Ciudadanía efectiva: el vínculo entre el país y sus ciudadanos

constitucionidentidad1.jpgLos seres humanos estamos hechos de vínculos. Buena parte llega con el nacimiento, otros los vamos tejiendo en el viaje de la vida. Así nos constituimos en parte de una familia, un grupo de amigos, proyectos, instituciones, comunidades… y del país.

Los lazos con la patria se construyen de sentimientos, de identificación con sabores, colores, sonidos de la tierra propia, y pocos son los que pueden dar la espalda a un amor tan raigal como el del lugar de origen, aunque se funde un hogar muy lejos de allí.

Pero venir al mundo en una nación específica supone también un grupo de deberes y derechos en relación con la sociedad y el Estado y de estos hacia uno; al igual que si —siendo de otro país— se decide naturalizarse en ella.

No sorprende entonces que, por el impacto personal que tiene, haya suscitado profundo interés una de las modificaciones que propone el Proyecto de Constitución de la República de Cuba que desde el 13 de agosto se somete a consulta popular, en lo concerniente a la ciudadanía.

La transformación referida consiste en que se modifica la afiliación a la no admisión de la doble ciudadanía y, en su lugar, se propone acogernos al principio de “ciudadanía efectiva”.

En la Constitución vigente se establece que “No se admitirá la doble ciudadanía. En consecuencia, cuando se adquiera una ciudadanía extranjera, se perderá la cubana” (Artículo 32).

Mientras, en el título III del Proyecto puede leerse que “La ciudadanía cubana se adquiere por nacimiento o por naturalización” (Artículo 32) y que “Los ciudadanos cubanos en el territorio nacional se rigen por esa condición, en los términos establecidos en la ley, y no pueden hacer uso de una ciudadanía extranjera” (Artículo 35).

Esta variación está sumamente ligada con el contexto histórico, marcado por la manifiesta voluntad política del Gobierno cubano de normalizar las relaciones con su emigración, que es ostensiblemente diferente a décadas anteriores en sus intereses y composición; pasos en los que se han experimentado avances sostenidos y crecientes.

Una buena parte de los emigrados cubanos ha salido del país por motivos económicos, y no desea perder los vínculos político-jurídicos con el país.

Pero para entender por qué es tan importante el término deben recordarse algunos aspectos. Puede decirse que la ciudadanía resulta el derecho de todos los derechos: mediante ella se establecen los límites de una comunidad organizada, quién forma parte y quién no, y serán los primeros quienes tendrán decisión política.

Aunque un grupo considerable de expertos no la considera competencia del Derecho Internacional debido a su estrecha relación con el territorio y la soberanía del Estado, no cabe duda de su relevancia en ese ámbito, pues se relaciona con las prerrogativas de cada país sobre sus ciudadanos, sobre todo en un mundo tan interconectado como el actual, con una amplia movilidad humana. Por esos los Estados son tan celosos con todos los procedimientos asociados a su obtención, pérdida y recuperación.

De seguro, muchas opiniones se verterán sobre este tópico durante el debate, porque de eso se trata, de que todos hagamos Cuba con nuestros enfoques; y el propio hecho de que la consulta popular tenga en cuenta los criterios de los cubanos residentes en el exterior es una muestra de ese diálogo participativo más allá de las fronteras.

(Publicado originalmente en Cubahora)

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Y del pelo nos saldrán mariposas

Algunos libros llegan a nuestras manos por arte de magia. Desandando una de las carpas veraniegas que promueven la lectura como forma de convertir el ocio en alimento para el alma, una portada fuera de lo común me atrajo.
Oscurecía, ya las vendedoras adelantaban el inventario para el día siguiente y guardaban en cajas los volúmenes, pero me las ingenié para tomar y hojear Un hondo bosque de sueños (Notas sobre literatura para niños).

En estas páginas hay consejos sinceros que pueden ayudar a quienes tengan a su cargo una niña o niño. Foto: de la autora
En estas páginas hay consejos sinceros que pueden ayudar a quienes tengan a su cargo una niña o niño. Foto: de la autora

Hubiera bastado el nombre del autor, Eliseo Diego, para que me lo llevara, pero lo que al vuelo pude leer era tan seductor, y de tanto ingenio las ilustraciones de Rapi Diego, que pagué enseguida su precio.
Aunque ya tenía algunos años de editado (Ediciones Unión, 2008), se ofertaba entonces para suerte mía. Vender libros es también un arte –un poco maltratado en los tiempos que corren– pero aquellas dos señoras, conocedoras de su oficio, no protestaron porque llegaba a última hora: me dedicaron una sonrisa cálida y un «que lo disfrutes».
Solo los empedernidos lectores conocen la sensación bendita de adquirir un libro que se adivina cautivante y ansiar la hora de «devorarlo», página a página.
Así, me fui con el ejemplar en el bolso y cuando al fin pude leerlo, no quedó expectativa sin cubrir. Conferencias, notas, entrevistas, ensayos… componen Un hondo bosque de sueños. En ellas, Eliseo –uno de nuestros poetas rotundos– habla sobre lo que se escribe para los niños y cómo hacerlo bien, es decir, sin considerarlos adultos en formación que deben ser tempranamente preparados para la vida «de los grandes».
«Porque lo he vivido, sé cuánto importa la poesía al corazón de la infancia», dice Diego y nos invita a leer de nuevo El gato con botas y La bella y la bestia; y a no subestimar ninguna de las historias que de generación en generación cuentan los padres y las abuelas a la hora de dormir, porque «… en todo arte de pueblo el tiempo filtra, acendra, pule como hace el agua del arroyo con las piedrecillas del fondo, o los dedos de las viejas con las cuentas de sus rosarios».
Sería equivocado pensar que este es un libro solo dirigido a quienes están interesados en hacer arte para el público infantil, en sus páginas hay consejos sinceros que pueden ayudar también a quienes tengan a su cargo una niña o niño. El autor exhorta a no menospreciar sus inteligencias ni la forma rápida en que todo lo captan y desechan lo que no logra conmoverlos:
«No hay más que una preocupación legítima en cuanto al mensaje que algunos de buena fe suponen imprescindible en el arte que se dedica a los niños: que no sea nocivo, que no les haga daño psíquica o ideológicamente.
«Si tenemos esta seguridad no hace falta mensaje alguno, ni pedagógico ni moral. Basta la belleza –y en ella incluyo, por supuesto, la gracia–, porque la belleza hará mejor al niño. ¿Es concebible nuestra ideología en un hombre incapaz de conmoverse ante lo puro, lo noble, lo bello? ¿En un hombre incapaz de sonreír o de detenerse a contemplar el esplendor de la vida en un niño, una muchacha, un pájaro?».
La gente pequeña que nos desordena la vida con sus energías inagotables, necesita mucho ese «conocimiento oscuro pero inmediato de las cosas que algunos llamamos poesía». Nunca como en esos años lo evidente no es lo verdadero, y hace falta tan poco para ser feliz.
La persona nueva, la que ancle sus principios en una forma diferente de entender la sociedad, sin «lobos» que se devoren los unos a los otros, debe también tener una sensibilidad cierta para amar la humanidad, que pasa por apreciar la sobriedad de los versos sencillos de Martí, y también la limpieza de una esquina sin basuras o un ómnibus sin decenas de empolvados muñecos de peluche y calcomanías descoloridas.
El sentido de lo estético empieza a formarse cuando aún nos ponemos de puntillas para otear el horizonte por la ventana, cada estímulo será influyente, cada costumbre, definitiva.
Educar a un niño es un trabajo de tiempo completo, y si no se hace como misión de amor y no de obligación, sin esperar más a cambio que contribuir al crecimiento de un buen ser humano, se fallará seguramente.
«Los mejores libros para niños son también libros para adultos», advierte Eliseo Diego, y de paso, nos conmina a volver a leer los clásicos infantiles y asombrarnos con la complejidad que entonces aceptábamos de forma natural en Peter Pan y Wendy, o Platero y yo, y que ahora nos sobrecoge.
Tal vez si nunca perdiésemos esos poderes que tenemos en la infancia de sacudir el pelo y que nos salgan mariposas multicolores; de crear amigos y pueblos, imaginarios pero reales; de decir lo que no nos gusta sin pensarlo dos veces… el mundo tendría otro rostro, menos amenazante. Crecemos y se nos olvida, pero nos bastaría apenas un salto a aquel tiempo de libertad, para ser mejores y más buenos.

(Publicado originalmente en Granma)

Nosotras, la Constitución y el camino

Escribo mucho sobre mi abuela materna porque a través de su vida aprendí que las mujeres podían morir de causa desconocida, sin médico, un día cualquiera, en un bohío plagado de hijos; que era posible ser niña y no tener más sueños que dormir sin hambre; que vejar puede ser muy fácil para quienes se saben más fuertes y más ricos.
Cuando mi madre me contaba  aquellas historias, yo intuía los orígenes del carácter austero de abuela Andrea,  viuda de miliciano; y su compromiso político, aun con la enfermedad signando su vejez.

Solo después de enero de 1959, pudo ella aprender a leer y escribir “a derechas”,  recibió un diploma de Corte y Costura y dejó de ser empleada doméstica,  mandó a su hija a la escuela gratuita, y fue al dentista. Era la dignidad toda, y había, poco a poco, que aprender que las mujeres no estaban confinadas a la casa, y que esposo no era amo sino compañero…

Millones de mujeres se pusieron al día con sus derechos tras la victoria que estremeció la Isla y el mundo. Desde las independentistas hasta las que entrado el siglo XX lucharon por diversas garantías civiles y políticas, y las que en la pelea clandestina y en la Sierra arriesgaron la vida por un nuevo orden de cosas, toda la tradición feminista se encauzó en un proyecto de país atravesado por la justicia social.

La batalla no fue solo por ofrecer estudios, oficios y empleos a miles de amas de casa, campesinas, prostitutas… sino por sentar las bases para que las mujeres del futuro crecieran en igualdad de condiciones que los hombres. Así tuvieron las mismas posibilidades de acceso al estudio en todos los niveles, igual salario a igual trabajo, y el derecho a optar por responsabilidades administrativas y políticas. El acceso al aborto legal, seguro y gratuito; a los servicios de planificación familiar; a licencia materna retribuida y atención personalizada durante todo el embarazo… son solo algunas garantías, que se amplían dentro de un contexto social y político favorable a la mujer, a su realización personal y profesional, y su calidad de vida.

También hay “peros”. La misma Federación de Mujeres Cubanas –en cuyo centro está el legado de Vilma Espín, una revolucionaria adelantada en  la visión de  género– que impulsó todas las conquistas antes mencionadas, sigue en la batalla constante contra la violencia de género, las inequidades en la distribución del trabajo doméstico, los estereotipos.

De mi abuela a su nieta hay un inobjetable sendero recorrido; sin embargo, debe seguirse la pelea contra los muros más fuertes (esos que se sostienen sobre el “así ha sido siempre”) para que el empoderamiento de la mujer sea total y en todos los escenarios, y más pujante que los prejuicios. En esa labor paciente y sostenida, de protagonizar “una revolución dentro de la Revolución”, contar con una Constitución que haga énfasis en los derechos y garantías de la mujer es una base poderosa para el futuro que deseamos.

En el proyecto de Constitución que ahora se somete al debate popular, el Artículo 45 dice que la mujer y el hombre gozan de iguales derechos y responsabilidades en lo económico, político, cultural, social y familiar; y que el Estado garantiza que se ofrezcan a ambos las mismas oportunidades y posibilidades, y propicia la plena participación de la mujer en el desarrollo del país y la protege ante cualquier tipo de violencia.

Asimismo, se reafirma que tienen el derecho y el deber ciudadano de ejercer el voto los cubanos, hombres y mujeres, mayores  de dieciséis años de edad (Artículo 200) y que tienen derecho a  ser elegidos los ciudadanos cubanos, hombres o mujeres, que se hallen en el pleno goce de sus derechos políticos y que cumplan con los demás requisitos previstos en la ley (Artículo 202).

Entre otros motivos lesivos a la dignidad humana, como origen étnico, color de la piel, creencia religiosa, discapacidad, u origen nacional, el cuerpo constitucional condena la discriminación por razones de sexo, género, orientación sexual e identidad de género y refrenda que todas las personas  son iguales ante la ley, están sujetas a iguales deberes, reciben la misma protección y trato de las autoridades y gozan de los mismos derechos, libertades y oportunidades; y que la violación de este principio está  proscrita y es sancionada por la ley (Artículo 40).

De esta forma, la nueva Constitución que está en manos del pueblo en su función de órgano constituyente, trasluce una equidad de género que igualmente se entreteje con el resto del articulado y tiene con muchos otros postulados puntos de contacto. Seguro, en los días de consulta se darán visiones enriquecidas sobre el tema, y ese es el llamado: usar la inteligencia popular  para lograr al final un texto que no solo nos describa sino que nos ofrezca pautas para avanzar, mediante una visión siempre revolucionaria de todos los asuntos en él contenidos.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Matrimonio entre dos, derecho de tod@s

#YoEstoyAFavorDelDiseñoCubano. Ese fue un día de otro mundo, y no por el traje u otras convenciones, sino porque nos acompañaron las personas que más queríamos; con ellas pudimos compartir la dicha de encontrarnos y la decisión de seguir juntos el camino; casarnos fue un pretexto para multiplicar la alegría de tenernos… por eso no se me ocurren motivos para negarle a una pareja esta oportunidad, sea cual fuere el sexo de sus integrantes. No hay amor inmoral, no hay amor peligroso. El matrimonio igualitario es cuestión de derechos, de socialismo, de respeto, de ser mejores personas, y una mejor sociedad…”.

Cuando aún el Proyecto de Constitución de la República de Cuba no estaba en las calles, pero sí se sabía de su contenido por las discusiones de los diputados en el Parlamento, publiqué en mi muro de Facebook el post que inicia este comentario, junto con una foto de mi boda, hace unos años.

Casi todos mis amigos cercanos, a los que me unen principios en común, reaccionaron de forma positiva ante un reclamo que también comparten; pero hubo otros que me dedicaron ciertos comentarios irónicos al estilo de: “Si tú no eres gay, para qué te metes”.

Podía imaginar que –aunque la transformación es en apariencia tan sencilla como poner donde decía “un hombre y una mujer”, “dos personas”– el debate popular en torno al artículo 68 sería arduo, sobre todo porque toca un punto muy álgido y difícil de enfrentar racionalmente: los prejuicios.

“El matrimonio es la unión voluntariamente concertada entre dos personas con aptitud legal para ello, a fin de hacer vida en común. Descansa en la igualdad absoluta de derechos y deberes de los cónyuges, los que están obligados al mantenimiento del hogar y a la formación integral de los hijos mediante el esfuerzo común, de modo que este resulte compatible con el desarrollo de sus actividades sociales. La ley regula la formalización, reconocimiento, disolución del matrimonio y los derechos y obligaciones que de dichos actos se derivan”, así reza el artículo que, de ser apoyado en la amplia consulta popular del 13 de agosto al 15 de noviembre, y quedar finalmente incluido en la nueva Constitución, dejaría abierta la puerta para que una futura legislación reconozca el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Esta visión del matrimonio, que se aparta de la heteronormatividad y el machismo, no es fortuita, no nace de un capricho de los miembros de la Comisión que elaboró el texto ni de los diputados que en sesión de la Asamblea Nacional lo respaldaron; es resultado de la labor sostenida y respetuosa de las personas cubanas LGBTI (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, intersexuales) por el reconocimiento de sus derechos en una sociedad raigalmente patriarcal.

Se debe, asimismo, a una cultura de derechos y de justicia social que la Revolución Cubana ha impulsado y que ha conquistado para su ciudadanía lo que en muchas naciones son garantías impensables (aborto seguro, legal, y gratuito; igual salario a igual trabajo para mujeres y hombres; licencia de maternidad y de paternidad; servicios de planificación familiar; educación sexual escolar…).

También el artículo 68 es coherente con otros postulados del Proyecto, como que “todas las personas son iguales ante la ley, están sujetas a iguales deberes, reciben la misma protección y trato de las autoridades y gozan de los mismos derechos, libertades y oportunidades, sin ninguna discriminación por razones de sexo, género, orientación sexual, identidad de género, origen étnico, color de la piel, creencia religiosa, discapacidad, origen nacional o cualquier otra distinción lesiva a la dignidad humana” (Artículo 40).

DEL PREJUICIO AL CONSENSO

Aunque parezca increíble a esta altura, todavía hay cubanos y cubanas que creen que la homosexualidad es una enfermedad; que si los padres hubiesen estado más atentos en la infancia, se habría podido corregir; que es sinónimo de promiscuidad, desfachatez y pocos valores morales (la eligen por su poca vergüenza); o que se les puede “pegar” a los niños si se les enseña que es algo normal.

El rechazo es gradual y va desde una posición casi de “lástima” hacia las personas homosexuales; pasa por la de quienes dicen no tener problema con ellas, mientras lo mantengan discreto puertas adentro; hasta la homofobia más rabiosa, que acude a la descalificación y, a veces, a los actos violentos.

Buena parte de esas posiciones las manifestaron usuarios de Cubahora en el foro –aún abierto– ¿Listos para debatir sobre la nueva Constitución de la República?, donde también otros muchos lectores defendieron un enfoque de derechos.

Nadie está libre de estereotipos, referidos a múltiples facetas de la vida en sociedad; por eso, la posición en estos días de debate no puede ser de enfrentamiento, no se trata de decir sí o no, sino de expresar las opiniones, dudas, sugerencias… pues todas serán tenidas en cuenta a la hora de elaborar la versión que volverá a la Asamblea Nacional.

Esta es una oportunidad para que ofrezcamos argumentos contra los prejuicios, sin poses aleccionadoras ni beligerantes. Ya sea por motivos religiosos, culturales, de desconocimiento… quien se oponga debe recibir de nosotros el respeto que exigimos para cada habitante de la nación. La cultura del diálogo es premisa imprescindible para el consenso.

Otras ideas volvieron a mí al leer el foro: informarse es también, además de derecho, un deber ciudadano, y aprender cómo gestionar los contenidos ayudaría mucho a quienes se quejan de no saber aspectos que han sido ampliamente tratados en los medios de comunicación.

Asimismo, ratifiqué que repetir lo oído sin cerciorarse de su veracidad es una costumbre nefasta: que los hijos de parejas homosexuales lo sean luego también y que experimenten traumas, ha sido desmentido no solo por innumerables estudios científicos, sino también por las más importantes asociaciones de siquiatría y sicología del mundo.

El artículo 68 no se trata de restarnos derechos a las parejas heterosexuales, sino de dárselos a quienes los tenían negados: la alerta de Mariela Castro Espín, diputada y directora del Cenesex, es meridiana.

No se trata de que otros países del mundo hayan aprobado el matrimonio igualitario, sino de que nuestro original modelo de país debe ser – siempre más– justo, equitativo, incluyente, porque es socialista.

Juzgar a una persona por su orientación o identidad sexual es tan superficial que si todos nos diéramos un minuto para valorarlo conscientemente, muchas concepciones arcaicas harían aguas; los seres humanos somos más.

El matrimonio es cuestión de amor, del reconocimiento de la sociedad a dos personas que han decidido andar la vida juntas y que por ello tendrán derechos y deberes ante cada una de las circunstancias, incluida la muerte de uno de los cónyuges. Tiene además un valor simbólico, que no se les debe negar a quienes se quieran.

De todas formas, es este solo uno de los temas que el Proyecto de Constitución nos compulsa a debatir. Un solo artículo no puede polarizarnos ni concentrar toda nuestra atención. Estudiemos cada formulación y participemos activamente para lograr una Carta Magna que exprese la voluntad colectiva y nos impulse al futuro.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Verano que huele a cundeamor

Vacaciones, tiempo libre, sol, playa, piscina… el verano, como todas las estaciones, tiene elementos que lo distinguen. Pero también hay construcciones más personales. Para mí, creo que eternamente, el verano tendrá el sabor de la limonada que preparaba mamá a la hora del programa televisivo Prisma… y olerá a la mata de cundeamor del patio.

Julio y agosto me retrotraen sin variación a las películas de artes marciales de la tarde y a las novelas como Aguas mansas que paralizaban al país; al bulto de libros que mi padre me traía de la biblioteca, a los aguaceros vespertinos y a las madrugadas que pasaba construyendo amagos de poemas.

El verano siempre lo imaginaré con los colores de la playita Bueyvaca de mi barrio natal, con la textura de los sorbetos en el quiosco de la esquina y con mis intentos anuales de aprender a tejer.

Así lo sigo sintiendo, aunque no tengo ya para mí los dos largos meses de asueto de los estudiantes en la etapa estival, sino quince días que a duras penas reparto entre asuntos hogareños pendientes, leer, dormir y pasar tiempo con quienes quiero.

No puedo negar que, al menos en Cuba, el verano lo cambia todo. La vida se ralentiza y, con excepción de lo inaplazable, la mayoría de los asuntos queda pendiente “hasta septiembre”: la especialista está de vacaciones (e inexplicablemente solo ella puede firmar); el médico no va a dar más turnos, solo verá urgencias…

El usuario se desespera, sufre, para luego resignarse: “A fin de cuentas, estamos en vacaciones”, y termina por adaptarse a no hacer gestiones en la tarde y mucho menos los viernes, so pena de no solucionar nada.

Porque el verano entre nosotros es también una actitud que nada deja de abarcar y mucho tiene de festiva; cada quien planifica a su manera el modo de atravesar esos meses de una forma agradable: viajar a la tierra natal, ver televisión, bañarse en la playa, ir a las fiestas populares, reencontrarse con la familia; disfrutar del cine, los museos, el helado de Coppelia…; arreglar los desperfectos del hogar, llevar a los niños a todos los paseos posibles…

En el foro de Cubahora ¡Llegó el verano! ¿Qué piensas hacer?, los usuarios hablaron de muchas de esas opciones y también de la factura eléctrica que se eleva considerablemente, de las alternativas de recreación que no siempre se corresponden con los bolsillos de los trabajadores; y, por supuesto, del ineludible calor, que tensa los nervios, y al que echamos la culpa de nuestra pereza veraniega.

La etapa es hermosa y también generadora de retos; deben vigilarse y regularse mucho más que el resto del año, la seguridad vial, el consumo de bebidas alcohólicas, la contaminación sonora. Que la recreación sea sana es el principio vital para que todos podamos pasarla bien y nadie sea víctima de la inconciencia ajena.

Cuando se acaba el verano, en ese instante marcado por las escuelas que abren otra vez sus puertas, la vida recobra su ritmo habitual, y hasta nos parece que, por arte de magia, ya el calor no es tanto de un día para otro. Cuando se acaba el verano, la gente suspira, y enseguida se pone a pensar qué hará cuando lleguen otra vez las vacaciones.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Ese granito de arena que somos

No había días más felices para mí, salvo, quizá, los de reuniones familiares. Apenas se desperezaba la mañana y allá íbamos el grupo de niños de la cuadra, impulsando la carretilla y recibiendo de cada vecino lo que podía dar: dos cabecitas de ajo, un plátano burro, medio boniato, ¡una papa!…

Luego, el día se nos iba detrás de los que se llegaban a la bodega para recoger el cake asignado al CDR, estorbando a quienes pelaban las viandas, vigilando la pericia del maestro caldosero…

Esa era la fiesta, la algarabía común que desembocaba en una actividad nocturna, con caldosa picante, pudines y panes con pasta. Ese era mi barrio los días de conmemoraciones patrias.

No hacían falta muchos recursos, de hecho, eran crudos tiempos de Periodo Especial, pero con los aportes comunes, los adultos construían días especiales, donde también se eliminaban las hierbas malas, pintaba los contenes y desaparecía la basura.

No en todas las calles de la Isla se ha mantenido ese entusiasmo transformador pasados los años. ¿Qué ha cambiado: las organizaciones, la gente, el ritmo de la vida? Sobra decir que el análisis resulta complejo y multifactorial, pero sentarse a ver si la apatía retrocede no puede ser la actitud, más cuando se sabe que movilizar es siempre posible si hay voluntad, creación y buenos resortes.

En el reciente foro de Cubahora: ¿Te involucras en las decisiones y proyectos de tu comunidad? , los usuarios hablaron no solo de movilizar el barrio y sus circunstancias, sino también de lo que se puede hacerse desde allí para impactar las dinámicas nacionales.

A fin de cuentas, un país es un mapa de comunidades que, juntas, forman algo superior. Para lograr esa sinergias que garanticen la unidad y las transformaciones, se trata de asumir —en ese inicio de todo que hemos dado en llamar “la base”— concepciones más horizontales.

No hay que andar siempre pendientes de las indicaciones “de arriba”, pues mucho depende de tomar la iniciativa y emprender caminos. Para ello, los gobiernos locales, en las personas de sus dirigentes, deben hacer a la comunidad partícipe, llegarse a ella para darse a conocer (y conocerla) y a la vez consultar qué quiere el pueblo, cuáles son sus ideas, con qué sueña… esos son senderos de la representatividad.

Sin información ni comunicación no puede haber participación real. Deben socializarse los presupuestos a todos los niveles, desagregarse y ejecutarse. En espacios como las rendiciones de cuentas, no solo rendir cuentas, sino también preguntar —por ejemplo— cómo quiere la gente recrearse.

Además, los pobladores deben ser parte integrante de las soluciones: si hay que reparar un bache, ¿por qué no pueden los vecinos trabajar junto a los obreros designados?

No se trata solo de enaltecer y empoderar al delegado y restar trabas burocráticas, la participación no funciona en un solo sentido, así como es derecho es también deber.

Desaprovechar múltiples espacios naturales para opinar, que existen como parte del sistema político cubano, es un lujo que no podemos darnos quienes de veras aspiramos a una sociedad siempre revolucionaria, socialista y próspera.

Cada ciudadano es un granito de arena que aporta al presente y al futuro de la nación, a sus cimientos y sus horizontes, por eso, involucrarse es hacerla perdurar.

 

(Publicado originalmente en Cubahora)

El sacerdocio que la Isla precisa

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A veces las frases, de tanto estrujarlas día a día, se van quedando descoloridas, un poco huecas. Pero también a veces, si una se detiene a repasarlas, les encuentra el sentido primigenio.

Así me pasa con una que he escuchado mucho en los últimos diez años, desde que decidí entregarme a una profesión tan noble como difícil: «El Periodismo es un sacerdocio».

Me la han dicho profesores, colegas; la he leído y yo misma la he repetido, consciente tal vez de su hondura espiritual, pero no siempre de todos los sacrificios que, como sentencia, anuncia.

Porque el periodista, si se toma en serio ese mandato social, deberá atravesar su propio vía crucis, signado por las inconformidades propias, no escasas hostilidades externas y, con el paso del tiempo, por la asunción de todo lo que la entrega profesional le resta al ámbito personal y al proyecto de familia.

Si de paso hablamos del contexto salarial, alguien ajeno a la dinámica del gremio podría esperar redacciones apagadas; pero lo otro intrigante del oficio es que atrapa y enamora, y se sigue por un «amor al arte», que nada tiene de ingenuo y sí mucho de conciencia y de esa fe en el mejoramiento humano que, por suerte, rocía el devenir cubano.

La prensa de la Isla, apellidada y enraizada como revolucionaria, ha tenido el alto honor de acompañar por casi seis décadas uno de los proyectos de país más originales del mundo.

Pero ese destino –si bien nos hace afortunados, nos ofrece misiones, y nos da la oportunidad de ejercer una militancia genuina desde la sagrada función de informar– también plantea el desafío enorme de perfeccionarnos siempre, sin caer en mediocridades estilísticas, en el saco de la farándula o del amarillismo ramplón.

Como los extremos son siempre malos, el formalismo, la grisura, la falta de diálogo con la realidad circundante, también pueden asesinar el sistema de medios cubanos y, quizá lo más peligroso, hacer tambalear nuestra credibilidad y, junto con ella –no quepa duda de esos vasos comunicantes– la de la Revolución.

Ya un maestro de periodistas, Julio García Luis (1942-2012) estudió el tema desde una inteligencia clara y un muy profundo conocimiento de la realidad de los medios cubanos, en lo que fue su tesis doctoral y es ya un texto clásico, Revolución, Socialismo, Periodismo. La prensa y los periodistas cubanos ante el siglo XXI.

Allí escribió: «… la verdad no admite ser administrada, manejada o acicalada; necesitamos la verdad, sea dulce o amarga. La verdad es el respeto al pueblo, a su conciencia, a su lealtad probada, a su capacidad para razonar. La verdad es siempre revolucionaria».

En esa misma cuerda de racionalidad enamorada, este Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba nos conmina, porque la verdad necesita de nosotros.

Y debemos rehuir el peligro de tomarlo solo como lema.

Salario, relación prensa-Partido, tecnología, reticencias de la fuente, atención a los jóvenes profesionales (entiéndase motivación)… han sido asuntos recurrentes en los congresos y de seguro estarán en este.

Sin embargo, el contexto del hoy cubano reclama mucho más de ese espacio que una catarsis descompresora, que un mero pase de revista o chequeo de tareas.

Quisiera que fuera una plaza para generar consensos entre los propios periodistas, y entre estos y la dirección del país; donde se establecieran puntos concretos para hacer que la Política de Comunicación recién aprobada tenga un cauce transformador.

Dignificación de las condiciones materiales de los medios y un salario y un sistema de evaluación que honren el esfuerzo de los profesionales del sector y estimulen la calidad y la entrega, por sobre las dañinas comodidades, son proyecciones en las que habrá que trabajar a pasos acelerados.

Mas sería pecar de ingenuos creer que solo con recursos resolveremos los problemas. Nuestras redacciones no pueden competir con las altas cifras que pagan los eufemísticamente llamados medios «alternativos» (privados), pero no debe permitirse que alguien se marche de ellas buscando sitio para la innovación formal y estilística, para la libertad creativa…en fin, la realización profesional.

Aunque el caballero Don dinero es poderoso, no ilumina, y ya habrá tiempo para que la historia juzgue a quienes se prestan a una guerra baja contra los medios oficiales en los que no se quedaron para ayudar a construir.

No obstante, seremos mejores plataformas para pensar e interpretar la contemporaneidad si a los puestos de dirección llega la o él periodista más preparado, atrevido, con ascendencia entre su colectivo. Si dentro de los medios desterramos la competencia fútil y premiamos el talento y el trabajo sobre las condiciones de «vacas sagradas» que convierten en intocables a unos por sobre otros.

Que quien dirija un medio se imponga de las facultades otorgadas y no le haga el juego a las instituciones que creen cerrar con un «no»  el abordaje de determinado asunto; que acortemos la brecha entre el discurso público de algunos periodistas y la eficacia de lo que realmente hacen; que no nos amparemos en justificaciones para no entregar un producto informativo, más que digno, estremecedor, son retos gremiales y de país.

Sobre todo ello debe primar la ética, porque qué sería de la prensa cubana sin su limpia tradición martiana.

Los medios han de ser ejemplo para el resto de la sociedad; capaces de defenderla, unirla, impulsarla; y pilares para que la cultura comunicacional se entronice y haga natural. La verdad nos precisa, así como Cuba.

 

Publicado originalmente en Granma

Cuestión de opciones… y de contenido

Lo que debe preocuparnos no es a través de qué medio la gente se entretiene, sino bajo qué presupuestos…

No hay nada peor —quizá salvo la rutina— que no tener algo para hacer. De niña, las tardes de domingo me aplastaban y perseguía a mi mamá por toda la casa para quejarme: “Estoy aburrida”.

Ella, mujer entera y pragmática que en esos años no tenía tiempo ni para pintarse las uñas, me rebatía todas las veces: “No sea burra”. A mi madre le daba risa y yo me ponía brava.

Con los años fueron menos los momentos que me quedaron para aburrirme en buena ley, y cada rato de ocio lo repleté de libros, crucigramas y audiovisuales. A la televisión recurrí en mis madrugadas adolescentes, pero después, con la llegada paulatina del DVD y la computadora, empecé a escoger a qué producto dedicarle ese bien preciado que se llama tiempo libre.

Y ahora, cuando añoro un instante de solo esparcimiento, y ya no me aburro nunca, también —lo confieso— recurro a la opción de escoger qué miro, cuándo y por qué tiempo. Si me gana el sueño, basta pulsar el “stop” para seguir mañana.

La televisión se ha vuelto incompatible con mi forma de vida, porque precisamente una de sus limitaciones radica en precisar del pacto con el televidente: que él acepte sus propuestas y esté libre en el momento que las transmitan.

Aunque cada vez les pasa lo mismo a más personas, otras muchas deciden crear sus propias fórmulas de consumo porque la parrilla de la televisión nacional no cubre sus expectativas. Claro que no hablo de los que piensan que los reality shows donde “la gente se hala los pelos” son lo mejor del mundo y debiéramos adoptarlos, sino de un sector mayoritario, con altos niveles de instrucción para distinguir buenos guiones y actuaciones convincentes.

La realidad moderna es dura y está matizada de situaciones estresantes que, querámoslo o no, nos afectan. Por eso el público le solicita a la TV nacional un equilibrio más exacto entre entretenimiento y educación, como afirmaron varios de los usuarios en el foro de Cubahora: Internet vs. Televisión ¿Cambian las prioridades de los cubanos?

Muchos esperan poder “desconectar” ante el televisor después de un día de trabajo, y para ello no piden banalidad, sino una programación variada y dinámica, donde los productos no repitan formatos y fórmulas gastadas ni acudan a lenguajes encartonados. Porque la TV es aún la principal opción recreativa en buena parte de los hogares cubanos, y no es Internet quien le hace la competencia, sino los productos del llamado “paquete” que transitan entre memorias flash y permiten a los consumidores de audiovisuales, como ya se dijo, elegir su programación y su horario.

La conectividad en Cuba, aún insuficiente, determina que los usos que se le den en el país a Internet no se concentren en la visualización y descarga de videos, sino en la comunicación y la búsqueda de información.

No obstante, transcurrir por ese mundo paralelo, donde se establecen interacciones nuevas y consumos libres, es cada vez más una opción recreativa, en buena medida para los jóvenes, si bien no se puede ser absolutos en el aspecto generacional.

Esas alternatividad e interactividad son tal vez las determinantes de que en la encuesta también realizada recientemente por Cubahora sobre las iniciativas de recreación preferidas por los cubanos, navegar por Internet superase con amplitud a ver televisión.

Entonces, como se dijo en el foro, no es cuestión de competencia, sino de opciones. Lo que debe preocuparnos no es a través de qué medio la gente se entretiene, sino bajo qué presupuestos.

Poner a disposición del público productos bien facturados y enriquecedores es el primer paso. Por eso se discute tanto sobre la calidad de la televisión cubana, y se insiste también en que el proceso de informatización no es solo cuestión de tecnología, sino, y sobre todo, de los contenidos que ella transmita.

Un segundo aspecto se relaciona con incentivar un consumo activo —a sea del noticiero estelar o de las redes sociales— para estimular ciudadanos pensantes y buenos seres humanos, y ahí concurren la familia, la escuela, los medios de comunicación, los críticos…

Donde haya pensamiento y buenos valores, por muy ligero que sea el producto resultante, un espectador consciente sabrá encontrar riqueza y provecho para otras facetas de su vida; porque cómo nos entretenemos también nos define.

No se puede botar el sofá, basta con colocarlo en el lugar justo y no cometer el pecado imperdonable de aburrirse.

(Publicado originalmente en Cubahora)

La riqueza que limpia el alma

En la medida que cada cual haga bien su parte del deber la obra común se hará más sólida…

Lo conocí un mediodía silencioso de pueblo. Yo andaba cazando historias en Los Arabos, un municipio matancero allá en lo último de la frontera con Villa Clara y no por casualidad me lo tropecé.

Mucha gente sugirió con entusiasmo que lo entrevistara. Era un guardaparques, y me picó la curiosidad que fuese tan célebre y querido. Fui a “acosarlo”, libreta, grabadora y bolígrafo en mano; y aunque titubeó un poco ante mi insistencia reporteril, pronto se desató a hablar.

Argelio Mario Casanova Cardoso me contó, en un banco de su parque, de una existencia de trabajo, tempranamente iniciada a los ocho años; de lo bueno que era para los estudios de niño, cuando su padre no lo dejó pasar del sexto grado; y de lo difícil que le fue estudiar de grande, cuando en el trabajo le instaban pero ya la cabeza, muy vieja, no le alcanzaba para esas cosas.

Y me habló con emoción de su cooperativa, donde se ganó un carro, y de cómo la jubilación no estaba hecha para alguien que llevaba 78 años siendo útil. “En la casa me sentía como perro con bicho”.

Por eso se buscó aquel trabajito, incluso en contra de la familia que le decía que no había necesidad; pero Casanova no solo lo asumió para entretenerse, sino que se convirtió en un guardaparque modelo, de los que no toleran malas hierbas ni papeles fuera del cesto, y mucho menos gente desalmada.

Y esa dedicación de hacer bien su trabajo en un parque modesto lo había convertido en un tipo diferente de famoso; no es que su nombre fuese coreado ni que cada visitante se tomara una foto con él, sino que se le miraba con respeto y si de ejemplo se hablaba era ineludible citarlo.

Me gustó aquella entrevista con un hombre sencillo y aunque nunca tuve la oportunidad de reencontrármelo y preguntarle si le había parecido bien lo que escribí sobre él en el periódico, me gusta pensar que sí, que se sonrió ante mi intento por estamparlo en letras; y me satisface más saber que no hizo falta la llegada de ninguna periodista poniendo luces sobre su esfuerzo para que la gente lo quisiera.

A Argelio lo recordé mientras leía los comentarios del foro de Cubahora ¿Cómo participas en la creación de riquezas para nuestro pueblo? Porque, creo, al final la mayor parte de los usuarios entendió que no se hablaba de la riqueza que nos arropa por fuera y nos desnuda por dentro, sino de la que se alza desde los pequeños concursos individuales y limpia el alma, porque pone en todas las bocas pan y en todas las cabezas almohada.

Un proyecto diferente de país, como el cubano, no puede fundar su prosperidad futura sobre las ambiciones personales, que se vuelven egoístas cuando solo se concentran en las ganancias que se puedan obtener con una actitud o acción; y mientras más se gane, mejor; a cualquier costo, porque la vida “está difícil”.

No se trata de negar que hay que comer, calzarse, refugiarse bajo techo, comprarles juguetes a los niños, vacacionar en un lugar agradable… sino de abrazar una filosofía distinta en un mundo cada vez más parcelado y caníbal: pensar que un trabajo no es solo, aunque incuestionablemente lo sea, una vía para sustentar las necesidades materiales, sino un espacio para, desde el enaltecimiento espiritual propio, contribuir a un país mejor, más eficiente y agradable para sus ciudadanos.

Argelio, con sus siete décadas bien vividas, creaba riquezas  —¿quién puede dudarlo?— para su gente. En la medida que cada cual haga bien su parte del deber la obra común se hará más sólida.

El socialismo, a fin de cuentas, se trata de amor. De entender que no estamos solos en una competencia a muerte por sobrevivir, sino que en millones de encadenamientos de buenos trabajos está la solución para una mejor Isla.

Pero, claro está, esa conciencia no sale de la nada. Se funda sobre la historia, sobre los valores, sobre las vanguardias y la participación activa. Por eso, los foristas hablaron de crear riquezas trabajando en equipo, evaluando la información, escuchando a los demás; y también exigiendo calidad, el uso de los recursos para lo que han sido destinados, y eliminando barreras subjetivas.

No solo hay que capacitar a los trabajadores y estimular una cultura del ahorro y del sentido de pertenencia, sino también lograr que los tributos actúen como una forma justa de redistribuir la riqueza.

¿No serán esos mismos que viven sin trabajar, acumulando dinero por caminos torcidos y sin haber dado nada de sí, los que le rompen los bancos del parque a Argelio y patean los cestos de basura? Solo desde el sacrificio propio se puede venerar y entender el ajeno.

Eliminar los desequilibrios que han permitido crecer a los “nuevos ricos” es prioridad del Partido y el Estado cubanos. En lo honesto y legal siguen estando los fundamentos de la nación, aunque algún trasnochado no quiera entenderlo.

¿Cómo participar en la creación de riquezas? Siendo buenos podría ser una primera respuesta.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Después del título ¿qué?

Si bien las autoridades del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social consideran que el servicio social no está en crisis, mientras haya un solo joven decepcionado el asunto merece meditarse…

Ella tiene 27 años y él, 29. Son una pareja de profesionales universitarios cubanos, y cuando se conocieron en su ciudad natal, ambos recién habían cumplido el servicio social, pero con experiencias diametralmente opuestas.

La muchacha obtuvo una ubicación laboral acorde con su perfil y, no obstante algunos desacuerdos con los protocolos de trabajo de su nuevo centro, allí no solo pudo expresar sus insatisfacciones, sino que además encauzó todo su conocimiento y energías creativas en función del proyecto laboral. Como resultado, tres años después de su graduación sentía el crecimiento de sus habilidades y estaba segura de no haber equivocado el camino.

Para él fue distinto. Todo el ímpetu que traía de la universidad menguó ante un entorno caracterizado por la rutina y las exigencias sin fundamento. Entre elaborar el preplan de trabajo, luego el plan ajustado a las indicaciones del nivel central, y, por último, el informe del cumplimiento del plan, se le iba el mes sin hacer algo útil.

Nadie sabía allí de qué les podría servir alguien de su profesión, y si se atrevía a dar sus puntos de vista era calificado de problemático. En resumidas cuentas, terminó los dos años estipulados y se fue a hacer otra cosa de su vida. Ese tiempo, dice, está entre los más amargos de su juventud “porque podría haber hecho cosas y no me dejaron”.

Dos historias reales, dos caras de una moneda que ilustran el fenómeno del servicio social en Cuba, un país donde en el año 2016, según datos de la Onei, se graduaron de nivel superior 23 971 personas.

Cada día, a los medios de comunicación del país llegan cartas, correos electrónicos y llamadas exponiendo preocupaciones, dudas o quejas respecto a este período, cuyo cumplimiento es vital para las instituciones del Estado. En Cubahora también aparecieron numerosas interrogantes. Y, si bien las autoridades del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social consideran que no está en crisis, mientras haya un solo joven decepcionado, el asunto merece meditarse.

No en vano, el presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, ha insistido en varios escenarios en el trabajo con los jóvenes desde el espacio laboral, que pasa por escucharlos más y motivarlos.

Expresiones como “no te creas que aquí te vas a comer el mundo” y “una cosa es la universidad y otra la concreta” no solo desestimulan al recién graduado, sino que privan a la entidad de asumir el caudal científico más actualizado.

Cuando se demande a un profesional, corresponde al organismo saber qué puede aportar este desde su perfil y, sea cual sea la realidad material a que deba enfrentarse, hacerlo sentir útil.

El tutor, pieza clave en el proceso de adiestramiento, no está solo para firmar una evaluación cual despojo burocrático, sino también para ofrecer los secretos que solo la práctica devela, e, incluso, para entusiasmar.

Qué bueno fuera para las instituciones si, una vez culminado el servicio social, el joven quisiera quedarse y seguir creciendo profesionalmente por y para ese primer centro de trabajo que, está demostrado, resulta vital para el futuro. Buena parte opta por permanecer, y a los jefes toca pensar por qué un joven no quiso culminar allí esa etapa o se fue no bien culminó el tiempo estipulado.

LA LEY BAJO EL BRAZO

La poca cultura jurídica que nos golpea como sociedad también incide en este campo. Desconocimiento del empleador y del empleado de lo que está legislado sobre el servicio social ampara arbitrariedades de ambas partes.

Según la Ley No. 116, Código de Trabajo, el servicio social consiste en el cumplimiento del deber de los graduados de cursos diurnos, que alcanzan los conocimientos en el nivel superior y técnico-profesional de la educación, de ponerlos en función de la sociedad de conformidad con la planificación y prioridades del desarrollo económico y social.

En el documento se establece que durante la prestación del servicio social los graduados tienen los deberes y derechos que conciernen a su condición de trabajadores, y no pueden ser declarados disponibles.

En el caso de los graduados de la enseñanza técnico-profesional, cumplen el servicio social los que, en correspondencia con la demanda de fuerza de trabajo calificada que requiere el desarrollo económico y social, son asignados a una entidad en el momento de su graduación.

Esta etapa tiene una duración de tres años y se combina con el servicio militar activo, de modo que la suma de ambos complete los tres años; y se cumple en el lugar y la labor en la entidad a que se destine el graduado.

En caso de incumplimiento injustificado, se solicita la inhabilitación del ejercicio profesional; los términos y condiciones para ese proceso, así como para revertirlo, se encuentran en el reglamento del citado código.

Muchos ignoran, asimismo, que cuando resulta necesario el traslado de un graduado se somete a la aprobación de las autoridades que lo asignaron, a partir de la conformidad de ambos órganos; por lo que es totalmente posible el traslado si existe el consenso.

La Ley 116 es clara cuando dice que la ubicación del graduado debe corresponderse con las necesidades de la producción y los servicios y con los estudios cursados. No obstante, cuando resulta imprescindible, pueden ubicarse en cargos distintos a los de su especialidad, aunque no se correspondan con los específicos de su profesión.

El graduado inconforme al considerar que la ubicación no se corresponde con sus estudios puede, dentro del término de diez días hábiles siguientes a la notificación, presentar su inconformidad, alegando sus razones ante el jefe de la entidad. Si la respuesta es negativa tiene el derecho, en igual término, de acudir como última instancia ante el jefe inmediato superior de la entidad, que tiene 30 días para resolver lo que proceda.

De igual forma, se cumple el servicio social una sola vez, con independencia de número de carreras u otro tipo de estudios que se concluya.

Tener un puesto de trabajo garantizado cuando se sale de las aulas es un beneficio que no puede desdeñarse. Que cada cual cumpla sus deberes y haga valer sus derechos será siempre premisa para que el servicio social cumpla su garantía. Cuba no puede prescindir de ninguna inteligencia, y mucho menos de las que ha formado.

(Publicado originalmente en Cubahora)