Intimidad a la calle

Mis padres han venido a visitarme. Los invito a una pizzería. De buen humor nos disponemos a enfrentar la cola. Conversamos. Delante de nosotros están ellos. Son dos, una pareja, muy jóvenes.

Se besan desaforadamente, tan cerca de nosotros que oímos los sonidos, los suspiros. Empieza a ser incómodo. Ella le muerde la oreja, lame su cuello, él ríe y, como respuesta, la atrae con fuerza hasta que las caderas de ambos quedan muy juntas.

En la fila, la mayoría intenta por todos los medios que la mirada no tropiece con la escena. Otros lo encuentran divertido; algunos, sensual. «Tremenda película porno», comenta alguien detrás de mí.

La pareja continúa sus juegos presexuales, enajenada de lo circundante, pero expuesta a varias miradas lascivas. No solo lastima el pudor ajeno, comparte una intimidad que debiera pertenecer solo a ambos.

A la mañana siguiente los recuerdo. Esta vez son otros, pero la situación muy parecida. En una calle céntrica, la muchacha está sentada sobre un muro, con sus piernas enlazadas alrededor del joven que permanece de pie.

Él recorre con los dedos la piel de sus muslos y a cada rato la besa en la boca, mientras ella le masajea la espalda. A la vez, ambos conversan de forma muy natural con un amigo que los acompaña.

Reparo entonces en que, durante los últimos meses, me he tropezado con variedad de casos similares, protagonizados la mayoría de las veces por adolescentes, aunque los jóvenes y algunos más «maduros» no se quedan detrás.

Pienso en razones para ignorar que determinadas caricias deben quedar protegidas de la vista ajena: quizá la inexperiencia, la imposibilidad de acceder a un lugar cómodo y seguro donde intimar; o probablemente la falta de civilidad.

Sin embargo, ninguna justificación minimiza el hecho de que respetar a la pareja —con independencia de la naturaleza de la relación— implica separar con exactitud las esferas de lo público y lo privado.

No es cuestión de puritanismo ni de aquellos criterios anticuados que se les suelen achacar a las abuelitas, y mucho menos tiene que ver con la doble moral machista que exige a la mujer discreción absoluta en materia amorosa so pena de comprometer su valía. Se trata, para ambos sexos, de interiorizar que la libertad propia en el ámbito sexual, como en todos, termina donde empieza la de los otros.

Si bien un gesto como tomarse de la mano o dar un beso discreto pueden resultar tiernos, otros como la mano del hombre «petrificada» sobre un glúteo de la mujer mientras recorren la vía pública (cual declaración: Miren esto bien, pero no se equivoquen que es mío) hace pensar en conductas cavernícolas.

Esa misma calificación le sirve a las «nalgadas cariñosas», las conversaciones con implicaciones sexuales, a toda voz, lo mismo en la cola de la panadería, en la guagua, que en Coppelia; y hasta ciertos bailes que, si sus ejecutantes prescindieran de la ropa, recibirían otro nombre.

Hay miles de formas de demostrar el amor o la atracción física sin caer en lo indecente o denigrante, ni convertirlo en un espectáculo público. Llevar a la calle lo que debiera quedar en un ambiente protegido y de confianza no implica una confirmación de la hombría ni asigna, ante los ojos ajenos, solidez al vínculo amoroso, sino todo lo contrario.

No está de más hablarlo con los hijos, sobrinos, amigos, alumnos y, de paso, reflexionar sobre qué rostro le ponemos a nuestra relación amorosa puertas afuera.

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¿La cultura del bafle?

Disfrutar de la buena música tiene mucho de rito. Unos prefieren hacerlo en soledad; otros, acompañados de la pareja o de amigos. Cerrar los ojos, dejar fluir la imaginación o comentar por lo bajo tal o cual frase convierten ese momento en una comunión con la espiritualidad propia.

También se encuentran los espacios para bailar y aunque allí el volumen suele superar el necesario, la mayoría lo perdona en aras de pasar un buen rato y «mover el esqueleto». Mientras no se torture a los vecinos —como también sucede— no hay nada que objetar.

Sin embargo, más allá de las discotecas sin insonorizar o de quienes se empeñan en imponer sus gustos musicales al barrio, crece una tendencia que apunta a poner la música alta en los espacios públicos porque sí, porque es sinónimo de actividad, de fiesta, de «aquí está pasando algo».

Así se inscribe el caso de un museo municipal que ofrecería un evento relacionado con la historia a las diez de la mañana, y desde las ocho sacó un par de bafles a la calle «para que la gente se embullara».

En vez de un clima grato, se generó incomodidad. Los invitados debían hablar a gritos y los artistas convidados apenas podían ensayar; pero el técnico de audio no se sintió aludido, él creía su labor impecable, exitosa, y sus jefes parecían concordar.

Esa es la cultura del bafle: «¿hace falta animar un acontecimiento de cualquier índole?, pues pongamos el equipo a todo dar». Ningún género resulta agradable si agrede los tímpanos, pero no son la trova, la rumba y ni siquiera la popular bailable las más favorecidas en estos casos. Por el contrario, el reguetón más crudo y plagado de antivalores parece ganar la pelea.

De tal forma se vulnera la política cultural cubana y se revela una falta total de sensibilidad artística y entendimiento del disfrute estético. Es inconcebible que incluso en instituciones del sector de la cultura se opte por la música ensordecedora como vía para asegurar el esparcimiento.

Solucionarlo no exige solo decretos o leyes. La decisión de qué temas poner y a qué volumen debe recaer en personas preparadas, con un sentido aguzado del arte y sin enfoques reduccionistas referentes a la recreación.

En una sociedad como la que aspiramos a construir, divertir a los otros también debe implicar educarlos, generar consensos sobre la base de excluir el mal gusto, la chabacanería, las expresiones discriminatorias, misóginas y sexistas.

Que alguien sepa manejar un equipo de audio no lo califica automáticamente para dictaminar qué se pone o no; cabe entonces preguntarse si a esos técnicos, la mayoría muy jóvenes, se les da la oportunidad de superarse, u otras atenciones que hagan menos fugaz su paso por esa labor.

La batalla por la cultura es quizá de las más fuertes que a la nación le toca librar; la música no puede ser nunca vehículo para enajenar y sí para enaltecer. Constituye prioridad evitar que el consumo de arte devenga contaminación acústica, más en un país con una tradición musical tan rica como Cuba.

http://www.juventudrebelde.cu/opinion/2016-11-15/la-cultura-del-bafle/

En la Ciénaga de Zapata buscando historias sobre Girón

Breve declaración de amor

Pongo la grabadora frente a él o ella. Tomo notas en la agenda para asegurarme, no confío totalmente en la tecnología. Hago las fotos. Me despido. Llego a casa. Releo. Vuelvo a escuchar. Planifico. Escribo. Reviso. Entrego. Vuelvo a revisar. Quedo inconforme. A veces acepto palabras de agradecimiento; otras, duras críticas. Aprendo de los errores. Me defiendo de cuestionamientos injustos. Después vuelvo a empezar. Todo es parte de la profesión que escogí para vivirla. ¡Quisiera tantas cosas!, pero no me rindo, lucho por ellas y las digo donde tenga que decirlas, no son excusas para dejar de hacer. Mi deber está con los otros. Respeto a los que se van y por eso exijo respeto para los que llenan las redacciones. Amo el Periodismo y ahora siento ganas de gritarlo. Soy periodista en Cuba, y lo digo con orgullo.

Disentir también vale

¿Para qué dices esas cosas si al final nada cambiará? Afloja. La vida siempre ha sido la misma. Solo conseguirás ‘marcarte’ y los otros continuarán su camino frescos como lechugas.

Más de una vez me lo han dicho, incluso personas que estimo. Yo siempre contesto que cuando creo que algo está mal tengo que decirlo o escribirlo porque si no ‘reviento’ de la impotencia; que si siguiera tal lógica no tendría este trabajo ni viviera en este país; y que asentir sin concordar me parece el más ignominioso de los crímenes.

Por supuesto que tal postura conlleva complicaciones, imagino lo mismo en Cuba que en Transilvania. Hay personas a quienes les incomodan los que critican, los que dicen aquello que los otros no quieren escuchar, los que se alejan de las versiones complacientes.

En este archipiélago, si bien un proceso revolucionario de más de cinco décadas pone en primer plano la participación popular como esencia, interpretaciones erradas validaron durante muchos años la idea de que había que estar de acuerdo siempre, porque lo contrario contribuía a la fragmentación y al debilitamiento de las estructuras.

Junto a ello creció la costumbre de someter casi todo a votaciones a mano alzada, puramente formales, desde el orden del día de una reunión hasta la ubicación laboral de un grupo de graduados universitarios (aunque alguno no esté contento con lo que le tocó y el resto lo sepa).

Los votos en contra y las abstenciones devinieron rara avis. En una suerte de actuar mecánico e irresponsable hay quien levanta la mano en el barrio o el centro de trabajo sin haberse leído el documento, conocer a la persona que se propone, o coincidir en la decisión que se establece.

En algunos casos, salen enfurruñados, comentando con el de al lado lo que pudo decir en el momento y se calló; en otros -los peores- ni les importa: ya la apatía se les instaló dentro.

Pero disentir también vale, y no conduce a la desunión, sino a  la confrontación sana. Solo de las contradicciones, y eso lo sabe bien quien le prestó un poquito de atención a la teoría marxista, nace el desarrollo.

Si la cultura del debate –y que a nadie le quepa duda de que constituye una cultura- estuviera más acendrada en la nación, en sus espacios de socialización, en los medios de prensa, e incluso en las instancias gubernamentales, muchos problemas podrían solucionarse a tiempo. Sin embargo, la mayoría de las veces quedan como cuerpo para autopsias, y entonces de nada sirve afirmar: yo siempre lo supe.

Sé que muchos que presumen de pragmáticos, a esta altura del comentario podrían cuestionarme: todo eso parece muy lindo, pero si digo lo que creo en un momento que se considere inoportuno puede ocurrir que hagan caso omiso de mi opinión; el jefe me mire con mala cara y después me ‘ponga el pie arriba’; o me den fama de incómodo.

Y sí, pero también puede que quienes no habían notado la deficiencia abran los ojos; o los demás reconozcan en su reflexión sus propias insatisfacciones; y siempre quedará la buena conciencia del revolucionario: haber hecho lo correcto.

La dirección del país llama al pueblo a buscarse problemas, a exterminar el dañino falso consenso. Para lograrlo nos falta un trecho y ahí entra el sacrosanto cambio de mentalidad.

Quien ocupe una responsabilidad cualquiera debe prepararse no solo para que cuestionen su gestión, sino además para sacar de esos cuestionamientos las mejores experiencias. Si, por el contrario, asume la crítica como una ofensa y la emprende contra la persona, ya está suspenso.

Del mismo modo, todos debemos interiorizar que el resto no siempre coincidirá con nuestra forma de entender los procesos y eso no es malo, al contrario. Además, ejercer el criterio constituye un derecho inalienable. Solo construiremos una nación superior si naturalizamos las confrontaciones y entendemos que la unidad nace de una construcción conjunta; y esta, sin debate real, resulta imposible.

Donde se me partió el corazón

De Los Arabos solo conocía el central Mario Muñoz. Allí, en el pueblo, el corazón de ese municipio, nunca había puesto los pies.

Cuando supe que era finalista de un concurso de poesía que convoca la casa de cultura arabense y que me invitaban a participar en la gala de premiación, asumí todo el viaje como una aventura.

Podría hablar de lo surrealista de un trayecto en “máquina” hasta Colón; de cómo la vuelta ciclística nos detuvo al borde del camino alrededor de media hora; o de cómo un chofer quería montarnos a mí y a mi cuñado (representante oficial de mi esposo, también finalista) en un camión desvencijado por 5 pesos, y a los pocos minutos de que se fuera –creyendo que éramos un par de locos obstinados- alcanzamos una guagua hasta Los Arabos por solo un peso.

Mi cuñado y yo.                                                                                     Mi cuñado y yo.

Pero esos no son los detalles que me importan. En Los Arabos se me partió el corazón. Y no, no porque me sintiera mal, de hecho hacía mucho tiempo que no veía a gente haciendo por la cultura con tanto deseo y sinceridad.

Aún no entiendo como Freddy y Katia –especialistas de Literatura de la casa de cultura Ninón Mondéjar- se las arreglan para, casi sin presupuesto, convocar al Concurso Nacional Benigno Vázquez y traer escritores de toda Cuba (en esta edición había una guantanamera)

Allí conocí a un muchacho que no quiso continuar los estudios y vende dulces, pero desde los 12 años pertenece al taller literario de Freddy y escribe poemas con la autenticidad de quien sabe que la poesía salva.

Allí vi a un grupo de estudiantes de preuniversitario asistir a una actividad comunitaria, en el portal de una casa, y escuchar con complicidad a poetas e intérpretes.

Allí asistí a una casa de cultura repleta de adolescentes y entendí que a la gente que tiene ganas de hacer no la para ni un tren de carencias.

Estuvimos hasta la una de la madrugada leyéndonos nuestros poemas y cuando me fui a la cama, con un frío que daba deseos de llorar y mi mención, supe que tenía el corazón roto.

Los Arabos y la gente que allí vive y sueña merecen más. Sí, porque a veces los que residimos en la ciudad nos creemos el centro y demandamos para nuestro patrimonio, nuestra vida cultural, nuestra economía. ¿Y qué dejamos para el resto de los territorios?

¿Cómo exigir que se trabaje la tierra si los esquemas de desarrollo son cada vez más urbanos? ¿Y lo rural? ¿Qué oportunidades tienen los habitantes de esos municipios?

Los Arabos es un lugar dolido por la migración de sus jóvenes hacia la capital provincial y hacia el extranjero; por las casas cerradas y en venta, por la pérdida de tradiciones, por el cierre de fábricas…

Solo me había sentido tan triste al visitar un lugar, cuando conocí España Republicana, el sitio dónde se gestó el hombre con el que hoy comparto la vida. Un batey sin central, y ojalá no sin esperanzas.

Sé que Los Arabos también tiene esperanzas, porque hay allí quien se afana, quien no prepara las maletas, quien crea sobre su suelo. Esos que batallan contra el reguetón a todo dar que colocan en el parque segundos después de que Teatro de Las Estaciones culmine una representación en la casa de cultura.

Apuesto por los trabajadores del museo, que esperan su reparación capital, aunque la saben costosa; apuesto por Freddy y Katia que brindan lo que pueden con la cabeza en alto y la sonrisa. Apuesto por los que labran senderos sin desanimarse.

Como sociedad ese debe ser un reto, lograr una nación con una distribución más equitativa de las oportunidades, donde no haya que ir a las capitales para realizarse profesionalmente. Puede que sea un propósito utópico, pero si hay un país donde las utopías se siembran y cosechan, es en Cuba.

                             La casa de la infancia de mi esposo. Central España Republicana

Periodistas y/o superhéroes

Cuando me pidieron que escribiera las palabras de apertura del Encuentro de Jóvenes Profesionales de la Prensa en Matanzas y dije que sí, pensé que me había metido en un gran lío. Traté de hacerlo lo más sincero y poco formal posible, esto fue lo que salió…

El día que los primeros graduados de Periodismo en la Universidad de Matanzas recibimos nuestros títulos, la Upec nacional nos regaló un libro: Revolución, Socialismo, Periodismo. La prensa y los periodistas cubanos ante el siglo XXI, de Julio García Luis.

Para ese entonces tenía yo una experiencia profesional exigua: varios periodos de práctica, y un año y medio de labor como reportera televisiva. Pero muchas de las preocupaciones reflejadas en ese volumen que devoré, subrayé y llené de papelitos me habían rondado por intermedio de colegas, profesores, y de los otros estudiantes. Si algo se nos da bien a los periodistas, incluso a los neófitos, es debatir.

Aquella fue, y lo sigue siendo, una lectura esperanzadora –daba cierto alivio que ya estuvieran plasmados, desde una visión científica, nuestros problemas; ese era el primer paso para resolverlos- pero también dolorosa: en primera instancia por lo crudo del retrato de la prensa que somos, y luego porque los errores persisten.

El párrafo que más me golpeó fue aquel en que el profe Julio resumió una “enseñanza abrumadora. Aun sin faltar a la verdad, la prensa podía crear un país formal, en el que todo marchaba bien, todo era positivo y unánime; mientras el país verdadero se debatía en una seria crisis socioeconómica y moral”.

La reflexión me dejó, como periodista recién graduada, en corto circuito y con complejo de culpa. ¿Estaría yo contribuyendo con esa formalidad, lo haría en el futuro? No decir mentiras era insuficiente; la verdad era más que la ausencia de mentiras, era ser profundos, críticos, analíticos, aunque se nos vinieran encima muchos problemas y detractores.

Por suerte, aquel texto me dejó otra frase como coraza y la anoté en la primera página de mi agenda: “la verdad no admite ser administrada, manejada o acicalada; necesitamos la verdad, sea dulce o amarga. La verdad es el respeto al pueblo, a su conciencia, a su lealtad probada, a su capacidad para razonar. La verdad es siempre revolucionaria”.Yo le hice caso a Julio García Luis, y los problemas vinieron, también los detractores.

En mi corta carrera profesional he tratado de hacer honor a eso, no siempre me ha salido bien, pero peor sería no intentarlo; esa filosofía la sigue la mayoría de mis colegas jóvenes – y algunos no tan jóvenes, pero hacedores de un periodismo al que no se le notan las arrugas ni las zonas grises.

Me siento parte de una generación de periodistas matanceros, eso me enorgullece y a la vez me preocupa, sería imperdonable que nos disgregáramos como le pasó a aquellas generaciones abismadas por el Periodo Especial, Varadero, la desprofesionalización y otros demonios.

Sería nefasto también que siguiéramos presos en las catarsis interminables, en los temas vitalicios, en el deber ser, sin jamás llegar al ser. Que no sepamos transmitir a los estudiantes la pasión tenaz y loca hacia el Periodismo; que el miedo a que nos emplacen nos haga coquetear con la autocensura; que la mediocridad deje de parecernos el peor de los males; que de tan realistas nos acomodemos entre planes de trabajo flojos, informaciones complacientes, coberturas de actos, recorridos y reuniones, y dejemos de soñar con lo imposible.

Es difícil, pero si a alguien en plena conciencia y uso de sus facultades se le ocurrió la “disparatada” idea de estudiar Periodismo, es porque las cosas fáciles le aburren un poco y lleva dentro el anhelo de todos los superhéroes: cambiar el mundo.

Entonces nos toca impulsar el cambio desde nuestra pequeña parcela: lo que escribimos. No soy ingenua, sé del salario bajo, de los viajes de madrugada en camiones que nunca cobran menos de diez pesos, de los teléfonos que no llegan, de las conexiones que la cigüeña no acaba de traer. Mas, en lo que todo eso aterriza y mientras lo exigimos, la meta tiene que ser una: no hacer “croquetas” informativas, hacer periodismo, y no cualquiera, sino uno revolucionario.

La prensa partidista y socialista, la comprometida con la Patria, debe ser la más profunda, la que nos erice la piel, la primera que denuncie, la que se atreva. Si nos enteramos de la última y nos quedamos esperando orientaciones, estamos suspensos; si no asumimos el riesgo del error como consustancial al deber de informar y quedamos paralizados por el temor, estamos suspensos; si Matanzas habla de una cosa y nosotros de otra, estamos suspensos. Si sabemos todo esto, se hace lo contrario y nos callamos, estamos suspensos.

Los jóvenes profesionales no podemos darnos el lujo de estar apartados, deprimidos, enmudecidos. Son nuestros los espacios para participar, ser líderes, cumplir y exigir que se cumpla la ética periodística. Este Encuentro pretende unirnos, no como una pandilla que mire con sospecha a todo el que supere los 35 años, sino como un grupo creador, generador de ideas, rebelde, que se inserte activamente en ese gremio tan hermoso, irreverente y complicado, como es el de la prensa.

No esperamos que sea este un evento más, donde se debata hasta el cansancio, se vire el mundo al revés, se almuerce, se tome helado, se baile, para después volver a enfrentar a la rutina con su cara ojerosa. No. Pretendemos generar acciones, dinamitar el status quo, idear la forma de vernos mucho más y hacer mucho más. Al menos lo vamos a intentar.

La “buena suerte” de Ugly: protección animal en Cuba

Ugly es un perro callejero. Un día fue blanco, y supongo que un día también fue lindo, como todos los cachorros; pero hoy luce una pelambre carmelitosa y enredada.

Sin embargo, Ugly es simpático. Por eso los vecinos de mi cuadra no le llamaron simplemente Feo, sino que le endilgaron el equivalente inglés, quizá buscando un poco más de glamour.

Él no tiene casa fija. Sabe mucho de amar, mas no de amores fieles. Cuando algún habitante de la cuadra llega del trabajo, Ugly sale con su cola raquítica a darle la bienvenida, y su alegría parece verdadera.

En la noche alguien le dará comida. Al otro día tal vez no esté y a veces demora días en volver, porque hay otros vecindarios donde se ha ganado la confianza y donde le llaman por nombres disímiles.

Ugly tiene suerte porque Zoonosis no lo ha atrapado –imagino que algún día tuvo dueños que lo quisieron-; no ha perecido bajo la rueda de ningún auto, no se ha enfermado ni lo han golpeado.

Pero muchos otros perros no son tan “suertudos” y perecen víctimas de una indolencia que nos debería doler más como sociedad.

Shakira, mi mascota hace más de una década.
Shakira, mi mascota hace más de una década.

¿Qué hacen las personas cuando por alguna razón ya no pueden cuidar más de sus mascotas? Algunos les buscan un nuevo dueño; no obstante, la mayoría se los lleva lejos y los abandona a su suerte en la calle.

Así, un perro que siempre ha tenido protección humana y fronteras tan estrechas como las de una casa, perece bajo las ruedas de un automóvil, de hambre o de tristeza.

Crueles, es la única palabra con que puedo describir a esos que echan dentro de un saco a la camada de su perra o gata para evadir la responsabilidad del cuidado, y luego lo lanzan al mar; como si no fueran frecuentes las campañas de esterilización estatales que se promueven.

Se viola algo tan esencial como enterrar al animal que nos dio alegrías. Hace muy poco vi a una perra en un basurero, envuelta en una colcha y con una rosa roja encima. Estaba muerta. ¿Por qué sus dueños no buscaron un sitio donde sepultarla?

¿Desconocemos que el perro nos quiere, que siente tanto el amor como la indiferencia? Son abusos igualmente las peleas de gallos, de perros; el uso de caballos para el transporte o el trabajo sin proporcionarles el aseo, descanso y alimentación adecuadas; los golpes a canes o gatos; en general, el abandono y maltrato a cualquier mascota.

No conozco ningún cuerpo legal que castigue estas inhumanas actuaciones en nuestro territorio; tampoco siento la repulsa generalizada ante los maltratadores, y este no es para nada un asunto de segundo orden.

Todo lo justo y bueno que nos hace una sociedad perfectible pero muy humana, debe reflejarse en la protección animal.

Ojalá a Ugly no se le acabe nunca la buena suerte; y más perros tengan la dicha de Shakira, la perra sata que recogimos hace mucho años cuando era solo un cachorro asustado y lleno de pulgas, y que hoy envejece en casa.

Punto…y seguido

“Gracias a la vida que me ha dado tanto/
Me dio el corazón que agita su marco/
Cuando miro el fruto del cerebro humano, /
Cuando miro al bueno tan lejos del malo…” (Gracias a la vida. Violeta Parra)

Ella no celebraba fines de año. No había cenas, arbolitos, regalos o deseos. No tenía derecho a esos lujos, tampoco sus doce hermanos, huérfanos de madre, carentes de juguetes.

El campo de sus primeros años era desolador, pero la ciudad no trajo otras esperanzas. Sobre una caja la encaramaban para que alcanzara el fogón en su primer trabajo. Como criada y niña la humillaron; solo algunas veces los dueños de la casa le daban un obsequio en vísperas del nuevo año: algo práctico, tal vez medias, nunca una muñeca.

Aun así, no dejó que le apagaran su entereza. Se sacudió los prejuicios; en la calle señaló la dirección contraria a los soldados que le preguntaban por dónde había huido aquel muchacho “revoltoso; y, cuando triunfó la Revolución, sacó el sexto grado en una escuela nocturna, con mi mamá soñolienta sobre un pupitre.

Por eso fue tan importante aquel primer arbolito, repleto de algodón para simular la nieve; no porque creyera en la Navidad, sino porque podía celebrar los meses que se aproximaban y las oportunidades que junto a su familia tendría. Se había graduado de Corte y Costura, ya no temía a la muerte de causa desconocida, ni al vencimiento del alquiler o los caprichos de la dictadura. Era alguien, no una más en la multitud informe de hombres y mujeres sin sueños.

Mi abuela Andrea no me vio entrar en la Universidad, ni graduarme, tampoco leyó ninguno de mis trabajos periodísticos. Murió antes. Sin embargo, la recuerdo siempre que un año se extingue, su vida me compulsa a agradecer cuanto tengo y a no “colgar los guantes” en el empeño de hacer por mi tierra con un arma tan endeble como poderosa: la palabra.

Cuando en el mundo actual la cultura de masas nos invita a enajenarnos, a conformarnos con las novelas, los videojuegos, los reality show; a no estresarnos porque a fin de cuentas la vida sigue igual; y a soñar siempre con lo próximo que debemos tener para ser; yo pienso en esa mujer humilde y completa, y en cuánto transformó su destino el proyecto de una Patria digna, soberana e independiente.

No podemos los cubanos dejar que conceptos como ese se vacíen de significado; o que nos vendan como metas el falso paraíso de la Cuba de los años 50, y el capitalismo del Primer Mundo, que jamás será el nuestro.

Quedan prácticas por desterrar: la desidia, la falta de ejemplaridad, las ineficiencias productivas, la escasez de iniciativas creadoras desde la base, el discurso vacío. Que debemos cambiar, es cierto; mas, siempre sobre una línea martiana y fidelista, comprometida con la tradición histórica y los principios. Nada parecido al “cambio” que hoy venden en América Latina y que amenaza con la muerte a las izquierdas.

Trabajar por una sociedad cada vez más justa, equitativa y con bienestar, es también hacerlo por los destinos individuales, y los de nuestros hijos. No imagino una Cuba sin seguridad en sus calles, sin los servicios gratuitos de salud y educación, o donde no se hable del traje negro y triste de Martí, los ojos de Abel, la boina del Che, las flores de Celia.

Como todos, este fin de año debe ser espacio para reflexionar en las búsquedas y compromisos personales, que tanto se relacionan con los destinos del país. Alegres, patriotas, cubanos, el 2016 -que se avecina complejo en el panorama mundial- precisará de cada uno lo mejor: ímpetu, trabajo, combatividad, crítica, amor.

Pongamos punto a lo mal hecho, y sigamos este primero de enero con todo lo rebelde, apasionado, verdadero, radical y hermoso que se comenzó a construir en esta Isla hace 57 años. Como Violeta, digamos: “Gracias a la vida que me ha dado tanto/ Me ha dado la risa y me ha dado el llanto, / Así yo distingo dicha de quebranto/ Los dos materiales que forman mi canto/ Y el canto de ustedes que es el mismo canto/ Y el canto de todos que es mi propio canto”.

De los recorridos

Nace Cub@enlalupa como un espacio en este blog para hablar de temas acuciantes de la sociedad cubana. Son las premisas el sentir revolucionario y la verdad. Como siempre, está abierto el debate.

Diciembre casi llega a sus últimos días, y nos damos cuenta de que el 2015 se nos escurrió entre las manos. Entonces, es tiempo de hacer balance, y luego proyectar: decidir cuáles serán las metas para el próximo año y qué lastres dejaremos detrás. Solo así se puede avanzar.

Los recorridos debieran estar en ese apartado de las prácticas desterradas. Diciembre resulta pródigo en un método que casi deviene forma de dirigir –y se reitera todo el año- pero resulta poco eficiente y provechoso.

A lo largo del país, dirigentes de diversas esferas se los trazan como estrategia para arribar a centros productivos, educacionales o de salud, constatar el estado de las cosas y compartir con los trabajadores.

En primer lugar, tal proceder en fechas de connotación festiva como el 24 o 31 de diciembre, aunque no sean feriadas, supone una movilización de recursos materiales y humanos tanto de quienes visitan, como de los visitados, sin resultados palpables. Si controlar y orientar es facultad y deber de los directivos y tienen todo el año, ¿qué objetivo persigue hacerlo en momentos de celebración?

En segundo lugar, y quizá sea lo esencial, vale preguntarse ¿cuánto de la realidad puede aprehenderse en un recorrido, que por su propia naturaleza es poco profundo y además, avisado? Lo que se verá allí, en cuanto a limpieza, organización o servicios, ¿será lo cotidiano, o en todo caso un “teatro”- como escuché decir a una colega- montado para terminar o empezar el año con resultados satisfactorios, y escapar del trago amargo?

“Guerra avisada, no mata soldado”, dice el refrán. Creo que el soldado de la ineficiencia nunca es asesinado por esas guerras a base de visitas relámpago y anunciadas.

Recuerdo siempre el regaño de una profesora en mis años universitarios; furiosa arremetió contra nosotros, los estudiantes; habíamos revelado a una visita “del nivel central” los problemas que enfrentábamos a diario, como la carencia de bibliografía actualizada. Su conclusión “magistral” fue que: “los tibores sucios no se sacan delante de las visitas” y “seguro que ustedes limpian y recogen sus casas antes de que venga alguien”.

Ella estaba asustada, sabía que trabajaba mal, y no quería que nadie se lo señalara. Lamentablemente, su filosofía permanece, como si pudiera compararse el funcionamiento de una institución, municipio o provincia, con la administración de un hogar.

¡Qué diferente serían las cosas, si el que dirige llegara sin anuncios previos! Imaginen cuántos malos procederes detectaría; y, aunque el centro analizado fuera modelo, se llevaría el mejor sabor, el de la autenticidad, y no el de carteles, documentos, vestimenta, horarios para la visita.

Más que frecuente son las frases: “hoy todo el mundo quieto en base que la visita va a pasar por aquí”; “hoy no puedo irme temprano porque viene la visita”, “eh, y ¿aquí qué pasa que todo está tan ordenado?, seguro viene visita”. “¿Está bueno el almuerzo”, hay visita”. Y qué decir de esa otra tristemente célebre: “todo el mundo a ponerse las pilas, que la semana próxima hay visita sorpresa”.

El contacto con las masas trabajadoras no puede reservarse a fechas señaladas; por el contrario, debe ser, además de cosa de todos los días, espontáneo. Por más que el dirigente quiera auscultar la verdad en un recorrido, prevalecerá una muestra del deber ser y no del ser.

Cierto, hay problemas que no se ocultan ni con el más esmerado maquillaje, pero a veces otros se quedan bajo el tapete, donde la suegra no ve; quizá porque ante el numeroso grupo que integra el recorrido, el obrero honesto y trabajador no se atreve a hablar claro de sus dificultades; y ve con pena cómo el resumen preparado al efecto por su jefe se separa de la realidad. No sobran los valientes dispuestos a levantar la mano y contradecir.

Entiéndase que no hablo de los normales encuentros de trabajo o los chequeos, evidentemente necesarios, si no de esos otros eventos que tienen más de ceremonia pautada y tradicional, que de ejercicio de control.

El recorrido ya resulta tradición; tal vez sus protagonistas ni siquiera se hayan detenido a valorar cuánto aporta o no al avance de su gestión. Que se haya hecho siempre no significa que esté bien, y lo más triste es que los medios de prensa le seguimos dando cobertura; y los periodistas con sentido del deber nos devanamos los sesos para sacar una información más allá del recorrido, que no es, en sí mismo, noticiable.

Es revolucionario cambiar las formas de hacer, sobre todo si las imperantes poco aportan. Vale repensar el recorrido y valorar su pertinencia cuando se pide más proactividad, ahorro y dinamismo en los procesos.