Exprimir los sábados

Me paso buena parte de la semana planificando qué haré con mi sábado. El sábado no es cualquier cosa. El sábado es mi único día libre de la semana.

Salir a pasear (que me lo merezco); terminar el libro de cuentos  y organizar los poemas; lavar la ropa sucia; limpiar el refrigerador;  leer; ver las series de Multivisión, comprar provisiones…

Todo lo que no puedo hacer el resto de la semana lo quiero hacer los sábados, y en realidad –como es lógico– no logro ni la mitad.

Porque, a diferencia de lo prometido el viernes en la noche, me levanto tarde, y cuelo café obnubilada, y vegeto un ratico y de la lista cumplo tres cosas, solo las más agradables, y el resto las aplazo irremediablemente, ¿hasta el próximo sábado?

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Ojos de perro

Nací en una casa con perro. A lo mejor ya yo había venido al mundo cuando mis padres adoptaron a Linda, pero el caso es que ella estaba ahí desde que desarrollé uso de razón.

Linda era una perra poodle, de mucho pelo blanco y un mal genio igual de abundante. Idolatraba a mi madre a todas horas. Al resto, solo cuando tenía ganas.

Pero yo sí la quería y me gustaba saberla ahí, con su cara de creerse cantidad de cosas y unos ojos dulcísimos, que delataban su perruna alma blanda.

La misma semana que Linda, a los 13 años, murió de cáncer, Shakira (que entonces no tenía nombre y era una cachorra sata, pulgosa y entrometida) se coló por la reja del portal. Varias veces la sacamos –yo sin mucha convicción–, todas regresó.

Una noche se puso a ver la novela metida en una chancleta. Al día siguiente mi mamá la bañó y le sacó los bichos. «Por hacer una obra de caridad», dijo. «Después se va», sentenció. Pero Shakira se empezó a llamar Shakira y se instaló por toda una década.

Un fin de semana nos fuimos a la playa. Como siempre, los vecinos habían quedado encargados de cuidarla. Desapareció. Se escapó a la calle y no volvió.

Meses después, encontré a su doble en medio de la ciudad y me puse a llamarla. Era macho. No era ella. De algún modo sigue viva.

Ya mami no quiere más perros, y mi casa actual es tan pequeña que no tengo dónde meter uno. Además, ya me lo ha advertido mi esposo, si con mis horarios apenas puedo regar las plantas qué sería de ese animal.

Así como me desagradan los gatos, hay algo en los perros y sus ojos que me hace sentir en paz.

Me gustaría que, algún día, hayan en mi hogar niños y un perro.

Papeles cambiados

Se me había olvidado llamar a mis padres el día anterior. Eso me inquieta. No me gusta que pase un día sin preguntarles: « ¿Y cómo está la cosa, sin novedad en el frente?»

Mis padres crecieron sin que yo me diera cuenta.

Tomo el teléfono, entre los dos y cuatro timbres, como promedio, siempre responde uno de los dos. Pero pasan cinco, y más. «Lo sentimos, no responde», me dice una voz impersonal.

Trato con el móvil de mi padre, está apagado o fuera del área de cobertura. Lo intento en las dos siguientes horas. Sin respuesta.

Repaso los lugares en que pueden estar, es muy tarde para los habituales. Me pongo nerviosa. Me preocupo. Pienso en cosas malas y yo misma las espanto.

Entonces se me ocurre llamar a mi hermana: «Mija, ¿tú sabes dónde están mami y papi?».«Aquí, en mi casa», me dice muy tranquila.

Yo me molesto, y le pido que me pase a mami y le peleo por no avisarme que se van a mover de municipio, para que una no se preocupe por gusto; pero, como siempre, solo oír su voz alegre alisa todas mis arideces.

Ya en la noche me río de mi propio episodio paranoico, y pienso en cuánto y cuán rápido se intercambian los papeles.

Cuestiones divinas

fuga-de-cerebrosImagínese que usted está de vacaciones y ha alcanzado la paz mental que ese estado conlleva. Imagínese que va de visita a uno de los lugares más hermosos de su país, de Cuba (la bella), uno de esos sitios naturales que llenan el pecho de orgullo patrio, el de verdad; y repleta la cámara de imágenes inigualables, y la mente de metáforas frescas para utilizar en el futuro próximo.

Imagínese, una vez más, que ya va de regreso en el ómnibus (una Girón, pero no importa, porque está pletórica, sanamente cansada y de vacaciones) .  Y entonces el chofer recuerda que tiene música y bocinas, y que sus decibeles llegan a confines insospechados.

Usted se molesta, claro está, pero respira: (¿qué sería de nosotros, pobres mortales, si perdiéramos los estribos ante cada reguetón carente de hondura y sentido común?)

Justo cuando se ha enajenado de la materia musical circundante, un estribillo la asalta, la enerva, la maltrata, la golpea, le produce un súbito y tremendo ataque de alipori —verguenza ajena—, la hace dudar de la humanidad y hasta del amor al prójimo.

Parafraseo, para que usted se imagine mejor, pero antes tenga en cuenta que una familia entera (abuela, papá, mamá, nené, tío, tía y primos) corea a toda voz dentro del vehículo algo así:

Él le dice que él es su asesino, pero reconoce que ella es su asesina, porqué él tiene el palón divino, y ella la tota divina.

Sí, así mismo, no se asombre, y no crea que me es fácil escribirlo.

Imagínese la estupefacción, identifíquese con esta doliente, que no puede imaginar como ese ser (que no cantante) cuyo nombre no quiero saber ni repetir, puede idear algo así y propagarlo, y como otros pueden disfrutarlo, cantarlo, enseñarlo a sus niños…

A lo mejor cree usted que exagero. ¿Será?

 

Cosas de gente antideportiva

K-noGustaDeporte-esHD-AR2Llego del trabajo. Mi esposo (matancero hasta la médula, furibundo fan del béisbol, residente en La Habana) en cuanto me ve asomarme por la la puerta  pregunta: « ¿viste el juego de pelota?». «No», le respondo con naturalidad y voy a servirme un vaso de agua. Entonces recuerdo que el juego era importante, que era el Kramer contra Kramer, que la Isla en pleno estaba puesta para eso, menos yo, y le pregunto: « ¿Y quién ganó?». «Matanzas, claro», me responde, yo le digo «Ah» y sigo en lo mío porque, no es que no quiera, es que los deportes no logran conmoverme. Él me dedica una mirada de espanto y conmiseración, como pregúntandose de qué manera llega al mundo gente con tan poca sangre en las venas. Pero al final me perdona, porque me quiere y, además, yo no tengo la culpa de haber nacido antideportiva.