El año definitivo: De la salina, «Puerto Malanga» y el M-26

En 1958, la guerrilla cubana demostró que no creía en imposibles

Fidel Castro en Radio Rebelde, junto a la puerta de la emisora en la Comandancia de La Plata, en la Sierra Maestra. Foto: Oficina de Asuntos Históricos
Fidel Castro en Radio Rebelde, junto a la puerta de la emisora en la Comandancia de La Plata, en la Sierra Maestra. Foto: Oficina de Asuntos Históricos

Siempre parecerá poco cuanto se diga de los hombres y mujeres que protagonizaron la última etapa de la lucha insurreccional en Cuba, de sus historias de heroísmo limpio, del arrojo, la acción…

Pero aquel impulso no hubiera triunfado sin la labor callada de quienes aseguraron una infraestructura de retaguardia en las lomas de la Sierra Maestra, casi increíble a la luz de hoy.

¿Cómo una guerrilla –sujeta a la movilidad como forma de sobreviviencia– superó la ofensiva que en 1958 desató sobre ella una dictadura sólidamente apertrechada y con más de 10 000 hombres en el terreno?

La estrategia no era nueva y Fidel la rescató de la tradición de lucha mambisa: así como el ejército debía ser el pueblo, y las armas arrebatadas al enemigo, había que usar la inventiva en cada palmo de suelo libre para cubrir las necesidades de la tropa.

Ante la amenaza que se cernía, la primera decisión fue poner a salvo las instalaciones creadas y edificar otras nuevas. De esa manera, se trasladó Radio Rebelde desde La Mesa hacia La Plata. En menos de diez días, fueron desmontados los equipos, trasladados en un mulo y se les volvió a emplazar.

La emisora, instrumento genuino de comunicación con el pueblo, resultó vital, además, para sostener contactos con el extranjero, y el II y III Frentes.

Otra de las determinaciones consistió en establecer una escuela de reclutas, misión dada al Che y que tenía como antecedente un centro de instrucción de combatientes de nuevo ingreso, al frente de cual había estado Evelio Laferté, teniente del Ejército enemigo incorporado a las filas rebeldes.

En ese entramado, se encontraba la armería, un taller rústico donde se reparaban los defectos de las armas y fabricaban granadas, bombas de mano y los proyectiles caseros M-26, junto a los dispositivos para lanzarlos, y que –según el Comandante en Jefe– hacían más ruido que otra cosa. La propia Celia dijo: «Cuando la historia se escriba, esta parte no la creerán. Nos hemos defendido con el M-26».

Allí se hacían minas, con las cargas de las bombas de la aviación enemiga que no explotaban, anillas de cintas de ametralladoras y casquillos de balas.

En la zona de La Plata surgió también un grupo de mujeres que confeccionaban uniformes, un taller de curtido de pieles para hacer botas y zapatos; escuelas y hospitales como los de Camaroncito y Pozo Azul.

Y hasta una cárcel rebelde, «a la que alguien jocosamente dio el nombre de Puerto Malanga, por aquello de que si la tiranía tenía una cárcel en Puerto Boniato, la nuestra debía llamarse como la vianda salvadora de los rebeldes», contó Fidel en el volumen La victoria estratégica.

En ese enclave no solo se mantenía prisioneros a los guardias enemigos que por alguna razón se había decidido no liberar, sino también a los propios miembros de las tropas condenados por indisciplinas o hechos delictivos.

La pista aérea de Manacas; la construcción de trincheras, refugios y túneles; y la hazaña de establecer una red telefónica en plena Sierra (para lo cual, escribió Fidel, se dio la orden de recoger «cuanto aparato y metro de cable telefónico pudieran localizar en los bateyes, chuchos, colonias y poblados de la premontaña y la costa del golfo de Guacanayabo») hablan de gente que no creía en frenos.

Para lograr la autosuficiencia alimentaria surgió, además, una salina que empleó el método tradicional de secado al sol del agua de mar en las playas de los alrededores de Ocujal, y que tributó a la tasajera de Jiménez (pequeña instalación para la elaboración de carne salada, en la casa de Radamés Charruf, vecino del barrio de Jiménez).

El corazón de ese trabajo lo constituyó una mujer toda fuerza, ejemplo cabal de la responsabilidad comprometida: Celia. De esa forma lo aseguró Fidel: «Fue ella quien coordinó e impulsó… Gracias, en gran medida, a sus esfuerzos, nuestros abastecimientos continuaron fluyendo y logramos crear reservas mínimas que resultaron decisivas en los momentos cruciales de la ofensiva».

(Publicado originalmente en Granma)

Anuncios

Después de tomarse el chocolate…

Quien deja de pagar lo que debe no está timando al Estado como ente abstracto, sino a todos y cada uno de sus conciudadanos…

Después de tomarse el chocolate…
La relación entre la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT) y los contribuyentes debe ser de abierta comunicación y asesoramiento. (José Raúl Concepción / Cubadebate)

Corro el riesgo de no ser original con el título de este comentario. Desde que el tema del pago de los impuestos tomó fuerza en el ámbito nacional, aquello de “toma chocolate, paga lo que debes” ha sido más que ampliamente parafraseado.

Y quizá sea porque el núcleo duro del asunto se resume ahí: después de obtener ganancias dentro del marco de una sociedad hay que erogar una parte al Estado y ese dinero debe revertirse en el bien de todos.

No solo parece lógico, lo es. La riqueza debe regularse en función de una sociedad más equitativa, máxime si se habla de un sistema socialista, donde sectores imprescindibles como salud y educación son presupuestados.

Pero no siempre se ven igual los asuntos desde la perspectiva macro que desde el pequeño universo individual; porque, en primer lugar, la conciencia tributaria forma parte de un entramado cultural que no se crea de un día para otro; y que debe tener un fuerte sostén en dos pilares: la familia y la escuela.

El sistema tributario cubano —ya he visto algunas libretas escolares que hacen referencia al tema en sus carátulas— debe estudiarse en las escuelas, como parte constitutiva de la formación cívica.

Y mientras más se hable del tema en casa y se sepa que existe la Ley 113, y se conozca sobre declaraciones juradas, en mejores condiciones estarán los ciudadanos del futuro para cumplir con ese deber.

Sin embargo, el país no puede esperar a que los niños de hoy crezcan para hacer honrar sus impuestos; por eso son tan importantes los medios de comunicación, que deben rehuir el tono machacón o demonizador de las nuevas formas de gestión no estatal, para asumir un enfoque problematizador del asunto, contribuir al conocimiento de la población y recordar que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento.

Me atrevería a afirmar que todos los cubanos adultos hemos visto alguna vez un filme norteamericano donde el fisco de ese país arremete contra un tramposo, y sabemos que en cualquier lugar del mundo pretender pasarle gato por liebre al Estado es un crimen muy grave.

No obstante, si bien aspiro a un cumplimiento cabal de lo legislado, creo que la relación entre la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT) y los contribuyentes debe ser de abierta comunicación y asesoramiento. Los especialistas no deben cansarse de explicar, de acudir a los medios… y tampoco pueden dejarse engañar con declaraciones falsas.

Quien deja de pagar lo que debe no está timando al Estado como ente abstracto, sino a todos y cada uno de sus conciudadanos. Como bien dijeron los lectores de Cubahora en un reciente foro sobre el asunto, la ausencia de un mercado mayorista donde adquirir insumos dispara las inversiones en las iniciativas privadas, pero tampoco seamos ingenuos: lápiz o calculadora en mano cualquiera que haya comido en una cafetería, paladar o se haya montado en un sacrosanto almendrón sabe que las ganancias pueden ser exorbitantes.

Con eso no justifico la falta de bienes o servicios más allá de lo minorista —que bastante favorece el acaparamiento y la especulación— mas, recordemos todos que un trabajador privado en Cuba debe aspirar a vivir con dignidad de lo que gane, no a hacerse rico a costa del pueblo humilde y trabajador.

En el otro extremo de la cadena, los representantes del Estado y del Gobierno, como servidores públicos que son, deben rendir cuentas al pueblo con más frecuencia y claridad (otro reclamo de los foristas), porque así se refuerza la confianza en la gestión gubernamental y todo contribuyente entiende mejor en qué está aportando al desarrollo del país o de su localidad.

Ni posiciones autoritarias ni mano tibia, mucho de inteligencia, debate popular y sostenido cumplimiento de la ley. A nadie se le ocurre dejar de pagar después de tomarse un batido de chocolate, igual de impensable debe ser para los cubanos no cumplir con sus obligaciones tributarias.

 

 

Ley 113 del Sistema Tributario: Ley que regula los tributos, principios, normas y procedimientos generales sobre los cuales se sustenta el Sistema Tributario de la República de Cuba. Cuenta con 25 tributos, de ellos 19 impuestos, tres contribuciones e igual número de tasas, esta legislación amplía y moderniza el instrumento anterior, que databa de 1994.

 

(Publicado originalmente en Cubahora)

http://www.cubahora.cu/economia/pagar-lo-que-se-debe

http://www.cubahora.cu/sociedad/sobre-impuestos-y-tributos-en-el-sector-estatal-cubano

http://www.cubahora.cu/economia/adonde-van-los-impuestos

La culpa no la tiene el celular

 Mientras leía los comentarios del foro “Móviles para adolescentes ¿Necesidad o Adicción?”,  abierto hace unos días por Cubahora, me puse a sacar cuentas.

Tuve mi primer teléfono celular a los 22 años, es decir, hace cinco.  Antes de eso no puedo decir que jamás hubiese deseado uno, pero tampoco me obsesionaba.

El primer móvil había llegado a mi entorno estudiantil en la época del preuniversitario. Eran contadas las compañeras y compañeros de grupo que los utilizaban. Se consideraban un lujo, porque muy pocos padres podían pagar algo así.

Wifi

Ya en la universidad la historia fue otra. Se multiplicaban cada vez más y solo los menos estábamos «incomunicados».

Sin nunca haberlo pedido, cuando me gradué de la licenciatura mis padres me regalaron un celular. Era un Alcatel pequeñito, y a mí me encantaba: podía, además de hablar y textear, escuchar radio y música.

Creo que puedo considerarme afortunada, el consumismo no tiene en mí una víctima propicia. Nunca pensé cambiar mi «Tamagotchi» por alguna de aquellos aparatos grandotes y brillantes que me circundaban.

De hecho, cuando me regalaron un teléfono más moderno, con sistema operativo Android, dejar al anterior fue una agonía y me parecía casi una traición; le tenía cariño.

En mi móvil actual leo, también lo uso para compartir archivos o aplicaciones a través de Zapya o Xender; funciona como reloj despertador, me recuerda los cumpleaños de mis seres queridos…Y no soy su esclava, es una herramienta que, como todas a lo largo de la historia de la humanidad, solo contribuye a hacerme la vida mejor.

Si he contado esta experiencia personal es para sentar una postura: así como no debemos botar el sofá tampoco podemos deshacernos del móvil.

Claro, no soy una adolescente  y he escapado de peligros asociados al uso de dispositivos móviles por ese grupo etario y también por niños y niñas:

  • El celular como sinónimo de estatus y poder adquisitivo
  • Acceso a contenido audiovisual inapropiado para la edad (violencia, muerte, sexo)
  • Adicción a los videojuegos
  • Vulnerabilidad de la información personal y de la intimidad
  • Riesgo de sufrir accidentes en la vía pública por no prestar la debida atención.

Según una investigación realizada por el Centro de Estudios Sobre la Juventud, el 94 por ciento de los adolescentes y jóvenes cubanos posee acceso a alguna tecnología informática, y es el teléfono móvil la más extendida.

Movil

El dato no me alarma, alegra. Sin dudas, en el futuro que vivirán necesitarán de habilidades tecnológicas; no obstante, hay puntos que merecen toda la reflexión en una sociedad como la nuestra, abocada a una informatización cada vez mayor; y valen tanto para las nuevas generaciones y sus padres, como para todos los ciudadanos que usan las nuevas tecnologías.

Un celular es un objeto, frágil y caro. Sacralizarlo y suponer que por el modelo y el precio del que portemos, o el hecho de tener uno o no, seremos más o menos, apunta a un vacío de alma evidente.

En mi opinión, un niño no debe tener un móvil ni llevarlo a la escuela; está expuesto a perderlo, a que se lo roben, o a entretenerse en medio de clase.

Celulares

En el caso de los adolescentes, lacera la falta de percepción de riesgo de los padres. Muchos olvidan la humildad de sus juventudes, quieren darle a su prole los gustos que no tuvieron, aunque en ello se les vaya la vida; y sucumben a la dictadura de las marcas de móviles. Después puede que les duela advertir en sus hijos los signos de la vanidad y de más cariño hacia un aparatico que por otras cosas más valederas.

Andan los vástagos sin que nadie les controle qué contenidos consumen en el celular, quién los llama, qué tipo de mensajes reciben, cuántas horas juegan, o qué fotos de sí mismos almacenan.

No hago una apología de la vigilancia paterna, pero sí de la responsabilidad. Me duelo cuando veo padres que recargan la cuenta nauta de sus hijos para que se conecten a Internet y se entretengan, sin siquiera pensar qué pueden encontrar en sus búsquedas.

Celulares

Las familias alrededor del mundo saben de bullying, de ciberacoso, de pedofilia… y restringen los sitios que sus hijos pueden visitar. Internet no ha llegado a todas las casas ni a todos los móviles cubanos, pero el momento de prepararse es ahora y las vulnerabilidades también están aquí.

Que cada vez más la relación móvil –persona sea de pura necesidad (tecnológica, lúdica, informativa, profesional) y menos de adicción en cualquiera de sus variantes, es la meta en pos de la cual debemos proyectarnos.

Como ya dije, no es cuestión de desechar los móviles. Fíjese bien la próxima vez antes de denostar a un adolescente o joven concentrado en su celular. Le aseguro que los habrá leyendo, usando un diccionario, completando un crucigrama… La tecnología tiene un lado de luz, y los nativos digitales poseen  muchísimas competencias para encontrarlo.

(Publicado originalmente en Cubahora)

 

¿El diagnóstico médico a un clic?

Wifi en La Habana
La paulatina llegada de Internet a Cuba propicia búsquedas sobre enfermedades, uso de medicamentos, tratamientos alternativos (Abel Rojas / Cubahora)

Unas noches atrás, mientras caminaba de regreso a casa, encontré a un amigo que no veía hace mucho. Después de ponernos al día sobre nuestras respectivas pequeñeces cotidianas, le conté sobre la enfermedad de un conocido de ambos.

Entonces, mi interlocutor, con una sapiencia en el tema que hasta entonces no le sospechaba, hizo toda una disertación sobre la posible evolución del paciente y los tratamientos debidos.

Nos despedimos poco después, pero quedé pensativa: ¿y cómo sabe él todo eso?, incluso me esforcé en rememorar si tenía algún estudio médico, pero no, había tomado el camino de la ingeniería, estaba segura.

Lo suyo es un entusiasmo amateur, un hobby que, valga decirlo, comparten un buen número de cubanos y cubanas; y que, también es justo aclarar, no tiene sus bases solo en un alto nivel de instrucción sino también en el acceso universal y gratuito a la salud.

Para quienes habitan este archipiélago, las instituciones médicas, desde el consultorio hasta los más prestigiosos hospitales, no son zonas vedadas; y se ha desarrollado una cultura de acudir a ellas que ciertamente conlleva familiarizaciones con exámenes, diagnósticos y prescripciones.

El problema está en aquellos que, sin haber usado jamás una bata blanca, creen que pueden ellos mismos recetar, basados en sus experiencias o la de personas cercanas, ¡y cuántos hay!

No sorprende entonces que la paulatina llegada de Internet a la isla propicie búsquedas sobre enfermedades, uso de medicamentos, tratamientos alternativos…

Ya sea quienes pueden conectarse desde el trabajo o la casa, por motivos laborales, o los que acuden a los puntos wifi o el servicio de Nauta Hogar, casi todos sucumben a la tentación de consultar a “Doctor Google” sobre temas de salud.

Hasta ahí no habría problema si no fuera porque quedarse con la versión de una página web entraña tantos o más peligros que guiarse en el mundo offline por criterios inexpertos y no acudir al personal facultado.

El fenómeno ya es mundial y por tanto está extensivamente estudiado. Buena parte de la información de salud que los internautas buscan corresponde a enfermedades como cáncer, gripe, diabetes, diarrea, alergia, depresión, Alzheimer, sida, anorexia o Parkinson.

Y si poder acceder a todo ese caudal de conocimiento es maravilloso, para quien no esté alerta puede ser muy frustrante. Mucha de la información disponible en Internet  sobre temas médicos está destinada a un público especializado, por tanto, el lector promedio se ve incapacitado para filtrar la información, la distorsiona y termina fijando solo los datos más alarmantes, con la consiguiente carga de miedo y ansiedad.

De más está decir que no todas las fuentes son fiables y que debe precisarse bien la fecha de actualización del artículo; que las historias de vida de sobrevivientes —tan frecuentes en la red de redes— no pueden generalizarse: cada cuerpo humano es un universo; y la mayoría de los contenidos disponibles se refieren a las patologías más graves, y no a las comunes que pueden relacionarse con síntomas similares a los de las primeras.

Si bien existen fenómenos más complejos como la ciberhipocondría, aun sin llegar a obsesionarse, cualquier persona puede desconfiar de su médico al indagar por tratamientos o consultar estadísticas.

El foro ¿Tu médico es Internet?, desarrollado por Cubahora, ofreció indicios sobre la percepción que existe en el país de este fenómeno.

Los comentarios acusan una conciencia colectiva de que automedicarse no es una opción y de que “buscar enfermedades y creerse que eso es lo que uno tiene” implica cierto morbo perjudicial.

Los foristas reconocieron leer sobre temas de salud y destacaron el beneficio de Infomed y de secciones médicas en la prensa cubana para ahondar en las recomendaciones de los facultativos y “entender mejor”, sin poner en duda el diagnóstico inicial.

En el contexto de la falta de medicamentos que experimenta el país, por carencia de materias primas, y que comienza a ceder, según datos de la industria farmacéutica nacional, varios usuarios dijeron haberse informado con enfoque más práctico: conocer sobre medicamentos análogos a los comercializados en Cuba para gestionarlos a través de amigos o familiares en el extranjero. Incluso, en ese caso preguntar a un médico se hace imprescindible.

Contrastar fuentes serias y nunca pensar que una lectura a la distancia de un clic puede sustituir la visita a un centro asistencial son recomendaciones no por obvias menos necesarias.

Cada vez habrá más acceso a Internet en el país y más cubanos sucumbiremos al mal de la autoconsulta web, preparémonos entonces para informatizarnos, que supone en buena medida saber discernir el oro de entre las rocas.

Publicado originalmente en Cubahora

Con pocos años a la espalda

2b0f6a57ebdf4480480a6f3d3d330001
Maceta con geranios. Tina Modotti

«Así son las cosas. Se vuelven más memoriosas que uno, se vuelven uno», dice Haroldo Conti en uno de sus cuentos; donde la vuelta de un hombre a su pueblo se le vuelve pretexto para desnudar las nostalgias del tiempo que pasa y la cruel certeza de que cada objeto que poseemos nos sobrevivirá más allá del final.

Aunque el escritor y periodista argentino, de prosa limpia y musical, no llegó a la vejez porque la dictadura militar de su país se encargó de secuestrarlo y desaparecerlo cuando tenía 51 años, sus textos me dejan una certeza límpida: desde la madurez no se concibe la existencia con los mismos horizontes de la juventud, porque esta etapa en el camino empedrado de la vida es la de soñar, luchar y fundar.

Ser joven no implica de forma inexorable, por supuesto, tal irreverencia contra la realidad circundante ni la determinación de transformarla; también hay jóvenes conformistas o reaccionarios, pero de modo general quien  desanda la existencia con el peso de pocos años a la espalda, tiene la capacidad de la crítica sana, del argumento desprejuiciado y, sobre todo, de librarse de poses acomodaticios para rehacer lo que transcurre errado.

Pueden entonces asustarse los mayores por la rebeldía, los criterios ajenos a diplomacias innecesarias o la insistencia en romper esquemas caducos; no obstante, toda sociedad que pretenda salvarse del estancamiento debe cuidarse de desoír a sus jóvenes, de no implicarlos y condenarlos a la enajenación.

El desarrollo está muy ligado a las alianzas intergeneracionales que permitan a los jóvenes de hoy convertirse en los adultos que mañana deseen e intenten desentrañar la juventud de sus hijos.

Cuba, que como nación ha sido alzada sobre la sangre, los hombros y el pensamiento de revolucionarios noveles como Martí, Villena, Mella, Abel, Haidée, Vilma, Camilo, Fidel… no escapa hoy de esos desafíos, consustanciales a todo estado, pero vitales dentro de un proyecto social emancipador y que pretende apartar la rueda deshumanizadora del capitalismo.

No creo que las y los jóvenes cubanos – como quieren hacernos creer- anden desmovilizados, perdidos, o que renieguen de la Revolución y sus símbolos. Conozco a quienes le ponen ganas a su parte de la historia; no obstante, con la misma pasión de entregarse a su trabajo, se duelen de las rutinas grises, de las ineficiencias, de los discursos huecos. Se duelen y lo dicen, porque hay edades incapacitadas de quedarse en silencio mientras todo pasa, y ahí radica su virtud más valedera.

Preocuparse por la juventud no implica solo estudiarla científicamente, crear planes para su motivación o promoverla a cargos directivos; ella necesita ser escuchada desde la igualdad y estimulada a una participación respetuosa de sus códigos, saberes y formas de entender los procesos.

Bien lo sabía otro argentino estremecedor que tampoco llegó a viejo, pero nos llamó a los jóvenes a enfrentar lo mal hecho quienquiera que lo orientase. Era el Che de la Revolución triunfante y sabía que ese ciclón social necesitaría siempre del oxígeno juvenil para ser y crecer.

Los años en que las cosas no son receptáculos memoriosos, en que el ayer no es tan significativo ni el mañana una incertidumbre, los años en que lo poco vivido impulsa la asunción de riesgos no deben compulsar en los otros el temor al poco compromiso o la superficialidad, sino más bien la fe en el futuro que es también la fe en la obra.

La grisura sin fondo

A veces me cuestiono por qué escribo tan poco de las y los iluminados, de la gente que regala una sonrisa y humedece la aridez del desierto diario, o con un gesto mínimo de solidaridad aplasta la más enconada desesperanza.

Creo que no les dedico las líneas que merecieran porque hay acciones tan benéficas que fluyen por el espíritu como algo natural; y también porque ese tipo de hombres y mujeres para nada busca agradecimientos, actuar con bondad es su sino.

Al menos yo, militante realista de tantas utopías, reflexiono más sobre quienes, con la urgencia de no sé qué amarguras o carencias, te disparan al pecho la inflexibilidad, la intolerancia, el total desprecio por las necesidades ajenas con el argumento sacrosanto de «ese no es mi problema».

Las y los grises ejercen su cuota de poder, por mínima que sea, con la prepotencia de la tiranía, y te dejan boquiabierta con el «no» que imagino ocupa todo su cerebro, cual semáforo en rojo paralizador de cualquier inclinación hacia la amabilidad.

Ante tales seres y su negatividad desbordada, una se siente frágil, impotente, presa de la rabia más básica; y si entonces no se apela a la serenidad, se puede caer en la misma violencia subrepticia, en igual inhumanidad de quien pretende anularnos.

Por suerte, esa grisura sin fondo no es tan frecuente como para aplastarnos el alma, pero duele cuando aparece en aquel chofer de un evento que no quiere llevarte unas cuadras más allá «porque a él nadie se lo orientó» y te sugiere que las camines sola en medio de la noche; o en la funcionaria que niega su atención sin mirar a los ojos de quien la solicita «porque tiene la agenda muy apretada», y «yo no tengo la culpa de los trabajos que usted pasó para llegar hasta aquí».

Lastima la tranquilidad con que un hombre X escamotea el puesto en el ómnibus a una señora, porque «pura, esto no es un P, aquí no hay asientos para impedidos», amparando su bravuconería en saberse más alto, más fuerte; glacial ante el rechazo de los otros.

Asustan esos seres, apagados en su esencia, que cada amanecer salen a la calle con una mochila de indiferencia, donde no caben los «buenos días» ni las «gracias» y mucho menos el «lo siento» o el «a ver, que te ayudo».

Y habrá quien los justifique con las dificultades que supone buscar el pan nuestro de cada día, o en los mil y un problemas insospechados que pueden esconderse detrás de los ojos y tras la puerta del hogar; pero ¿cuántos héroes y heroínas de la cotidianidad no conocemos?, gente que sonríe e invita a sonreír aunque batalle con los fantasmas de las carencias, las enfermedades propias y ajenas, las pérdidas… y suele ser acicate para el cansancio, impulso para los que se estrenan en la vida adulta, meca adonde se puede peregrinar con la seguridad de que se encontrará al menos una palabra amiga.

Me confieso culpable de no ponerle a la cuota de seres grises que me ha tocado un freno justo, una especie de «componte» (como diría mi madre para definir una invitación tajante a componerse y también comportarse); porque casi nunca sé muy bien cómo reaccionar a esos desplantes. No creo que se trate de responder agresividad con agresividad, sino de hablarles de su insensibilidad, de la manera en que te han «aguado» el día, del modo en que, vertiendo sus «noes» al mundo, lo hacen un lugar más cruel, más solitario.

Sin embargo, casi siempre volvemos a casa rumiando el desconsuelo, repitiéndole a cada ser querido «si te cuento lo que me pasó hoy» y lanzándonos, en busca del desahogo, a relatar la historia y sus interpretaciones. Si, en cambio, les dijéramos todo lo que pensamos a esos especímenes descoloridos, puede que algunos bajasen la cabeza y reconocieran su error; otros, quizá, reaccionarían airados pero en lo más íntimo de su casa afloraría la vergüenza y comenzarían a colorearse de verde, de azul, de rojo, de negro… gente, como toda, con defectos, pero con el color definido que da la virtud.

Y puede que estén los insalvables, aunque ojalá sean los menos y una pueda andar por ahí con la mano tendida, dispuesta a dar y recibir, sin recoger bofetadas metafóricas o silencios displicentes… segura de que no es tan importante ser de esta especie porque hayamos inventado internet, los satélites o las naves espaciales, sino porque podemos ser amables y conmovernos con el mínimo dolor de los demás, con la suerte de las y los otros que siempre es también la nuestra.

Noche de teatro

indisciplina-social-30393-caricaturas-gLlega el fin de semana y con él un poco de tiempo para salir del círculo casa–trabajo. ¡Qué placer idear la salida nocturna, buscar en la cartelera una opción económica, edificante y divertida (por ese orden); escoger un vestido, arreglarse más de lo usual y olvidarse por un rato de las obligaciones cotidianas!

Así, pletórica y con espíritu aventurero, fui la otra noche al teatro con mi esposo. No teníamos entrada, pero confiábamos. De lejos, vimos a la compañera de la taquilla en su puesto. Buen síntoma. Pero desapareció antes de que nos acercáramos lo suficiente.

Regresó a los 15 minutos. Y cuando, con mi más amable sonrisa, le pregunté si quedaban localidades, respondió: «Solo tengo segundo balcón», con un tono que llamaba a arrepentirse.

Claro, animados como estábamos, nada nos haría mella. Boletos en mano atravesamos una entrada repleta de vendedores de manzanas, pellys, flores plásticas, rositas, chicles, globos…

Subimos las escaleras, nos acomodamos y apenas al apagarse las luces sentimos los asientos estremecerse. Alarmados, empezamos a buscar lo que nos desconcentraba, justo al inicio de la función: una niña pateaba indiscriminadamente los espaldares de nuestra fila.

Una y otra vez arremetía, y por más que mirábamos a la madre, allí a su lado, ella no hacía nada. Buen rato estuvimos en la disyuntiva de si decirle algo a la entretenida progenitora o no, hasta que por suerte los golpes menguaron.

Entonces, cuando más imbricados estábamos en la coreografía, nos asaltó el molesto ruido de unos pellys que los espectadores vecinos devoraban con entusiasmo. El paquete pasaba de mano en mano, las muelas trituraban y a mí me parecía que allá abajo los bailarines podían marcar el tiempo al compás de la masticación.

Como nada es eterno, los pellys se acabaron y pensamos que la paz llegaría; pero entonces dos muchachas emocionadísimas sacaron sus celulares y empezaron a filmar, con un flash incorporado que algunas cámaras profesionales envidiarían.

No sé cuándo a la mayoría del auditorio le dio por atrapar el instante en sus móviles, pero llegó el momento en que ya no estábamos a oscuras. Ahí empezamos a sentirnos más impotentes, porque al inicio del espectáculo habían comunicado la prohibición de filmar y la indicación de apagar los teléfonos.

Fue tanto el desparpajo colectivo, que una de las artistas tuvo que interrumpir la puesta para pedir que apagaran los aparatos. Casi todo el mundo los guardó, y mientras yo desfallecía de un ataque de alipori (vergüenza ajena), dos o tres seguían grabando como si con ellos no hubiera sido.

Así llegaron los últimos minutos de la propuesta; sin embargo, antes de que el telón cayera, muchos se percataron de que el fin estaba próximo y empezaron a pararse y marcharse, desesperados por alcanzar la salida como si alguien hubiera dicho: «¡Fuego!».

De más está decir que mi esposo y yo permanecimos hundidos en nuestros puestos, impedidos de ver el final por los que se iban, y aplaudiendo fuerte para, como nos enseñaron desde pequeños, agradecer a los artistas por su entrega.

Cuando las luces se encendieron, el suelo de la fila estaba lleno de pellys aplastados y paquetes vacíos; y lo lamenté, porque una de las primeras cosas en que había reparado en la noche había sido justamente el grado de conservación de las butacas.

Si en algo reflexionamos de vuelta a casa, fue en que los cubanos pasamos por alto apreciar que la democratización de la cultura es un logro de nuestro sistema social; que ir a un teatro, a un cine, o incluso, comprar un libro, son lujos en otras tierras. Por tanto, deberíamos retribuir y agradecer esas oportunidades con mayor civilidad, la que redunda también en respeto al otro.

Y claro que es asunto para el que debe preparar la familia y la escuela, aunque del mismo modo las instituciones culturales deben ser más rigurosas a la hora de hacer cumplir sus normas en lo referente al uso de dispositivos electrónicos, consumo de alimentos y también de vestuario. La impunidad conduce a mayor infracción de lo dispuesto, y el mal tino de algunos lo pagan todos los que desean y merecen pasar un buen rato.

Intimidad a la calle

Mis padres han venido a visitarme. Los invito a una pizzería. De buen humor nos disponemos a enfrentar la cola. Conversamos. Delante de nosotros están ellos. Son dos, una pareja, muy jóvenes.

Se besan desaforadamente, tan cerca de nosotros que oímos los sonidos, los suspiros. Empieza a ser incómodo. Ella le muerde la oreja, lame su cuello, él ríe y, como respuesta, la atrae con fuerza hasta que las caderas de ambos quedan muy juntas.

En la fila, la mayoría intenta por todos los medios que la mirada no tropiece con la escena. Otros lo encuentran divertido; algunos, sensual. «Tremenda película porno», comenta alguien detrás de mí.

La pareja continúa sus juegos presexuales, enajenada de lo circundante, pero expuesta a varias miradas lascivas. No solo lastima el pudor ajeno, comparte una intimidad que debiera pertenecer solo a ambos.

A la mañana siguiente los recuerdo. Esta vez son otros, pero la situación muy parecida. En una calle céntrica, la muchacha está sentada sobre un muro, con sus piernas enlazadas alrededor del joven que permanece de pie.

Él recorre con los dedos la piel de sus muslos y a cada rato la besa en la boca, mientras ella le masajea la espalda. A la vez, ambos conversan de forma muy natural con un amigo que los acompaña.

Reparo entonces en que, durante los últimos meses, me he tropezado con variedad de casos similares, protagonizados la mayoría de las veces por adolescentes, aunque los jóvenes y algunos más «maduros» no se quedan detrás.

Pienso en razones para ignorar que determinadas caricias deben quedar protegidas de la vista ajena: quizá la inexperiencia, la imposibilidad de acceder a un lugar cómodo y seguro donde intimar; o probablemente la falta de civilidad.

Sin embargo, ninguna justificación minimiza el hecho de que respetar a la pareja —con independencia de la naturaleza de la relación— implica separar con exactitud las esferas de lo público y lo privado.

No es cuestión de puritanismo ni de aquellos criterios anticuados que se les suelen achacar a las abuelitas, y mucho menos tiene que ver con la doble moral machista que exige a la mujer discreción absoluta en materia amorosa so pena de comprometer su valía. Se trata, para ambos sexos, de interiorizar que la libertad propia en el ámbito sexual, como en todos, termina donde empieza la de los otros.

Si bien un gesto como tomarse de la mano o dar un beso discreto pueden resultar tiernos, otros como la mano del hombre «petrificada» sobre un glúteo de la mujer mientras recorren la vía pública (cual declaración: Miren esto bien, pero no se equivoquen que es mío) hace pensar en conductas cavernícolas.

Esa misma calificación le sirve a las «nalgadas cariñosas», las conversaciones con implicaciones sexuales, a toda voz, lo mismo en la cola de la panadería, en la guagua, que en Coppelia; y hasta ciertos bailes que, si sus ejecutantes prescindieran de la ropa, recibirían otro nombre.

Hay miles de formas de demostrar el amor o la atracción física sin caer en lo indecente o denigrante, ni convertirlo en un espectáculo público. Llevar a la calle lo que debiera quedar en un ambiente protegido y de confianza no implica una confirmación de la hombría ni asigna, ante los ojos ajenos, solidez al vínculo amoroso, sino todo lo contrario.

No está de más hablarlo con los hijos, sobrinos, amigos, alumnos y, de paso, reflexionar sobre qué rostro le ponemos a nuestra relación amorosa puertas afuera.

¿La cultura del bafle?

Disfrutar de la buena música tiene mucho de rito. Unos prefieren hacerlo en soledad; otros, acompañados de la pareja o de amigos. Cerrar los ojos, dejar fluir la imaginación o comentar por lo bajo tal o cual frase convierten ese momento en una comunión con la espiritualidad propia.

También se encuentran los espacios para bailar y aunque allí el volumen suele superar el necesario, la mayoría lo perdona en aras de pasar un buen rato y «mover el esqueleto». Mientras no se torture a los vecinos —como también sucede— no hay nada que objetar.

Sin embargo, más allá de las discotecas sin insonorizar o de quienes se empeñan en imponer sus gustos musicales al barrio, crece una tendencia que apunta a poner la música alta en los espacios públicos porque sí, porque es sinónimo de actividad, de fiesta, de «aquí está pasando algo».

Así se inscribe el caso de un museo municipal que ofrecería un evento relacionado con la historia a las diez de la mañana, y desde las ocho sacó un par de bafles a la calle «para que la gente se embullara».

En vez de un clima grato, se generó incomodidad. Los invitados debían hablar a gritos y los artistas convidados apenas podían ensayar; pero el técnico de audio no se sintió aludido, él creía su labor impecable, exitosa, y sus jefes parecían concordar.

Esa es la cultura del bafle: «¿hace falta animar un acontecimiento de cualquier índole?, pues pongamos el equipo a todo dar». Ningún género resulta agradable si agrede los tímpanos, pero no son la trova, la rumba y ni siquiera la popular bailable las más favorecidas en estos casos. Por el contrario, el reguetón más crudo y plagado de antivalores parece ganar la pelea.

De tal forma se vulnera la política cultural cubana y se revela una falta total de sensibilidad artística y entendimiento del disfrute estético. Es inconcebible que incluso en instituciones del sector de la cultura se opte por la música ensordecedora como vía para asegurar el esparcimiento.

Solucionarlo no exige solo decretos o leyes. La decisión de qué temas poner y a qué volumen debe recaer en personas preparadas, con un sentido aguzado del arte y sin enfoques reduccionistas referentes a la recreación.

En una sociedad como la que aspiramos a construir, divertir a los otros también debe implicar educarlos, generar consensos sobre la base de excluir el mal gusto, la chabacanería, las expresiones discriminatorias, misóginas y sexistas.

Que alguien sepa manejar un equipo de audio no lo califica automáticamente para dictaminar qué se pone o no; cabe entonces preguntarse si a esos técnicos, la mayoría muy jóvenes, se les da la oportunidad de superarse, u otras atenciones que hagan menos fugaz su paso por esa labor.

La batalla por la cultura es quizá de las más fuertes que a la nación le toca librar; la música no puede ser nunca vehículo para enajenar y sí para enaltecer. Constituye prioridad evitar que el consumo de arte devenga contaminación acústica, más en un país con una tradición musical tan rica como Cuba.

http://www.juventudrebelde.cu/opinion/2016-11-15/la-cultura-del-bafle/

Réquiem por nuestro parque

0Cuando ante mis ojos se producen violaciones insólitas sobre los que debieran ser espacios de veneración siento vergüenza e impotencia. El panorama se torna más desalentador si a la impunidad de los infractores se suma la repetición de los hechos.

Por eso, atravesar el Parque de La Libertad, plaza significativa dentro de un centro histórico Monumento Nacional, no me deja la plácida sensación que debiera; sino, casi siempre, una mezcla de enojo y tristeza. Mucho se ha escrito en Girón y otros medios de prensa sobre su maltrato; sin embargo, parece que los oídos sordos predominan. La más reciente edición de los festejos populares lo confirma.

5Quien participó del Carnaval Infantil puede atestiguar cómo a veces las buenas intenciones terminan por lesionar el patrimonio. Es vital que los niños se diviertan junto a su familia, pero debe pensarse dónde.

Ese día, cientos de personas se situaron sobre el parque añadiéndole una gran carga adicional. Asimismo, invadieron el césped y lo pisotearon indiscriminadamente. Ni siquiera se salvó el conjunto escultórico (beneficiado en 2014 por una costosa restauración); muchos tomaron asiento sobre su base, donde consumieron alimentos y dejaron a sus hijos corretear o subirse sobre la estatua de La Libertad. Otros, para ver mejor las carrozas,se pararon en los bancos. También se frió pollo muy cerca de las fachadas colindantes, exponiéndolas al hollín. Ninguna de las autoridades allí reunidas hizo algo por detener esas conductas, como si lesionar monumentos no fuese un atentado contra el orden público.

31Durante el carnaval anterior, los especialistas de Patrimonio protestaron por la colocación en el sitio de una piscina inflable y, aunque les prometieron que la retirarían enseguida, no solo permaneció hasta el final de las festividades, sino que regresó este año. Vale aclarar que, según las leyes vigentes, solo dichos expertos pueden permitir la realización de actividades allí y muy pocas veces se pide su autorización.

2Si las fiestas populares fueran la excepción, una podría pensar que la solución estribaría en corregir el tiro la próxima vez; pero esta es solo una expresión superlativa de lo que el parque experimenta cada día.

Solo tiene usted que pasar de noche y ver el conjunto escultórico convertido en banco gigante. Seguro que en 1909 el escultor Salvatore Buemi no imaginó que su obra podría tener tal uso.

4La demolición de los accesos – que no estaban en el diseño original- y la delimitación con plantas ornamentales aún no han sucedido; aunque dudo que logren su fin ante el desafuero de la indisciplina social. Sé bien de los criterios opuestos a demarcar mediante una reja un conjunto que honra a Martí y al concepto de libertad. Sin embargo, yo lo prefiero si la opción radica en que el irrespeto se perpetúe.

Alguien afirmará que no queda otro punto dónde situarse porque en horario nocturno los pájaros defecan sobre la mayoría de los asientos. Y, aunque nada los justifica, es cierto que la invasión de las aves en el área resulta un problema irresuelto que apareja condiciones antihigiénicas y olor desagradable.

Por otro lado, ojalá el acceso a Internet vía Wifi se extienda más allá de zonas puntuales, porque nuestra segunda plaza de Armas no está concebida para ese fin; y mucho menos para cobijar a los pequeños puntos de venta nocturnos que se sitúan en ella en las noches, y proporcionan bebidas y confituras a los usuarios.

image001Mal estaríamos si olvidáramos la debida devoción a la figura del Apóstol, peor incluso si nos viésemos imposibilitados de distinguir entre un lugar de carácter patriótico y otro de fiesta; o no tuviéramos la fuerza para decirle a la Televisión Nacional que no puede situar sus equipos de transmisión sobre uno de nuestros más importantes monumentos. Alternativas siempre existen, y ¿cómo hablarles a los ciudadanos de respeto si desde las iniciativas estatales se vulnera lo dispuesto?

Según lo ideado por el plan Matanzas 325, el parque de La Libertad marcará el centro gubernamental de nuestra urbe, pero no puede esperarse a 2018 para resolver la alarmante situación. Las soluciones tienen que llegar pronto. Mucho dice de nosotros lo que hacemos o no en pos de aquellos pequeños espacios por donde comienza el amor a la Patria.