De cabeza, para no ver torcido

«El lenguaje oficial reconoce los derechos de las mujeres, entre los derechos de las minorías, como si la mitad masculina de la humanidad fuera la mayoría», dice Galeano. Foto: YEILÉN DELGADO CALVO
«El lenguaje oficial reconoce los derechos de las mujeres, entre los derechos de las minorías, como si la mitad masculina de la humanidad fuera la mayoría», dice Galeano. Foto: YEILÉN DELGADO CALVO

Hay dos tipos de tontos: los que prestan libros, y los que los devuelven, dijo en clase una vez un profesor universitario; y sus alumnos, después de reírnos, nos miramos con cierta suspicacia.

Sabíamos que entre nosotros había muchos sin un pelo de despistado, y muy pocos limpios de culpa; el libro, para un lector voraz, es un objeto de deseo. Se pudiera hacer una sui géneris lista de calidad literaria, basada en un criterio algo superficial pero efectivo: cuán robado es un título.

Hay textos que, una vez obtenidos, no se pueden dejar regados ni prestar (sin tener un libro rehén a cambio), porque desaparecen para siempre. Así sucede en Cuba con todos los firmados por ese maestro en enseñar las costuras de «la realidad, que también existe aunque a veces se note poco, y que no es muda aunque a veces se hace la callada», que es Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015).

Por eso es una suerte luminosa tener entre las manos Patas arriba. La escuela del mundo al revés (Editorial Cajachina, 2009); edición tejida en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, una universidad de la palabra, donde cada año jóvenes de toda Cuba aprenden a hacer y valorar mejor la literatura, y de paso salen con el alma más noble.

Eduardo Heras León habla de esta entrega, cuya edición tuvo a cargo, con cariño: «Publicado por primera vez en 1999, en vísperas del nuevo milenio, este libro sorprendente es un recorrido profundo, crítico, agudo e irónico (…) Es el mundo al revés que Alicia descubrió después de penetrar en el espejo, y que (…) no necesitaría atravesar si el inolvidable personaje de Lewis Carroll renaciera en nuestros días: le bastaría con asomarse a la ventana. (…) Se lee como un ensayo, o una crónica, o un reportaje, dotado de una fluidez narrativa apasionante, que no nos permite abandonar sus páginas».

Mirar detrás del telón para descubrir los porqué es la invitación de Galeano en este libro; y si bien nos habla de las amarguras en un mundo donde para elogiar una flor, se dice: «parece de plástico», y son los árboles que dan fruto los que sufren las pedradas, también nos conmina a la herejía de soñar –que es la antesala del acto– ese día en que nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que crea justo en lugar de hacer lo que más le conviene.

Habla Galeano del racismo, del machismo, de la corrupción, de la loca sociedad de consumo (trampa cazabobos)… y también de esta Isla, donde hay quienes «no tienen miedo de decir y tienen ganas de hacer, y por su aliento sigue Cuba viva y coleando: ellos prueban que las contradicciones son el pulso de la historia, mal que les pese a quienes las confunden con herejías o con molestias que la vida plantea a los planes».

No es mucha la gente que nace con esa incómoda glándula llamada conciencia, que impide dormir a pata suelta…, pero a veces se da, escribe él y apunta a la esperanza que sabe viva porque «aunque estamos mal hechos, no estamos terminados; y es la aventura de cambiar y de cambiarnos la que hace que valga la pena este parpadeo en la historia del universo, este fugaz calorcito entre dos hielos, que nosotros somos».

Parémonos de cabeza para encontrar otras perspectivas como la de este fragmento, Puntos de vista/6: «Si Eva hubiera escrito el Génesis, ¿cómo sería la primera noche de amor del género humano? Eva hubiera empezado por aclarar que ella no nació de ninguna costilla, ni conoció a ninguna serpiente, ni ofreció manzanas a nadie, y que Dios nunca le dijo que parirás con dolor y tu marido te dominará. Que todas esas historias son puras mentiras que Adán contó a la prensa».

(Publicado originalmente en Granma)

Anuncios

Cuestión de opciones… y de contenido

Lo que debe preocuparnos no es a través de qué medio la gente se entretiene, sino bajo qué presupuestos…

No hay nada peor —quizá salvo la rutina— que no tener algo para hacer. De niña, las tardes de domingo me aplastaban y perseguía a mi mamá por toda la casa para quejarme: “Estoy aburrida”.

Ella, mujer entera y pragmática que en esos años no tenía tiempo ni para pintarse las uñas, me rebatía todas las veces: “No sea burra”. A mi madre le daba risa y yo me ponía brava.

Con los años fueron menos los momentos que me quedaron para aburrirme en buena ley, y cada rato de ocio lo repleté de libros, crucigramas y audiovisuales. A la televisión recurrí en mis madrugadas adolescentes, pero después, con la llegada paulatina del DVD y la computadora, empecé a escoger a qué producto dedicarle ese bien preciado que se llama tiempo libre.

Y ahora, cuando añoro un instante de solo esparcimiento, y ya no me aburro nunca, también —lo confieso— recurro a la opción de escoger qué miro, cuándo y por qué tiempo. Si me gana el sueño, basta pulsar el “stop” para seguir mañana.

La televisión se ha vuelto incompatible con mi forma de vida, porque precisamente una de sus limitaciones radica en precisar del pacto con el televidente: que él acepte sus propuestas y esté libre en el momento que las transmitan.

Aunque cada vez les pasa lo mismo a más personas, otras muchas deciden crear sus propias fórmulas de consumo porque la parrilla de la televisión nacional no cubre sus expectativas. Claro que no hablo de los que piensan que los reality shows donde “la gente se hala los pelos” son lo mejor del mundo y debiéramos adoptarlos, sino de un sector mayoritario, con altos niveles de instrucción para distinguir buenos guiones y actuaciones convincentes.

La realidad moderna es dura y está matizada de situaciones estresantes que, querámoslo o no, nos afectan. Por eso el público le solicita a la TV nacional un equilibrio más exacto entre entretenimiento y educación, como afirmaron varios de los usuarios en el foro de Cubahora: Internet vs. Televisión ¿Cambian las prioridades de los cubanos?

Muchos esperan poder “desconectar” ante el televisor después de un día de trabajo, y para ello no piden banalidad, sino una programación variada y dinámica, donde los productos no repitan formatos y fórmulas gastadas ni acudan a lenguajes encartonados. Porque la TV es aún la principal opción recreativa en buena parte de los hogares cubanos, y no es Internet quien le hace la competencia, sino los productos del llamado “paquete” que transitan entre memorias flash y permiten a los consumidores de audiovisuales, como ya se dijo, elegir su programación y su horario.

La conectividad en Cuba, aún insuficiente, determina que los usos que se le den en el país a Internet no se concentren en la visualización y descarga de videos, sino en la comunicación y la búsqueda de información.

No obstante, transcurrir por ese mundo paralelo, donde se establecen interacciones nuevas y consumos libres, es cada vez más una opción recreativa, en buena medida para los jóvenes, si bien no se puede ser absolutos en el aspecto generacional.

Esas alternatividad e interactividad son tal vez las determinantes de que en la encuesta también realizada recientemente por Cubahora sobre las iniciativas de recreación preferidas por los cubanos, navegar por Internet superase con amplitud a ver televisión.

Entonces, como se dijo en el foro, no es cuestión de competencia, sino de opciones. Lo que debe preocuparnos no es a través de qué medio la gente se entretiene, sino bajo qué presupuestos.

Poner a disposición del público productos bien facturados y enriquecedores es el primer paso. Por eso se discute tanto sobre la calidad de la televisión cubana, y se insiste también en que el proceso de informatización no es solo cuestión de tecnología, sino, y sobre todo, de los contenidos que ella transmita.

Un segundo aspecto se relaciona con incentivar un consumo activo —a sea del noticiero estelar o de las redes sociales— para estimular ciudadanos pensantes y buenos seres humanos, y ahí concurren la familia, la escuela, los medios de comunicación, los críticos…

Donde haya pensamiento y buenos valores, por muy ligero que sea el producto resultante, un espectador consciente sabrá encontrar riqueza y provecho para otras facetas de su vida; porque cómo nos entretenemos también nos define.

No se puede botar el sofá, basta con colocarlo en el lugar justo y no cometer el pecado imperdonable de aburrirse.

(Publicado originalmente en Cubahora)

«Las palabras vuelven siempre»

f0109771En estos días de pérdida he pensado mucho en ese sentido otro de la vida, que va más allá de simplemente respirar. Creo que todos, alguna que otra vez, lo hemos hecho. Nuestra fragilidad material nos compulsa a ello. Algunos se cobijan en un dios, otros se rinden al destino y hay quien encuentra consuelo en el refugio y la inmortalidad que la palabra ofrece.
Por eso he vuelto a un poema, rotundo en su sencillez, de Luis Rogelio Nogueras (La Habana, 1944-1985), Es lo mismo de siempre: «Estamos todos sentados a la mesa: / papá se reía, yo chupo un mango, / mamá corta el pan con su vestido a cuadros. / Entonces ocurrió el milagro: / Gerardito apretó el obturador de su/ Kodak 120. /
«Ahora papá está enfermo/ pero siempre ríe, yo estoy en otra parte/ pero chupo un mango interminable, / mamá se pasará la muerte cortando el pan/ con su vestido a cuadros».
El amor que otros hayan sembrado en nosotros nos ayudará a, rebasada la tristeza, recordarlos con una sonrisa. El amor que enraizamos en quienes nos rodean es lo que nos garantiza cierta forma sublime de eternidad.
Lo que hayamos fundado, con bondad, nos definirá aún después del polvo. Por eso Luis Rogelio Nogueras todavía me habla, y a otros muchos que ni por asomo pudimos ser sus contemporáneos, con versos desenfadados y estremecedores. Él, el Wichy, sabía que la poesía «empieza en todas partes/ y termina siempre en los papeles» y que «es un deseo jamás insatisfecho».
Ante ella, al poeta no le queda más que rendirse y dejarla venir del mundo para hacerse letra mediante sus dedos. Tal vez él, como yo, hubiese desconfiado entonces de los poetas por oficio, los que trabajan para el próximo concurso o la venidera antología.
La naturalidad del Wichy, su talento indiscutible, la aureola de hombre hermoso y de conquistador feroz, su muerte prematura y de cierta forma trágica, lo han hecho leyenda.
Cuesta hablar de la poesía posrevolucionaria sin él, pero –paradójicamente– también cuesta encontrar sus libros. Imagino que se agoten pronto, pero sé que las ediciones han sido escasas. Por la antología que hace años le hizo Letras Cubanas, pagué en una librería de uso un precio escandaloso.
A él, del olvido, no solo lo salva su palabra insoslayable, sino además el empeño de los seres que en vida lo amaron y que no pueden dejar de hacerlo latir. Tal es el caso de Neyda Izquierdo Ramos, compiladora del libro Me quedaría con la poesía (Editorial Letras Cubanas, 2014), que en tres secciones: Cumpleaños, Arte Poética y Poesía, reúne alrededor de 75 poemas de Nogueras; y constituye un tesoro que aún se puede encontrar en las librerías.
A él, responsable del guion de una película memorable como El brigadista, autor de la gran novela policíaca Y si muero mañana; premio David por el poemario Cabeza de Zanahoria, y premio Casa por Imitación de la vida, hay que leerlo cuando se requiera esperanza y también cuando se sienta que «solo se oye el goteo incesante de la vida que continúa,/piedra sobre piedra,/ hasta el final».
Entonces, por ejemplo, nos dirá: «Llueve; / volverán a crecer los geranios en las macetas del patio; / un escarabajo brillante se paseará de nuevo entre las tablas podridas; / cantarán las ranas; / mejorarán las cosechas a lo largo del país. / Y habrá también –¿por qué?– / como un regreso largo de tu ausencia».

(Publicado originalmente en Granma)

La riqueza que limpia el alma

En la medida que cada cual haga bien su parte del deber la obra común se hará más sólida…

Lo conocí un mediodía silencioso de pueblo. Yo andaba cazando historias en Los Arabos, un municipio matancero allá en lo último de la frontera con Villa Clara y no por casualidad me lo tropecé.

Mucha gente sugirió con entusiasmo que lo entrevistara. Era un guardaparques, y me picó la curiosidad que fuese tan célebre y querido. Fui a “acosarlo”, libreta, grabadora y bolígrafo en mano; y aunque titubeó un poco ante mi insistencia reporteril, pronto se desató a hablar.

Argelio Mario Casanova Cardoso me contó, en un banco de su parque, de una existencia de trabajo, tempranamente iniciada a los ocho años; de lo bueno que era para los estudios de niño, cuando su padre no lo dejó pasar del sexto grado; y de lo difícil que le fue estudiar de grande, cuando en el trabajo le instaban pero ya la cabeza, muy vieja, no le alcanzaba para esas cosas.

Y me habló con emoción de su cooperativa, donde se ganó un carro, y de cómo la jubilación no estaba hecha para alguien que llevaba 78 años siendo útil. “En la casa me sentía como perro con bicho”.

Por eso se buscó aquel trabajito, incluso en contra de la familia que le decía que no había necesidad; pero Casanova no solo lo asumió para entretenerse, sino que se convirtió en un guardaparque modelo, de los que no toleran malas hierbas ni papeles fuera del cesto, y mucho menos gente desalmada.

Y esa dedicación de hacer bien su trabajo en un parque modesto lo había convertido en un tipo diferente de famoso; no es que su nombre fuese coreado ni que cada visitante se tomara una foto con él, sino que se le miraba con respeto y si de ejemplo se hablaba era ineludible citarlo.

Me gustó aquella entrevista con un hombre sencillo y aunque nunca tuve la oportunidad de reencontrármelo y preguntarle si le había parecido bien lo que escribí sobre él en el periódico, me gusta pensar que sí, que se sonrió ante mi intento por estamparlo en letras; y me satisface más saber que no hizo falta la llegada de ninguna periodista poniendo luces sobre su esfuerzo para que la gente lo quisiera.

A Argelio lo recordé mientras leía los comentarios del foro de Cubahora ¿Cómo participas en la creación de riquezas para nuestro pueblo? Porque, creo, al final la mayor parte de los usuarios entendió que no se hablaba de la riqueza que nos arropa por fuera y nos desnuda por dentro, sino de la que se alza desde los pequeños concursos individuales y limpia el alma, porque pone en todas las bocas pan y en todas las cabezas almohada.

Un proyecto diferente de país, como el cubano, no puede fundar su prosperidad futura sobre las ambiciones personales, que se vuelven egoístas cuando solo se concentran en las ganancias que se puedan obtener con una actitud o acción; y mientras más se gane, mejor; a cualquier costo, porque la vida “está difícil”.

No se trata de negar que hay que comer, calzarse, refugiarse bajo techo, comprarles juguetes a los niños, vacacionar en un lugar agradable… sino de abrazar una filosofía distinta en un mundo cada vez más parcelado y caníbal: pensar que un trabajo no es solo, aunque incuestionablemente lo sea, una vía para sustentar las necesidades materiales, sino un espacio para, desde el enaltecimiento espiritual propio, contribuir a un país mejor, más eficiente y agradable para sus ciudadanos.

Argelio, con sus siete décadas bien vividas, creaba riquezas  —¿quién puede dudarlo?— para su gente. En la medida que cada cual haga bien su parte del deber la obra común se hará más sólida.

El socialismo, a fin de cuentas, se trata de amor. De entender que no estamos solos en una competencia a muerte por sobrevivir, sino que en millones de encadenamientos de buenos trabajos está la solución para una mejor Isla.

Pero, claro está, esa conciencia no sale de la nada. Se funda sobre la historia, sobre los valores, sobre las vanguardias y la participación activa. Por eso, los foristas hablaron de crear riquezas trabajando en equipo, evaluando la información, escuchando a los demás; y también exigiendo calidad, el uso de los recursos para lo que han sido destinados, y eliminando barreras subjetivas.

No solo hay que capacitar a los trabajadores y estimular una cultura del ahorro y del sentido de pertenencia, sino también lograr que los tributos actúen como una forma justa de redistribuir la riqueza.

¿No serán esos mismos que viven sin trabajar, acumulando dinero por caminos torcidos y sin haber dado nada de sí, los que le rompen los bancos del parque a Argelio y patean los cestos de basura? Solo desde el sacrificio propio se puede venerar y entender el ajeno.

Eliminar los desequilibrios que han permitido crecer a los “nuevos ricos” es prioridad del Partido y el Estado cubanos. En lo honesto y legal siguen estando los fundamentos de la nación, aunque algún trasnochado no quiera entenderlo.

¿Cómo participar en la creación de riquezas? Siendo buenos podría ser una primera respuesta.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Después del título ¿qué?

Si bien las autoridades del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social consideran que el servicio social no está en crisis, mientras haya un solo joven decepcionado el asunto merece meditarse…

Ella tiene 27 años y él, 29. Son una pareja de profesionales universitarios cubanos, y cuando se conocieron en su ciudad natal, ambos recién habían cumplido el servicio social, pero con experiencias diametralmente opuestas.

La muchacha obtuvo una ubicación laboral acorde con su perfil y, no obstante algunos desacuerdos con los protocolos de trabajo de su nuevo centro, allí no solo pudo expresar sus insatisfacciones, sino que además encauzó todo su conocimiento y energías creativas en función del proyecto laboral. Como resultado, tres años después de su graduación sentía el crecimiento de sus habilidades y estaba segura de no haber equivocado el camino.

Para él fue distinto. Todo el ímpetu que traía de la universidad menguó ante un entorno caracterizado por la rutina y las exigencias sin fundamento. Entre elaborar el preplan de trabajo, luego el plan ajustado a las indicaciones del nivel central, y, por último, el informe del cumplimiento del plan, se le iba el mes sin hacer algo útil.

Nadie sabía allí de qué les podría servir alguien de su profesión, y si se atrevía a dar sus puntos de vista era calificado de problemático. En resumidas cuentas, terminó los dos años estipulados y se fue a hacer otra cosa de su vida. Ese tiempo, dice, está entre los más amargos de su juventud “porque podría haber hecho cosas y no me dejaron”.

Dos historias reales, dos caras de una moneda que ilustran el fenómeno del servicio social en Cuba, un país donde en el año 2016, según datos de la Onei, se graduaron de nivel superior 23 971 personas.

Cada día, a los medios de comunicación del país llegan cartas, correos electrónicos y llamadas exponiendo preocupaciones, dudas o quejas respecto a este período, cuyo cumplimiento es vital para las instituciones del Estado. En Cubahora también aparecieron numerosas interrogantes. Y, si bien las autoridades del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social consideran que no está en crisis, mientras haya un solo joven decepcionado, el asunto merece meditarse.

No en vano, el presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, ha insistido en varios escenarios en el trabajo con los jóvenes desde el espacio laboral, que pasa por escucharlos más y motivarlos.

Expresiones como “no te creas que aquí te vas a comer el mundo” y “una cosa es la universidad y otra la concreta” no solo desestimulan al recién graduado, sino que privan a la entidad de asumir el caudal científico más actualizado.

Cuando se demande a un profesional, corresponde al organismo saber qué puede aportar este desde su perfil y, sea cual sea la realidad material a que deba enfrentarse, hacerlo sentir útil.

El tutor, pieza clave en el proceso de adiestramiento, no está solo para firmar una evaluación cual despojo burocrático, sino también para ofrecer los secretos que solo la práctica devela, e, incluso, para entusiasmar.

Qué bueno fuera para las instituciones si, una vez culminado el servicio social, el joven quisiera quedarse y seguir creciendo profesionalmente por y para ese primer centro de trabajo que, está demostrado, resulta vital para el futuro. Buena parte opta por permanecer, y a los jefes toca pensar por qué un joven no quiso culminar allí esa etapa o se fue no bien culminó el tiempo estipulado.

LA LEY BAJO EL BRAZO

La poca cultura jurídica que nos golpea como sociedad también incide en este campo. Desconocimiento del empleador y del empleado de lo que está legislado sobre el servicio social ampara arbitrariedades de ambas partes.

Según la Ley No. 116, Código de Trabajo, el servicio social consiste en el cumplimiento del deber de los graduados de cursos diurnos, que alcanzan los conocimientos en el nivel superior y técnico-profesional de la educación, de ponerlos en función de la sociedad de conformidad con la planificación y prioridades del desarrollo económico y social.

En el documento se establece que durante la prestación del servicio social los graduados tienen los deberes y derechos que conciernen a su condición de trabajadores, y no pueden ser declarados disponibles.

En el caso de los graduados de la enseñanza técnico-profesional, cumplen el servicio social los que, en correspondencia con la demanda de fuerza de trabajo calificada que requiere el desarrollo económico y social, son asignados a una entidad en el momento de su graduación.

Esta etapa tiene una duración de tres años y se combina con el servicio militar activo, de modo que la suma de ambos complete los tres años; y se cumple en el lugar y la labor en la entidad a que se destine el graduado.

En caso de incumplimiento injustificado, se solicita la inhabilitación del ejercicio profesional; los términos y condiciones para ese proceso, así como para revertirlo, se encuentran en el reglamento del citado código.

Muchos ignoran, asimismo, que cuando resulta necesario el traslado de un graduado se somete a la aprobación de las autoridades que lo asignaron, a partir de la conformidad de ambos órganos; por lo que es totalmente posible el traslado si existe el consenso.

La Ley 116 es clara cuando dice que la ubicación del graduado debe corresponderse con las necesidades de la producción y los servicios y con los estudios cursados. No obstante, cuando resulta imprescindible, pueden ubicarse en cargos distintos a los de su especialidad, aunque no se correspondan con los específicos de su profesión.

El graduado inconforme al considerar que la ubicación no se corresponde con sus estudios puede, dentro del término de diez días hábiles siguientes a la notificación, presentar su inconformidad, alegando sus razones ante el jefe de la entidad. Si la respuesta es negativa tiene el derecho, en igual término, de acudir como última instancia ante el jefe inmediato superior de la entidad, que tiene 30 días para resolver lo que proceda.

De igual forma, se cumple el servicio social una sola vez, con independencia de número de carreras u otro tipo de estudios que se concluya.

Tener un puesto de trabajo garantizado cuando se sale de las aulas es un beneficio que no puede desdeñarse. Que cada cual cumpla sus deberes y haga valer sus derechos será siempre premisa para que el servicio social cumpla su garantía. Cuba no puede prescindir de ninguna inteligencia, y mucho menos de las que ha formado.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Ficción y realidad, la frontera inexistente

Infidente ganó el Premio Alejo Carpentier de novela en el 2015.
Infidente ganó el Premio Alejo Carpentier de novela en el 2015.

Extraña la sensación de estar en una isla dentro de otra isla. Después del último barco y el último avión del día, a una, extranjera sin salir de su propio país, le da por pensar que está un poco cercada, sin la posibilidad de «arrancar» en cualquier momento hacia la casa y la gente querida.

Pero la Isla de la Juventud aún tiene algo de su encanto piratesco y tanta historia para ser hallada, contada e, incluso imaginada, termina por aplacar las nostalgias y la extrañeza del agua dos veces por todas partes.

Allá, después del camino estrecho que lleva a la finca El Abra, con su ceiba, y sus palmas y su casita breve, no pude resistirme a la tentación de imaginar a Martí oteando la tarde, queriendo partir y a la vez quedarse.

Ni la restauración que vivía entonces el Museo, ni la modernidad mostrando sus vestidos por todo el lugar, pudieron robarnos a los visitantes el ansia incontrolable de fabular los hechos, y preguntarnos si nuestra anfitriona sería descendiente de los Sardá. Y nos dijo que no, pero quisimos creer lo contrario.

¿Qué hubiera pasado si…?, es la pregunta con la que pueden desatarse todas las tormentas noveladas, y Nelton Pérez (Manatí, 1970) la explota de forma fecunda en Infidente (Editorial Letras Cubanas, 2015), sin temor a llenar los vacíos, porque la historia no es solo lo que queda en los papeles amarillos, en las cartas, en los testimonios… está también en las palabras dichas tras las paredes, en la mirada que la fotografía no atrapó, en el abrazo que jamás se confesaría para la posteridad.

Infidente –ganadora del Premio Alejo Carpentier– ha desarrollado, según Francisco López Sacha, uno de los miembros del jurado, «un cuerpo investigativo en el que también participa la ficción. El lector encontrará datos fehacientes de la estancia del joven José Martí en la finca El Abra; y al mismo tiempo, enfoques, discernimientos, y aun opiniones, vertidas por él (José Martí) a través de un epistolario que puede considerarse imaginal».

Sacha, en su nota al lector, da otra pista trascendente: «este libro puede leerse como una indagación histórica bajo el criterio de que la ficción también colabora con la realidad».

Y como la ficción le gana a la realidad en verosimilitud, resulta un placer para quienes vemos la grandeza del apostolado martiano precisamente en su humanidad total, adentrarnos en una versión de lo que sucedió en ese periodo de la vida de Pepe, reducido apenas a unos párrafos en los manuales y biografías.

Mandy, un estudiante de Periodismo que en 1980 quiere saber qué ocurrió en 1870 en Isla de Pinos, es un personaje que nos compulsa a la curiosidad, y a descubrir que las complejidades epocales inciden en el pequeño destino personal más de lo que imaginamos.

Dolores, Casimiro, Adelaida, Carmen, Nora, Teresa… forman parte de una constelación que entrelaza dos tiempos.

«Es un joven con tanto talento y querible, José María, ¿no te parece», inquiere doña Trinidad a su marido, Sardá, acerca del huésped a punto de marcharse.

Él le contesta: «Sí, pero con mucha vocación para mártir, ¡qué desperdicio! Que vaya a estudiar leyes, a ver si eso lo ayuda a olvidarse de querer cambiar el mundo (…) En tiempos de guerra la política es un juego donde se muere de verdad y eso él ya lo sabe».

–Es un poeta, José María…

–Pues por eso, Trina, vaya Dios a saber qué suerte le toca o no.
Y una se estremece con la posibilidad, aunque el 19 de mayo de 1895 ya esté inexorablemente escrito.

(Publicado originalmente en Granma)

Ese respeto que nos define

Si se ignoran los valores históricos, patrióticos y culturales de un monumento, este no moverá fibra alguna, y se le podrá considerar como un elemento inanimado más…

Parque de La Libertad, Matanzas
Parque de La Libertad, Matanzas

La tarde languidece, pero la noche demorará en llegar. El sopor saca a los vecinos en busca de aire fresco. El parque, justo en el medio del centro histórico, los acoge.

Otros salen del trabajo a esa hora y también optan por demorar un poco la llegada a casa para disfrutar del espacio colectivo.

Personas que leen, que comen maní, que conversan, que meditan… y muchos niños, derrochando toda la energía acumulada durante una jornada de escuela o actividades en el hogar.

Así sucede a lo largo y ancho de Cuba y la escena sería siempre idílica si no fuera porque lo que hemos convenido en llamar indisciplina social –y no es más que aguda carencia de civilidad–enseña su oreja peluda en esos lugares hechos para el encuentro y, casi todas las veces, también para la veneración patria.

Por eso a tanta persona le duele, más allá de la aglomeración provocada por los puntos wifi o las bocinas portátiles con música nefasta, el irrespeto hacia nuestros monumentos.

No hace falta buscar mucho para constatarlo. Basta un breve recorrido para ver a los pequeños encaramados sobre las bases de los conjuntos escultóricos, simplemente jugando, y a los padres muy relajados en un banco cercano, pendientes solo de que su criatura no se haga daño.

También encontrará adultos sentados en algún pedestal, mientras googlean  sobre  “lo último”, y advertirá paquetes vacíos de pellys y latas de cerveza a los pies de algún héroe o heroína inmortalizado en mármol o bronce.

Pero no solo las estatuas y conjuntos escultóricos de los parques se ven amenazados; las tarjas, edificios, plazas… son además susceptibles de ser vulneradas. “Mamuchi, te amo”, “Yosva, la rata”, son carteles que, en letras deformes y con pintura de spray (muy difícil de eliminar), alguna vez leí en paredes de edificios con inestimable valor patrimonial.

Pero quienes así actúan no resultan monstruos ni criminales de alta peligrosidad, es gente que anda entre nosotros; entonces, ¿por qué  les parece intrascendente cuidar “todo centro histórico urbano  y  toda construcción, sitio u objeto que, por  su carácter excepcional, merezca ser conservado por su significación cultural, histórica o social para el país” (tal y como lo define la Ley No. 2, De los monumentos nacionales y locales)

La respuesta tiene dos aristas fundamentales, que muy bien referenciaron los lectores de Cubahora en su foro “¿Cuidamos nuestros monumentos? ¿Qué valor tienen para nosotros?”

El primer elemento tiene que ver con la educación; como escribió la lectora Loida: « el que no conoce, no lo siente parte suya y no lo cuida».

Si se ignoran los valores históricos, patrióticos y culturales de un monumento, este no moverá fibra alguna, y se le podrá considerar como un elemento inanimado más.

A la escuela y la familia, donde todo empieza, debemos volver la mirada.  La enseñanza de la historia local no puede concebirse como algo menor, a través de ella se forman ciudadanos activos de la comunidad.

Pero todo no es cuestión de conocimiento, porque no saber qué hizo un héroe o qué hecho relevante ocurrió en un edificio no justifica su maltrato y mucho menos el robo de alguna de sus partes.

La cultura posee componentes cívicos y éticos vitales. A los monumentos se les venera, debe ser la sentencia inviolable que nos conduzca, de conjunto con su significado, al respeto y la protección.

En el inciso h del Artículo 39 de la Constitución de la República de Cuba se establece que “el Estado defiende la identidad de la cultura cubana y vela por la conservación del patrimonio cultural y la riqueza artística e histórica de la nación. Protege los monumentos nacionales y los lugares notables por su belleza natural o por su reconocido valor artístico o histórico”.

Por eso el Gobierno cubano no puede tolerar la impunidad; que constituye, en mi opinión, el otro aspecto que ofrece caldo de cultivo a este fenómeno. “Hace falta educar pero con rectitud, no se puede dejar todo a la conciencia, a la conciencia hay que ayudarla con el respeto, con integridad y con leyes”, dijo en el foro el usuario José Eduardo.

Las instancias de Patrimonio muchas veces se ven con las manos atadas ante las violaciones que detectan, porque constituyen órganos de asesoramiento y consulta, pero no punitivos. De ahí que el enfrentamiento a tales conductas deba ser integrador y multidisciplinario.

Garantizar el orden público pasa también por multar severamente al que dañe e irrespete un monumento. El ciudadano inconsciente que vea su bolsillo menguado, seguro se lo pensará dos veces antes de repetir actos lesivos al Patrimonio; y el resto también.

Vale la pena anotar que si desde la institucionalidad se descuidan estos sitios sagrados, por abandono, se abre una puerta más para el vandalismo y la falta de identificación. No hay por qué pensar siempre en las grandes sumas de dinero que supone una restauración,  a veces un cuidado sistemático evita llegar a ese punto

El tema no es menor. La forma en que tratamos nuestros monumentos nos define como país.

(Publicado originalmente en Cubahora)

 

Réquiem por nuestro parque

Centro Coral: El viacrucis de una casa

Museo Memorial El Morrillo: Cerrar sería absurdo

Desdichas de una biblioteca (Parte II y final)

Desdichas de una biblioteca (Parte I)

 

No ha habido cisma, sino respaldo

Cuba el #1Mayo. Foto Irene Pérez Cubadebate.
Cuba el #1Mayo. Foto Irene Pérez / Cubadebate.

Es difícil conducir un camino de bien para las mujeres y los hombres. El acto de dirigir, asumido desde la consecuencia, tiene mucho de darse y de renuncias personales. Así es tanto en los escenarios pequeños, casi anónimos, como desde las grandes proyecciones.

¡Cuánto peso entonces en los hombros, cuando se asume la responsabilidad de velar por los cauces de una nación, por sus sueños!

La Revolución Cubana se asienta sobre los sólidos pilotes de la épica. Primero Fidel, luego Raúl, poseían para su gestión gubernamental el ancla de sacrificios miles, de heroicidades ciertas; y pocos pensamos en lo que vendría luego, en el curso natural del tiempo.

Cuando este 19 de abril, Miguel Díaz-Canel Bermúdez asumió como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, no fue una transición formal; la carga de simbolismo estuvo en el hecho de que el poder otorgado por el pueblo pasaba de un hacedor de la lucha guerrillera a un hombre formado por la obra de esa gesta; que estudió en sus escuelas, que se formó en su concepción de la educación universitaria, que fue internacionalista, que dirigió desde su Partido…

El cisma esperado por ciertas almas torcidas no se ha producido porque la gente ve en su nuevo mandatario cualidades como: la honradez, la inteligencia, su experiencia como dirigente provincial, su simpatía, su compromiso con la historia… y la sabiduría colectiva sabe que no se trata de pedirles a este y a los sucesivos presidentes el aval de la Sierra, sino la honra de lo que se ha conquistado hasta hoy, y la voluntad de seguir conquistando.

Pero también sabemos los cubanos que nuestros destinos no pueden sostenerse con la apatía tan común en este siglo, ni con la verticalidad de la gestión gubernamental; por eso una palabra se repitió distintivamente en el foro, mediante el cual Cubahora invitó a los lectores a dejar sus mensajes para el nuevo Consejo de Estado, y fue: respaldo.

Muchos usuarios ratificaron que darían, desde sus múltiples espacios, acompañamiento y apoyo al Gobierno. Y desde esa identificación, le sugirieron  trabajar duro, con «el oído pegado a la tierra», porque –afirmaron– no puede existir una conducción de los procesos genuina sin apego al sentir popular.

Asimismo, varios lectores hablaron de la confianza en que el rumbo de la Cuba futura se apegará al legado, a la soberanía, los principios, y a aspectos como la comunicación, la responsabilidad, la convicción de que «todo ciudadano es relevante», para enfrentar el reto económico y asegurar mayor calidad de vida.

También se expresó que deben eliminarse las insuficiencias nuestras para avanzar en el proyecto de país, calificado como una «hermosa obra».

Desde el foro, otros prefirieron reseñar momentos de la constitución de la IX Legislatura de la Asamblea Nacional, que ya son históricos, como el abrazo entre Raúl y Díaz-Canel; la presencia de Fidel en el tejido espiritual de los revolucionarios cubanos; el llamado del General de Ejército a no aceptar retrocesos ni falsas inclusiones en la eliminación de toda conducta discriminatoria hacia la mujer y las personas negras.

«Yo me muero como viví», citó un usuario al trovador,  y valdría responderle desde el mismo amor poético: «nadie se va a morir, menos ahora…», porque la Isla navega, y es su gente quien la impulsa.

 

(Publicado originalmente en Cubahora)

 

Prohibido morirse de literalidad

«Tu Correo es definitivamente uno de los momentos más altos en el decir coral de una asombrosa promoción de poetas», dice Yamil Díaz en su carta-prólogo.
«Tu Correo es definitivamente uno de los momentos más altos en el decir coral de una asombrosa promoción de poetas», dice Yamil Díaz en su carta-prólogo.

Recuerdo con claridad el día que descubrí que la denominación de «poeta» era una cosa tremenda. Fue hace unos 20 años, la tarde cuando me regalaron el primer libro de poemas.

Aún era demasiado pequeña, pero intenté leerlo y comencé a descubrir, por suerte temprano, que la poesía es una cosa de otro mundo que nos acompaña, y que andar de espaldas a ella por esta vida a veces árida, es perderse la oportunidad de acaparar la verdadera riqueza, la que nos alumbra dentro.

Desde entonces hasta hoy he leído poesía con apetito, y siempre me provoca felicidad extrema hallar a la vuelta de la esquina un poeta tremendo. Así me sucedió con Frank Abel Dopico (Santa Clara, 1964-2016).

Los primeros versos suyos los encontré en una revista, y quedé asombrada con la manera  de convertir la simplicidad en belleza. Después, a mi paso por Santa Clara, armé a retazos  su existencia de tintes dramáticos, novelescos, pero que se resistía a la tristeza.  El público lo había amado. Ganó en 1988 el Premio David y el Premio de la Crítica. En 1994 se fue a vivir a España, desde donde publicó poco. A su vuelta a Cuba, en el 2008, el panorama literario había cambiado y no muchos sabían cuánto significaba para las letras cubanas ese hombre que –me contaron– murió un poco solo y de demasiado alcohol.

También supe de su influjo que seguía, no solo en el vocablo impreso para siempre, sino además en la obra de un músico agradecido, del que fue profesor, al que ayudó a superar su timidez infantil mediante el teatro, y que ahora hace canciones sinceras que en Cuba se admiran.

De vuelta a La Habana fui directo a comprar El correo de la noche (Editorial Letras Cubanas, 2015), una reedición del poemario que había merecido el David. Y después de leerlo reafirmé la opinión de que la poesía sufre el prejuicio que signa lo desconocido. No vende, proclaman las grandes editoriales, y la gente acaba por creerse que es cosa de élites.

Parte de la culpa la tienen los malos poetas, los que hacen del sinsentido una forma de exhibir supuesta cultura; pero Dopico, porque era de veras poeta, no asumía poses, más bien asaeteaba con sus metáforas insólitas y su irrespeto por los lugares comunes.

«Y cuando en cada ombligo nace un duende, no se trata de una visión, sino de una visión  a lo Frank Abel. Caramba, Frank, todo aquello devino contagioso ¡Cuántos quisimos dopiquear! Te convertiste en un estilo», afirma Yamil Díaz en su carta-prólogo.

La poesía, como todo lo sublime, no anda necesitada de explicaciones. Cada quien puede hacerla su ancla o su globo aerostático, según lo precise. Lo único imperdonable es aferrarse a la literalidad, temerle a buscar detrás de las palabras. No queda más que compartir un cóctel de versos desordenados, una herejía que creo me sería perdonada por la desprejuiciada alma que los atrapó en papel.

«Bienaventurada seas si esta noche vienes a partir / mi soledad en dos pedazos, /  a darle a mi puerta su carruaje/… Donde crecen las alas antes hay precipicios… Se informa a los propietarios de maravillas/…que lo increíble existe a una gota de las cosas…  ¿A quién de caminar no le ha brotado un ángel?».

Las libras exactas para el consumidor

Instrumentos legales, como el Código Penal, sancionan las conductas que atentan contra el normal desenvolvimiento de los servicios públicos…

Me cuenta que casi se queda callado, que le faltaba apenas un metro para franquear la puerta del mercado, cuando se arrepintió. “No, no podía ser que me fuera con la duda, y me quedara todo el día con esa sensación de impotencia”, dice.

Unos minutos antes había comprado arroz en uno de los mostradores del establecimiento. El vendedor era del tipo confianzudo, de los que te dicen: “Mi socio, echa pa’ca la jaba”, y ponen cara de buenazos.  Como quien tiene una maestría en calcular cantidades a “ojo de buen cubero” despachó el cereal casi sin mirar la pesa y extendió la compra.

“Me pareció muy poco, y le pregunté si estaba seguro de las libras. ‘Claro que sí’, me contestó sin dudarlo. Por poco me voy con el bichito de la incertidumbre”, relata.

En ese momento, recordó que en una esquina, casi escondida entre cajas vacías y montacargas, estaba la pesa de comprobación, y para allá fue. “Primero no había nadie que la utilizara, después llamaron al administrador, que confirmó mi sospecha: faltaba al menos media libra.

“Lo más triste del caso  es que el dependiente me estuvo vigilando desde su puesto durante todo ese tiempo, y antes de que retirara mi jabita de la pesa, ya venía con el arroz faltante en una paleta.  ‘Mira, socio, aquí tienes’.

“Y me fui a casa, con cierta sensación de victoria, pero con la incógnita de qué habría pasado luego entre él y el administrador, ¿un regaño, una medida, nada?”.

La anécdota de mi amigo, sucedida hace unas pocas tardes en un céntrico mercado de la capital cubana, me vino a la mente mientras leía los comentarios del foro “Protección al consumidor: ¿Qué hacemos?”, convocado por Cubahora.

Encontré los puntos de contacto en dos líneas de opinión:  los mayores aliados de los servidores públicos que incumplen con su deber son los ciudadanos que no se quejan; y no basta solo con la denuncia, deben existir jefes lo suficientemente conscientes de su responsabilidad como para hacer cumplir al pie de la letra lo establecido.

La protección al consumidor no es un eslogan ni un invento cubano. Internacionalmente se conceptualiza como el conjunto de normas emanadas de los poderes públicos, destinadas a la protección del consumidor o usuario en el mercado de bienes y servicios, y que le otorga y regula ciertos derechos y obligaciones.

Ha sido ampliamente estudiada y en Cuba varias investigaciones  la han contextualizado atendiendo al carácter socialista  de la nación, el predominio mayoritario de un tipo de propiedad, los efectos del Periodo Especial, la canasta básica…

El tema se mantiene en los primeros puestos de la agenda pública y se relaciona con tópicos sociales diversos que los foristas mencionaron: las fallas humanas, el respeto, la corrupción, la responsabilidad, los valores, la impunidad y la apatía, la calidad de los servicios, la educación formal, la gestión de venta, la reventa…

Un usuario que se identificó como “coco”, afirmó que la protección al consumidor supone un deber y también un derecho, y reflexionó sobre el carácter cíclico del maltrato: “La persona que brinda un servicio para que otro consuma o se sirva de él, también en algún momento lo recibe y se convierte en consumidor”

Otro lector, Guadarramas, enrumbó sus opiniones sobre  el compromiso civil  ante lo mal hecho, porque no puede ser que, como expresaron otros usuarios, no se reclame por temor a caer mal:

“El problema debe ser de todos los ciudadanos, llamarnos a conciencia cada uno, ser un inspector más, exigir más, regatear por los precios; exigir por que se me dé el peso exacto …no es ser miserable, como en ocasiones  expresan algunos… Es una polémica dura, fuerte, pero tenemos que llevarla a cabo todos. La miseria humana comienza cuando uno deja de exigirle al timador el respeto por sus derechos”.

Si en algo coincidieron buena parte de quienes opinaron fue en la necesidad de cumplir lo legislado. La existencia de una Ley de Protección al Consumidor pudiese ser determinante, pero ya hay instrumentos legales, como el Código Penal, que sancionan las conductas que atentan contra el normal desenvolvimiento de los servicios públicos.

Asimismo, la Constitución de la República de Cuba es explícita en su Artículo 63, cuando dicta que “Todo ciudadano tiene derecho a dirigir quejas y peticiones a las autoridades y a recibir la atención o respuestas pertinentes y en plazo adecuado, conforme a la ley”.

En este, como en otros muchos temas de la vida nacional, son determinantes el control y la organización del emisor, por un lado, y la actitud proactiva del receptor, por el otro.

Desterrar el paternalismo;  no aplicar la bondad meliflua en la dirección, sino la justeza, que es mucho más difícil; ser intransigentes ante las vulnerabilidades que menoscaban nuestros derechos constituyen buenos primeros pasos.

(Publicado originalmente en Cubahora)