«Y hoy aquí, Temita, mira la obra de tu padre»

Creen que la muerte es definitiva, por eso matan los asesinos. Y cuando a José Luis Tasende le oscurecieron la mirada limpia y horadaron su cuerpo de joven fuerte, pensaron borrarlo para siempre, y también sepultar las ideas que le ardían en el pecho y lo hacían inmune a la tortura.

Sangre, gritos, amasijos de carne y lágrimas… lo más cruel de la naturaleza humana se desató en el Moncada los días que siguieron al 26 de julio de 1953, en seres enfermos de venganza y odio, frente a lo más puro de Cuba estremecida, muchachos tan jóvenes que dieron de sí lo más preciado: su futuro.

El dolor sordo del honor endeudado, el que pone la nota de amargura en las alegrías, y exige el instante de silencio en los triunfos, el que impulsa y asaeta, acompañó a los sobrevivientes en el deber de ser héroes o mártires.

También por los muertos fue cada bala, cada acción, cada palabra; por ellos se arriesgó la vida y hubo nuevos caídos. Por los muertos se luchó y venció, y cada promesa se hizo hecho y horizonte. Por los muertos y por sus hijos.

Allá donde Tasende miró por última vez, con los ojos de quien sabe va a morir, teme, pero está dispuesto; los ojos serenos de sus 28 años apenas alumbrados por la paternidad, llegaron en enero de 1960 sus hermanos para fundar una escuela en el cuartel Moncada, y con sonrisas de niñez lavar la ignominia de los muros.

Y cuando uno de ellos, Raúl Castro, alzó en sus brazos a la hija de José Luis, la pequeña Temis, huérfana y con tantos padres, para decirle: «Y hoy aquí, Temita, mira la obra de tu padre», la muerte dejó de ser definitiva.

José Luis Tassende, poco antes de ser asesinado y declarado «muerto en acción»
José Luis Tassende, poco antes de ser asesinado y declarado «muerto en acción»

(Publicado originalmente en Granma)

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Faro y farero

f0116129Un amigo trajo la revista y me advirtió: «trae unos cuentos de Fernando». Lo más pronto que pude, creo que esa misma noche, comencé a leerlos. Era fuerte la curiosidad por conocer la narrativa de quien tanto pensó a Cuba desde la desinhibición y la humildad, consustanciales a la grandeza cuando es verdadera.

El resultado de la lectura fue grato y para nada una sorpresa, Fernando Martínez Heredia (Yaguajay, 1939-La Habana, 2017) escribió literatura con el alma afuera. Sus cuentos tienen el sabor de la Isla y de su torbellino revolucionario, y descubren una sensibilidad artística aguda para describir la poética de la realidad, que no a todos les es dado advertir.

Esa misma pericia para escrutar lo velado está en su ciencia y en el modo en que la compartió. Lo volví a confirmar con el primer libro que compré este verano: Cuba en la encrucijada (Ruth Casa Editorial y Editora Política, 2017), donde confluyen artículos, intervenciones y ponencias, todos con la mirada en el país de estos tiempos, acechado por el capitalismo mundial que, cual boa constrictor, sueña con imponerse de a poquito, hasta tragarnos.

En sus textos se habla del peligro de ser ingenuos ante el poder imperial norteamericano que comprendió la inutilidad de la violencia en este caso, cambió de estrategia y desde entonces «está librando contra nosotros una guerra cultural, una contienda en la que es maestro, y para la cual cuenta con arsenales fabulosos y con medios que parecen inabarcables y ubicuos».

También señala cuánto puede debilitar a la Patria despolitizarse, perder el orgullo de ser cubano, ver inequidades como hechos naturales, ser corruptos, asumir horizontes de sobrevivencia o de intereses mezquinos.

Pero no quiere desalentarnos, no nos dice que es hora de apagar la luz y cerrar la puerta; él quiere sacudir para que no triunfen quienes desean cambiarnos espejitos por oro, y entendamos que la de hoy es también una hora definitiva.

Apunta entonces directamente al sentimiento nacional, que no es chovinismo, sino autorreconocimiento y también fidelidad a la historia que puede ser madre y maestra.

Martínez Heredia, como él mismo dice de los revolucionarios, aprendió a domar imposibles y a trabajar con ellos, y nos recuerda que las revoluciones cubanas han sido asaltos maravillosos contra la lógica, combates sublimes de multitudes y visiones iluminadoras de seres humanos descollantes, desde Martí hasta Fidel.

«La revolución triunfó al fin en 1959, acabó con la cordura y destrozó las leyes de la geopolítica. Ya nadie se conformó con “darse su lugar”, todos fuimos más malos que Aponte y derrotamos al imperialismo», entonces ¿cómo retroceder?, sería un atentado contra la dignidad.

El racismo, el individualismo, la concepción burguesa de que siempre ha habido ricos y pobres (y estos últimos se lo tienen merecido)… constituyen algunas manifestaciones de baja entraña que no pueden campear de nuevo por estos lares; y como a las malas hierbas, hay que vigilarlas para que no resurjan, por eso las revoluciones no son obras acabadas, sino permanentes invitaciones a la evolución: «Su objetivo es desatar energías suficientes, que sean capaces de cambiar y mejorar la sociedad, las relaciones sociales y a los seres humanos (…) Toda historia verdadera de revolución es subversiva, porque desafía el presente y ayuda a guiar y desatar el futuro».

Este libro aborda temas profundos, pero su prosa tiene la ligereza del buen estilo, y las páginas se van entre abundantes subrayados: uno para cada sentencia lanzada por el pensador como golpes de lucidez, relámpagos que sobresaltan e iluminan.

En una de las partes se lee de Lenin: «es uno de esos faros indispensables, pero que alumbra unas veces y otras no, por mérito o culpa de los fareros». Fernando fue un farero de virtudes sobradas, con sus análisis nos trajo completos a hombres imprescindibles –como, por ejemplo, el Che– y él mismo, con su obra, es ya faro para evitar naufragios. Nos queda poner en práctica su pensamiento y también, para serle consecuente, superarlo.

Abrazos de optimismo emancipador resultan estos textos, de los que una pequeña cita es hermoso resumen: «No propongo nada razonable para cambiar el mundo. Considerado de una manera razonable el mundo seguirá igual, y lo más probable es que se ponga peor. Será venciendo a lo imposible y doblegando a la lógica que conquistaremos más justicia y más libertad, y abriremos camino hacia un mundo nuevo».

(Publicado originalmente en Granma)

Ese granito de arena que somos

No había días más felices para mí, salvo, quizá, los de reuniones familiares. Apenas se desperezaba la mañana y allá íbamos el grupo de niños de la cuadra, impulsando la carretilla y recibiendo de cada vecino lo que podía dar: dos cabecitas de ajo, un plátano burro, medio boniato, ¡una papa!…

Luego, el día se nos iba detrás de los que se llegaban a la bodega para recoger el cake asignado al CDR, estorbando a quienes pelaban las viandas, vigilando la pericia del maestro caldosero…

Esa era la fiesta, la algarabía común que desembocaba en una actividad nocturna, con caldosa picante, pudines y panes con pasta. Ese era mi barrio los días de conmemoraciones patrias.

No hacían falta muchos recursos, de hecho, eran crudos tiempos de Periodo Especial, pero con los aportes comunes, los adultos construían días especiales, donde también se eliminaban las hierbas malas, pintaba los contenes y desaparecía la basura.

No en todas las calles de la Isla se ha mantenido ese entusiasmo transformador pasados los años. ¿Qué ha cambiado: las organizaciones, la gente, el ritmo de la vida? Sobra decir que el análisis resulta complejo y multifactorial, pero sentarse a ver si la apatía retrocede no puede ser la actitud, más cuando se sabe que movilizar es siempre posible si hay voluntad, creación y buenos resortes.

En el reciente foro de Cubahora: ¿Te involucras en las decisiones y proyectos de tu comunidad? , los usuarios hablaron no solo de movilizar el barrio y sus circunstancias, sino también de lo que se puede hacerse desde allí para impactar las dinámicas nacionales.

A fin de cuentas, un país es un mapa de comunidades que, juntas, forman algo superior. Para lograr esa sinergias que garanticen la unidad y las transformaciones, se trata de asumir —en ese inicio de todo que hemos dado en llamar “la base”— concepciones más horizontales.

No hay que andar siempre pendientes de las indicaciones “de arriba”, pues mucho depende de tomar la iniciativa y emprender caminos. Para ello, los gobiernos locales, en las personas de sus dirigentes, deben hacer a la comunidad partícipe, llegarse a ella para darse a conocer (y conocerla) y a la vez consultar qué quiere el pueblo, cuáles son sus ideas, con qué sueña… esos son senderos de la representatividad.

Sin información ni comunicación no puede haber participación real. Deben socializarse los presupuestos a todos los niveles, desagregarse y ejecutarse. En espacios como las rendiciones de cuentas, no solo rendir cuentas, sino también preguntar —por ejemplo— cómo quiere la gente recrearse.

Además, los pobladores deben ser parte integrante de las soluciones: si hay que reparar un bache, ¿por qué no pueden los vecinos trabajar junto a los obreros designados?

No se trata solo de enaltecer y empoderar al delegado y restar trabas burocráticas, la participación no funciona en un solo sentido, así como es derecho es también deber.

Desaprovechar múltiples espacios naturales para opinar, que existen como parte del sistema político cubano, es un lujo que no podemos darnos quienes de veras aspiramos a una sociedad siempre revolucionaria, socialista y próspera.

Cada ciudadano es un granito de arena que aporta al presente y al futuro de la nación, a sus cimientos y sus horizontes, por eso, involucrarse es hacerla perdurar.

 

(Publicado originalmente en Cubahora)

La estatua, el parque, y el poeta enamorado

f0113995Nunca se ha quedado solo. Antes de la wifi, estaban allí, a su lado, los apurados de siempre, esperando el ómnibus para ir o venir. Bendita combinación esa que casó en el corazón de una ciudad, la catedral, el parque y la parada.
A sus pies encontró consuelo el amante contrariado, la trovadora extrañada de sí misma, el borracho melancólico, y los niños despreocupados de todo, que pronto aprenden a reconocer en ese hombre menudo hecho estatua a Milanés, el poeta del alma que llora.
Después sí, llegó la wifi al Parque de la Catedral en Matanzas, y sobre el pedestal proliferaron los pies sucios y las latas de refresco, aunque prefiero pensar en el hermoso paralelo del enamorado que teclea fervoroso para el amor en tierra ajena, y los versos ardientes que escribió José Jacinto a su prima, inalcanzable desde la ventana al otro lado de la calle.
Ya se ha dicho hasta el cansancio que Matanzas es tierra de poetas, pero para entenderlo no basta enumerar a todos los que desde allí hacen del verso razón de vida; hay que oler su mar y palpar su tristeza de domingo, su espíritu de bahía abierta y de río tenaz.

Y José Jacinto Milanés (1814-1863), como dijera Cintio Vitier, representa «la matanceridad absoluta»; ello explica que un día de los años 90, cuando el policía fue a reprender a los revoltosos que lanzaban piedras contra unos extranjeros, recibiera la respuesta más insólita de los pequeños: no entendían lo que decían los turistas, pero sin dudas se burlaban de la efigie del bardo.
La anécdota la rescata Urbano Martínez Carmenate (Cárdenas, 1953) en el prólogo de Milanés. Las cuerdas de oro (Ediciones Matanzas, 2013), un libro donde se propone y logra con creces superar una visión que consideraba la existencia del poeta un «cielo sin nubes, un mar sin tempestades».
Esta biografía –como todas las buenas, un atisbo de ese gran mural que es la historia a través de la individualidad– demuestra que no son precisas grandes heroicidades para dejar huellas; y que se puede escribir una indagación histórica con el garbo de la novela.
Domingo del Monte y su influencia, a veces manipuladora, sobre los noveles literatos, la admiración que Milanés le profesó; la frustración del autor de El Conde Alarcos que debió trabajar en algo más que su arte para asegurar la subsistencia
familiar, la novia pobre finalmente rechazada… todo lo descubrimos y sufrimos a la par de la mente que se nubla, que se hunde en la locura a los 28 años.
Quizá era demasiado cruento el existir, entender a la humanidad y sus inconstancias, ver negada la posibilidad de amar a Isa de Ximeno, la prima adolescente con la que se disolvieron las últimas esperanzas de un cariño sanador, y se apagó (o calló adrede) el genio que de codos en el puente vio pasar la belleza y la versificó.
«Al paso del tiempo (…) se convierte en una especie de fantasma matancero, deja cartas en las noches fosfóricas, desaparece inapresable, debajo de un farol de medianoche. Es tan real como irreal. Es inasible porque vuelve siempre, se escapa porque su ausencia ilumina el camino recorrido», dijo sobre él Lezama.
Pero más que la leyenda, conmueve la realidad de Federico, el hermano que todo lo probó para arrancarle la locura, y de las hermanas, que también aplazaron sus horizontes para cuidarlo, y se dolieron de los mutismos, la agresividad, las excentricidades… Gracias a la familia y a su obra no fue nunca un pobre loco.
No podría serlo quien entendió, antes que otros muchos, la sinceridad de las formas y asuntos populares, y fue capaz de escribir cuando aún la independencia era un tímido anhelo la Epístola a Ignacio Rodríguez Galván, como respuesta a la invitación de marcharse de la Isla para salvarse de tiranías e incomprensiones:
« (…) Hijo de Cuba soy: a ella me liga/un destino potente, incontrastable:/con ella voy: forzoso es que la siga/por una senda horrible o agradable (…)».
Cuando lo enterraron, un 15 de noviembre húmedo, ya hacía mucho que su alma vagaba apartada del cuerpo, penante y a la vez magnánima para todos los aquejados de poesía; y aún hoy camina por las estrechas aceras de Matanzas, la ciudad de nombre cruel y brisa cálida.

Honrar la hermosísima casualidad

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La unión de un espermatozoide y un óvulo es una casualidad hermosísima que deriva en un resultado único, que hay que honrar con limpieza de espíritu.

Mi amigo y yo nos conocemos desde que empezamos a estudiar Periodismo, y la simpatía mutua creció por los caminos desandados. Una hermosa entrevista para nuestras respectivas tesis, el primer centro de trabajo, una investigación inolvidable por bateyes caídos en el olvido… las insatisfacciones, las alegrías, los alientos… fueron retazos de vida que dibujamos por el mismo sendero.

Con los años han venido los alquileres, las mudanzas y, para él, la maravilla de un hijo que lo puso y pone patas arriba de felicidad todos los días. Ahora nos encontramos poco y nuestras conversaciones de chat tienen un poquito de nostalgia, aunque aún no cumplimos 30 años. ¿No te sientes extrañamente adulto?, le pregunté hace poco. Sí, me dijo, y me habló de lo que había pasado desde el primer pie puesto fuera de la universidad y de cómo todo cambió a la vertiginosa velocidad de lo cotidiano.

La existencia es pícara y le gusta sorprender: un día eres una adolescente solo preocupada por los exámenes de fin de curso, y al siguiente descubres las canas en el espejo, y ciertas marcas en la piel del cuello, y tienes más pendientes que horas en el reloj. En medio de las transformaciones del cuerpo y de las responsabilidades crecientes es muy fácil ceder a la melancolía por el tiempo ido, a la impotencia por las libertades pasadas, al enojo contra los más jóvenes (como si para todos, el tiempo no fuera igual de exacto en sus obligaciones)…

Pero la receta principal para aceptar cada etapa de la vida, creo yo, es amarse mucho una misma y la historia que está forjando; solo así se podrá decir la edad en alta voz, con la seguridad de que cada año cumplido es una victoria sobre el azar que a tanta alma noble arrebata de esta tierra.

La cuestión no es sentirse joven, sino vivo: se pueden superar los 40, los 60, y hasta los 80, y aceptar esos años sin amargura ni conservadurismo, con la convicción absoluta de que la unión de un espermatozoide y un óvulo es una casualidad hermosísima que deriva en un resultado único, que hay que honrar con limpieza de espíritu.

Los comentarios de los usuarios de Cubahora, en el foro ¿Qué te hace sentirte joven? hablan de sencillas acciones y actitudes que arropan el ánimo e impulsan: disfrutar a los hijos, a la familia; aportar algo nuevo todos los días, soñar, recordar, sonreír, compartir el bien, ser útiles; el optimismo, el buen humor, el arte…

No se marchita quien acuna la felicidad, y ella rezuma de los detalles; así lo sabe Celia, que se siente rejuvenecer “cuando mi esposo me mira con complicidad”. Y Alejandro, cuyo método consiste en “aceptar el paso del tiempo y preparar la vida rumbo a los cambios”. Martha cree que la juventud es una actitud: “atraer los sentimientos de amor por la vida”. Con el nombre de la poeta Emily Dickinson, escribe también en el foro sobre las razones para saberse joven: “porque creo en el futuro, porque tengo esperanza… porque cuando cierro el día me planteo una nueva meta”.

Ese es el secreto para que no se entumezca el deseo de ser: avanzar cada día por algo, hacia el horizonte; y a la vez, disfrutar el trayecto, que es irrepetible. Somos apenas partículas en un universo inabarcable, que esa certeza nos dé tranquilidad para equivocarnos y ansias para conquistar.

 

Publicado originalmente en Cubahora

El sacerdocio que la Isla precisa

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A veces las frases, de tanto estrujarlas día a día, se van quedando descoloridas, un poco huecas. Pero también a veces, si una se detiene a repasarlas, les encuentra el sentido primigenio.

Así me pasa con una que he escuchado mucho en los últimos diez años, desde que decidí entregarme a una profesión tan noble como difícil: «El Periodismo es un sacerdocio».

Me la han dicho profesores, colegas; la he leído y yo misma la he repetido, consciente tal vez de su hondura espiritual, pero no siempre de todos los sacrificios que, como sentencia, anuncia.

Porque el periodista, si se toma en serio ese mandato social, deberá atravesar su propio vía crucis, signado por las inconformidades propias, no escasas hostilidades externas y, con el paso del tiempo, por la asunción de todo lo que la entrega profesional le resta al ámbito personal y al proyecto de familia.

Si de paso hablamos del contexto salarial, alguien ajeno a la dinámica del gremio podría esperar redacciones apagadas; pero lo otro intrigante del oficio es que atrapa y enamora, y se sigue por un «amor al arte», que nada tiene de ingenuo y sí mucho de conciencia y de esa fe en el mejoramiento humano que, por suerte, rocía el devenir cubano.

La prensa de la Isla, apellidada y enraizada como revolucionaria, ha tenido el alto honor de acompañar por casi seis décadas uno de los proyectos de país más originales del mundo.

Pero ese destino –si bien nos hace afortunados, nos ofrece misiones, y nos da la oportunidad de ejercer una militancia genuina desde la sagrada función de informar– también plantea el desafío enorme de perfeccionarnos siempre, sin caer en mediocridades estilísticas, en el saco de la farándula o del amarillismo ramplón.

Como los extremos son siempre malos, el formalismo, la grisura, la falta de diálogo con la realidad circundante, también pueden asesinar el sistema de medios cubanos y, quizá lo más peligroso, hacer tambalear nuestra credibilidad y, junto con ella –no quepa duda de esos vasos comunicantes– la de la Revolución.

Ya un maestro de periodistas, Julio García Luis (1942-2012) estudió el tema desde una inteligencia clara y un muy profundo conocimiento de la realidad de los medios cubanos, en lo que fue su tesis doctoral y es ya un texto clásico, Revolución, Socialismo, Periodismo. La prensa y los periodistas cubanos ante el siglo XXI.

Allí escribió: «… la verdad no admite ser administrada, manejada o acicalada; necesitamos la verdad, sea dulce o amarga. La verdad es el respeto al pueblo, a su conciencia, a su lealtad probada, a su capacidad para razonar. La verdad es siempre revolucionaria».

En esa misma cuerda de racionalidad enamorada, este Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba nos conmina, porque la verdad necesita de nosotros.

Y debemos rehuir el peligro de tomarlo solo como lema.

Salario, relación prensa-Partido, tecnología, reticencias de la fuente, atención a los jóvenes profesionales (entiéndase motivación)… han sido asuntos recurrentes en los congresos y de seguro estarán en este.

Sin embargo, el contexto del hoy cubano reclama mucho más de ese espacio que una catarsis descompresora, que un mero pase de revista o chequeo de tareas.

Quisiera que fuera una plaza para generar consensos entre los propios periodistas, y entre estos y la dirección del país; donde se establecieran puntos concretos para hacer que la Política de Comunicación recién aprobada tenga un cauce transformador.

Dignificación de las condiciones materiales de los medios y un salario y un sistema de evaluación que honren el esfuerzo de los profesionales del sector y estimulen la calidad y la entrega, por sobre las dañinas comodidades, son proyecciones en las que habrá que trabajar a pasos acelerados.

Mas sería pecar de ingenuos creer que solo con recursos resolveremos los problemas. Nuestras redacciones no pueden competir con las altas cifras que pagan los eufemísticamente llamados medios «alternativos» (privados), pero no debe permitirse que alguien se marche de ellas buscando sitio para la innovación formal y estilística, para la libertad creativa…en fin, la realización profesional.

Aunque el caballero Don dinero es poderoso, no ilumina, y ya habrá tiempo para que la historia juzgue a quienes se prestan a una guerra baja contra los medios oficiales en los que no se quedaron para ayudar a construir.

No obstante, seremos mejores plataformas para pensar e interpretar la contemporaneidad si a los puestos de dirección llega la o él periodista más preparado, atrevido, con ascendencia entre su colectivo. Si dentro de los medios desterramos la competencia fútil y premiamos el talento y el trabajo sobre las condiciones de «vacas sagradas» que convierten en intocables a unos por sobre otros.

Que quien dirija un medio se imponga de las facultades otorgadas y no le haga el juego a las instituciones que creen cerrar con un «no»  el abordaje de determinado asunto; que acortemos la brecha entre el discurso público de algunos periodistas y la eficacia de lo que realmente hacen; que no nos amparemos en justificaciones para no entregar un producto informativo, más que digno, estremecedor, son retos gremiales y de país.

Sobre todo ello debe primar la ética, porque qué sería de la prensa cubana sin su limpia tradición martiana.

Los medios han de ser ejemplo para el resto de la sociedad; capaces de defenderla, unirla, impulsarla; y pilares para que la cultura comunicacional se entronice y haga natural. La verdad nos precisa, así como Cuba.

 

Publicado originalmente en Granma

Emma y la conmoción de las estrellas

«No hay que tocar a los ídolos; su dorado se nos queda en las manos», se lee en Madame Bovary. Foto: YEILÉN DELGADO CALVO
«No hay que tocar a los ídolos; su dorado se nos queda en las manos», se lee en Madame Bovary. Foto: YEILÉN DELGADO CALVO

Hace unos años, una encuesta provocadora preguntaba a la gente, de forma anónima, sobre aquellos grandes libros que había fingido leer para escapar del ridículo, o no ser calificado de «inculto».

Los resultados recogían el testimonio de quienes disertaban sobre la sanchotización del Quijote sin haber pasado nunca de «un lugar de la Mancha»; y de otros que alababan el horror logrado por Kafka al convertir a un ser humano en insecto repugnante, aunque nunca hubieran siquiera hojeado La metamorfosis.

Así, aunque nos parezca irreal, muchos de los volúmenes que por la belleza, innovación o valor testimonial de sus letras han entrado en el panteón divino de los clásicos, quedan confinados a los análisis de los libros de texto y al entusiasmo de los profesores… años después de la escuela habrá quien cite la cólera de Aquiles y el Infierno de Dante, sin haber franqueado la definitoria primera página.

Pero adentrarse en un clásico no es cuestión de dotar de juicios de valor a la vanidad propia; sino, y sobre todo, de placer. Nunca es tarde para descubrir, por una misma, cómo un autor ha logrado hacerse imprescindible para la literatura universal.

Tarde, pero segura, he llegado a Madame Bovary, de Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880), dispuesta a traspasar esa primera frase extensamente citada: «Estábamos en la sala de estudio cuando entró el director…».

La edición cubana (Editorial Arte y Literatura, 2016) nos pone de frente a una pieza maestra. No por gusto se considera –como se afirma en la nota de contraportada– la novela moderna más importante y reveladora de la sociedad francesa del siglo XIX.

Flaubert se cuida de todas las intromisiones en el curso de la historia que hacen difíciles para los lectores de hoy volver a las obras de ese siglo. Al leerlo, pueden advertirse técnicas muy contemporáneas y hasta cinematográficas, como superponer dos diálogos o escenas aparentemente apartados entre sí; y hasta ciertas notas de absurdo.

Pero no solo lo formal hace a Madame Bovary un monumento vivo hasta nuestros días. Las pasiones humanas han sido iguales siempre, cambian las convenciones sociales, la forma de escribir… pero las alegrías y tristezas siguen siendo las mismas… quizá por eso a la literatura genuina no le salen canas.

La novela, luego de su publicación en 1857, fue juzgada por obscenidad. Debió causar una desazón atroz la osadía de Flaubert de colocar en el centro de su obra un tema tan controvertido como el adulterio de la mujer. Se le reprochaba violar la moral pública, religiosa y las buenas costumbres.

Emma es un personaje tan trágico como fascinante, puede que Flaubert la juzgue, y condene sin decirlo su infidelidad a través de las consecuencias que le acarrea; pero al exponer los pensamientos de Madame Bovary desnuda la realidad de una mujer víctima de las ambiciones consustanciales a una rígida sociedad de clases y de sus pasiones en una época donde solo había dos destinos «honorables»: el matrimonio o el convento.

Recordando su infancia, Emma sufre: «Qué felicidad en aquellos tiempos (…) Lo había gastado en todas las aventuras de su alma (…) en la virginidad, en el matrimonio y en el amor (…) ¿pero quién la hacía tan desgraciada? ¿dónde estaba la catástrofe extraordinaria que la había trastornado?».

Era muy pronto tal vez para que ella, a través del hombre que la creó, pudiese entender en  toda su plenitud las cadenas que la ataban y arrastraban en dirección contraria a «lo correcto». De vivir hoy Emma, Flaubert se quedaría sin anécdota. Sus personajes acudirían al divorcio y los métodos anticonceptivos, y el final sería muy diferente.

Hay que llegar a Madame Bovary y beber de un escritor que, en boca de uno de sus personajes, pone una de las preocupaciones literarias suyas y de todos los tiempos: «nadie puede jamás dar la exacta medida de sus necesidades, ni de sus conceptos, ni de sus dolores, y la palabra humana es como un caldero cascado en el que tocamos melodías para los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas».

(Publicado originalmente en Granma)

De cabeza, para no ver torcido

«El lenguaje oficial reconoce los derechos de las mujeres, entre los derechos de las minorías, como si la mitad masculina de la humanidad fuera la mayoría», dice Galeano. Foto: YEILÉN DELGADO CALVO
«El lenguaje oficial reconoce los derechos de las mujeres, entre los derechos de las minorías, como si la mitad masculina de la humanidad fuera la mayoría», dice Galeano. Foto: YEILÉN DELGADO CALVO

Hay dos tipos de tontos: los que prestan libros, y los que los devuelven, dijo en clase una vez un profesor universitario; y sus alumnos, después de reírnos, nos miramos con cierta suspicacia.

Sabíamos que entre nosotros había muchos sin un pelo de despistado, y muy pocos limpios de culpa; el libro, para un lector voraz, es un objeto de deseo. Se pudiera hacer una sui géneris lista de calidad literaria, basada en un criterio algo superficial pero efectivo: cuán robado es un título.

Hay textos que, una vez obtenidos, no se pueden dejar regados ni prestar (sin tener un libro rehén a cambio), porque desaparecen para siempre. Así sucede en Cuba con todos los firmados por ese maestro en enseñar las costuras de «la realidad, que también existe aunque a veces se note poco, y que no es muda aunque a veces se hace la callada», que es Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015).

Por eso es una suerte luminosa tener entre las manos Patas arriba. La escuela del mundo al revés (Editorial Cajachina, 2009); edición tejida en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, una universidad de la palabra, donde cada año jóvenes de toda Cuba aprenden a hacer y valorar mejor la literatura, y de paso salen con el alma más noble.

Eduardo Heras León habla de esta entrega, cuya edición tuvo a cargo, con cariño: «Publicado por primera vez en 1999, en vísperas del nuevo milenio, este libro sorprendente es un recorrido profundo, crítico, agudo e irónico (…) Es el mundo al revés que Alicia descubrió después de penetrar en el espejo, y que (…) no necesitaría atravesar si el inolvidable personaje de Lewis Carroll renaciera en nuestros días: le bastaría con asomarse a la ventana. (…) Se lee como un ensayo, o una crónica, o un reportaje, dotado de una fluidez narrativa apasionante, que no nos permite abandonar sus páginas».

Mirar detrás del telón para descubrir los porqué es la invitación de Galeano en este libro; y si bien nos habla de las amarguras en un mundo donde para elogiar una flor, se dice: «parece de plástico», y son los árboles que dan fruto los que sufren las pedradas, también nos conmina a la herejía de soñar –que es la antesala del acto– ese día en que nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que crea justo en lugar de hacer lo que más le conviene.

Habla Galeano del racismo, del machismo, de la corrupción, de la loca sociedad de consumo (trampa cazabobos)… y también de esta Isla, donde hay quienes «no tienen miedo de decir y tienen ganas de hacer, y por su aliento sigue Cuba viva y coleando: ellos prueban que las contradicciones son el pulso de la historia, mal que les pese a quienes las confunden con herejías o con molestias que la vida plantea a los planes».

No es mucha la gente que nace con esa incómoda glándula llamada conciencia, que impide dormir a pata suelta…, pero a veces se da, escribe él y apunta a la esperanza que sabe viva porque «aunque estamos mal hechos, no estamos terminados; y es la aventura de cambiar y de cambiarnos la que hace que valga la pena este parpadeo en la historia del universo, este fugaz calorcito entre dos hielos, que nosotros somos».

Parémonos de cabeza para encontrar otras perspectivas como la de este fragmento, Puntos de vista/6: «Si Eva hubiera escrito el Génesis, ¿cómo sería la primera noche de amor del género humano? Eva hubiera empezado por aclarar que ella no nació de ninguna costilla, ni conoció a ninguna serpiente, ni ofreció manzanas a nadie, y que Dios nunca le dijo que parirás con dolor y tu marido te dominará. Que todas esas historias son puras mentiras que Adán contó a la prensa».

(Publicado originalmente en Granma)

Cuestión de opciones… y de contenido

Lo que debe preocuparnos no es a través de qué medio la gente se entretiene, sino bajo qué presupuestos…

No hay nada peor —quizá salvo la rutina— que no tener algo para hacer. De niña, las tardes de domingo me aplastaban y perseguía a mi mamá por toda la casa para quejarme: “Estoy aburrida”.

Ella, mujer entera y pragmática que en esos años no tenía tiempo ni para pintarse las uñas, me rebatía todas las veces: “No sea burra”. A mi madre le daba risa y yo me ponía brava.

Con los años fueron menos los momentos que me quedaron para aburrirme en buena ley, y cada rato de ocio lo repleté de libros, crucigramas y audiovisuales. A la televisión recurrí en mis madrugadas adolescentes, pero después, con la llegada paulatina del DVD y la computadora, empecé a escoger a qué producto dedicarle ese bien preciado que se llama tiempo libre.

Y ahora, cuando añoro un instante de solo esparcimiento, y ya no me aburro nunca, también —lo confieso— recurro a la opción de escoger qué miro, cuándo y por qué tiempo. Si me gana el sueño, basta pulsar el “stop” para seguir mañana.

La televisión se ha vuelto incompatible con mi forma de vida, porque precisamente una de sus limitaciones radica en precisar del pacto con el televidente: que él acepte sus propuestas y esté libre en el momento que las transmitan.

Aunque cada vez les pasa lo mismo a más personas, otras muchas deciden crear sus propias fórmulas de consumo porque la parrilla de la televisión nacional no cubre sus expectativas. Claro que no hablo de los que piensan que los reality shows donde “la gente se hala los pelos” son lo mejor del mundo y debiéramos adoptarlos, sino de un sector mayoritario, con altos niveles de instrucción para distinguir buenos guiones y actuaciones convincentes.

La realidad moderna es dura y está matizada de situaciones estresantes que, querámoslo o no, nos afectan. Por eso el público le solicita a la TV nacional un equilibrio más exacto entre entretenimiento y educación, como afirmaron varios de los usuarios en el foro de Cubahora: Internet vs. Televisión ¿Cambian las prioridades de los cubanos?

Muchos esperan poder “desconectar” ante el televisor después de un día de trabajo, y para ello no piden banalidad, sino una programación variada y dinámica, donde los productos no repitan formatos y fórmulas gastadas ni acudan a lenguajes encartonados. Porque la TV es aún la principal opción recreativa en buena parte de los hogares cubanos, y no es Internet quien le hace la competencia, sino los productos del llamado “paquete” que transitan entre memorias flash y permiten a los consumidores de audiovisuales, como ya se dijo, elegir su programación y su horario.

La conectividad en Cuba, aún insuficiente, determina que los usos que se le den en el país a Internet no se concentren en la visualización y descarga de videos, sino en la comunicación y la búsqueda de información.

No obstante, transcurrir por ese mundo paralelo, donde se establecen interacciones nuevas y consumos libres, es cada vez más una opción recreativa, en buena medida para los jóvenes, si bien no se puede ser absolutos en el aspecto generacional.

Esas alternatividad e interactividad son tal vez las determinantes de que en la encuesta también realizada recientemente por Cubahora sobre las iniciativas de recreación preferidas por los cubanos, navegar por Internet superase con amplitud a ver televisión.

Entonces, como se dijo en el foro, no es cuestión de competencia, sino de opciones. Lo que debe preocuparnos no es a través de qué medio la gente se entretiene, sino bajo qué presupuestos.

Poner a disposición del público productos bien facturados y enriquecedores es el primer paso. Por eso se discute tanto sobre la calidad de la televisión cubana, y se insiste también en que el proceso de informatización no es solo cuestión de tecnología, sino, y sobre todo, de los contenidos que ella transmita.

Un segundo aspecto se relaciona con incentivar un consumo activo —a sea del noticiero estelar o de las redes sociales— para estimular ciudadanos pensantes y buenos seres humanos, y ahí concurren la familia, la escuela, los medios de comunicación, los críticos…

Donde haya pensamiento y buenos valores, por muy ligero que sea el producto resultante, un espectador consciente sabrá encontrar riqueza y provecho para otras facetas de su vida; porque cómo nos entretenemos también nos define.

No se puede botar el sofá, basta con colocarlo en el lugar justo y no cometer el pecado imperdonable de aburrirse.

(Publicado originalmente en Cubahora)

«Las palabras vuelven siempre»

f0109771En estos días de pérdida he pensado mucho en ese sentido otro de la vida, que va más allá de simplemente respirar. Creo que todos, alguna que otra vez, lo hemos hecho. Nuestra fragilidad material nos compulsa a ello. Algunos se cobijan en un dios, otros se rinden al destino y hay quien encuentra consuelo en el refugio y la inmortalidad que la palabra ofrece.
Por eso he vuelto a un poema, rotundo en su sencillez, de Luis Rogelio Nogueras (La Habana, 1944-1985), Es lo mismo de siempre: «Estamos todos sentados a la mesa: / papá se reía, yo chupo un mango, / mamá corta el pan con su vestido a cuadros. / Entonces ocurrió el milagro: / Gerardito apretó el obturador de su/ Kodak 120. /
«Ahora papá está enfermo/ pero siempre ríe, yo estoy en otra parte/ pero chupo un mango interminable, / mamá se pasará la muerte cortando el pan/ con su vestido a cuadros».
El amor que otros hayan sembrado en nosotros nos ayudará a, rebasada la tristeza, recordarlos con una sonrisa. El amor que enraizamos en quienes nos rodean es lo que nos garantiza cierta forma sublime de eternidad.
Lo que hayamos fundado, con bondad, nos definirá aún después del polvo. Por eso Luis Rogelio Nogueras todavía me habla, y a otros muchos que ni por asomo pudimos ser sus contemporáneos, con versos desenfadados y estremecedores. Él, el Wichy, sabía que la poesía «empieza en todas partes/ y termina siempre en los papeles» y que «es un deseo jamás insatisfecho».
Ante ella, al poeta no le queda más que rendirse y dejarla venir del mundo para hacerse letra mediante sus dedos. Tal vez él, como yo, hubiese desconfiado entonces de los poetas por oficio, los que trabajan para el próximo concurso o la venidera antología.
La naturalidad del Wichy, su talento indiscutible, la aureola de hombre hermoso y de conquistador feroz, su muerte prematura y de cierta forma trágica, lo han hecho leyenda.
Cuesta hablar de la poesía posrevolucionaria sin él, pero –paradójicamente– también cuesta encontrar sus libros. Imagino que se agoten pronto, pero sé que las ediciones han sido escasas. Por la antología que hace años le hizo Letras Cubanas, pagué en una librería de uso un precio escandaloso.
A él, del olvido, no solo lo salva su palabra insoslayable, sino además el empeño de los seres que en vida lo amaron y que no pueden dejar de hacerlo latir. Tal es el caso de Neyda Izquierdo Ramos, compiladora del libro Me quedaría con la poesía (Editorial Letras Cubanas, 2014), que en tres secciones: Cumpleaños, Arte Poética y Poesía, reúne alrededor de 75 poemas de Nogueras; y constituye un tesoro que aún se puede encontrar en las librerías.
A él, responsable del guion de una película memorable como El brigadista, autor de la gran novela policíaca Y si muero mañana; premio David por el poemario Cabeza de Zanahoria, y premio Casa por Imitación de la vida, hay que leerlo cuando se requiera esperanza y también cuando se sienta que «solo se oye el goteo incesante de la vida que continúa,/piedra sobre piedra,/ hasta el final».
Entonces, por ejemplo, nos dirá: «Llueve; / volverán a crecer los geranios en las macetas del patio; / un escarabajo brillante se paseará de nuevo entre las tablas podridas; / cantarán las ranas; / mejorarán las cosechas a lo largo del país. / Y habrá también –¿por qué?– / como un regreso largo de tu ausencia».

(Publicado originalmente en Granma)