#Reforma Constitucional: El horizonte y las garantías para alcanzarlo

Debo reconocer que en las primeras lecturas al texto del Proyecto de Constitución de Cuba, no profundicé en lo que se planteaba en materia de derechos, salvo algunas excepciones que por su novedad resaltaban.

Hay tantas garantías incluidas en la idea de país que desde 1959 se construye en este archipiélago, que llegan a parecernos consustanciales al solo hecho de ser.

Pero un nuevo acercamiento, más focalizado en el tema, me ha permitido reafirmar que también en esta área estamos en presencia de un documento –con independencia de todo cuanto lo enriquecerá el saber del pueblo– que busca desarrollar una visión avanzada de país, conciliada con los derechos humanos y los proyectos de vida de sus ciudadanos.

“Cuba es un Estado socialista de derecho, democrático, independiente y soberano, organizado con todos y para el bien de todos, como república unitaria e indivisible, fundada en el trabajo, la dignidad y la ética de sus ciudadanos, que tiene como objetivos esenciales el disfrute de la libertad política, la equidad, la justicia e igualdad social, la solidaridad, el humanismo, el bienestar y la prosperidad individual y colectiva”, declara el Artículo 1 del proyecto, y deja poco lugar a las dudas sobre qué quiere la nación para su futuro.

El socialismo, como se ha concebido en este país, supone el culto a la dignidad plena de sus hombres y mujeres, y ese es el hilo conductor del Título IV Derechos, deberes y garantías, interconectado con otros postulados del documento, que lo complementan.

El propio hecho de que la consulta popular sea un paso inviolable aquí para construir la Carta Magna, es expresión de la voluntad por fundar colectivamente sin vulnerar ningún criterio y garantizando la plena participación.

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En la introducción al análisis del proyecto se llama la atención sobre algunos elementos contenidos en él, como una amplia gama de derechos a tono con los instrumentos internacionales de los que Cuba es parte; y se resaltan los relativos al derecho a la defensa, el debido proceso y la participación popular.

Asimismo, se afirma que el contenido del derecho de igualdad adquiere mayor desarrollo al incorporar a los ya existentes (color de la piel, sexo, raza, etc.) la no discriminación por género, identidad de género, orientación sexual, origen étnico y discapacidad.

Rubén Remigio Ferro, presidente del Tribunal Supremo Popular,  explicó recientemente a Granma: “La nueva Constitución que emerja del proceso actualmente en marcha determinará, entre otros progresos significativos, un incremento apreciable del acceso a la justicia judicial, como derecho fundamental de las personas y, en consecuencia, de la responsabilidad de los órganos jurisdiccionales en garantizar que se cumplan, de modo cabal y efectivo, los preceptos constitucionales que en ese ámbito queden definitivamente plasmados en la nueva Carta Magna”.

Esa afirmación se basa en aspectos que supone el texto constitucional como el fortalecimiento del papel de los tribunales, el reconocimiento de una amplia variedad de deberes y derechos y la inclusión del debido proceso y el habeas corpus.

El Artículo 39 reza que “el Estado cubano garantiza a la persona el goce y el ejercicio irrenunciable, indivisible e interdependiente de los derechos humanos, en correspondencia con el principio de progresividad y sin discriminación. Su respeto y garantía son obligatorios para todos”.

En tal sentido, se reconoce el derecho, entre otros, al libre desenvolvimiento de la personalidad; intimidad; inviolabilidad del domicilio, correspondencia y otras formas de comunicación; movilidad dentro y fuera del territorio nacional; a la información; libertad de pensamiento, conciencia y expresión, así como de prensa, reunión, manifestación y asociación; a la libre creencia religiosa y a dirigir quejas y peticiones.

Son horcones de esos planteamientos el Artículo 9, donde se dice que los órganos del Estado, sus directivos, funcionarios y empleados, están obligados a respetar y atender al pueblo, mantener estrechos vínculos con este y someterse a su control, en las formas establecidas en la Constitución y las leyes; y el 13, donde se plantea que el Estado tiene como fines esenciales promover un desarrollo sostenible que asegure la prosperidad individual y colectiva, y trabajar por alcanzar mayores niveles de equidad y justicia social.

Como también el Estado garantiza a todos sus ciudadanos la vida, la libertad, la justicia, la seguridad, la paz, la salud, la educación, la cultura y su desarrollo integral (Artículo 43) y protege a las familias, la maternidad, la paternidad y el matrimonio (Artículo 67), otras garantías contenidas en el articulado son la protección a la niñez, los adultos mayores y las personas con discapacidad; empleo y vivienda dignas; descanso; seguridad social; derecho a la educación física, el deporte y la recreación, a vivir en un medioambiente sano y equilibrado, al agua, a la alimentación, a bienes y servicios de calidad y a participar en la vida cultural y artística de la nación.

En la convergencia de todos estos derechos y la prosperidad individual y colectiva declaradas como meta, estará la posibilidad de que cada vez más tengan concreción los proyectos de vida de cubanos y cubanas.

En ese camino, apropiarse de cultura jurídica y echar mano a la nueva Carta Magna que en unos meses tendremos, ayudará a frenar cualquier desviación, tal y como conmina el Artículo 94: “La persona a la que se le vulneren sus derechos y sufriere daño o perjuicio por órganos del Estado, sus directivos, funcionarios y empleados, con motivo de la acción u omisión indebida de sus funciones, tiene derecho a reclamar, ante los tribunales, la restitución de los derechos y obtener, de conformidad con la ley, la correspondiente reparación o indemnización. La ley establece la pertinencia y el procedimiento preferente, expedito y concentrado para su cumplimiento”.

(Publicado originalmente en Cubahora)

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La luz que estamos buscando

 Los lazos que unen a las familias y la belleza de los proyectos imposibles se entretejen en Blanco nocturno. Foto: de la autora
Los lazos que unen a las familias y la belleza de los proyectos imposibles se entretejen en Blanco nocturno. Foto: de la autora

¿Cuántas historias yacen en las librerías a la espera de manos prestas y ojos ansiosos que las salven del polvo o las ventas de liquidación? Me imagino algunos libros, justo como el soldadito de plomo, esperando que alguien se detenga en ellos y por fin se los lleve a casa.
Hay títulos que se venden como «pan caliente», por su tema o autor, y si bien ese éxito no se corresponde siempre con la calidad, también es injusto afirmar que todas las veces son obras facilistas. Los enfoques utilitarios también hacen falta. Hay muy buenos escritores que logran ser populares.
Otros volúmenes se destinan a un sector de público muy específico, y es normal que no se agoten rápidamente. Además, claro que habrá malas decisiones editoriales que hagan llegar textos no tan buenos a los estantes, en detrimento de otros quizá mejores.
Pero no hablo de esos libros, sino de aquellos que realmente contienen una fiesta para el espíritu de un buen lector y, sin embargo, pasan los meses atascados en los inventarios.
En esos casos, e incluso más cuando el autor no es bien conocido en el ámbito nacional, la promoción puede hacer toda la diferencia. Los espacios para socializar las obras literarias nunca serán suficientes, y no siempre tienen que estar dedicados a la última novedad. Si todas las librerías, incluso las pequeñitas de pueblo, salieran a las aceras varios días del mes para hablar de sus libros, seguro habría más ventas.
Las fórmulas pueden ser infinitas, y no se necesitan muchos recursos, tan solo es imprescindible una o un apasionado de la lectura que contagie con su
entusiasmo.
Para quien lee –aunque en Cuba los libros no tienen precios prohibitivos– es difícil arriesgarse con un escritor que no conoce, sobre todo con tanta nota de contraportada que nada dice y a nada invita; y así nos podemos perder transformadoras sorpresas.
Hace unos años yo no sabía quién era Ricardo Piglia y, si un excepcional maestro no me lo hubiese presentado, puede que Blanco nocturno (Casa de las Américas, 2012) no hubiese saltado a mi bolso recientemente.
Esta novela –Premio de narrativa José María Arguedas– se lee con sed, porque su autor tiene el don de saber contar y hacerlo con anécdotas que valen la pena.
Una cita de Louis-Ferdinand Céline, «La experiencia es una lámpara tenue que solo ilumina a quien la sostiene», hace las veces de exergo, y así, en un desolado paraje argentino, Piglia solo nos muestra fragmentos de realidad, el resto permanece a oscuras para que hagamos las consecuentes interconexiones en una historia que juega con los códigos policiales, sin ser un policíaco.
Un muerto, uno o varios asesinos, mujeres fatales, idealistas, corruptos, inocentes inculpados… conforman el panorama de un pueblito de campo donde parece que no pasa nada, mientras la traición tiende hilos invisibles.
Los límites de la locura y la genialidad se cruzan en un comisario de policía cuya «ilusión era resolver el crimen sin tener que revisar el cuerpo del delito. Cadáveres sobran, hay muertos por todos lados, decía (…). Lo que deja un muerto no es nada».
Y esa aversión por los asesinados, insólita en alguien de su oficio, la combina con ciertas pistas que lo asaltan desde lugares insospechados: «La grieta en una copa de cristal. Le llegaban de golpe esas frases extrañas, como si alguien se las dictara. Incluso la sensación de que le estaban dictando era –para él– una evidencia absoluta…».
Los dementes y los fracasados han sido siempre materia prima de los escritores, y Piglia lo explota en este comisario, y en el periodista Emilio Renzi, que intenta desbrozar los secretos y las paradojas. Pero a la vez, nos hace dudar de las definiciones sobre sus personajes, porque ¿quién tiene los parámetros exactos para juzgar la lucidez y el éxito?
«Una producción malvada de azar, un desvío en la continuidad lineal del tiempo, una intersección inesperada», de esa forma se define a los accidentes en Blanco nocturno, y confirmamos que la vida está hecha de excepciones y estereotipos, de grandes eventos y de rutinas.
A fin de cuentas, este libro, como todos, solo intenta llevar la vida a cierta cantidad de páginas, para así comprender mejor sus sentidos… un anhelo humano desde el principio de los tiempos:
«La literatura no cambia, siempre se puede encontrar lo que se espera, en cambio la vida…
«… Pensamos algo y lo leemos en un libro que parece escrito por nosotros pero que no ha sido escrito por nosotros, sino que alguien en otro país, en otro lugar, en el pasado, lo ha escrito como un pensamiento todavía no pensado, hasta que por azar, siempre por azar, descubrimos el libro donde está claramente expresado lo que había estado, confusamente, no pensado aún por nosotros. No todos los libros, desde luego, sino ciertos libros que parecen objetos de nuestro pensamiento y nos están destinados. Un libro para cada uno de nosotros. Hace falta, para encontrarlo, una serie de acontecimientos encadenados accidentalmente para que al final uno vea la luz que, sin saber, está buscando».

(Publicado originalmente en Granma)

Ciudadanía efectiva: el vínculo entre el país y sus ciudadanos

constitucionidentidad1.jpgLos seres humanos estamos hechos de vínculos. Buena parte llega con el nacimiento, otros los vamos tejiendo en el viaje de la vida. Así nos constituimos en parte de una familia, un grupo de amigos, proyectos, instituciones, comunidades… y del país.

Los lazos con la patria se construyen de sentimientos, de identificación con sabores, colores, sonidos de la tierra propia, y pocos son los que pueden dar la espalda a un amor tan raigal como el del lugar de origen, aunque se funde un hogar muy lejos de allí.

Pero venir al mundo en una nación específica supone también un grupo de deberes y derechos en relación con la sociedad y el Estado y de estos hacia uno; al igual que si —siendo de otro país— se decide naturalizarse en ella.

No sorprende entonces que, por el impacto personal que tiene, haya suscitado profundo interés una de las modificaciones que propone el Proyecto de Constitución de la República de Cuba que desde el 13 de agosto se somete a consulta popular, en lo concerniente a la ciudadanía.

La transformación referida consiste en que se modifica la afiliación a la no admisión de la doble ciudadanía y, en su lugar, se propone acogernos al principio de “ciudadanía efectiva”.

En la Constitución vigente se establece que “No se admitirá la doble ciudadanía. En consecuencia, cuando se adquiera una ciudadanía extranjera, se perderá la cubana” (Artículo 32).

Mientras, en el título III del Proyecto puede leerse que “La ciudadanía cubana se adquiere por nacimiento o por naturalización” (Artículo 32) y que “Los ciudadanos cubanos en el territorio nacional se rigen por esa condición, en los términos establecidos en la ley, y no pueden hacer uso de una ciudadanía extranjera” (Artículo 35).

Esta variación está sumamente ligada con el contexto histórico, marcado por la manifiesta voluntad política del Gobierno cubano de normalizar las relaciones con su emigración, que es ostensiblemente diferente a décadas anteriores en sus intereses y composición; pasos en los que se han experimentado avances sostenidos y crecientes.

Una buena parte de los emigrados cubanos ha salido del país por motivos económicos, y no desea perder los vínculos político-jurídicos con el país.

Pero para entender por qué es tan importante el término deben recordarse algunos aspectos. Puede decirse que la ciudadanía resulta el derecho de todos los derechos: mediante ella se establecen los límites de una comunidad organizada, quién forma parte y quién no, y serán los primeros quienes tendrán decisión política.

Aunque un grupo considerable de expertos no la considera competencia del Derecho Internacional debido a su estrecha relación con el territorio y la soberanía del Estado, no cabe duda de su relevancia en ese ámbito, pues se relaciona con las prerrogativas de cada país sobre sus ciudadanos, sobre todo en un mundo tan interconectado como el actual, con una amplia movilidad humana. Por esos los Estados son tan celosos con todos los procedimientos asociados a su obtención, pérdida y recuperación.

De seguro, muchas opiniones se verterán sobre este tópico durante el debate, porque de eso se trata, de que todos hagamos Cuba con nuestros enfoques; y el propio hecho de que la consulta popular tenga en cuenta los criterios de los cubanos residentes en el exterior es una muestra de ese diálogo participativo más allá de las fronteras.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Y del pelo nos saldrán mariposas

Algunos libros llegan a nuestras manos por arte de magia. Desandando una de las carpas veraniegas que promueven la lectura como forma de convertir el ocio en alimento para el alma, una portada fuera de lo común me atrajo.
Oscurecía, ya las vendedoras adelantaban el inventario para el día siguiente y guardaban en cajas los volúmenes, pero me las ingenié para tomar y hojear Un hondo bosque de sueños (Notas sobre literatura para niños).

En estas páginas hay consejos sinceros que pueden ayudar a quienes tengan a su cargo una niña o niño. Foto: de la autora
En estas páginas hay consejos sinceros que pueden ayudar a quienes tengan a su cargo una niña o niño. Foto: de la autora

Hubiera bastado el nombre del autor, Eliseo Diego, para que me lo llevara, pero lo que al vuelo pude leer era tan seductor, y de tanto ingenio las ilustraciones de Rapi Diego, que pagué enseguida su precio.
Aunque ya tenía algunos años de editado (Ediciones Unión, 2008), se ofertaba entonces para suerte mía. Vender libros es también un arte –un poco maltratado en los tiempos que corren– pero aquellas dos señoras, conocedoras de su oficio, no protestaron porque llegaba a última hora: me dedicaron una sonrisa cálida y un «que lo disfrutes».
Solo los empedernidos lectores conocen la sensación bendita de adquirir un libro que se adivina cautivante y ansiar la hora de «devorarlo», página a página.
Así, me fui con el ejemplar en el bolso y cuando al fin pude leerlo, no quedó expectativa sin cubrir. Conferencias, notas, entrevistas, ensayos… componen Un hondo bosque de sueños. En ellas, Eliseo –uno de nuestros poetas rotundos– habla sobre lo que se escribe para los niños y cómo hacerlo bien, es decir, sin considerarlos adultos en formación que deben ser tempranamente preparados para la vida «de los grandes».
«Porque lo he vivido, sé cuánto importa la poesía al corazón de la infancia», dice Diego y nos invita a leer de nuevo El gato con botas y La bella y la bestia; y a no subestimar ninguna de las historias que de generación en generación cuentan los padres y las abuelas a la hora de dormir, porque «… en todo arte de pueblo el tiempo filtra, acendra, pule como hace el agua del arroyo con las piedrecillas del fondo, o los dedos de las viejas con las cuentas de sus rosarios».
Sería equivocado pensar que este es un libro solo dirigido a quienes están interesados en hacer arte para el público infantil, en sus páginas hay consejos sinceros que pueden ayudar también a quienes tengan a su cargo una niña o niño. El autor exhorta a no menospreciar sus inteligencias ni la forma rápida en que todo lo captan y desechan lo que no logra conmoverlos:
«No hay más que una preocupación legítima en cuanto al mensaje que algunos de buena fe suponen imprescindible en el arte que se dedica a los niños: que no sea nocivo, que no les haga daño psíquica o ideológicamente.
«Si tenemos esta seguridad no hace falta mensaje alguno, ni pedagógico ni moral. Basta la belleza –y en ella incluyo, por supuesto, la gracia–, porque la belleza hará mejor al niño. ¿Es concebible nuestra ideología en un hombre incapaz de conmoverse ante lo puro, lo noble, lo bello? ¿En un hombre incapaz de sonreír o de detenerse a contemplar el esplendor de la vida en un niño, una muchacha, un pájaro?».
La gente pequeña que nos desordena la vida con sus energías inagotables, necesita mucho ese «conocimiento oscuro pero inmediato de las cosas que algunos llamamos poesía». Nunca como en esos años lo evidente no es lo verdadero, y hace falta tan poco para ser feliz.
La persona nueva, la que ancle sus principios en una forma diferente de entender la sociedad, sin «lobos» que se devoren los unos a los otros, debe también tener una sensibilidad cierta para amar la humanidad, que pasa por apreciar la sobriedad de los versos sencillos de Martí, y también la limpieza de una esquina sin basuras o un ómnibus sin decenas de empolvados muñecos de peluche y calcomanías descoloridas.
El sentido de lo estético empieza a formarse cuando aún nos ponemos de puntillas para otear el horizonte por la ventana, cada estímulo será influyente, cada costumbre, definitiva.
Educar a un niño es un trabajo de tiempo completo, y si no se hace como misión de amor y no de obligación, sin esperar más a cambio que contribuir al crecimiento de un buen ser humano, se fallará seguramente.
«Los mejores libros para niños son también libros para adultos», advierte Eliseo Diego, y de paso, nos conmina a volver a leer los clásicos infantiles y asombrarnos con la complejidad que entonces aceptábamos de forma natural en Peter Pan y Wendy, o Platero y yo, y que ahora nos sobrecoge.
Tal vez si nunca perdiésemos esos poderes que tenemos en la infancia de sacudir el pelo y que nos salgan mariposas multicolores; de crear amigos y pueblos, imaginarios pero reales; de decir lo que no nos gusta sin pensarlo dos veces… el mundo tendría otro rostro, menos amenazante. Crecemos y se nos olvida, pero nos bastaría apenas un salto a aquel tiempo de libertad, para ser mejores y más buenos.

(Publicado originalmente en Granma)

Nosotras, la Constitución y el camino

Escribo mucho sobre mi abuela materna porque a través de su vida aprendí que las mujeres podían morir de causa desconocida, sin médico, un día cualquiera, en un bohío plagado de hijos; que era posible ser niña y no tener más sueños que dormir sin hambre; que vejar puede ser muy fácil para quienes se saben más fuertes y más ricos.
Cuando mi madre me contaba  aquellas historias, yo intuía los orígenes del carácter austero de abuela Andrea,  viuda de miliciano; y su compromiso político, aun con la enfermedad signando su vejez.

Solo después de enero de 1959, pudo ella aprender a leer y escribir “a derechas”,  recibió un diploma de Corte y Costura y dejó de ser empleada doméstica,  mandó a su hija a la escuela gratuita, y fue al dentista. Era la dignidad toda, y había, poco a poco, que aprender que las mujeres no estaban confinadas a la casa, y que esposo no era amo sino compañero…

Millones de mujeres se pusieron al día con sus derechos tras la victoria que estremeció la Isla y el mundo. Desde las independentistas hasta las que entrado el siglo XX lucharon por diversas garantías civiles y políticas, y las que en la pelea clandestina y en la Sierra arriesgaron la vida por un nuevo orden de cosas, toda la tradición feminista se encauzó en un proyecto de país atravesado por la justicia social.

La batalla no fue solo por ofrecer estudios, oficios y empleos a miles de amas de casa, campesinas, prostitutas… sino por sentar las bases para que las mujeres del futuro crecieran en igualdad de condiciones que los hombres. Así tuvieron las mismas posibilidades de acceso al estudio en todos los niveles, igual salario a igual trabajo, y el derecho a optar por responsabilidades administrativas y políticas. El acceso al aborto legal, seguro y gratuito; a los servicios de planificación familiar; a licencia materna retribuida y atención personalizada durante todo el embarazo… son solo algunas garantías, que se amplían dentro de un contexto social y político favorable a la mujer, a su realización personal y profesional, y su calidad de vida.

También hay “peros”. La misma Federación de Mujeres Cubanas –en cuyo centro está el legado de Vilma Espín, una revolucionaria adelantada en  la visión de  género– que impulsó todas las conquistas antes mencionadas, sigue en la batalla constante contra la violencia de género, las inequidades en la distribución del trabajo doméstico, los estereotipos.

De mi abuela a su nieta hay un inobjetable sendero recorrido; sin embargo, debe seguirse la pelea contra los muros más fuertes (esos que se sostienen sobre el “así ha sido siempre”) para que el empoderamiento de la mujer sea total y en todos los escenarios, y más pujante que los prejuicios. En esa labor paciente y sostenida, de protagonizar “una revolución dentro de la Revolución”, contar con una Constitución que haga énfasis en los derechos y garantías de la mujer es una base poderosa para el futuro que deseamos.

En el proyecto de Constitución que ahora se somete al debate popular, el Artículo 45 dice que la mujer y el hombre gozan de iguales derechos y responsabilidades en lo económico, político, cultural, social y familiar; y que el Estado garantiza que se ofrezcan a ambos las mismas oportunidades y posibilidades, y propicia la plena participación de la mujer en el desarrollo del país y la protege ante cualquier tipo de violencia.

Asimismo, se reafirma que tienen el derecho y el deber ciudadano de ejercer el voto los cubanos, hombres y mujeres, mayores  de dieciséis años de edad (Artículo 200) y que tienen derecho a  ser elegidos los ciudadanos cubanos, hombres o mujeres, que se hallen en el pleno goce de sus derechos políticos y que cumplan con los demás requisitos previstos en la ley (Artículo 202).

Entre otros motivos lesivos a la dignidad humana, como origen étnico, color de la piel, creencia religiosa, discapacidad, u origen nacional, el cuerpo constitucional condena la discriminación por razones de sexo, género, orientación sexual e identidad de género y refrenda que todas las personas  son iguales ante la ley, están sujetas a iguales deberes, reciben la misma protección y trato de las autoridades y gozan de los mismos derechos, libertades y oportunidades; y que la violación de este principio está  proscrita y es sancionada por la ley (Artículo 40).

De esta forma, la nueva Constitución que está en manos del pueblo en su función de órgano constituyente, trasluce una equidad de género que igualmente se entreteje con el resto del articulado y tiene con muchos otros postulados puntos de contacto. Seguro, en los días de consulta se darán visiones enriquecidas sobre el tema, y ese es el llamado: usar la inteligencia popular  para lograr al final un texto que no solo nos describa sino que nos ofrezca pautas para avanzar, mediante una visión siempre revolucionaria de todos los asuntos en él contenidos.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Matrimonio entre dos, derecho de tod@s

#YoEstoyAFavorDelDiseñoCubano. Ese fue un día de otro mundo, y no por el traje u otras convenciones, sino porque nos acompañaron las personas que más queríamos; con ellas pudimos compartir la dicha de encontrarnos y la decisión de seguir juntos el camino; casarnos fue un pretexto para multiplicar la alegría de tenernos… por eso no se me ocurren motivos para negarle a una pareja esta oportunidad, sea cual fuere el sexo de sus integrantes. No hay amor inmoral, no hay amor peligroso. El matrimonio igualitario es cuestión de derechos, de socialismo, de respeto, de ser mejores personas, y una mejor sociedad…”.

Cuando aún el Proyecto de Constitución de la República de Cuba no estaba en las calles, pero sí se sabía de su contenido por las discusiones de los diputados en el Parlamento, publiqué en mi muro de Facebook el post que inicia este comentario, junto con una foto de mi boda, hace unos años.

Casi todos mis amigos cercanos, a los que me unen principios en común, reaccionaron de forma positiva ante un reclamo que también comparten; pero hubo otros que me dedicaron ciertos comentarios irónicos al estilo de: “Si tú no eres gay, para qué te metes”.

Podía imaginar que –aunque la transformación es en apariencia tan sencilla como poner donde decía “un hombre y una mujer”, “dos personas”– el debate popular en torno al artículo 68 sería arduo, sobre todo porque toca un punto muy álgido y difícil de enfrentar racionalmente: los prejuicios.

“El matrimonio es la unión voluntariamente concertada entre dos personas con aptitud legal para ello, a fin de hacer vida en común. Descansa en la igualdad absoluta de derechos y deberes de los cónyuges, los que están obligados al mantenimiento del hogar y a la formación integral de los hijos mediante el esfuerzo común, de modo que este resulte compatible con el desarrollo de sus actividades sociales. La ley regula la formalización, reconocimiento, disolución del matrimonio y los derechos y obligaciones que de dichos actos se derivan”, así reza el artículo que, de ser apoyado en la amplia consulta popular del 13 de agosto al 15 de noviembre, y quedar finalmente incluido en la nueva Constitución, dejaría abierta la puerta para que una futura legislación reconozca el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Esta visión del matrimonio, que se aparta de la heteronormatividad y el machismo, no es fortuita, no nace de un capricho de los miembros de la Comisión que elaboró el texto ni de los diputados que en sesión de la Asamblea Nacional lo respaldaron; es resultado de la labor sostenida y respetuosa de las personas cubanas LGBTI (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, intersexuales) por el reconocimiento de sus derechos en una sociedad raigalmente patriarcal.

Se debe, asimismo, a una cultura de derechos y de justicia social que la Revolución Cubana ha impulsado y que ha conquistado para su ciudadanía lo que en muchas naciones son garantías impensables (aborto seguro, legal, y gratuito; igual salario a igual trabajo para mujeres y hombres; licencia de maternidad y de paternidad; servicios de planificación familiar; educación sexual escolar…).

También el artículo 68 es coherente con otros postulados del Proyecto, como que “todas las personas son iguales ante la ley, están sujetas a iguales deberes, reciben la misma protección y trato de las autoridades y gozan de los mismos derechos, libertades y oportunidades, sin ninguna discriminación por razones de sexo, género, orientación sexual, identidad de género, origen étnico, color de la piel, creencia religiosa, discapacidad, origen nacional o cualquier otra distinción lesiva a la dignidad humana” (Artículo 40).

DEL PREJUICIO AL CONSENSO

Aunque parezca increíble a esta altura, todavía hay cubanos y cubanas que creen que la homosexualidad es una enfermedad; que si los padres hubiesen estado más atentos en la infancia, se habría podido corregir; que es sinónimo de promiscuidad, desfachatez y pocos valores morales (la eligen por su poca vergüenza); o que se les puede “pegar” a los niños si se les enseña que es algo normal.

El rechazo es gradual y va desde una posición casi de “lástima” hacia las personas homosexuales; pasa por la de quienes dicen no tener problema con ellas, mientras lo mantengan discreto puertas adentro; hasta la homofobia más rabiosa, que acude a la descalificación y, a veces, a los actos violentos.

Buena parte de esas posiciones las manifestaron usuarios de Cubahora en el foro –aún abierto– ¿Listos para debatir sobre la nueva Constitución de la República?, donde también otros muchos lectores defendieron un enfoque de derechos.

Nadie está libre de estereotipos, referidos a múltiples facetas de la vida en sociedad; por eso, la posición en estos días de debate no puede ser de enfrentamiento, no se trata de decir sí o no, sino de expresar las opiniones, dudas, sugerencias… pues todas serán tenidas en cuenta a la hora de elaborar la versión que volverá a la Asamblea Nacional.

Esta es una oportunidad para que ofrezcamos argumentos contra los prejuicios, sin poses aleccionadoras ni beligerantes. Ya sea por motivos religiosos, culturales, de desconocimiento… quien se oponga debe recibir de nosotros el respeto que exigimos para cada habitante de la nación. La cultura del diálogo es premisa imprescindible para el consenso.

Otras ideas volvieron a mí al leer el foro: informarse es también, además de derecho, un deber ciudadano, y aprender cómo gestionar los contenidos ayudaría mucho a quienes se quejan de no saber aspectos que han sido ampliamente tratados en los medios de comunicación.

Asimismo, ratifiqué que repetir lo oído sin cerciorarse de su veracidad es una costumbre nefasta: que los hijos de parejas homosexuales lo sean luego también y que experimenten traumas, ha sido desmentido no solo por innumerables estudios científicos, sino también por las más importantes asociaciones de siquiatría y sicología del mundo.

El artículo 68 no se trata de restarnos derechos a las parejas heterosexuales, sino de dárselos a quienes los tenían negados: la alerta de Mariela Castro Espín, diputada y directora del Cenesex, es meridiana.

No se trata de que otros países del mundo hayan aprobado el matrimonio igualitario, sino de que nuestro original modelo de país debe ser – siempre más– justo, equitativo, incluyente, porque es socialista.

Juzgar a una persona por su orientación o identidad sexual es tan superficial que si todos nos diéramos un minuto para valorarlo conscientemente, muchas concepciones arcaicas harían aguas; los seres humanos somos más.

El matrimonio es cuestión de amor, del reconocimiento de la sociedad a dos personas que han decidido andar la vida juntas y que por ello tendrán derechos y deberes ante cada una de las circunstancias, incluida la muerte de uno de los cónyuges. Tiene además un valor simbólico, que no se les debe negar a quienes se quieran.

De todas formas, es este solo uno de los temas que el Proyecto de Constitución nos compulsa a debatir. Un solo artículo no puede polarizarnos ni concentrar toda nuestra atención. Estudiemos cada formulación y participemos activamente para lograr una Carta Magna que exprese la voluntad colectiva y nos impulse al futuro.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Cuba fidelista contra los imposibles

Corta parece la vida que al ser humano le ha sido dada. Somos apenas gotas de luz ante la infinitud de la Historia. La muerte, siempre tremenda, pone punto final a la materia y, como ley inexorable, para todos llega.

Derrotarla –muy a pesar de los esfuerzos de quienes por siglos han intentado hacerlo con artificios– solo se puede mediante dos caminos: dejar amor sembrado, desde la nobleza y la entrega; o gestar ideas que superen lo personal para enraizarse en el patrimonio común.

Pero a pocos hombres y mujeres los siguen ambas estelas a la vez, y acceden a una sublime forma de eternidad. Dejan entonces de ser ellos mismos para convertirse en pueblo, y mientras más se aleja en el tiempo la fecha de su partida, más se multiplican, como fuego bueno.

Basta para evocarlos con decir sus nombres y se hacen tan cercanos como solo puede serlo la utopía alcanzable que sostiene e impulsa en las horas de alegría y en las de sacrificio. Así Fidel se nos ha quedado en el pecho de la Isla y –como siempre– desde el futuro nos habla de lo que hace grande a un país: la unión de su gente contra los imposibles.

Quizá así podría resumirse el legado vital de quien fue elegido de los pobres y los olvidados, y martiano defensor de todas las dignidades: si una idea es justa, es posible; y para hacerla real no se precisa más que convocar a los revolucionarios a soñarla.

Hay que creer en la humanidad, a pesar de sus oscuridades, para hacer la Revolución; y entender además que en ella la lucha no termina con el triunfo, sino que en él empieza. Esa visión es la que hace a Fidel tan magnético; su estirpe de líder y su autoridad incuestionable tuvieron como base la fe mayúscula en la voluntad de la especie para trascenderse, y la capacidad analítica para ver más allá de lo evidente.

En el propósito de lograr una Carta Magna que nos impulse, que nos ponga de frente no solo a la sociedad que somos, sino a lo que queremos ser, no es casual la fecha a partir de la cual se nos convoca a constituir y a usar la voz, clara y alta: la política es asunto popular, y esa es también otra huella fidelista.

Porque es un nacedor, el 13 de agosto no marca el inicio de un ciclo cerrado 90 años después, sino de una espiral que avanzará mientras haya quien repita la que es ya sentencia moral: Comandante en Jefe, ¡ordene!.

Los sueños no mueren del todo

Tiene cuatro años y un sinfín de estrellas en los ojos. Cuando entra a la casa, las habitaciones se llenan de arcoíris. Cuando ríe, amanece; y cuando pregunta, las cosas vuelven a nacer.

A su paso, deja un amasijo de hojas coloreadas, de juguetes desperdigados, de migajas dulces, y de corazones seducidos por sus ojos pícaros.

Ella es un tornado bueno que estremece mi amor de tía con su don de niñez: todo lo quiere saber, nunca se aburre, jamás se agota.

Ahí está lo sublime de la infancia: en las ocurrencias que salen como conejo del sombrero del mago, en la imaginación honda, y en las quimeras que destilan más sabiduría que los manuales universitarios.

***
«–Bien –dijo– ¿qué es lo que ves?
«Carlos escudriñó el espejo.
«–Nada –respondió– Solo mis cara y mis gafas y una vela.
«Humm –gruñó el viejo– Hay que saber mirar, muchacho. Sin embargo, espero que algún día aprendas a hacerlo. No olvides esto que voy a decir: en el ­fondo de cada persona, en la región más interior de cada uno de nosotros, vive otro ser. Con nosotros comparte vida y cuerpo, pero la mayoría de las veces resulta diferente. Muchos lo tienen dormido y van como sonámbulos por la vida. Por eso es necesario reconocerlo y despertarlo. Solo así se puede saber quién es uno en realidad.
«–¿Y si no se despierta? –preguntó Carlos».

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Las niñas y niños deben creer en las brujas, en el unicornio, en los sentimientos de las muñecas, en los espejos mágicos, así se preservan de la aridez adulta, así son felices… Lo sabe el viejo Jesús, y les dice a Carlos y a Natacha: «Es bueno creer esas cosas. Así los sueños no se mueren del todo».

Lo entiende Idiel García (Villa Clara, 1980), el creador de estos tres personajes que se nos hacen entrañables en la novela ¡No soy un héroe! (Ediciones Áncoras, 2016). Pero los pequeños no son tontos ni viven en burbujas, comprenden más de lo que sospechamos los «grandes». El reto está en explicarles el mundo, incluidas sus zonas grises, sin rasgarles el velo de la inocencia.

Contar para ellos no es asunto de tema, sino de sensibilidad; esa es la razón por la que este libro habla de la guerra sin esconderla y del recuerdo de una herida, que es todavía más doloroso que la propia herida.

El Ogro, el flaco Lennon, Camila, Almudena, Raúl, Laura, son algunos entre una multitud de personajes, todos con sus diversas fisuras y enfrentados a la decepción, la muerte, la emigración, la enfermedad, el engaño, la bebida.

Sin embargo, al final, hay alegrías. Carlos quiere consigo a su papá –más que el nintendo enviado desde tierras lejanas– para que lo ayude en sus asuntos,  «al que pudiera contarle sus problemas y pedirle consejo, que le
enseñara la verdad de las cosas que él no comprendía, y fuera su amigo», y su deseo tendrá buen camino.

Para Natacha, sin otra magia que la de las flores de piscualas, se hará el prodigio de un hogar feliz; y el Ogro dejará de ser «el malo de la película», porque a veces los niños crueles en realidad solo están muy tristes y asustados.

Así como las almendras se vuelven unos árboles grandísimos, los protagonistas de esta historia descubren por el camino que no es lo mismo dolor que amargura (el primero es inevitable, la segunda, opcional), que la amistad es una tabla salvadora y el enamoramiento un susto extraordinario.

Y, sobre todo, una lección esencial también para quienes queremos a esos seres, inmensos en su poca estatura, que nos alborotan la cotidianidad: aún tienen tiempo para crecer. Aprender de a poco con la dicha plena es lo que permite mantener vivos ciertos sueños y un día, ante el espejo mágico, reconocerse una persona buena y repleta de luz.

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«Si no despierta sería una verdadera lástima, muchacho. Ese otro ser es quien de verdad siente lo que cada uno es. Quienes lo llevan dormido solo pueden sentir a medias. Y van siempre equivocando lo que son. Bueno, ya lo sabrás por ti mismo, no hay que apurarse».

Verano que huele a cundeamor

Vacaciones, tiempo libre, sol, playa, piscina… el verano, como todas las estaciones, tiene elementos que lo distinguen. Pero también hay construcciones más personales. Para mí, creo que eternamente, el verano tendrá el sabor de la limonada que preparaba mamá a la hora del programa televisivo Prisma… y olerá a la mata de cundeamor del patio.

Julio y agosto me retrotraen sin variación a las películas de artes marciales de la tarde y a las novelas como Aguas mansas que paralizaban al país; al bulto de libros que mi padre me traía de la biblioteca, a los aguaceros vespertinos y a las madrugadas que pasaba construyendo amagos de poemas.

El verano siempre lo imaginaré con los colores de la playita Bueyvaca de mi barrio natal, con la textura de los sorbetos en el quiosco de la esquina y con mis intentos anuales de aprender a tejer.

Así lo sigo sintiendo, aunque no tengo ya para mí los dos largos meses de asueto de los estudiantes en la etapa estival, sino quince días que a duras penas reparto entre asuntos hogareños pendientes, leer, dormir y pasar tiempo con quienes quiero.

No puedo negar que, al menos en Cuba, el verano lo cambia todo. La vida se ralentiza y, con excepción de lo inaplazable, la mayoría de los asuntos queda pendiente “hasta septiembre”: la especialista está de vacaciones (e inexplicablemente solo ella puede firmar); el médico no va a dar más turnos, solo verá urgencias…

El usuario se desespera, sufre, para luego resignarse: “A fin de cuentas, estamos en vacaciones”, y termina por adaptarse a no hacer gestiones en la tarde y mucho menos los viernes, so pena de no solucionar nada.

Porque el verano entre nosotros es también una actitud que nada deja de abarcar y mucho tiene de festiva; cada quien planifica a su manera el modo de atravesar esos meses de una forma agradable: viajar a la tierra natal, ver televisión, bañarse en la playa, ir a las fiestas populares, reencontrarse con la familia; disfrutar del cine, los museos, el helado de Coppelia…; arreglar los desperfectos del hogar, llevar a los niños a todos los paseos posibles…

En el foro de Cubahora ¡Llegó el verano! ¿Qué piensas hacer?, los usuarios hablaron de muchas de esas opciones y también de la factura eléctrica que se eleva considerablemente, de las alternativas de recreación que no siempre se corresponden con los bolsillos de los trabajadores; y, por supuesto, del ineludible calor, que tensa los nervios, y al que echamos la culpa de nuestra pereza veraniega.

La etapa es hermosa y también generadora de retos; deben vigilarse y regularse mucho más que el resto del año, la seguridad vial, el consumo de bebidas alcohólicas, la contaminación sonora. Que la recreación sea sana es el principio vital para que todos podamos pasarla bien y nadie sea víctima de la inconciencia ajena.

Cuando se acaba el verano, en ese instante marcado por las escuelas que abren otra vez sus puertas, la vida recobra su ritmo habitual, y hasta nos parece que, por arte de magia, ya el calor no es tanto de un día para otro. Cuando se acaba el verano, la gente suspira, y enseguida se pone a pensar qué hará cuando lleguen otra vez las vacaciones.

(Publicado originalmente en Cubahora)