El sacerdocio que la Isla precisa

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A veces las frases, de tanto estrujarlas día a día, se van quedando descoloridas, un poco huecas. Pero también a veces, si una se detiene a repasarlas, les encuentra el sentido primigenio.

Así me pasa con una que he escuchado mucho en los últimos diez años, desde que decidí entregarme a una profesión tan noble como difícil: «El Periodismo es un sacerdocio».

Me la han dicho profesores, colegas; la he leído y yo misma la he repetido, consciente tal vez de su hondura espiritual, pero no siempre de todos los sacrificios que, como sentencia, anuncia.

Porque el periodista, si se toma en serio ese mandato social, deberá atravesar su propio vía crucis, signado por las inconformidades propias, no escasas hostilidades externas y, con el paso del tiempo, por la asunción de todo lo que la entrega profesional le resta al ámbito personal y al proyecto de familia.

Si de paso hablamos del contexto salarial, alguien ajeno a la dinámica del gremio podría esperar redacciones apagadas; pero lo otro intrigante del oficio es que atrapa y enamora, y se sigue por un «amor al arte», que nada tiene de ingenuo y sí mucho de conciencia y de esa fe en el mejoramiento humano que, por suerte, rocía el devenir cubano.

La prensa de la Isla, apellidada y enraizada como revolucionaria, ha tenido el alto honor de acompañar por casi seis décadas uno de los proyectos de país más originales del mundo.

Pero ese destino –si bien nos hace afortunados, nos ofrece misiones, y nos da la oportunidad de ejercer una militancia genuina desde la sagrada función de informar– también plantea el desafío enorme de perfeccionarnos siempre, sin caer en mediocridades estilísticas, en el saco de la farándula o del amarillismo ramplón.

Como los extremos son siempre malos, el formalismo, la grisura, la falta de diálogo con la realidad circundante, también pueden asesinar el sistema de medios cubanos y, quizá lo más peligroso, hacer tambalear nuestra credibilidad y, junto con ella –no quepa duda de esos vasos comunicantes– la de la Revolución.

Ya un maestro de periodistas, Julio García Luis (1942-2012) estudió el tema desde una inteligencia clara y un muy profundo conocimiento de la realidad de los medios cubanos, en lo que fue su tesis doctoral y es ya un texto clásico, Revolución, Socialismo, Periodismo. La prensa y los periodistas cubanos ante el siglo XXI.

Allí escribió: «… la verdad no admite ser administrada, manejada o acicalada; necesitamos la verdad, sea dulce o amarga. La verdad es el respeto al pueblo, a su conciencia, a su lealtad probada, a su capacidad para razonar. La verdad es siempre revolucionaria».

En esa misma cuerda de racionalidad enamorada, este Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba nos conmina, porque la verdad necesita de nosotros.

Y debemos rehuir el peligro de tomarlo solo como lema.

Salario, relación prensa-Partido, tecnología, reticencias de la fuente, atención a los jóvenes profesionales (entiéndase motivación)… han sido asuntos recurrentes en los congresos y de seguro estarán en este.

Sin embargo, el contexto del hoy cubano reclama mucho más de ese espacio que una catarsis descompresora, que un mero pase de revista o chequeo de tareas.

Quisiera que fuera una plaza para generar consensos entre los propios periodistas, y entre estos y la dirección del país; donde se establecieran puntos concretos para hacer que la Política de Comunicación recién aprobada tenga un cauce transformador.

Dignificación de las condiciones materiales de los medios y un salario y un sistema de evaluación que honren el esfuerzo de los profesionales del sector y estimulen la calidad y la entrega, por sobre las dañinas comodidades, son proyecciones en las que habrá que trabajar a pasos acelerados.

Mas sería pecar de ingenuos creer que solo con recursos resolveremos los problemas. Nuestras redacciones no pueden competir con las altas cifras que pagan los eufemísticamente llamados medios «alternativos» (privados), pero no debe permitirse que alguien se marche de ellas buscando sitio para la innovación formal y estilística, para la libertad creativa…en fin, la realización profesional.

Aunque el caballero Don dinero es poderoso, no ilumina, y ya habrá tiempo para que la historia juzgue a quienes se prestan a una guerra baja contra los medios oficiales en los que no se quedaron para ayudar a construir.

No obstante, seremos mejores plataformas para pensar e interpretar la contemporaneidad si a los puestos de dirección llega la o él periodista más preparado, atrevido, con ascendencia entre su colectivo. Si dentro de los medios desterramos la competencia fútil y premiamos el talento y el trabajo sobre las condiciones de «vacas sagradas» que convierten en intocables a unos por sobre otros.

Que quien dirija un medio se imponga de las facultades otorgadas y no le haga el juego a las instituciones que creen cerrar con un «no»  el abordaje de determinado asunto; que acortemos la brecha entre el discurso público de algunos periodistas y la eficacia de lo que realmente hacen; que no nos amparemos en justificaciones para no entregar un producto informativo, más que digno, estremecedor, son retos gremiales y de país.

Sobre todo ello debe primar la ética, porque qué sería de la prensa cubana sin su limpia tradición martiana.

Los medios han de ser ejemplo para el resto de la sociedad; capaces de defenderla, unirla, impulsarla; y pilares para que la cultura comunicacional se entronice y haga natural. La verdad nos precisa, así como Cuba.

 

Publicado originalmente en Granma

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Cuestión de opciones… y de contenido

Lo que debe preocuparnos no es a través de qué medio la gente se entretiene, sino bajo qué presupuestos…

No hay nada peor —quizá salvo la rutina— que no tener algo para hacer. De niña, las tardes de domingo me aplastaban y perseguía a mi mamá por toda la casa para quejarme: “Estoy aburrida”.

Ella, mujer entera y pragmática que en esos años no tenía tiempo ni para pintarse las uñas, me rebatía todas las veces: “No sea burra”. A mi madre le daba risa y yo me ponía brava.

Con los años fueron menos los momentos que me quedaron para aburrirme en buena ley, y cada rato de ocio lo repleté de libros, crucigramas y audiovisuales. A la televisión recurrí en mis madrugadas adolescentes, pero después, con la llegada paulatina del DVD y la computadora, empecé a escoger a qué producto dedicarle ese bien preciado que se llama tiempo libre.

Y ahora, cuando añoro un instante de solo esparcimiento, y ya no me aburro nunca, también —lo confieso— recurro a la opción de escoger qué miro, cuándo y por qué tiempo. Si me gana el sueño, basta pulsar el “stop” para seguir mañana.

La televisión se ha vuelto incompatible con mi forma de vida, porque precisamente una de sus limitaciones radica en precisar del pacto con el televidente: que él acepte sus propuestas y esté libre en el momento que las transmitan.

Aunque cada vez les pasa lo mismo a más personas, otras muchas deciden crear sus propias fórmulas de consumo porque la parrilla de la televisión nacional no cubre sus expectativas. Claro que no hablo de los que piensan que los reality shows donde “la gente se hala los pelos” son lo mejor del mundo y debiéramos adoptarlos, sino de un sector mayoritario, con altos niveles de instrucción para distinguir buenos guiones y actuaciones convincentes.

La realidad moderna es dura y está matizada de situaciones estresantes que, querámoslo o no, nos afectan. Por eso el público le solicita a la TV nacional un equilibrio más exacto entre entretenimiento y educación, como afirmaron varios de los usuarios en el foro de Cubahora: Internet vs. Televisión ¿Cambian las prioridades de los cubanos?

Muchos esperan poder “desconectar” ante el televisor después de un día de trabajo, y para ello no piden banalidad, sino una programación variada y dinámica, donde los productos no repitan formatos y fórmulas gastadas ni acudan a lenguajes encartonados. Porque la TV es aún la principal opción recreativa en buena parte de los hogares cubanos, y no es Internet quien le hace la competencia, sino los productos del llamado “paquete” que transitan entre memorias flash y permiten a los consumidores de audiovisuales, como ya se dijo, elegir su programación y su horario.

La conectividad en Cuba, aún insuficiente, determina que los usos que se le den en el país a Internet no se concentren en la visualización y descarga de videos, sino en la comunicación y la búsqueda de información.

No obstante, transcurrir por ese mundo paralelo, donde se establecen interacciones nuevas y consumos libres, es cada vez más una opción recreativa, en buena medida para los jóvenes, si bien no se puede ser absolutos en el aspecto generacional.

Esas alternatividad e interactividad son tal vez las determinantes de que en la encuesta también realizada recientemente por Cubahora sobre las iniciativas de recreación preferidas por los cubanos, navegar por Internet superase con amplitud a ver televisión.

Entonces, como se dijo en el foro, no es cuestión de competencia, sino de opciones. Lo que debe preocuparnos no es a través de qué medio la gente se entretiene, sino bajo qué presupuestos.

Poner a disposición del público productos bien facturados y enriquecedores es el primer paso. Por eso se discute tanto sobre la calidad de la televisión cubana, y se insiste también en que el proceso de informatización no es solo cuestión de tecnología, sino, y sobre todo, de los contenidos que ella transmita.

Un segundo aspecto se relaciona con incentivar un consumo activo —a sea del noticiero estelar o de las redes sociales— para estimular ciudadanos pensantes y buenos seres humanos, y ahí concurren la familia, la escuela, los medios de comunicación, los críticos…

Donde haya pensamiento y buenos valores, por muy ligero que sea el producto resultante, un espectador consciente sabrá encontrar riqueza y provecho para otras facetas de su vida; porque cómo nos entretenemos también nos define.

No se puede botar el sofá, basta con colocarlo en el lugar justo y no cometer el pecado imperdonable de aburrirse.

(Publicado originalmente en Cubahora)

La riqueza que limpia el alma

En la medida que cada cual haga bien su parte del deber la obra común se hará más sólida…

Lo conocí un mediodía silencioso de pueblo. Yo andaba cazando historias en Los Arabos, un municipio matancero allá en lo último de la frontera con Villa Clara y no por casualidad me lo tropecé.

Mucha gente sugirió con entusiasmo que lo entrevistara. Era un guardaparques, y me picó la curiosidad que fuese tan célebre y querido. Fui a “acosarlo”, libreta, grabadora y bolígrafo en mano; y aunque titubeó un poco ante mi insistencia reporteril, pronto se desató a hablar.

Argelio Mario Casanova Cardoso me contó, en un banco de su parque, de una existencia de trabajo, tempranamente iniciada a los ocho años; de lo bueno que era para los estudios de niño, cuando su padre no lo dejó pasar del sexto grado; y de lo difícil que le fue estudiar de grande, cuando en el trabajo le instaban pero ya la cabeza, muy vieja, no le alcanzaba para esas cosas.

Y me habló con emoción de su cooperativa, donde se ganó un carro, y de cómo la jubilación no estaba hecha para alguien que llevaba 78 años siendo útil. “En la casa me sentía como perro con bicho”.

Por eso se buscó aquel trabajito, incluso en contra de la familia que le decía que no había necesidad; pero Casanova no solo lo asumió para entretenerse, sino que se convirtió en un guardaparque modelo, de los que no toleran malas hierbas ni papeles fuera del cesto, y mucho menos gente desalmada.

Y esa dedicación de hacer bien su trabajo en un parque modesto lo había convertido en un tipo diferente de famoso; no es que su nombre fuese coreado ni que cada visitante se tomara una foto con él, sino que se le miraba con respeto y si de ejemplo se hablaba era ineludible citarlo.

Me gustó aquella entrevista con un hombre sencillo y aunque nunca tuve la oportunidad de reencontrármelo y preguntarle si le había parecido bien lo que escribí sobre él en el periódico, me gusta pensar que sí, que se sonrió ante mi intento por estamparlo en letras; y me satisface más saber que no hizo falta la llegada de ninguna periodista poniendo luces sobre su esfuerzo para que la gente lo quisiera.

A Argelio lo recordé mientras leía los comentarios del foro de Cubahora ¿Cómo participas en la creación de riquezas para nuestro pueblo? Porque, creo, al final la mayor parte de los usuarios entendió que no se hablaba de la riqueza que nos arropa por fuera y nos desnuda por dentro, sino de la que se alza desde los pequeños concursos individuales y limpia el alma, porque pone en todas las bocas pan y en todas las cabezas almohada.

Un proyecto diferente de país, como el cubano, no puede fundar su prosperidad futura sobre las ambiciones personales, que se vuelven egoístas cuando solo se concentran en las ganancias que se puedan obtener con una actitud o acción; y mientras más se gane, mejor; a cualquier costo, porque la vida “está difícil”.

No se trata de negar que hay que comer, calzarse, refugiarse bajo techo, comprarles juguetes a los niños, vacacionar en un lugar agradable… sino de abrazar una filosofía distinta en un mundo cada vez más parcelado y caníbal: pensar que un trabajo no es solo, aunque incuestionablemente lo sea, una vía para sustentar las necesidades materiales, sino un espacio para, desde el enaltecimiento espiritual propio, contribuir a un país mejor, más eficiente y agradable para sus ciudadanos.

Argelio, con sus siete décadas bien vividas, creaba riquezas  —¿quién puede dudarlo?— para su gente. En la medida que cada cual haga bien su parte del deber la obra común se hará más sólida.

El socialismo, a fin de cuentas, se trata de amor. De entender que no estamos solos en una competencia a muerte por sobrevivir, sino que en millones de encadenamientos de buenos trabajos está la solución para una mejor Isla.

Pero, claro está, esa conciencia no sale de la nada. Se funda sobre la historia, sobre los valores, sobre las vanguardias y la participación activa. Por eso, los foristas hablaron de crear riquezas trabajando en equipo, evaluando la información, escuchando a los demás; y también exigiendo calidad, el uso de los recursos para lo que han sido destinados, y eliminando barreras subjetivas.

No solo hay que capacitar a los trabajadores y estimular una cultura del ahorro y del sentido de pertenencia, sino también lograr que los tributos actúen como una forma justa de redistribuir la riqueza.

¿No serán esos mismos que viven sin trabajar, acumulando dinero por caminos torcidos y sin haber dado nada de sí, los que le rompen los bancos del parque a Argelio y patean los cestos de basura? Solo desde el sacrificio propio se puede venerar y entender el ajeno.

Eliminar los desequilibrios que han permitido crecer a los “nuevos ricos” es prioridad del Partido y el Estado cubanos. En lo honesto y legal siguen estando los fundamentos de la nación, aunque algún trasnochado no quiera entenderlo.

¿Cómo participar en la creación de riquezas? Siendo buenos podría ser una primera respuesta.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Después del título ¿qué?

Si bien las autoridades del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social consideran que el servicio social no está en crisis, mientras haya un solo joven decepcionado el asunto merece meditarse…

Ella tiene 27 años y él, 29. Son una pareja de profesionales universitarios cubanos, y cuando se conocieron en su ciudad natal, ambos recién habían cumplido el servicio social, pero con experiencias diametralmente opuestas.

La muchacha obtuvo una ubicación laboral acorde con su perfil y, no obstante algunos desacuerdos con los protocolos de trabajo de su nuevo centro, allí no solo pudo expresar sus insatisfacciones, sino que además encauzó todo su conocimiento y energías creativas en función del proyecto laboral. Como resultado, tres años después de su graduación sentía el crecimiento de sus habilidades y estaba segura de no haber equivocado el camino.

Para él fue distinto. Todo el ímpetu que traía de la universidad menguó ante un entorno caracterizado por la rutina y las exigencias sin fundamento. Entre elaborar el preplan de trabajo, luego el plan ajustado a las indicaciones del nivel central, y, por último, el informe del cumplimiento del plan, se le iba el mes sin hacer algo útil.

Nadie sabía allí de qué les podría servir alguien de su profesión, y si se atrevía a dar sus puntos de vista era calificado de problemático. En resumidas cuentas, terminó los dos años estipulados y se fue a hacer otra cosa de su vida. Ese tiempo, dice, está entre los más amargos de su juventud “porque podría haber hecho cosas y no me dejaron”.

Dos historias reales, dos caras de una moneda que ilustran el fenómeno del servicio social en Cuba, un país donde en el año 2016, según datos de la Onei, se graduaron de nivel superior 23 971 personas.

Cada día, a los medios de comunicación del país llegan cartas, correos electrónicos y llamadas exponiendo preocupaciones, dudas o quejas respecto a este período, cuyo cumplimiento es vital para las instituciones del Estado. En Cubahora también aparecieron numerosas interrogantes. Y, si bien las autoridades del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social consideran que no está en crisis, mientras haya un solo joven decepcionado, el asunto merece meditarse.

No en vano, el presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, ha insistido en varios escenarios en el trabajo con los jóvenes desde el espacio laboral, que pasa por escucharlos más y motivarlos.

Expresiones como “no te creas que aquí te vas a comer el mundo” y “una cosa es la universidad y otra la concreta” no solo desestimulan al recién graduado, sino que privan a la entidad de asumir el caudal científico más actualizado.

Cuando se demande a un profesional, corresponde al organismo saber qué puede aportar este desde su perfil y, sea cual sea la realidad material a que deba enfrentarse, hacerlo sentir útil.

El tutor, pieza clave en el proceso de adiestramiento, no está solo para firmar una evaluación cual despojo burocrático, sino también para ofrecer los secretos que solo la práctica devela, e, incluso, para entusiasmar.

Qué bueno fuera para las instituciones si, una vez culminado el servicio social, el joven quisiera quedarse y seguir creciendo profesionalmente por y para ese primer centro de trabajo que, está demostrado, resulta vital para el futuro. Buena parte opta por permanecer, y a los jefes toca pensar por qué un joven no quiso culminar allí esa etapa o se fue no bien culminó el tiempo estipulado.

LA LEY BAJO EL BRAZO

La poca cultura jurídica que nos golpea como sociedad también incide en este campo. Desconocimiento del empleador y del empleado de lo que está legislado sobre el servicio social ampara arbitrariedades de ambas partes.

Según la Ley No. 116, Código de Trabajo, el servicio social consiste en el cumplimiento del deber de los graduados de cursos diurnos, que alcanzan los conocimientos en el nivel superior y técnico-profesional de la educación, de ponerlos en función de la sociedad de conformidad con la planificación y prioridades del desarrollo económico y social.

En el documento se establece que durante la prestación del servicio social los graduados tienen los deberes y derechos que conciernen a su condición de trabajadores, y no pueden ser declarados disponibles.

En el caso de los graduados de la enseñanza técnico-profesional, cumplen el servicio social los que, en correspondencia con la demanda de fuerza de trabajo calificada que requiere el desarrollo económico y social, son asignados a una entidad en el momento de su graduación.

Esta etapa tiene una duración de tres años y se combina con el servicio militar activo, de modo que la suma de ambos complete los tres años; y se cumple en el lugar y la labor en la entidad a que se destine el graduado.

En caso de incumplimiento injustificado, se solicita la inhabilitación del ejercicio profesional; los términos y condiciones para ese proceso, así como para revertirlo, se encuentran en el reglamento del citado código.

Muchos ignoran, asimismo, que cuando resulta necesario el traslado de un graduado se somete a la aprobación de las autoridades que lo asignaron, a partir de la conformidad de ambos órganos; por lo que es totalmente posible el traslado si existe el consenso.

La Ley 116 es clara cuando dice que la ubicación del graduado debe corresponderse con las necesidades de la producción y los servicios y con los estudios cursados. No obstante, cuando resulta imprescindible, pueden ubicarse en cargos distintos a los de su especialidad, aunque no se correspondan con los específicos de su profesión.

El graduado inconforme al considerar que la ubicación no se corresponde con sus estudios puede, dentro del término de diez días hábiles siguientes a la notificación, presentar su inconformidad, alegando sus razones ante el jefe de la entidad. Si la respuesta es negativa tiene el derecho, en igual término, de acudir como última instancia ante el jefe inmediato superior de la entidad, que tiene 30 días para resolver lo que proceda.

De igual forma, se cumple el servicio social una sola vez, con independencia de número de carreras u otro tipo de estudios que se concluya.

Tener un puesto de trabajo garantizado cuando se sale de las aulas es un beneficio que no puede desdeñarse. Que cada cual cumpla sus deberes y haga valer sus derechos será siempre premisa para que el servicio social cumpla su garantía. Cuba no puede prescindir de ninguna inteligencia, y mucho menos de las que ha formado.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Ese respeto que nos define

Si se ignoran los valores históricos, patrióticos y culturales de un monumento, este no moverá fibra alguna, y se le podrá considerar como un elemento inanimado más…

Parque de La Libertad, Matanzas
Parque de La Libertad, Matanzas

La tarde languidece, pero la noche demorará en llegar. El sopor saca a los vecinos en busca de aire fresco. El parque, justo en el medio del centro histórico, los acoge.

Otros salen del trabajo a esa hora y también optan por demorar un poco la llegada a casa para disfrutar del espacio colectivo.

Personas que leen, que comen maní, que conversan, que meditan… y muchos niños, derrochando toda la energía acumulada durante una jornada de escuela o actividades en el hogar.

Así sucede a lo largo y ancho de Cuba y la escena sería siempre idílica si no fuera porque lo que hemos convenido en llamar indisciplina social –y no es más que aguda carencia de civilidad–enseña su oreja peluda en esos lugares hechos para el encuentro y, casi todas las veces, también para la veneración patria.

Por eso a tanta persona le duele, más allá de la aglomeración provocada por los puntos wifi o las bocinas portátiles con música nefasta, el irrespeto hacia nuestros monumentos.

No hace falta buscar mucho para constatarlo. Basta un breve recorrido para ver a los pequeños encaramados sobre las bases de los conjuntos escultóricos, simplemente jugando, y a los padres muy relajados en un banco cercano, pendientes solo de que su criatura no se haga daño.

También encontrará adultos sentados en algún pedestal, mientras googlean  sobre  “lo último”, y advertirá paquetes vacíos de pellys y latas de cerveza a los pies de algún héroe o heroína inmortalizado en mármol o bronce.

Pero no solo las estatuas y conjuntos escultóricos de los parques se ven amenazados; las tarjas, edificios, plazas… son además susceptibles de ser vulneradas. “Mamuchi, te amo”, “Yosva, la rata”, son carteles que, en letras deformes y con pintura de spray (muy difícil de eliminar), alguna vez leí en paredes de edificios con inestimable valor patrimonial.

Pero quienes así actúan no resultan monstruos ni criminales de alta peligrosidad, es gente que anda entre nosotros; entonces, ¿por qué  les parece intrascendente cuidar “todo centro histórico urbano  y  toda construcción, sitio u objeto que, por  su carácter excepcional, merezca ser conservado por su significación cultural, histórica o social para el país” (tal y como lo define la Ley No. 2, De los monumentos nacionales y locales)

La respuesta tiene dos aristas fundamentales, que muy bien referenciaron los lectores de Cubahora en su foro “¿Cuidamos nuestros monumentos? ¿Qué valor tienen para nosotros?”

El primer elemento tiene que ver con la educación; como escribió la lectora Loida: « el que no conoce, no lo siente parte suya y no lo cuida».

Si se ignoran los valores históricos, patrióticos y culturales de un monumento, este no moverá fibra alguna, y se le podrá considerar como un elemento inanimado más.

A la escuela y la familia, donde todo empieza, debemos volver la mirada.  La enseñanza de la historia local no puede concebirse como algo menor, a través de ella se forman ciudadanos activos de la comunidad.

Pero todo no es cuestión de conocimiento, porque no saber qué hizo un héroe o qué hecho relevante ocurrió en un edificio no justifica su maltrato y mucho menos el robo de alguna de sus partes.

La cultura posee componentes cívicos y éticos vitales. A los monumentos se les venera, debe ser la sentencia inviolable que nos conduzca, de conjunto con su significado, al respeto y la protección.

En el inciso h del Artículo 39 de la Constitución de la República de Cuba se establece que “el Estado defiende la identidad de la cultura cubana y vela por la conservación del patrimonio cultural y la riqueza artística e histórica de la nación. Protege los monumentos nacionales y los lugares notables por su belleza natural o por su reconocido valor artístico o histórico”.

Por eso el Gobierno cubano no puede tolerar la impunidad; que constituye, en mi opinión, el otro aspecto que ofrece caldo de cultivo a este fenómeno. “Hace falta educar pero con rectitud, no se puede dejar todo a la conciencia, a la conciencia hay que ayudarla con el respeto, con integridad y con leyes”, dijo en el foro el usuario José Eduardo.

Las instancias de Patrimonio muchas veces se ven con las manos atadas ante las violaciones que detectan, porque constituyen órganos de asesoramiento y consulta, pero no punitivos. De ahí que el enfrentamiento a tales conductas deba ser integrador y multidisciplinario.

Garantizar el orden público pasa también por multar severamente al que dañe e irrespete un monumento. El ciudadano inconsciente que vea su bolsillo menguado, seguro se lo pensará dos veces antes de repetir actos lesivos al Patrimonio; y el resto también.

Vale la pena anotar que si desde la institucionalidad se descuidan estos sitios sagrados, por abandono, se abre una puerta más para el vandalismo y la falta de identificación. No hay por qué pensar siempre en las grandes sumas de dinero que supone una restauración,  a veces un cuidado sistemático evita llegar a ese punto

El tema no es menor. La forma en que tratamos nuestros monumentos nos define como país.

(Publicado originalmente en Cubahora)

 

Réquiem por nuestro parque

Centro Coral: El viacrucis de una casa

Museo Memorial El Morrillo: Cerrar sería absurdo

Desdichas de una biblioteca (Parte II y final)

Desdichas de una biblioteca (Parte I)

 

No ha habido cisma, sino respaldo

Cuba el #1Mayo. Foto Irene Pérez Cubadebate.
Cuba el #1Mayo. Foto Irene Pérez / Cubadebate.

Es difícil conducir un camino de bien para las mujeres y los hombres. El acto de dirigir, asumido desde la consecuencia, tiene mucho de darse y de renuncias personales. Así es tanto en los escenarios pequeños, casi anónimos, como desde las grandes proyecciones.

¡Cuánto peso entonces en los hombros, cuando se asume la responsabilidad de velar por los cauces de una nación, por sus sueños!

La Revolución Cubana se asienta sobre los sólidos pilotes de la épica. Primero Fidel, luego Raúl, poseían para su gestión gubernamental el ancla de sacrificios miles, de heroicidades ciertas; y pocos pensamos en lo que vendría luego, en el curso natural del tiempo.

Cuando este 19 de abril, Miguel Díaz-Canel Bermúdez asumió como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, no fue una transición formal; la carga de simbolismo estuvo en el hecho de que el poder otorgado por el pueblo pasaba de un hacedor de la lucha guerrillera a un hombre formado por la obra de esa gesta; que estudió en sus escuelas, que se formó en su concepción de la educación universitaria, que fue internacionalista, que dirigió desde su Partido…

El cisma esperado por ciertas almas torcidas no se ha producido porque la gente ve en su nuevo mandatario cualidades como: la honradez, la inteligencia, su experiencia como dirigente provincial, su simpatía, su compromiso con la historia… y la sabiduría colectiva sabe que no se trata de pedirles a este y a los sucesivos presidentes el aval de la Sierra, sino la honra de lo que se ha conquistado hasta hoy, y la voluntad de seguir conquistando.

Pero también sabemos los cubanos que nuestros destinos no pueden sostenerse con la apatía tan común en este siglo, ni con la verticalidad de la gestión gubernamental; por eso una palabra se repitió distintivamente en el foro, mediante el cual Cubahora invitó a los lectores a dejar sus mensajes para el nuevo Consejo de Estado, y fue: respaldo.

Muchos usuarios ratificaron que darían, desde sus múltiples espacios, acompañamiento y apoyo al Gobierno. Y desde esa identificación, le sugirieron  trabajar duro, con «el oído pegado a la tierra», porque –afirmaron– no puede existir una conducción de los procesos genuina sin apego al sentir popular.

Asimismo, varios lectores hablaron de la confianza en que el rumbo de la Cuba futura se apegará al legado, a la soberanía, los principios, y a aspectos como la comunicación, la responsabilidad, la convicción de que «todo ciudadano es relevante», para enfrentar el reto económico y asegurar mayor calidad de vida.

También se expresó que deben eliminarse las insuficiencias nuestras para avanzar en el proyecto de país, calificado como una «hermosa obra».

Desde el foro, otros prefirieron reseñar momentos de la constitución de la IX Legislatura de la Asamblea Nacional, que ya son históricos, como el abrazo entre Raúl y Díaz-Canel; la presencia de Fidel en el tejido espiritual de los revolucionarios cubanos; el llamado del General de Ejército a no aceptar retrocesos ni falsas inclusiones en la eliminación de toda conducta discriminatoria hacia la mujer y las personas negras.

«Yo me muero como viví», citó un usuario al trovador,  y valdría responderle desde el mismo amor poético: «nadie se va a morir, menos ahora…», porque la Isla navega, y es su gente quien la impulsa.

 

(Publicado originalmente en Cubahora)

 

Las libras exactas para el consumidor

Instrumentos legales, como el Código Penal, sancionan las conductas que atentan contra el normal desenvolvimiento de los servicios públicos…

Me cuenta que casi se queda callado, que le faltaba apenas un metro para franquear la puerta del mercado, cuando se arrepintió. “No, no podía ser que me fuera con la duda, y me quedara todo el día con esa sensación de impotencia”, dice.

Unos minutos antes había comprado arroz en uno de los mostradores del establecimiento. El vendedor era del tipo confianzudo, de los que te dicen: “Mi socio, echa pa’ca la jaba”, y ponen cara de buenazos.  Como quien tiene una maestría en calcular cantidades a “ojo de buen cubero” despachó el cereal casi sin mirar la pesa y extendió la compra.

“Me pareció muy poco, y le pregunté si estaba seguro de las libras. ‘Claro que sí’, me contestó sin dudarlo. Por poco me voy con el bichito de la incertidumbre”, relata.

En ese momento, recordó que en una esquina, casi escondida entre cajas vacías y montacargas, estaba la pesa de comprobación, y para allá fue. “Primero no había nadie que la utilizara, después llamaron al administrador, que confirmó mi sospecha: faltaba al menos media libra.

“Lo más triste del caso  es que el dependiente me estuvo vigilando desde su puesto durante todo ese tiempo, y antes de que retirara mi jabita de la pesa, ya venía con el arroz faltante en una paleta.  ‘Mira, socio, aquí tienes’.

“Y me fui a casa, con cierta sensación de victoria, pero con la incógnita de qué habría pasado luego entre él y el administrador, ¿un regaño, una medida, nada?”.

La anécdota de mi amigo, sucedida hace unas pocas tardes en un céntrico mercado de la capital cubana, me vino a la mente mientras leía los comentarios del foro “Protección al consumidor: ¿Qué hacemos?”, convocado por Cubahora.

Encontré los puntos de contacto en dos líneas de opinión:  los mayores aliados de los servidores públicos que incumplen con su deber son los ciudadanos que no se quejan; y no basta solo con la denuncia, deben existir jefes lo suficientemente conscientes de su responsabilidad como para hacer cumplir al pie de la letra lo establecido.

La protección al consumidor no es un eslogan ni un invento cubano. Internacionalmente se conceptualiza como el conjunto de normas emanadas de los poderes públicos, destinadas a la protección del consumidor o usuario en el mercado de bienes y servicios, y que le otorga y regula ciertos derechos y obligaciones.

Ha sido ampliamente estudiada y en Cuba varias investigaciones  la han contextualizado atendiendo al carácter socialista  de la nación, el predominio mayoritario de un tipo de propiedad, los efectos del Periodo Especial, la canasta básica…

El tema se mantiene en los primeros puestos de la agenda pública y se relaciona con tópicos sociales diversos que los foristas mencionaron: las fallas humanas, el respeto, la corrupción, la responsabilidad, los valores, la impunidad y la apatía, la calidad de los servicios, la educación formal, la gestión de venta, la reventa…

Un usuario que se identificó como “coco”, afirmó que la protección al consumidor supone un deber y también un derecho, y reflexionó sobre el carácter cíclico del maltrato: “La persona que brinda un servicio para que otro consuma o se sirva de él, también en algún momento lo recibe y se convierte en consumidor”

Otro lector, Guadarramas, enrumbó sus opiniones sobre  el compromiso civil  ante lo mal hecho, porque no puede ser que, como expresaron otros usuarios, no se reclame por temor a caer mal:

“El problema debe ser de todos los ciudadanos, llamarnos a conciencia cada uno, ser un inspector más, exigir más, regatear por los precios; exigir por que se me dé el peso exacto …no es ser miserable, como en ocasiones  expresan algunos… Es una polémica dura, fuerte, pero tenemos que llevarla a cabo todos. La miseria humana comienza cuando uno deja de exigirle al timador el respeto por sus derechos”.

Si en algo coincidieron buena parte de quienes opinaron fue en la necesidad de cumplir lo legislado. La existencia de una Ley de Protección al Consumidor pudiese ser determinante, pero ya hay instrumentos legales, como el Código Penal, que sancionan las conductas que atentan contra el normal desenvolvimiento de los servicios públicos.

Asimismo, la Constitución de la República de Cuba es explícita en su Artículo 63, cuando dicta que “Todo ciudadano tiene derecho a dirigir quejas y peticiones a las autoridades y a recibir la atención o respuestas pertinentes y en plazo adecuado, conforme a la ley”.

En este, como en otros muchos temas de la vida nacional, son determinantes el control y la organización del emisor, por un lado, y la actitud proactiva del receptor, por el otro.

Desterrar el paternalismo;  no aplicar la bondad meliflua en la dirección, sino la justeza, que es mucho más difícil; ser intransigentes ante las vulnerabilidades que menoscaban nuestros derechos constituyen buenos primeros pasos.

(Publicado originalmente en Cubahora)

El año definitivo: De la salina, «Puerto Malanga» y el M-26

En 1958, la guerrilla cubana demostró que no creía en imposibles

Fidel Castro en Radio Rebelde, junto a la puerta de la emisora en la Comandancia de La Plata, en la Sierra Maestra. Foto: Oficina de Asuntos Históricos
Fidel Castro en Radio Rebelde, junto a la puerta de la emisora en la Comandancia de La Plata, en la Sierra Maestra. Foto: Oficina de Asuntos Históricos

Siempre parecerá poco cuanto se diga de los hombres y mujeres que protagonizaron la última etapa de la lucha insurreccional en Cuba, de sus historias de heroísmo limpio, del arrojo, la acción…

Pero aquel impulso no hubiera triunfado sin la labor callada de quienes aseguraron una infraestructura de retaguardia en las lomas de la Sierra Maestra, casi increíble a la luz de hoy.

¿Cómo una guerrilla –sujeta a la movilidad como forma de sobreviviencia– superó la ofensiva que en 1958 desató sobre ella una dictadura sólidamente apertrechada y con más de 10 000 hombres en el terreno?

La estrategia no era nueva y Fidel la rescató de la tradición de lucha mambisa: así como el ejército debía ser el pueblo, y las armas arrebatadas al enemigo, había que usar la inventiva en cada palmo de suelo libre para cubrir las necesidades de la tropa.

Ante la amenaza que se cernía, la primera decisión fue poner a salvo las instalaciones creadas y edificar otras nuevas. De esa manera, se trasladó Radio Rebelde desde La Mesa hacia La Plata. En menos de diez días, fueron desmontados los equipos, trasladados en un mulo y se les volvió a emplazar.

La emisora, instrumento genuino de comunicación con el pueblo, resultó vital, además, para sostener contactos con el extranjero, y el II y III Frentes.

Otra de las determinaciones consistió en establecer una escuela de reclutas, misión dada al Che y que tenía como antecedente un centro de instrucción de combatientes de nuevo ingreso, al frente de cual había estado Evelio Laferté, teniente del Ejército enemigo incorporado a las filas rebeldes.

En ese entramado, se encontraba la armería, un taller rústico donde se reparaban los defectos de las armas y fabricaban granadas, bombas de mano y los proyectiles caseros M-26, junto a los dispositivos para lanzarlos, y que –según el Comandante en Jefe– hacían más ruido que otra cosa. La propia Celia dijo: «Cuando la historia se escriba, esta parte no la creerán. Nos hemos defendido con el M-26».

Allí se hacían minas, con las cargas de las bombas de la aviación enemiga que no explotaban, anillas de cintas de ametralladoras y casquillos de balas.

En la zona de La Plata surgió también un grupo de mujeres que confeccionaban uniformes, un taller de curtido de pieles para hacer botas y zapatos; escuelas y hospitales como los de Camaroncito y Pozo Azul.

Y hasta una cárcel rebelde, «a la que alguien jocosamente dio el nombre de Puerto Malanga, por aquello de que si la tiranía tenía una cárcel en Puerto Boniato, la nuestra debía llamarse como la vianda salvadora de los rebeldes», contó Fidel en el volumen La victoria estratégica.

En ese enclave no solo se mantenía prisioneros a los guardias enemigos que por alguna razón se había decidido no liberar, sino también a los propios miembros de las tropas condenados por indisciplinas o hechos delictivos.

La pista aérea de Manacas; la construcción de trincheras, refugios y túneles; y la hazaña de establecer una red telefónica en plena Sierra (para lo cual, escribió Fidel, se dio la orden de recoger «cuanto aparato y metro de cable telefónico pudieran localizar en los bateyes, chuchos, colonias y poblados de la premontaña y la costa del golfo de Guacanayabo») hablan de gente que no creía en frenos.

Para lograr la autosuficiencia alimentaria surgió, además, una salina que empleó el método tradicional de secado al sol del agua de mar en las playas de los alrededores de Ocujal, y que tributó a la tasajera de Jiménez (pequeña instalación para la elaboración de carne salada, en la casa de Radamés Charruf, vecino del barrio de Jiménez).

El corazón de ese trabajo lo constituyó una mujer toda fuerza, ejemplo cabal de la responsabilidad comprometida: Celia. De esa forma lo aseguró Fidel: «Fue ella quien coordinó e impulsó… Gracias, en gran medida, a sus esfuerzos, nuestros abastecimientos continuaron fluyendo y logramos crear reservas mínimas que resultaron decisivas en los momentos cruciales de la ofensiva».

(Publicado originalmente en Granma)

Después de tomarse el chocolate…

Quien deja de pagar lo que debe no está timando al Estado como ente abstracto, sino a todos y cada uno de sus conciudadanos…

Después de tomarse el chocolate…
La relación entre la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT) y los contribuyentes debe ser de abierta comunicación y asesoramiento. (José Raúl Concepción / Cubadebate)

Corro el riesgo de no ser original con el título de este comentario. Desde que el tema del pago de los impuestos tomó fuerza en el ámbito nacional, aquello de “toma chocolate, paga lo que debes” ha sido más que ampliamente parafraseado.

Y quizá sea porque el núcleo duro del asunto se resume ahí: después de obtener ganancias dentro del marco de una sociedad hay que erogar una parte al Estado y ese dinero debe revertirse en el bien de todos.

No solo parece lógico, lo es. La riqueza debe regularse en función de una sociedad más equitativa, máxime si se habla de un sistema socialista, donde sectores imprescindibles como salud y educación son presupuestados.

Pero no siempre se ven igual los asuntos desde la perspectiva macro que desde el pequeño universo individual; porque, en primer lugar, la conciencia tributaria forma parte de un entramado cultural que no se crea de un día para otro; y que debe tener un fuerte sostén en dos pilares: la familia y la escuela.

El sistema tributario cubano —ya he visto algunas libretas escolares que hacen referencia al tema en sus carátulas— debe estudiarse en las escuelas, como parte constitutiva de la formación cívica.

Y mientras más se hable del tema en casa y se sepa que existe la Ley 113, y se conozca sobre declaraciones juradas, en mejores condiciones estarán los ciudadanos del futuro para cumplir con ese deber.

Sin embargo, el país no puede esperar a que los niños de hoy crezcan para hacer honrar sus impuestos; por eso son tan importantes los medios de comunicación, que deben rehuir el tono machacón o demonizador de las nuevas formas de gestión no estatal, para asumir un enfoque problematizador del asunto, contribuir al conocimiento de la población y recordar que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento.

Me atrevería a afirmar que todos los cubanos adultos hemos visto alguna vez un filme norteamericano donde el fisco de ese país arremete contra un tramposo, y sabemos que en cualquier lugar del mundo pretender pasarle gato por liebre al Estado es un crimen muy grave.

No obstante, si bien aspiro a un cumplimiento cabal de lo legislado, creo que la relación entre la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT) y los contribuyentes debe ser de abierta comunicación y asesoramiento. Los especialistas no deben cansarse de explicar, de acudir a los medios… y tampoco pueden dejarse engañar con declaraciones falsas.

Quien deja de pagar lo que debe no está timando al Estado como ente abstracto, sino a todos y cada uno de sus conciudadanos. Como bien dijeron los lectores de Cubahora en un reciente foro sobre el asunto, la ausencia de un mercado mayorista donde adquirir insumos dispara las inversiones en las iniciativas privadas, pero tampoco seamos ingenuos: lápiz o calculadora en mano cualquiera que haya comido en una cafetería, paladar o se haya montado en un sacrosanto almendrón sabe que las ganancias pueden ser exorbitantes.

Con eso no justifico la falta de bienes o servicios más allá de lo minorista —que bastante favorece el acaparamiento y la especulación— mas, recordemos todos que un trabajador privado en Cuba debe aspirar a vivir con dignidad de lo que gane, no a hacerse rico a costa del pueblo humilde y trabajador.

En el otro extremo de la cadena, los representantes del Estado y del Gobierno, como servidores públicos que son, deben rendir cuentas al pueblo con más frecuencia y claridad (otro reclamo de los foristas), porque así se refuerza la confianza en la gestión gubernamental y todo contribuyente entiende mejor en qué está aportando al desarrollo del país o de su localidad.

Ni posiciones autoritarias ni mano tibia, mucho de inteligencia, debate popular y sostenido cumplimiento de la ley. A nadie se le ocurre dejar de pagar después de tomarse un batido de chocolate, igual de impensable debe ser para los cubanos no cumplir con sus obligaciones tributarias.

 

 

Ley 113 del Sistema Tributario: Ley que regula los tributos, principios, normas y procedimientos generales sobre los cuales se sustenta el Sistema Tributario de la República de Cuba. Cuenta con 25 tributos, de ellos 19 impuestos, tres contribuciones e igual número de tasas, esta legislación amplía y moderniza el instrumento anterior, que databa de 1994.

 

(Publicado originalmente en Cubahora)

http://www.cubahora.cu/economia/pagar-lo-que-se-debe

http://www.cubahora.cu/sociedad/sobre-impuestos-y-tributos-en-el-sector-estatal-cubano

http://www.cubahora.cu/economia/adonde-van-los-impuestos

La culpa no la tiene el celular

 Mientras leía los comentarios del foro “Móviles para adolescentes ¿Necesidad o Adicción?”,  abierto hace unos días por Cubahora, me puse a sacar cuentas.

Tuve mi primer teléfono celular a los 22 años, es decir, hace cinco.  Antes de eso no puedo decir que jamás hubiese deseado uno, pero tampoco me obsesionaba.

El primer móvil había llegado a mi entorno estudiantil en la época del preuniversitario. Eran contadas las compañeras y compañeros de grupo que los utilizaban. Se consideraban un lujo, porque muy pocos padres podían pagar algo así.

Wifi

Ya en la universidad la historia fue otra. Se multiplicaban cada vez más y solo los menos estábamos «incomunicados».

Sin nunca haberlo pedido, cuando me gradué de la licenciatura mis padres me regalaron un celular. Era un Alcatel pequeñito, y a mí me encantaba: podía, además de hablar y textear, escuchar radio y música.

Creo que puedo considerarme afortunada, el consumismo no tiene en mí una víctima propicia. Nunca pensé cambiar mi «Tamagotchi» por alguna de aquellos aparatos grandotes y brillantes que me circundaban.

De hecho, cuando me regalaron un teléfono más moderno, con sistema operativo Android, dejar al anterior fue una agonía y me parecía casi una traición; le tenía cariño.

En mi móvil actual leo, también lo uso para compartir archivos o aplicaciones a través de Zapya o Xender; funciona como reloj despertador, me recuerda los cumpleaños de mis seres queridos…Y no soy su esclava, es una herramienta que, como todas a lo largo de la historia de la humanidad, solo contribuye a hacerme la vida mejor.

Si he contado esta experiencia personal es para sentar una postura: así como no debemos botar el sofá tampoco podemos deshacernos del móvil.

Claro, no soy una adolescente  y he escapado de peligros asociados al uso de dispositivos móviles por ese grupo etario y también por niños y niñas:

  • El celular como sinónimo de estatus y poder adquisitivo
  • Acceso a contenido audiovisual inapropiado para la edad (violencia, muerte, sexo)
  • Adicción a los videojuegos
  • Vulnerabilidad de la información personal y de la intimidad
  • Riesgo de sufrir accidentes en la vía pública por no prestar la debida atención.

Según una investigación realizada por el Centro de Estudios Sobre la Juventud, el 94 por ciento de los adolescentes y jóvenes cubanos posee acceso a alguna tecnología informática, y es el teléfono móvil la más extendida.

Movil

El dato no me alarma, alegra. Sin dudas, en el futuro que vivirán necesitarán de habilidades tecnológicas; no obstante, hay puntos que merecen toda la reflexión en una sociedad como la nuestra, abocada a una informatización cada vez mayor; y valen tanto para las nuevas generaciones y sus padres, como para todos los ciudadanos que usan las nuevas tecnologías.

Un celular es un objeto, frágil y caro. Sacralizarlo y suponer que por el modelo y el precio del que portemos, o el hecho de tener uno o no, seremos más o menos, apunta a un vacío de alma evidente.

En mi opinión, un niño no debe tener un móvil ni llevarlo a la escuela; está expuesto a perderlo, a que se lo roben, o a entretenerse en medio de clase.

Celulares

En el caso de los adolescentes, lacera la falta de percepción de riesgo de los padres. Muchos olvidan la humildad de sus juventudes, quieren darle a su prole los gustos que no tuvieron, aunque en ello se les vaya la vida; y sucumben a la dictadura de las marcas de móviles. Después puede que les duela advertir en sus hijos los signos de la vanidad y de más cariño hacia un aparatico que por otras cosas más valederas.

Andan los vástagos sin que nadie les controle qué contenidos consumen en el celular, quién los llama, qué tipo de mensajes reciben, cuántas horas juegan, o qué fotos de sí mismos almacenan.

No hago una apología de la vigilancia paterna, pero sí de la responsabilidad. Me duelo cuando veo padres que recargan la cuenta nauta de sus hijos para que se conecten a Internet y se entretengan, sin siquiera pensar qué pueden encontrar en sus búsquedas.

Celulares

Las familias alrededor del mundo saben de bullying, de ciberacoso, de pedofilia… y restringen los sitios que sus hijos pueden visitar. Internet no ha llegado a todas las casas ni a todos los móviles cubanos, pero el momento de prepararse es ahora y las vulnerabilidades también están aquí.

Que cada vez más la relación móvil –persona sea de pura necesidad (tecnológica, lúdica, informativa, profesional) y menos de adicción en cualquiera de sus variantes, es la meta en pos de la cual debemos proyectarnos.

Como ya dije, no es cuestión de desechar los móviles. Fíjese bien la próxima vez antes de denostar a un adolescente o joven concentrado en su celular. Le aseguro que los habrá leyendo, usando un diccionario, completando un crucigrama… La tecnología tiene un lado de luz, y los nativos digitales poseen  muchísimas competencias para encontrarlo.

(Publicado originalmente en Cubahora)