, todos con la mirada en el país de estos tiempos, acechado por el capitalismo mundial que, cual boa constrictor, sueña con imponerse de a poquito, hasta tragarnos.

En sus textos se habla del peligro de ser ingenuos ante el poder imperial norteamericano que comprendió la inutilidad de la violencia en este caso, cambió de estrategia y desde entonces «está librando contra nosotros una guerra cultural, una contienda en la que es maestro, y para la cual cuenta con arsenales fabulosos y con medios que parecen inabarcables y ubicuos».

También señala cuánto puede debilitar a la Patria despolitizarse, perder el orgullo de ser cubano, ver inequidades como hechos naturales, ser corruptos, asumir horizontes de sobrevivencia o de intereses mezquinos.

Pero no quiere desalentarnos, no nos dice que es hora de apagar la luz y cerrar la puerta; él quiere sacudir para que no triunfen quienes desean cambiarnos espejitos por oro, y entendamos que la de hoy es también una hora definitiva.

Apunta entonces directamente al sentimiento nacional, que no es chovinismo, sino autorreconocimiento y también fidelidad a la historia que puede ser madre y maestra.

Martínez Heredia, como él mismo dice de los revolucionarios, aprendió a domar imposibles y a trabajar con ellos, y nos recuerda que las revoluciones cubanas han sido asaltos maravillosos contra la lógica, combates sublimes de multitudes y visiones iluminadoras de seres humanos descollantes, desde Martí hasta Fidel.

«La revolución triunfó al fin en 1959, acabó con la cordura y destrozó las leyes de la geopolítica. Ya nadie se conformó con “darse su lugar”, todos fuimos más malos que Aponte y derrotamos al imperialismo», entonces ¿cómo retroceder?, sería un atentado contra la dignidad.

El racismo, el individualismo, la concepción burguesa de que siempre ha habido ricos y pobres (y estos últimos se lo tienen merecido)… constituyen algunas manifestaciones de baja entraña que no pueden campear de nuevo por estos lares; y como a las malas hierbas, hay que vigilarlas para que no resurjan, por eso las revoluciones no son obras acabadas, sino permanentes invitaciones a la evolución: «Su objetivo es desatar energías suficientes, que sean capaces de cambiar y mejorar la sociedad, las relaciones sociales y a los seres humanos (…) Toda historia verdadera de revolución es subversiva, porque desafía el presente y ayuda a guiar y desatar el futuro».

Este libro aborda temas profundos, pero su prosa tiene la ligereza del buen estilo, y las páginas se van entre abundantes subrayados: uno para cada sentencia lanzada por el pensador como golpes de lucidez, relámpagos que sobresaltan e iluminan.

En una de las partes se lee de Lenin: «es uno de esos faros indispensables, pero que alumbra unas veces y otras no, por mérito o culpa de los fareros». Fernando fue un farero de virtudes sobradas, con sus análisis nos trajo completos a hombres imprescindibles –como, por ejemplo, el Che– y él mismo, con su obra, es ya faro para evitar naufragios. Nos queda poner en práctica su pensamiento y también, para serle consecuente, superarlo.

Abrazos de optimismo emancipador resultan estos textos, de los que una pequeña cita es hermoso resumen: «No propongo nada razonable para cambiar el mundo. Considerado de una manera razonable el mundo seguirá igual, y lo más probable es que se ponga peor. Será venciendo a lo imposible y doblegando a la lógica que conquistaremos más justicia y más libertad, y abriremos camino hacia un mundo nuevo».

(Publicado originalmente en Granma)

La estatua, el parque, y el poeta enamorado

f0113995Nunca se ha quedado solo. Antes de la wifi, estaban allí, a su lado, los apurados de siempre, esperando el ómnibus para ir o venir. Bendita combinación esa que casó en el corazón de una ciudad, la catedral, el parque y la parada.
A sus pies encontró consuelo el amante contrariado, la trovadora extrañada de sí misma, el borracho melancólico, y los niños despreocupados de todo, que pronto aprenden a reconocer en ese hombre menudo hecho estatua a Milanés, el poeta del alma que llora.
Después sí, llegó la wifi al Parque de la Catedral en Matanzas, y sobre el pedestal proliferaron los pies sucios y las latas de refresco, aunque prefiero pensar en el hermoso paralelo del enamorado que teclea fervoroso para el amor en tierra ajena, y los versos ardientes que escribió José Jacinto a su prima, inalcanzable desde la ventana al otro lado de la calle.
Ya se ha dicho hasta el cansancio que Matanzas es tierra de poetas, pero para entenderlo no basta enumerar a todos los que desde allí hacen del verso razón de vida; hay que oler su mar y palpar su tristeza de domingo, su espíritu de bahía abierta y de río tenaz.

Y José Jacinto Milanés (1814-1863), como dijera Cintio Vitier, representa «la matanceridad absoluta»; ello explica que un día de los años 90, cuando el policía fue a reprender a los revoltosos que lanzaban piedras contra unos extranjeros, recibiera la respuesta más insólita de los pequeños: no entendían lo que decían los turistas, pero sin dudas se burlaban de la efigie del bardo.
La anécdota la rescata Urbano Martínez Carmenate (Cárdenas, 1953) en el prólogo de Milanés. Las cuerdas de oro (Ediciones Matanzas, 2013), un libro donde se propone y logra con creces superar una visión que consideraba la existencia del poeta un «cielo sin nubes, un mar sin tempestades».
Esta biografía –como todas las buenas, un atisbo de ese gran mural que es la historia a través de la individualidad– demuestra que no son precisas grandes heroicidades para dejar huellas; y que se puede escribir una indagación histórica con el garbo de la novela.
Domingo del Monte y su influencia, a veces manipuladora, sobre los noveles literatos, la admiración que Milanés le profesó; la frustración del autor de El Conde Alarcos que debió trabajar en algo más que su arte para asegurar la subsistencia
familiar, la novia pobre finalmente rechazada… todo lo descubrimos y sufrimos a la par de la mente que se nubla, que se hunde en la locura a los 28 años.
Quizá era demasiado cruento el existir, entender a la humanidad y sus inconstancias, ver negada la posibilidad de amar a Isa de Ximeno, la prima adolescente con la que se disolvieron las últimas esperanzas de un cariño sanador, y se apagó (o calló adrede) el genio que de codos en el puente vio pasar la belleza y la versificó.
«Al paso del tiempo (…) se convierte en una especie de fantasma matancero, deja cartas en las noches fosfóricas, desaparece inapresable, debajo de un farol de medianoche. Es tan real como irreal. Es inasible porque vuelve siempre, se escapa porque su ausencia ilumina el camino recorrido», dijo sobre él Lezama.
Pero más que la leyenda, conmueve la realidad de Federico, el hermano que todo lo probó para arrancarle la locura, y de las hermanas, que también aplazaron sus horizontes para cuidarlo, y se dolieron de los mutismos, la agresividad, las excentricidades… Gracias a la familia y a su obra no fue nunca un pobre loco.
No podría serlo quien entendió, antes que otros muchos, la sinceridad de las formas y asuntos populares, y fue capaz de escribir cuando aún la independencia era un tímido anhelo la Epístola a Ignacio Rodríguez Galván, como respuesta a la invitación de marcharse de la Isla para salvarse de tiranías e incomprensiones:
« (…) Hijo de Cuba soy: a ella me liga/un destino potente, incontrastable:/con ella voy: forzoso es que la siga/por una senda horrible o agradable (…)».
Cuando lo enterraron, un 15 de noviembre húmedo, ya hacía mucho que su alma vagaba apartada del cuerpo, penante y a la vez magnánima para todos los aquejados de poesía; y aún hoy camina por las estrechas aceras de Matanzas, la ciudad de nombre cruel y brisa cálida.

Abrazarnos como los erizos

20180624_120043Un hogar no lo hacen solo las paredes, el pan y el abrigo; también el amor y, para mí, esencialmente los libros. Entre la lista infinita de suertes que debo agradecerles a mis padres, está el hecho de criarme en una casa donde siempre sobraron las páginas que descubrir.

Fui una lectora precoz y desorganizada, sin más método que agarrar todos los textos a mi alcance ­–creo que más de una vez debieron esconderme alguno inapropiado para mi edad–; pero gracias a esa prematura bibliofagia, aún sin haber cumplido los 12 años conocí a Belén Gopegui.

Fue la edición cubana de Lo Real (2001) la que me presentó a la abogada española devenida escritora. Devoré aquel libro sin entender algunas de sus intenciones, de sus trasfondos, pero seducida por la magia de la palabra y de la anécdota; y quise, como el personaje protagónico, ser periodista: tener ficheros, investigar, mirar la realidad con más ópticas que las evidentes.

He releído la novela muchas veces y en cada ocasión he advertido más de las preocupaciones sociales y existenciales de Belén (Madrid, 1963). A ella le debo, en parte, haberme hecho finalmente periodista y también entender que el talento para narrar siempre es algo mágico, pero si se acompaña de compromiso
con la humanidad, se convierte en un poder alto y puro.

No hay libro suyo que se edite en Cuba que yo no persiga con ahínco; el último de ellos fue El comité de la noche (Colección Ficciones, Editorial Oriente, 2016), una historia que habla de la soledad de estos tiempos, donde las vidas se valoran en dinero y no en sueños; de los amores, los carnales y los platónicos; y también de la posibilidad de unirse en un presente atomizado que mucho conviene a los que tienen el poder.

Gopegui sigue apelando a personajes hermosamente misteriosos y cansados, como el escritor que afronta la crisis escribiendo por encargo las memorias de gente común. Basa todo su entramado de acción y filosofía a partir de una cita estampada antes de la primera página: «Una multinacional farmacéutica plantea pagar 70 euros semanales a los parados que donen sangre» (Europa Press, Madrid 17/04/2012).

Ahora, cuando los militantes clandestinos masacrados por las dictaduras son presentados como héroes románticos, obviando adrede sus ideales políticos, y buena parte de sus torturadores vive una vejez tranquila, El comité… expone la fe de que cuando la gente, como Álex y Carla, alza su voz y establece lazos, aún puede hacerles frente y derrocar a los dictadores de hoy, que todo lo miden en costo y beneficio.

«… la marcha de quienes no se apartan al ver llegar las hordas, de la mayoría no sabemos sus nombres pero su paso suena como la lluvia y seguirá sonando cuando nos hayamos ido», es en la que cree Belén y en la que nos conmina a creer.

Porque a los seres humanos se nos quiere convencer de que consumir es el único camino para atar la felicidad a nuestra espalda, y que el «otro» es el enemigo porque nos puede quitar el trabajo, la oportunidad, la vida… esta novela invita a la inconformidad, a abrazarse aunque duela:

«Cuentan, es sabido, que en los días gélidos los erizos sienten la necesidad de juntarse para darse calor y no morirse. Cuando se aproximan mucho, las púas de los otros erizos les causan dolor. Sin embargo, alejarse comporta un frío insoportable.

«A diferencia de los erizos, nos acercamos no solo a otros erizos sino a la causa de estos días helados. El peligro y la moderación nos mantienen a una distancia adecuada para subsistir. Pero, a veces, nos seguimos acercando».

(Publicado originalmente en Granma)

Emma y la conmoción de las estrellas

«No hay que tocar a los ídolos; su dorado se nos queda en las manos», se lee en Madame Bovary. Foto: YEILÉN DELGADO CALVO
«No hay que tocar a los ídolos; su dorado se nos queda en las manos», se lee en Madame Bovary. Foto: YEILÉN DELGADO CALVO

Hace unos años, una encuesta provocadora preguntaba a la gente, de forma anónima, sobre aquellos grandes libros que había fingido leer para escapar del ridículo, o no ser calificado de «inculto».

Los resultados recogían el testimonio de quienes disertaban sobre la sanchotización del Quijote sin haber pasado nunca de «un lugar de la Mancha»; y de otros que alababan el horror logrado por Kafka al convertir a un ser humano en insecto repugnante, aunque nunca hubieran siquiera hojeado La metamorfosis.

Así, aunque nos parezca irreal, muchos de los volúmenes que por la belleza, innovación o valor testimonial de sus letras han entrado en el panteón divino de los clásicos, quedan confinados a los análisis de los libros de texto y al entusiasmo de los profesores… años después de la escuela habrá quien cite la cólera de Aquiles y el Infierno de Dante, sin haber franqueado la definitoria primera página.

Pero adentrarse en un clásico no es cuestión de dotar de juicios de valor a la vanidad propia; sino, y sobre todo, de placer. Nunca es tarde para descubrir, por una misma, cómo un autor ha logrado hacerse imprescindible para la literatura universal.

Tarde, pero segura, he llegado a Madame Bovary, de Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880), dispuesta a traspasar esa primera frase extensamente citada: «Estábamos en la sala de estudio cuando entró el director…».

La edición cubana (Editorial Arte y Literatura, 2016) nos pone de frente a una pieza maestra. No por gusto se considera –como se afirma en la nota de contraportada– la novela moderna más importante y reveladora de la sociedad francesa del siglo XIX.

Flaubert se cuida de todas las intromisiones en el curso de la historia que hacen difíciles para los lectores de hoy volver a las obras de ese siglo. Al leerlo, pueden advertirse técnicas muy contemporáneas y hasta cinematográficas, como superponer dos diálogos o escenas aparentemente apartados entre sí; y hasta ciertas notas de absurdo.

Pero no solo lo formal hace a Madame Bovary un monumento vivo hasta nuestros días. Las pasiones humanas han sido iguales siempre, cambian las convenciones sociales, la forma de escribir… pero las alegrías y tristezas siguen siendo las mismas… quizá por eso a la literatura genuina no le salen canas.

La novela, luego de su publicación en 1857, fue juzgada por obscenidad. Debió causar una desazón atroz la osadía de Flaubert de colocar en el centro de su obra un tema tan controvertido como el adulterio de la mujer. Se le reprochaba violar la moral pública, religiosa y las buenas costumbres.

Emma es un personaje tan trágico como fascinante, puede que Flaubert la juzgue, y condene sin decirlo su infidelidad a través de las consecuencias que le acarrea; pero al exponer los pensamientos de Madame Bovary desnuda la realidad de una mujer víctima de las ambiciones consustanciales a una rígida sociedad de clases y de sus pasiones en una época donde solo había dos destinos «honorables»: el matrimonio o el convento.

Recordando su infancia, Emma sufre: «Qué felicidad en aquellos tiempos (…) Lo había gastado en todas las aventuras de su alma (…) en la virginidad, en el matrimonio y en el amor (…) ¿pero quién la hacía tan desgraciada? ¿dónde estaba la catástrofe extraordinaria que la había trastornado?».

Era muy pronto tal vez para que ella, a través del hombre que la creó, pudiese entender en  toda su plenitud las cadenas que la ataban y arrastraban en dirección contraria a «lo correcto». De vivir hoy Emma, Flaubert se quedaría sin anécdota. Sus personajes acudirían al divorcio y los métodos anticonceptivos, y el final sería muy diferente.

Hay que llegar a Madame Bovary y beber de un escritor que, en boca de uno de sus personajes, pone una de las preocupaciones literarias suyas y de todos los tiempos: «nadie puede jamás dar la exacta medida de sus necesidades, ni de sus conceptos, ni de sus dolores, y la palabra humana es como un caldero cascado en el que tocamos melodías para los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas».

(Publicado originalmente en Granma)

De cabeza, para no ver torcido

«El lenguaje oficial reconoce los derechos de las mujeres, entre los derechos de las minorías, como si la mitad masculina de la humanidad fuera la mayoría», dice Galeano. Foto: YEILÉN DELGADO CALVO
«El lenguaje oficial reconoce los derechos de las mujeres, entre los derechos de las minorías, como si la mitad masculina de la humanidad fuera la mayoría», dice Galeano. Foto: YEILÉN DELGADO CALVO

Hay dos tipos de tontos: los que prestan libros, y los que los devuelven, dijo en clase una vez un profesor universitario; y sus alumnos, después de reírnos, nos miramos con cierta suspicacia.

Sabíamos que entre nosotros había muchos sin un pelo de despistado, y muy pocos limpios de culpa; el libro, para un lector voraz, es un objeto de deseo. Se pudiera hacer una sui géneris lista de calidad literaria, basada en un criterio algo superficial pero efectivo: cuán robado es un título.

Hay textos que, una vez obtenidos, no se pueden dejar regados ni prestar (sin tener un libro rehén a cambio), porque desaparecen para siempre. Así sucede en Cuba con todos los firmados por ese maestro en enseñar las costuras de «la realidad, que también existe aunque a veces se note poco, y que no es muda aunque a veces se hace la callada», que es Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015).

Por eso es una suerte luminosa tener entre las manos Patas arriba. La escuela del mundo al revés (Editorial Cajachina, 2009); edición tejida en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, una universidad de la palabra, donde cada año jóvenes de toda Cuba aprenden a hacer y valorar mejor la literatura, y de paso salen con el alma más noble.

Eduardo Heras León habla de esta entrega, cuya edición tuvo a cargo, con cariño: «Publicado por primera vez en 1999, en vísperas del nuevo milenio, este libro sorprendente es un recorrido profundo, crítico, agudo e irónico (…) Es el mundo al revés que Alicia descubrió después de penetrar en el espejo, y que (…) no necesitaría atravesar si el inolvidable personaje de Lewis Carroll renaciera en nuestros días: le bastaría con asomarse a la ventana. (…) Se lee como un ensayo, o una crónica, o un reportaje, dotado de una fluidez narrativa apasionante, que no nos permite abandonar sus páginas».

Mirar detrás del telón para descubrir los porqué es la invitación de Galeano en este libro; y si bien nos habla de las amarguras en un mundo donde para elogiar una flor, se dice: «parece de plástico», y son los árboles que dan fruto los que sufren las pedradas, también nos conmina a la herejía de soñar –que es la antesala del acto– ese día en que nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que crea justo en lugar de hacer lo que más le conviene.

Habla Galeano del racismo, del machismo, de la corrupción, de la loca sociedad de consumo (trampa cazabobos)… y también de esta Isla, donde hay quienes «no tienen miedo de decir y tienen ganas de hacer, y por su aliento sigue Cuba viva y coleando: ellos prueban que las contradicciones son el pulso de la historia, mal que les pese a quienes las confunden con herejías o con molestias que la vida plantea a los planes».

No es mucha la gente que nace con esa incómoda glándula llamada conciencia, que impide dormir a pata suelta…, pero a veces se da, escribe él y apunta a la esperanza que sabe viva porque «aunque estamos mal hechos, no estamos terminados; y es la aventura de cambiar y de cambiarnos la que hace que valga la pena este parpadeo en la historia del universo, este fugaz calorcito entre dos hielos, que nosotros somos».

Parémonos de cabeza para encontrar otras perspectivas como la de este fragmento, Puntos de vista/6: «Si Eva hubiera escrito el Génesis, ¿cómo sería la primera noche de amor del género humano? Eva hubiera empezado por aclarar que ella no nació de ninguna costilla, ni conoció a ninguna serpiente, ni ofreció manzanas a nadie, y que Dios nunca le dijo que parirás con dolor y tu marido te dominará. Que todas esas historias son puras mentiras que Adán contó a la prensa».

(Publicado originalmente en Granma)

«Las palabras vuelven siempre»

f0109771En estos días de pérdida he pensado mucho en ese sentido otro de la vida, que va más allá de simplemente respirar. Creo que todos, alguna que otra vez, lo hemos hecho. Nuestra fragilidad material nos compulsa a ello. Algunos se cobijan en un dios, otros se rinden al destino y hay quien encuentra consuelo en el refugio y la inmortalidad que la palabra ofrece.
Por eso he vuelto a un poema, rotundo en su sencillez, de Luis Rogelio Nogueras (La Habana, 1944-1985), Es lo mismo de siempre: «Estamos todos sentados a la mesa: / papá se reía, yo chupo un mango, / mamá corta el pan con su vestido a cuadros. / Entonces ocurrió el milagro: / Gerardito apretó el obturador de su/ Kodak 120. /
«Ahora papá está enfermo/ pero siempre ríe, yo estoy en otra parte/ pero chupo un mango interminable, / mamá se pasará la muerte cortando el pan/ con su vestido a cuadros».
El amor que otros hayan sembrado en nosotros nos ayudará a, rebasada la tristeza, recordarlos con una sonrisa. El amor que enraizamos en quienes nos rodean es lo que nos garantiza cierta forma sublime de eternidad.
Lo que hayamos fundado, con bondad, nos definirá aún después del polvo. Por eso Luis Rogelio Nogueras todavía me habla, y a otros muchos que ni por asomo pudimos ser sus contemporáneos, con versos desenfadados y estremecedores. Él, el Wichy, sabía que la poesía «empieza en todas partes/ y termina siempre en los papeles» y que «es un deseo jamás insatisfecho».
Ante ella, al poeta no le queda más que rendirse y dejarla venir del mundo para hacerse letra mediante sus dedos. Tal vez él, como yo, hubiese desconfiado entonces de los poetas por oficio, los que trabajan para el próximo concurso o la venidera antología.
La naturalidad del Wichy, su talento indiscutible, la aureola de hombre hermoso y de conquistador feroz, su muerte prematura y de cierta forma trágica, lo han hecho leyenda.
Cuesta hablar de la poesía posrevolucionaria sin él, pero –paradójicamente– también cuesta encontrar sus libros. Imagino que se agoten pronto, pero sé que las ediciones han sido escasas. Por la antología que hace años le hizo Letras Cubanas, pagué en una librería de uso un precio escandaloso.
A él, del olvido, no solo lo salva su palabra insoslayable, sino además el empeño de los seres que en vida lo amaron y que no pueden dejar de hacerlo latir. Tal es el caso de Neyda Izquierdo Ramos, compiladora del libro Me quedaría con la poesía (Editorial Letras Cubanas, 2014), que en tres secciones: Cumpleaños, Arte Poética y Poesía, reúne alrededor de 75 poemas de Nogueras; y constituye un tesoro que aún se puede encontrar en las librerías.
A él, responsable del guion de una película memorable como El brigadista, autor de la gran novela policíaca Y si muero mañana; premio David por el poemario Cabeza de Zanahoria, y premio Casa por Imitación de la vida, hay que leerlo cuando se requiera esperanza y también cuando se sienta que «solo se oye el goteo incesante de la vida que continúa,/piedra sobre piedra,/ hasta el final».
Entonces, por ejemplo, nos dirá: «Llueve; / volverán a crecer los geranios en las macetas del patio; / un escarabajo brillante se paseará de nuevo entre las tablas podridas; / cantarán las ranas; / mejorarán las cosechas a lo largo del país. / Y habrá también –¿por qué?– / como un regreso largo de tu ausencia».

(Publicado originalmente en Granma)

Ficción y realidad, la frontera inexistente

Infidente ganó el Premio Alejo Carpentier de novela en el 2015.
Infidente ganó el Premio Alejo Carpentier de novela en el 2015.

Extraña la sensación de estar en una isla dentro de otra isla. Después del último barco y el último avión del día, a una, extranjera sin salir de su propio país, le da por pensar que está un poco cercada, sin la posibilidad de «arrancar» en cualquier momento hacia la casa y la gente querida.

Pero la Isla de la Juventud aún tiene algo de su encanto piratesco y tanta historia para ser hallada, contada e, incluso imaginada, termina por aplacar las nostalgias y la extrañeza del agua dos veces por todas partes.

Allá, después del camino estrecho que lleva a la finca El Abra, con su ceiba, y sus palmas y su casita breve, no pude resistirme a la tentación de imaginar a Martí oteando la tarde, queriendo partir y a la vez quedarse.

Ni la restauración que vivía entonces el Museo, ni la modernidad mostrando sus vestidos por todo el lugar, pudieron robarnos a los visitantes el ansia incontrolable de fabular los hechos, y preguntarnos si nuestra anfitriona sería descendiente de los Sardá. Y nos dijo que no, pero quisimos creer lo contrario.

¿Qué hubiera pasado si…?, es la pregunta con la que pueden desatarse todas las tormentas noveladas, y Nelton Pérez (Manatí, 1970) la explota de forma fecunda en Infidente (Editorial Letras Cubanas, 2015), sin temor a llenar los vacíos, porque la historia no es solo lo que queda en los papeles amarillos, en las cartas, en los testimonios… está también en las palabras dichas tras las paredes, en la mirada que la fotografía no atrapó, en el abrazo que jamás se confesaría para la posteridad.

Infidente –ganadora del Premio Alejo Carpentier– ha desarrollado, según Francisco López Sacha, uno de los miembros del jurado, «un cuerpo investigativo en el que también participa la ficción. El lector encontrará datos fehacientes de la estancia del joven José Martí en la finca El Abra; y al mismo tiempo, enfoques, discernimientos, y aun opiniones, vertidas por él (José Martí) a través de un epistolario que puede considerarse imaginal».

Sacha, en su nota al lector, da otra pista trascendente: «este libro puede leerse como una indagación histórica bajo el criterio de que la ficción también colabora con la realidad».

Y como la ficción le gana a la realidad en verosimilitud, resulta un placer para quienes vemos la grandeza del apostolado martiano precisamente en su humanidad total, adentrarnos en una versión de lo que sucedió en ese periodo de la vida de Pepe, reducido apenas a unos párrafos en los manuales y biografías.

Mandy, un estudiante de Periodismo que en 1980 quiere saber qué ocurrió en 1870 en Isla de Pinos, es un personaje que nos compulsa a la curiosidad, y a descubrir que las complejidades epocales inciden en el pequeño destino personal más de lo que imaginamos.

Dolores, Casimiro, Adelaida, Carmen, Nora, Teresa… forman parte de una constelación que entrelaza dos tiempos.

«Es un joven con tanto talento y querible, José María, ¿no te parece», inquiere doña Trinidad a su marido, Sardá, acerca del huésped a punto de marcharse.

Él le contesta: «Sí, pero con mucha vocación para mártir, ¡qué desperdicio! Que vaya a estudiar leyes, a ver si eso lo ayuda a olvidarse de querer cambiar el mundo (…) En tiempos de guerra la política es un juego donde se muere de verdad y eso él ya lo sabe».

–Es un poeta, José María…

–Pues por eso, Trina, vaya Dios a saber qué suerte le toca o no.
Y una se estremece con la posibilidad, aunque el 19 de mayo de 1895 ya esté inexorablemente escrito.

(Publicado originalmente en Granma)

Prohibido morirse de literalidad

«Tu Correo es definitivamente uno de los momentos más altos en el decir coral de una asombrosa promoción de poetas», dice Yamil Díaz en su carta-prólogo.
«Tu Correo es definitivamente uno de los momentos más altos en el decir coral de una asombrosa promoción de poetas», dice Yamil Díaz en su carta-prólogo.

Recuerdo con claridad el día que descubrí que la denominación de «poeta» era una cosa tremenda. Fue hace unos 20 años, la tarde cuando me regalaron el primer libro de poemas.

Aún era demasiado pequeña, pero intenté leerlo y comencé a descubrir, por suerte temprano, que la poesía es una cosa de otro mundo que nos acompaña, y que andar de espaldas a ella por esta vida a veces árida, es perderse la oportunidad de acaparar la verdadera riqueza, la que nos alumbra dentro.

Desde entonces hasta hoy he leído poesía con apetito, y siempre me provoca felicidad extrema hallar a la vuelta de la esquina un poeta tremendo. Así me sucedió con Frank Abel Dopico (Santa Clara, 1964-2016).

Los primeros versos suyos los encontré en una revista, y quedé asombrada con la manera  de convertir la simplicidad en belleza. Después, a mi paso por Santa Clara, armé a retazos  su existencia de tintes dramáticos, novelescos, pero que se resistía a la tristeza.  El público lo había amado. Ganó en 1988 el Premio David y el Premio de la Crítica. En 1994 se fue a vivir a España, desde donde publicó poco. A su vuelta a Cuba, en el 2008, el panorama literario había cambiado y no muchos sabían cuánto significaba para las letras cubanas ese hombre que –me contaron– murió un poco solo y de demasiado alcohol.

También supe de su influjo que seguía, no solo en el vocablo impreso para siempre, sino además en la obra de un músico agradecido, del que fue profesor, al que ayudó a superar su timidez infantil mediante el teatro, y que ahora hace canciones sinceras que en Cuba se admiran.

De vuelta a La Habana fui directo a comprar El correo de la noche (Editorial Letras Cubanas, 2015), una reedición del poemario que había merecido el David. Y después de leerlo reafirmé la opinión de que la poesía sufre el prejuicio que signa lo desconocido. No vende, proclaman las grandes editoriales, y la gente acaba por creerse que es cosa de élites.

Parte de la culpa la tienen los malos poetas, los que hacen del sinsentido una forma de exhibir supuesta cultura; pero Dopico, porque era de veras poeta, no asumía poses, más bien asaeteaba con sus metáforas insólitas y su irrespeto por los lugares comunes.

«Y cuando en cada ombligo nace un duende, no se trata de una visión, sino de una visión  a lo Frank Abel. Caramba, Frank, todo aquello devino contagioso ¡Cuántos quisimos dopiquear! Te convertiste en un estilo», afirma Yamil Díaz en su carta-prólogo.

La poesía, como todo lo sublime, no anda necesitada de explicaciones. Cada quien puede hacerla su ancla o su globo aerostático, según lo precise. Lo único imperdonable es aferrarse a la literalidad, temerle a buscar detrás de las palabras. No queda más que compartir un cóctel de versos desordenados, una herejía que creo me sería perdonada por la desprejuiciada alma que los atrapó en papel.

«Bienaventurada seas si esta noche vienes a partir / mi soledad en dos pedazos, /  a darle a mi puerta su carruaje/… Donde crecen las alas antes hay precipicios… Se informa a los propietarios de maravillas/…que lo increíble existe a una gota de las cosas…  ¿A quién de caminar no le ha brotado un ángel?».

Ñámpiti o la flor que nos crece dentro

Podría retirarme mañana mismo y no hacer más que leer, y aun así –aunque llegara a ser la persona más longeva del mundo– no podría ni acercarme a terminar, no digo ya todos los libros que existen en el mundo, sino al menos los que me interesan.

Como nadie puede contra las estadísticas, hace tiempo superé mis indiscriminadas lecturas adolescentes, y escojo muy bien a qué textos dedico mi tiempo. Pocas veces releo, pero ese es un placer al cual resulta difícil sustraerse y unos meses atrás me embarqué en la aventura de volver a los primeros libros «sin muñequitos» que leí.

Ese reencuentro me confirmó algo que ya sabía: hacer literatura infantil –al contrario de lo que creen quienes la subestiman– requiere de una agudeza singular. Los niños son quizá los lectores más difíciles: no perdonan la falsedad ni que se subestime su inteligencia. Hay que ser muy perceptivos para ponerse a la altura de la riqueza y la fantasía de sus mundos. Los adultos debiéramos leer más lo que se escribe para ese público, y así entenderíamos otra verdad: la literatura, cuando es buena, no tiene edad de destino.

Así lo prueba Ñámpiti (Ediciones Sed de Belleza, 2015), una historia que habla de abandono, de acoso escolar, de racismo, del alcohol, de las limitaciones aparentes de un entorno rural… todo orbitando en la vida de Handel, un niño que suaviza esas crudezas a través de su mirada limpia, y que aprenderá por el camino que las madrastras no tienen por qué ser brujas y que a veces la muchacha linda del aula sí se enamora del menos pensado.

Este no es un entramado de tristezas, pero tampoco idílico; no podría ser de otro modo porque se parece a la vida. Advierto el aliento autobiográfico que marca con la sinceridad los buenos textos. Nunca antes había leído a su autor Eduard Encina (1973- 2017). Supe de él primero por esa estela como de luz que deja la gente buena cuando se marcha definitivamente. Ante su prematura muerte, muchos de quienes lo conocieron escribieron del poeta, narrador y pintor, natural de Baire, como quien dice de un hermano muy querido.

Con esas referencias, fui a Ñámpiti a buscar sensibilidad y la encontré con creces. Y me arrastré entre las hierbas del patio con Handel para perseguir lagartijas, pinté con él asfódelos gigantes que se me aparecieron en sueños, me alegré cuando su padre dejó de beber para volver a pintar y me hice amiga del ciego Brunelo.

«Mira lo que pasó con la bruja y ahora nadie cree que la vieron volando sobre el cine, mucho menos creerán que Brunelo no desapareció como todos piensan, ni que tampoco se mudó de pueblo, sino que se convirtió en esta flor que hoy vinimos a cuidar para sembrarla mañana», le dice el niño a su noviecita Inés. Y a mí me dan deseos de contestarle, y lo hago, que yo sí le creo, porque, ¿qué sería del mundo si no esperáramos que un día cualquiera, en el pecho, nos crezca una flor?