Con pocos años a la espalda

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Maceta con geranios. Tina Modotti

«Así son las cosas. Se vuelven más memoriosas que uno, se vuelven uno», dice Haroldo Conti en uno de sus cuentos; donde la vuelta de un hombre a su pueblo se le vuelve pretexto para desnudar las nostalgias del tiempo que pasa y la cruel certeza de que cada objeto que poseemos nos sobrevivirá más allá del final.

Aunque el escritor y periodista argentino, de prosa limpia y musical, no llegó a la vejez porque la dictadura militar de su país se encargó de secuestrarlo y desaparecerlo cuando tenía 51 años, sus textos me dejan una certeza límpida: desde la madurez no se concibe la existencia con los mismos horizontes de la juventud, porque esta etapa en el camino empedrado de la vida es la de soñar, luchar y fundar.

Ser joven no implica de forma inexorable, por supuesto, tal irreverencia contra la realidad circundante ni la determinación de transformarla; también hay jóvenes conformistas o reaccionarios, pero de modo general quien  desanda la existencia con el peso de pocos años a la espalda, tiene la capacidad de la crítica sana, del argumento desprejuiciado y, sobre todo, de librarse de poses acomodaticios para rehacer lo que transcurre errado.

Pueden entonces asustarse los mayores por la rebeldía, los criterios ajenos a diplomacias innecesarias o la insistencia en romper esquemas caducos; no obstante, toda sociedad que pretenda salvarse del estancamiento debe cuidarse de desoír a sus jóvenes, de no implicarlos y condenarlos a la enajenación.

El desarrollo está muy ligado a las alianzas intergeneracionales que permitan a los jóvenes de hoy convertirse en los adultos que mañana deseen e intenten desentrañar la juventud de sus hijos.

Cuba, que como nación ha sido alzada sobre la sangre, los hombros y el pensamiento de revolucionarios noveles como Martí, Villena, Mella, Abel, Haidée, Vilma, Camilo, Fidel… no escapa hoy de esos desafíos, consustanciales a todo estado, pero vitales dentro de un proyecto social emancipador y que pretende apartar la rueda deshumanizadora del capitalismo.

No creo que las y los jóvenes cubanos – como quieren hacernos creer- anden desmovilizados, perdidos, o que renieguen de la Revolución y sus símbolos. Conozco a quienes le ponen ganas a su parte de la historia; no obstante, con la misma pasión de entregarse a su trabajo, se duelen de las rutinas grises, de las ineficiencias, de los discursos huecos. Se duelen y lo dicen, porque hay edades incapacitadas de quedarse en silencio mientras todo pasa, y ahí radica su virtud más valedera.

Preocuparse por la juventud no implica solo estudiarla científicamente, crear planes para su motivación o promoverla a cargos directivos; ella necesita ser escuchada desde la igualdad y estimulada a una participación respetuosa de sus códigos, saberes y formas de entender los procesos.

Bien lo sabía otro argentino estremecedor que tampoco llegó a viejo, pero nos llamó a los jóvenes a enfrentar lo mal hecho quienquiera que lo orientase. Era el Che de la Revolución triunfante y sabía que ese ciclón social necesitaría siempre del oxígeno juvenil para ser y crecer.

Los años en que las cosas no son receptáculos memoriosos, en que el ayer no es tan significativo ni el mañana una incertidumbre, los años en que lo poco vivido impulsa la asunción de riesgos no deben compulsar en los otros el temor al poco compromiso o la superficialidad, sino más bien la fe en el futuro que es también la fe en la obra.

La grisura sin fondo

A veces me cuestiono por qué escribo tan poco de las y los iluminados, de la gente que regala una sonrisa y humedece la aridez del desierto diario, o con un gesto mínimo de solidaridad aplasta la más enconada desesperanza.

Creo que no les dedico las líneas que merecieran porque hay acciones tan benéficas que fluyen por el espíritu como algo natural; y también porque ese tipo de hombres y mujeres para nada busca agradecimientos, actuar con bondad es su sino.

Al menos yo, militante realista de tantas utopías, reflexiono más sobre quienes, con la urgencia de no sé qué amarguras o carencias, te disparan al pecho la inflexibilidad, la intolerancia, el total desprecio por las necesidades ajenas con el argumento sacrosanto de «ese no es mi problema».

Las y los grises ejercen su cuota de poder, por mínima que sea, con la prepotencia de la tiranía, y te dejan boquiabierta con el «no» que imagino ocupa todo su cerebro, cual semáforo en rojo paralizador de cualquier inclinación hacia la amabilidad.

Ante tales seres y su negatividad desbordada, una se siente frágil, impotente, presa de la rabia más básica; y si entonces no se apela a la serenidad, se puede caer en la misma violencia subrepticia, en igual inhumanidad de quien pretende anularnos.

Por suerte, esa grisura sin fondo no es tan frecuente como para aplastarnos el alma, pero duele cuando aparece en aquel chofer de un evento que no quiere llevarte unas cuadras más allá «porque a él nadie se lo orientó» y te sugiere que las camines sola en medio de la noche; o en la funcionaria que niega su atención sin mirar a los ojos de quien la solicita «porque tiene la agenda muy apretada», y «yo no tengo la culpa de los trabajos que usted pasó para llegar hasta aquí».

Lastima la tranquilidad con que un hombre X escamotea el puesto en el ómnibus a una señora, porque «pura, esto no es un P, aquí no hay asientos para impedidos», amparando su bravuconería en saberse más alto, más fuerte; glacial ante el rechazo de los otros.

Asustan esos seres, apagados en su esencia, que cada amanecer salen a la calle con una mochila de indiferencia, donde no caben los «buenos días» ni las «gracias» y mucho menos el «lo siento» o el «a ver, que te ayudo».

Y habrá quien los justifique con las dificultades que supone buscar el pan nuestro de cada día, o en los mil y un problemas insospechados que pueden esconderse detrás de los ojos y tras la puerta del hogar; pero ¿cuántos héroes y heroínas de la cotidianidad no conocemos?, gente que sonríe e invita a sonreír aunque batalle con los fantasmas de las carencias, las enfermedades propias y ajenas, las pérdidas… y suele ser acicate para el cansancio, impulso para los que se estrenan en la vida adulta, meca adonde se puede peregrinar con la seguridad de que se encontrará al menos una palabra amiga.

Me confieso culpable de no ponerle a la cuota de seres grises que me ha tocado un freno justo, una especie de «componte» (como diría mi madre para definir una invitación tajante a componerse y también comportarse); porque casi nunca sé muy bien cómo reaccionar a esos desplantes. No creo que se trate de responder agresividad con agresividad, sino de hablarles de su insensibilidad, de la manera en que te han «aguado» el día, del modo en que, vertiendo sus «noes» al mundo, lo hacen un lugar más cruel, más solitario.

Sin embargo, casi siempre volvemos a casa rumiando el desconsuelo, repitiéndole a cada ser querido «si te cuento lo que me pasó hoy» y lanzándonos, en busca del desahogo, a relatar la historia y sus interpretaciones. Si, en cambio, les dijéramos todo lo que pensamos a esos especímenes descoloridos, puede que algunos bajasen la cabeza y reconocieran su error; otros, quizá, reaccionarían airados pero en lo más íntimo de su casa afloraría la vergüenza y comenzarían a colorearse de verde, de azul, de rojo, de negro… gente, como toda, con defectos, pero con el color definido que da la virtud.

Y puede que estén los insalvables, aunque ojalá sean los menos y una pueda andar por ahí con la mano tendida, dispuesta a dar y recibir, sin recoger bofetadas metafóricas o silencios displicentes… segura de que no es tan importante ser de esta especie porque hayamos inventado internet, los satélites o las naves espaciales, sino porque podemos ser amables y conmovernos con el mínimo dolor de los demás, con la suerte de las y los otros que siempre es también la nuestra.

Noche de teatro

indisciplina-social-30393-caricaturas-gLlega el fin de semana y con él un poco de tiempo para salir del círculo casa–trabajo. ¡Qué placer idear la salida nocturna, buscar en la cartelera una opción económica, edificante y divertida (por ese orden); escoger un vestido, arreglarse más de lo usual y olvidarse por un rato de las obligaciones cotidianas!

Así, pletórica y con espíritu aventurero, fui la otra noche al teatro con mi esposo. No teníamos entrada, pero confiábamos. De lejos, vimos a la compañera de la taquilla en su puesto. Buen síntoma. Pero desapareció antes de que nos acercáramos lo suficiente.

Regresó a los 15 minutos. Y cuando, con mi más amable sonrisa, le pregunté si quedaban localidades, respondió: «Solo tengo segundo balcón», con un tono que llamaba a arrepentirse.

Claro, animados como estábamos, nada nos haría mella. Boletos en mano atravesamos una entrada repleta de vendedores de manzanas, pellys, flores plásticas, rositas, chicles, globos…

Subimos las escaleras, nos acomodamos y apenas al apagarse las luces sentimos los asientos estremecerse. Alarmados, empezamos a buscar lo que nos desconcentraba, justo al inicio de la función: una niña pateaba indiscriminadamente los espaldares de nuestra fila.

Una y otra vez arremetía, y por más que mirábamos a la madre, allí a su lado, ella no hacía nada. Buen rato estuvimos en la disyuntiva de si decirle algo a la entretenida progenitora o no, hasta que por suerte los golpes menguaron.

Entonces, cuando más imbricados estábamos en la coreografía, nos asaltó el molesto ruido de unos pellys que los espectadores vecinos devoraban con entusiasmo. El paquete pasaba de mano en mano, las muelas trituraban y a mí me parecía que allá abajo los bailarines podían marcar el tiempo al compás de la masticación.

Como nada es eterno, los pellys se acabaron y pensamos que la paz llegaría; pero entonces dos muchachas emocionadísimas sacaron sus celulares y empezaron a filmar, con un flash incorporado que algunas cámaras profesionales envidiarían.

No sé cuándo a la mayoría del auditorio le dio por atrapar el instante en sus móviles, pero llegó el momento en que ya no estábamos a oscuras. Ahí empezamos a sentirnos más impotentes, porque al inicio del espectáculo habían comunicado la prohibición de filmar y la indicación de apagar los teléfonos.

Fue tanto el desparpajo colectivo, que una de las artistas tuvo que interrumpir la puesta para pedir que apagaran los aparatos. Casi todo el mundo los guardó, y mientras yo desfallecía de un ataque de alipori (vergüenza ajena), dos o tres seguían grabando como si con ellos no hubiera sido.

Así llegaron los últimos minutos de la propuesta; sin embargo, antes de que el telón cayera, muchos se percataron de que el fin estaba próximo y empezaron a pararse y marcharse, desesperados por alcanzar la salida como si alguien hubiera dicho: «¡Fuego!».

De más está decir que mi esposo y yo permanecimos hundidos en nuestros puestos, impedidos de ver el final por los que se iban, y aplaudiendo fuerte para, como nos enseñaron desde pequeños, agradecer a los artistas por su entrega.

Cuando las luces se encendieron, el suelo de la fila estaba lleno de pellys aplastados y paquetes vacíos; y lo lamenté, porque una de las primeras cosas en que había reparado en la noche había sido justamente el grado de conservación de las butacas.

Si en algo reflexionamos de vuelta a casa, fue en que los cubanos pasamos por alto apreciar que la democratización de la cultura es un logro de nuestro sistema social; que ir a un teatro, a un cine, o incluso, comprar un libro, son lujos en otras tierras. Por tanto, deberíamos retribuir y agradecer esas oportunidades con mayor civilidad, la que redunda también en respeto al otro.

Y claro que es asunto para el que debe preparar la familia y la escuela, aunque del mismo modo las instituciones culturales deben ser más rigurosas a la hora de hacer cumplir sus normas en lo referente al uso de dispositivos electrónicos, consumo de alimentos y también de vestuario. La impunidad conduce a mayor infracción de lo dispuesto, y el mal tino de algunos lo pagan todos los que desean y merecen pasar un buen rato.

Intimidad a la calle

Mis padres han venido a visitarme. Los invito a una pizzería. De buen humor nos disponemos a enfrentar la cola. Conversamos. Delante de nosotros están ellos. Son dos, una pareja, muy jóvenes.

Se besan desaforadamente, tan cerca de nosotros que oímos los sonidos, los suspiros. Empieza a ser incómodo. Ella le muerde la oreja, lame su cuello, él ríe y, como respuesta, la atrae con fuerza hasta que las caderas de ambos quedan muy juntas.

En la fila, la mayoría intenta por todos los medios que la mirada no tropiece con la escena. Otros lo encuentran divertido; algunos, sensual. «Tremenda película porno», comenta alguien detrás de mí.

La pareja continúa sus juegos presexuales, enajenada de lo circundante, pero expuesta a varias miradas lascivas. No solo lastima el pudor ajeno, comparte una intimidad que debiera pertenecer solo a ambos.

A la mañana siguiente los recuerdo. Esta vez son otros, pero la situación muy parecida. En una calle céntrica, la muchacha está sentada sobre un muro, con sus piernas enlazadas alrededor del joven que permanece de pie.

Él recorre con los dedos la piel de sus muslos y a cada rato la besa en la boca, mientras ella le masajea la espalda. A la vez, ambos conversan de forma muy natural con un amigo que los acompaña.

Reparo entonces en que, durante los últimos meses, me he tropezado con variedad de casos similares, protagonizados la mayoría de las veces por adolescentes, aunque los jóvenes y algunos más «maduros» no se quedan detrás.

Pienso en razones para ignorar que determinadas caricias deben quedar protegidas de la vista ajena: quizá la inexperiencia, la imposibilidad de acceder a un lugar cómodo y seguro donde intimar; o probablemente la falta de civilidad.

Sin embargo, ninguna justificación minimiza el hecho de que respetar a la pareja —con independencia de la naturaleza de la relación— implica separar con exactitud las esferas de lo público y lo privado.

No es cuestión de puritanismo ni de aquellos criterios anticuados que se les suelen achacar a las abuelitas, y mucho menos tiene que ver con la doble moral machista que exige a la mujer discreción absoluta en materia amorosa so pena de comprometer su valía. Se trata, para ambos sexos, de interiorizar que la libertad propia en el ámbito sexual, como en todos, termina donde empieza la de los otros.

Si bien un gesto como tomarse de la mano o dar un beso discreto pueden resultar tiernos, otros como la mano del hombre «petrificada» sobre un glúteo de la mujer mientras recorren la vía pública (cual declaración: Miren esto bien, pero no se equivoquen que es mío) hace pensar en conductas cavernícolas.

Esa misma calificación le sirve a las «nalgadas cariñosas», las conversaciones con implicaciones sexuales, a toda voz, lo mismo en la cola de la panadería, en la guagua, que en Coppelia; y hasta ciertos bailes que, si sus ejecutantes prescindieran de la ropa, recibirían otro nombre.

Hay miles de formas de demostrar el amor o la atracción física sin caer en lo indecente o denigrante, ni convertirlo en un espectáculo público. Llevar a la calle lo que debiera quedar en un ambiente protegido y de confianza no implica una confirmación de la hombría ni asigna, ante los ojos ajenos, solidez al vínculo amoroso, sino todo lo contrario.

No está de más hablarlo con los hijos, sobrinos, amigos, alumnos y, de paso, reflexionar sobre qué rostro le ponemos a nuestra relación amorosa puertas afuera.

¿La cultura del bafle?

Disfrutar de la buena música tiene mucho de rito. Unos prefieren hacerlo en soledad; otros, acompañados de la pareja o de amigos. Cerrar los ojos, dejar fluir la imaginación o comentar por lo bajo tal o cual frase convierten ese momento en una comunión con la espiritualidad propia.

También se encuentran los espacios para bailar y aunque allí el volumen suele superar el necesario, la mayoría lo perdona en aras de pasar un buen rato y «mover el esqueleto». Mientras no se torture a los vecinos —como también sucede— no hay nada que objetar.

Sin embargo, más allá de las discotecas sin insonorizar o de quienes se empeñan en imponer sus gustos musicales al barrio, crece una tendencia que apunta a poner la música alta en los espacios públicos porque sí, porque es sinónimo de actividad, de fiesta, de «aquí está pasando algo».

Así se inscribe el caso de un museo municipal que ofrecería un evento relacionado con la historia a las diez de la mañana, y desde las ocho sacó un par de bafles a la calle «para que la gente se embullara».

En vez de un clima grato, se generó incomodidad. Los invitados debían hablar a gritos y los artistas convidados apenas podían ensayar; pero el técnico de audio no se sintió aludido, él creía su labor impecable, exitosa, y sus jefes parecían concordar.

Esa es la cultura del bafle: «¿hace falta animar un acontecimiento de cualquier índole?, pues pongamos el equipo a todo dar». Ningún género resulta agradable si agrede los tímpanos, pero no son la trova, la rumba y ni siquiera la popular bailable las más favorecidas en estos casos. Por el contrario, el reguetón más crudo y plagado de antivalores parece ganar la pelea.

De tal forma se vulnera la política cultural cubana y se revela una falta total de sensibilidad artística y entendimiento del disfrute estético. Es inconcebible que incluso en instituciones del sector de la cultura se opte por la música ensordecedora como vía para asegurar el esparcimiento.

Solucionarlo no exige solo decretos o leyes. La decisión de qué temas poner y a qué volumen debe recaer en personas preparadas, con un sentido aguzado del arte y sin enfoques reduccionistas referentes a la recreación.

En una sociedad como la que aspiramos a construir, divertir a los otros también debe implicar educarlos, generar consensos sobre la base de excluir el mal gusto, la chabacanería, las expresiones discriminatorias, misóginas y sexistas.

Que alguien sepa manejar un equipo de audio no lo califica automáticamente para dictaminar qué se pone o no; cabe entonces preguntarse si a esos técnicos, la mayoría muy jóvenes, se les da la oportunidad de superarse, u otras atenciones que hagan menos fugaz su paso por esa labor.

La batalla por la cultura es quizá de las más fuertes que a la nación le toca librar; la música no puede ser nunca vehículo para enajenar y sí para enaltecer. Constituye prioridad evitar que el consumo de arte devenga contaminación acústica, más en un país con una tradición musical tan rica como Cuba.

http://www.juventudrebelde.cu/opinion/2016-11-15/la-cultura-del-bafle/

Réquiem por nuestro parque

0Cuando ante mis ojos se producen violaciones insólitas sobre los que debieran ser espacios de veneración siento vergüenza e impotencia. El panorama se torna más desalentador si a la impunidad de los infractores se suma la repetición de los hechos.

Por eso, atravesar el Parque de La Libertad, plaza significativa dentro de un centro histórico Monumento Nacional, no me deja la plácida sensación que debiera; sino, casi siempre, una mezcla de enojo y tristeza. Mucho se ha escrito en Girón y otros medios de prensa sobre su maltrato; sin embargo, parece que los oídos sordos predominan. La más reciente edición de los festejos populares lo confirma.

5Quien participó del Carnaval Infantil puede atestiguar cómo a veces las buenas intenciones terminan por lesionar el patrimonio. Es vital que los niños se diviertan junto a su familia, pero debe pensarse dónde.

Ese día, cientos de personas se situaron sobre el parque añadiéndole una gran carga adicional. Asimismo, invadieron el césped y lo pisotearon indiscriminadamente. Ni siquiera se salvó el conjunto escultórico (beneficiado en 2014 por una costosa restauración); muchos tomaron asiento sobre su base, donde consumieron alimentos y dejaron a sus hijos corretear o subirse sobre la estatua de La Libertad. Otros, para ver mejor las carrozas,se pararon en los bancos. También se frió pollo muy cerca de las fachadas colindantes, exponiéndolas al hollín. Ninguna de las autoridades allí reunidas hizo algo por detener esas conductas, como si lesionar monumentos no fuese un atentado contra el orden público.

31Durante el carnaval anterior, los especialistas de Patrimonio protestaron por la colocación en el sitio de una piscina inflable y, aunque les prometieron que la retirarían enseguida, no solo permaneció hasta el final de las festividades, sino que regresó este año. Vale aclarar que, según las leyes vigentes, solo dichos expertos pueden permitir la realización de actividades allí y muy pocas veces se pide su autorización.

2Si las fiestas populares fueran la excepción, una podría pensar que la solución estribaría en corregir el tiro la próxima vez; pero esta es solo una expresión superlativa de lo que el parque experimenta cada día.

Solo tiene usted que pasar de noche y ver el conjunto escultórico convertido en banco gigante. Seguro que en 1909 el escultor Salvatore Buemi no imaginó que su obra podría tener tal uso.

4La demolición de los accesos – que no estaban en el diseño original- y la delimitación con plantas ornamentales aún no han sucedido; aunque dudo que logren su fin ante el desafuero de la indisciplina social. Sé bien de los criterios opuestos a demarcar mediante una reja un conjunto que honra a Martí y al concepto de libertad. Sin embargo, yo lo prefiero si la opción radica en que el irrespeto se perpetúe.

Alguien afirmará que no queda otro punto dónde situarse porque en horario nocturno los pájaros defecan sobre la mayoría de los asientos. Y, aunque nada los justifica, es cierto que la invasión de las aves en el área resulta un problema irresuelto que apareja condiciones antihigiénicas y olor desagradable.

Por otro lado, ojalá el acceso a Internet vía Wifi se extienda más allá de zonas puntuales, porque nuestra segunda plaza de Armas no está concebida para ese fin; y mucho menos para cobijar a los pequeños puntos de venta nocturnos que se sitúan en ella en las noches, y proporcionan bebidas y confituras a los usuarios.

image001Mal estaríamos si olvidáramos la debida devoción a la figura del Apóstol, peor incluso si nos viésemos imposibilitados de distinguir entre un lugar de carácter patriótico y otro de fiesta; o no tuviéramos la fuerza para decirle a la Televisión Nacional que no puede situar sus equipos de transmisión sobre uno de nuestros más importantes monumentos. Alternativas siempre existen, y ¿cómo hablarles a los ciudadanos de respeto si desde las iniciativas estatales se vulnera lo dispuesto?

Según lo ideado por el plan Matanzas 325, el parque de La Libertad marcará el centro gubernamental de nuestra urbe, pero no puede esperarse a 2018 para resolver la alarmante situación. Las soluciones tienen que llegar pronto. Mucho dice de nosotros lo que hacemos o no en pos de aquellos pequeños espacios por donde comienza el amor a la Patria.

Donde se me partió el corazón

De Los Arabos solo conocía el central Mario Muñoz. Allí, en el pueblo, el corazón de ese municipio, nunca había puesto los pies.

Cuando supe que era finalista de un concurso de poesía que convoca la casa de cultura arabense y que me invitaban a participar en la gala de premiación, asumí todo el viaje como una aventura.

Podría hablar de lo surrealista de un trayecto en “máquina” hasta Colón; de cómo la vuelta ciclística nos detuvo al borde del camino alrededor de media hora; o de cómo un chofer quería montarnos a mí y a mi cuñado (representante oficial de mi esposo, también finalista) en un camión desvencijado por 5 pesos, y a los pocos minutos de que se fuera –creyendo que éramos un par de locos obstinados- alcanzamos una guagua hasta Los Arabos por solo un peso.

Mi cuñado y yo.                                                                                     Mi cuñado y yo.

Pero esos no son los detalles que me importan. En Los Arabos se me partió el corazón. Y no, no porque me sintiera mal, de hecho hacía mucho tiempo que no veía a gente haciendo por la cultura con tanto deseo y sinceridad.

Aún no entiendo como Freddy y Katia –especialistas de Literatura de la casa de cultura Ninón Mondéjar- se las arreglan para, casi sin presupuesto, convocar al Concurso Nacional Benigno Vázquez y traer escritores de toda Cuba (en esta edición había una guantanamera)

Allí conocí a un muchacho que no quiso continuar los estudios y vende dulces, pero desde los 12 años pertenece al taller literario de Freddy y escribe poemas con la autenticidad de quien sabe que la poesía salva.

Allí vi a un grupo de estudiantes de preuniversitario asistir a una actividad comunitaria, en el portal de una casa, y escuchar con complicidad a poetas e intérpretes.

Allí asistí a una casa de cultura repleta de adolescentes y entendí que a la gente que tiene ganas de hacer no la para ni un tren de carencias.

Estuvimos hasta la una de la madrugada leyéndonos nuestros poemas y cuando me fui a la cama, con un frío que daba deseos de llorar y mi mención, supe que tenía el corazón roto.

Los Arabos y la gente que allí vive y sueña merecen más. Sí, porque a veces los que residimos en la ciudad nos creemos el centro y demandamos para nuestro patrimonio, nuestra vida cultural, nuestra economía. ¿Y qué dejamos para el resto de los territorios?

¿Cómo exigir que se trabaje la tierra si los esquemas de desarrollo son cada vez más urbanos? ¿Y lo rural? ¿Qué oportunidades tienen los habitantes de esos municipios?

Los Arabos es un lugar dolido por la migración de sus jóvenes hacia la capital provincial y hacia el extranjero; por las casas cerradas y en venta, por la pérdida de tradiciones, por el cierre de fábricas…

Solo me había sentido tan triste al visitar un lugar, cuando conocí España Republicana, el sitio dónde se gestó el hombre con el que hoy comparto la vida. Un batey sin central, y ojalá no sin esperanzas.

Sé que Los Arabos también tiene esperanzas, porque hay allí quien se afana, quien no prepara las maletas, quien crea sobre su suelo. Esos que batallan contra el reguetón a todo dar que colocan en el parque segundos después de que Teatro de Las Estaciones culmine una representación en la casa de cultura.

Apuesto por los trabajadores del museo, que esperan su reparación capital, aunque la saben costosa; apuesto por Freddy y Katia que brindan lo que pueden con la cabeza en alto y la sonrisa. Apuesto por los que labran senderos sin desanimarse.

Como sociedad ese debe ser un reto, lograr una nación con una distribución más equitativa de las oportunidades, donde no haya que ir a las capitales para realizarse profesionalmente. Puede que sea un propósito utópico, pero si hay un país donde las utopías se siembran y cosechan, es en Cuba.

                             La casa de la infancia de mi esposo. Central España Republicana

La lupa y el catalejo

Cada lunes leo con avidez los comentarios que esta Maestra publica en la edición dominical de Juventud Rebelde. Porque admiro su lucidez, su juventud intelectual, me invadió una alegría casi infantil cuando encontré la semejanza entre el título de la columna de esta semana y el nombre de mi blog. Y aunque no  tienen que ver sus palabras con mi humilde plataforma, me inspiran a seguir…

Por Graziella Pogolotti Graziella Pogolotti

La lupa agranda lo pequeño. El catalejo acorta las distancias. Literal o metafóricamente, hechos a la medida del ojo humano, ambos instrumentos sobreviven a la creciente irrupción de las nuevas tecnologías. La lupa nos permite hurgar en lo más íntimo y recóndito de nuestra realidad, en los detalles reveladores de la esencia de nuestros conflictos. El catalejo define, en el aquí y en el ahora, las coordenadas básicas del mundo en que vivimos.

En días recientes, sus Santidades, el Papa Francisco y el Patriarca Kirill, firmaron en La Habana un documento de enorme alcance en un planeta cargado de incertidumbre, amenazado por la autodestrucción de la naturaleza y la desaparición de los seres humanos que la habitan, devorado por el insaciable afán del lucro y por la indetenible carrera armamentista.

Muchos observadores subrayan la importancia de salvar el cisma milenario que separó a los cristianos de Oriente y de Occidente. Vía de superación de antiguos fundamentalismos, este gesto, de indiscutible valentía, traduce en hechos concretos una proyección ecuménica largamente acariciada. Su significado sobrepasa el hábito circunscrito a los creyentes.

Las iglesias y las naciones siempre han tenido clara conciencia del poder convocante de los símbolos. Cristóbal Colón plantó los pendones de Castilla y Aragón en la isla semidesierta de las Bahamas, para dejar sentada la apropiación de un mundo que, desde entonces, se llamaría Nuevo. El Papa Francisco y el Patriarca Kirill enviaron un mensaje cargado de sentido al escoger a La Habana como sitio de encuentro. En momentos de tanta trascendencia, nada es casual. En efecto, calificaron el sitio seleccionado de «encrucijada entre el norte y el sur, entre el este y el oeste». En el siglo XVIII, el historiador Arrate definió a la Isla como «llave del nuevo mundo y antemural de las Indias Occidentales». Por supuesto, el criollo ilustrado se situaba todavía en la perspectiva de Madrid y se centraba en los rasgos del entorno geográfico.

Ahora, sin embargo, en pleno siglo XXI, ante los peligros que nos amenazan, los firmantes no aluden a la geografía. Tampoco evocan el puerto que acogía a las flotas antes de cruzar el Atlántico, cargadas de oro y plata arrancados a las entrañas de América. Reconocían en Cuba, en el Caribe, y en la Tierra Firme, un espacio comprometido con la defensa de la paz, libre también, por común acuerdo, de armas nucleares.

En el trasfondo de tan prístina declaración, intervienen también razones de orden histórico y cultural. Con palabra profética José Martí percibió temprano que el centro de gravitación del mundo comenzaba a abandonar a Europa y se trasladaba, con paso de siete leguas, a la otra orilla del Atlántico. Vivió en Estados Unidos sin perder un minuto en el estudio de una sociedad que abría numerosas interrogantes al porvenir. Observó las ansias de expansión y comprendió las intenciones ocultas tras la Conferencia Monetaria Panamericana. «Con los pobres de la tierra / quiero yo mi suerte echar», afirmó, asimismo, el Maestro. Por eso «patria es humanidad».

José Martí empleó simultáneamente la lupa y el catalejo. Fundó la unidad desde abajo. Llevó su oratoria incandescente a los círculos de trabajadores e introdujo el periódico Patria en Cuba de manera clandestina. Tuvo que valerse de los recursos del conspirador. Los detalles descubiertos a través de la lupa le permitieron valorar a los hombres y las mujeres en la medida exacta de cada cual. Así lo demuestra su extensísimo epistolario. Sabe tocar la fibra sensible de cada persona y puede resultar ríspido cuando lo considera necesario. El catalejo se proyecta hacia la más prestigiosa prensa hispanoamericana de la época. En Nuestra América, la isla se inscribe en el proyecto continental.

En cada caso, con precisión de artesano, tiene en cuenta los rasgos característicos del interlocutor deseado. En otro tiempo, Fidel procedió con similar estrategia. La historia me absolverá se distribuyó de mano en mano. Del conocimiento de ese programa surgió el compromiso de los futuros combatientes de la Sierra y el llano, así como su extensa retaguardia. Después del triunfo de la Revolución acudió a la pantalla de la televisión para convocar a la reflexión y al diálogo íntimo mientras andaba por las calles y frecuentaba la Universidad. Al revisar nuevamente su discurso pronunciado en la ONU en septiembre de 1960, podemos desentrañar aspectos esenciales de su estrategia comunicativa. La campaña contrarrevolucionaria había alcanzado una temperatura altísima dirigida a satanizar la imagen del proceso transformador recién iniciado. La tribuna internacional ofrecía el espacio ideal para romper el cerco mediático. Pero el orador había identificado a sus interlocutores verdaderos en aquella sala repleta. Eran los recién llegados, representantes de antiguas colonias que estaban conquistando su independencia política. El catalejo se orientaba hacia el Tercer Mundo. El llamado de ese día al cese de la filosofía del despojo tiene hoy más vigencia que nunca. Con las armas listas para la defensa necesaria, el país reafirmaba su vocación por la paz.

Por su historia y por su cultura, por su solidaridad con los oprimidos, por sus pequeñez altiva, por el empleo de la lupa y el catalejo en favor de la construcción de un proyecto original, atemperado a las realidades de nuestra América, La Habana se sitúa en la encrucijada simbólica, abierta a la paz y a la esperanza, tesoros inapreciables para el diseño de un porvenir mejor.

(Tomado de http://www.juventudrebelde.cu)

Periodistas y/o superhéroes

Cuando me pidieron que escribiera las palabras de apertura del Encuentro de Jóvenes Profesionales de la Prensa en Matanzas y dije que sí, pensé que me había metido en un gran lío. Traté de hacerlo lo más sincero y poco formal posible, esto fue lo que salió…

El día que los primeros graduados de Periodismo en la Universidad de Matanzas recibimos nuestros títulos, la Upec nacional nos regaló un libro: Revolución, Socialismo, Periodismo. La prensa y los periodistas cubanos ante el siglo XXI, de Julio García Luis.

Para ese entonces tenía yo una experiencia profesional exigua: varios periodos de práctica, y un año y medio de labor como reportera televisiva. Pero muchas de las preocupaciones reflejadas en ese volumen que devoré, subrayé y llené de papelitos me habían rondado por intermedio de colegas, profesores, y de los otros estudiantes. Si algo se nos da bien a los periodistas, incluso a los neófitos, es debatir.

Aquella fue, y lo sigue siendo, una lectura esperanzadora –daba cierto alivio que ya estuvieran plasmados, desde una visión científica, nuestros problemas; ese era el primer paso para resolverlos- pero también dolorosa: en primera instancia por lo crudo del retrato de la prensa que somos, y luego porque los errores persisten.

El párrafo que más me golpeó fue aquel en que el profe Julio resumió una “enseñanza abrumadora. Aun sin faltar a la verdad, la prensa podía crear un país formal, en el que todo marchaba bien, todo era positivo y unánime; mientras el país verdadero se debatía en una seria crisis socioeconómica y moral”.

La reflexión me dejó, como periodista recién graduada, en corto circuito y con complejo de culpa. ¿Estaría yo contribuyendo con esa formalidad, lo haría en el futuro? No decir mentiras era insuficiente; la verdad era más que la ausencia de mentiras, era ser profundos, críticos, analíticos, aunque se nos vinieran encima muchos problemas y detractores.

Por suerte, aquel texto me dejó otra frase como coraza y la anoté en la primera página de mi agenda: “la verdad no admite ser administrada, manejada o acicalada; necesitamos la verdad, sea dulce o amarga. La verdad es el respeto al pueblo, a su conciencia, a su lealtad probada, a su capacidad para razonar. La verdad es siempre revolucionaria”.Yo le hice caso a Julio García Luis, y los problemas vinieron, también los detractores.

En mi corta carrera profesional he tratado de hacer honor a eso, no siempre me ha salido bien, pero peor sería no intentarlo; esa filosofía la sigue la mayoría de mis colegas jóvenes – y algunos no tan jóvenes, pero hacedores de un periodismo al que no se le notan las arrugas ni las zonas grises.

Me siento parte de una generación de periodistas matanceros, eso me enorgullece y a la vez me preocupa, sería imperdonable que nos disgregáramos como le pasó a aquellas generaciones abismadas por el Periodo Especial, Varadero, la desprofesionalización y otros demonios.

Sería nefasto también que siguiéramos presos en las catarsis interminables, en los temas vitalicios, en el deber ser, sin jamás llegar al ser. Que no sepamos transmitir a los estudiantes la pasión tenaz y loca hacia el Periodismo; que el miedo a que nos emplacen nos haga coquetear con la autocensura; que la mediocridad deje de parecernos el peor de los males; que de tan realistas nos acomodemos entre planes de trabajo flojos, informaciones complacientes, coberturas de actos, recorridos y reuniones, y dejemos de soñar con lo imposible.

Es difícil, pero si a alguien en plena conciencia y uso de sus facultades se le ocurrió la “disparatada” idea de estudiar Periodismo, es porque las cosas fáciles le aburren un poco y lleva dentro el anhelo de todos los superhéroes: cambiar el mundo.

Entonces nos toca impulsar el cambio desde nuestra pequeña parcela: lo que escribimos. No soy ingenua, sé del salario bajo, de los viajes de madrugada en camiones que nunca cobran menos de diez pesos, de los teléfonos que no llegan, de las conexiones que la cigüeña no acaba de traer. Mas, en lo que todo eso aterriza y mientras lo exigimos, la meta tiene que ser una: no hacer “croquetas” informativas, hacer periodismo, y no cualquiera, sino uno revolucionario.

La prensa partidista y socialista, la comprometida con la Patria, debe ser la más profunda, la que nos erice la piel, la primera que denuncie, la que se atreva. Si nos enteramos de la última y nos quedamos esperando orientaciones, estamos suspensos; si no asumimos el riesgo del error como consustancial al deber de informar y quedamos paralizados por el temor, estamos suspensos; si Matanzas habla de una cosa y nosotros de otra, estamos suspensos. Si sabemos todo esto, se hace lo contrario y nos callamos, estamos suspensos.

Los jóvenes profesionales no podemos darnos el lujo de estar apartados, deprimidos, enmudecidos. Son nuestros los espacios para participar, ser líderes, cumplir y exigir que se cumpla la ética periodística. Este Encuentro pretende unirnos, no como una pandilla que mire con sospecha a todo el que supere los 35 años, sino como un grupo creador, generador de ideas, rebelde, que se inserte activamente en ese gremio tan hermoso, irreverente y complicado, como es el de la prensa.

No esperamos que sea este un evento más, donde se debata hasta el cansancio, se vire el mundo al revés, se almuerce, se tome helado, se baile, para después volver a enfrentar a la rutina con su cara ojerosa. No. Pretendemos generar acciones, dinamitar el status quo, idear la forma de vernos mucho más y hacer mucho más. Al menos lo vamos a intentar.

La “buena suerte” de Ugly: protección animal en Cuba

Ugly es un perro callejero. Un día fue blanco, y supongo que un día también fue lindo, como todos los cachorros; pero hoy luce una pelambre carmelitosa y enredada.

Sin embargo, Ugly es simpático. Por eso los vecinos de mi cuadra no le llamaron simplemente Feo, sino que le endilgaron el equivalente inglés, quizá buscando un poco más de glamour.

Él no tiene casa fija. Sabe mucho de amar, mas no de amores fieles. Cuando algún habitante de la cuadra llega del trabajo, Ugly sale con su cola raquítica a darle la bienvenida, y su alegría parece verdadera.

En la noche alguien le dará comida. Al otro día tal vez no esté y a veces demora días en volver, porque hay otros vecindarios donde se ha ganado la confianza y donde le llaman por nombres disímiles.

Ugly tiene suerte porque Zoonosis no lo ha atrapado –imagino que algún día tuvo dueños que lo quisieron-; no ha perecido bajo la rueda de ningún auto, no se ha enfermado ni lo han golpeado.

Pero muchos otros perros no son tan “suertudos” y perecen víctimas de una indolencia que nos debería doler más como sociedad.

Shakira, mi mascota hace más de una década.
Shakira, mi mascota hace más de una década.

¿Qué hacen las personas cuando por alguna razón ya no pueden cuidar más de sus mascotas? Algunos les buscan un nuevo dueño; no obstante, la mayoría se los lleva lejos y los abandona a su suerte en la calle.

Así, un perro que siempre ha tenido protección humana y fronteras tan estrechas como las de una casa, perece bajo las ruedas de un automóvil, de hambre o de tristeza.

Crueles, es la única palabra con que puedo describir a esos que echan dentro de un saco a la camada de su perra o gata para evadir la responsabilidad del cuidado, y luego lo lanzan al mar; como si no fueran frecuentes las campañas de esterilización estatales que se promueven.

Se viola algo tan esencial como enterrar al animal que nos dio alegrías. Hace muy poco vi a una perra en un basurero, envuelta en una colcha y con una rosa roja encima. Estaba muerta. ¿Por qué sus dueños no buscaron un sitio donde sepultarla?

¿Desconocemos que el perro nos quiere, que siente tanto el amor como la indiferencia? Son abusos igualmente las peleas de gallos, de perros; el uso de caballos para el transporte o el trabajo sin proporcionarles el aseo, descanso y alimentación adecuadas; los golpes a canes o gatos; en general, el abandono y maltrato a cualquier mascota.

No conozco ningún cuerpo legal que castigue estas inhumanas actuaciones en nuestro territorio; tampoco siento la repulsa generalizada ante los maltratadores, y este no es para nada un asunto de segundo orden.

Todo lo justo y bueno que nos hace una sociedad perfectible pero muy humana, debe reflejarse en la protección animal.

Ojalá a Ugly no se le acabe nunca la buena suerte; y más perros tengan la dicha de Shakira, la perra sata que recogimos hace mucho años cuando era solo un cachorro asustado y lleno de pulgas, y que hoy envejece en casa.