Cosas de gente antideportiva

K-noGustaDeporte-esHD-AR2Llego del trabajo. Mi esposo (matancero hasta la médula, furibundo fan del béisbol, residente en La Habana) en cuanto me ve asomarme por la la puerta  pregunta: « ¿viste el juego de pelota?». «No», le respondo con naturalidad y voy a servirme un vaso de agua. Entonces recuerdo que el juego era importante, que era el Kramer contra Kramer, que la Isla en pleno estaba puesta para eso, menos yo, y le pregunto: « ¿Y quién ganó?». «Matanzas, claro», me responde, yo le digo «Ah» y sigo en lo mío porque, no es que no quiera, es que los deportes no logran conmoverme. Él me dedica una mirada de espanto y conmiseración, como pregúntandose de qué manera llega al mundo gente con tan poca sangre en las venas. Pero al final me perdona, porque me quiere y, además, yo no tengo la culpa de haber nacido antideportiva.

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Profesión de héroe tierno

¡Qué va ser cualquiera!, si las manos rudas se le convierten en suave almohada para acunar el fruto, si el mundo se le hace a la vez sencillo e inmenso cuando una mano diminuta se posa en su barba, si se sabe héroe tierno, dador de abrigo y de luces para alumbrar cada posible camino. Su profesión es la de la amistad, la del amor, la de la consecuencia, y nunca es más fuerte, ni más sabio, ni más grande que cuando lo llaman «papá», que es como decirle: «eres único».

El amor existe o una respuesta para la gente apocalíptica

EL AMOR no es el vestido blanco, ni el anillo en el dedo. El amor no es el estado civil en la planilla x, ni los ahorros conjuntos; no es la planificación de las vacaciones, ni compartir la casa y la cama. El amor puede ser un poco todo eso o no serlo, porque se advierte más en la mirada de la mañana, en el beso de la despedida, en el extendido chat de los viajes internacionales, en el libro comentado, en el medio poema, en la canción a medias…

El amor no es  estar de acuerdo en todo, ni decir siempre «sí»; el amor no es permanecer juntos a toda ahora, ni hablar en plural, o dibujar corazoncitos en hojas rayadas; y no es que les falte mérito a los corazones rojos, pero amar es disentir mucho, y discutir por no fregar los platos del almuerzo, y odiarse unos segundos, para después reír sin motivo,  perdonar lo insulso y festejar el enorme privilegio de tener un «enemigo» a la altura del conflicto. Amar es dejarse mensajes escondidos que el resto encontraría feos, descarados o tontos.

El amor no es una fuerza todopoderosa, ni un candil en medio de la noche, lo mejor de amar es que al fin se puede ser débil ante alguien, y confesarle los miedos ridículos y las pasiones más bajas; y que se puede estar perdida, porque hay una mano que, aunque quizá tan temblorosa como la tuya, te apoya en el camino.

El amor no es lo que cuentan las comedias románticas, ni los más grandes libros, porque tiene el don de la singularidad: nadie ama igual, cada historia es un universo parido por sus protagonistas.

El amor no es una receta. Puede ser divertido, arduo, estremecedor, insufrible, quemante, enaltecedor… y todo eso por separado, y todo eso a la vez.

El amor no es esto que yo digo, aunque para mí lo sea. Huye de las descripciones, y por eso lo persiguen las palabras ¿Quién no palpita con lo indescifrable?

Para mí el amor tiene nombre, apellidos y ojos negros; y creo en él porque lo siento y si lo siento existe. ¿Quién se atrevería a cuestionarme esta certeza?

Obra: El beso, Gustav Klimt

Pequeña filósofa de portal

«La Luna no ha salido. Está durmiendo», dice la filósofa acurrucada sobre las piernas de su abuela, mientras escudriña un pedazo de cielo negro y sin estrellas; y yo, en el sillón de al lado, pienso que es una gran poeta, así, perfecta, de frases sencillas y contundentes, hermosas, sin metáforas ni neologismos.

Aún no ha cumplido tres años, pero la Luna sabe que sus palabras son las más sinceras, y no sé si es porque soy su tía, porque es mi sobrina, o porque la conozco desde que apenas era un deseo sin nombre ni mirada de mar, pero el corazón se me aprieta y crece, como crecen las ansias de no perderme ni uno solo de sus días o centímetros, y menos esas frases que hacen parecer a mis versos tan tremendamente insustanciales.

¿La extrañas?, me preguntan y yo demoro en responder. Extrañar supone ausencias y ella está en el fondo de pantalla de la computadora, en las paredes de la oficina, en las fotos del móvil. Y todos los días pienso en su bahía, y hablo mil veces del equipo de béisbol (yo, la antideportiva), y recuerdo a mis amigos, le hablo a mi familia, e inevitablemente persigo las noticias de esos lares. Por eso, cuando cruzo el Bacunayagua, no es un reencuentro, solo el beso cotidiano. No extraño a Matanzas, ella está conmigo.