Cuestiones divinas

fuga-de-cerebrosImagínese que usted está de vacaciones y ha alcanzado la paz mental que ese estado conlleva. Imagínese que va de visita a uno de los lugares más hermosos de su país, de Cuba (la bella), uno de esos sitios naturales que llenan el pecho de orgullo patrio, el de verdad; y repleta la cámara de imágenes inigualables, y la mente de metáforas frescas para utilizar en el futuro próximo.

Imagínese, una vez más, que ya va de regreso en el ómnibus (una Girón, pero no importa, porque está pletórica, sanamente cansada y de vacaciones) .  Y entonces el chofer recuerda que tiene música y bocinas, y que sus decibeles llegan a confines insospechados.

Usted se molesta, claro está, pero respira: (¿qué sería de nosotros, pobres mortales, si perdiéramos los estribos ante cada reguetón carente de hondura y sentido común?)

Justo cuando se ha enajenado de la materia musical circundante, un estribillo la asalta, la enerva, la maltrata, la golpea, le produce un súbito y tremendo ataque de alipori —verguenza ajena—, la hace dudar de la humanidad y hasta del amor al prójimo.

Parafraseo, para que usted se imagine mejor, pero antes tenga en cuenta que una familia entera (abuela, papá, mamá, nené, tío, tía y primos) corea a toda voz dentro del vehículo algo así:

Él le dice que él es su asesino, pero reconoce que ella es su asesina, porqué él tiene el palón divino, y ella la tota divina.

Sí, así mismo, no se asombre, y no crea que me es fácil escribirlo.

Imagínese la estupefacción, identifíquese con esta doliente, que no puede imaginar como ese ser (que no cantante) cuyo nombre no quiero saber ni repetir, puede idear algo así y propagarlo, y como otros pueden disfrutarlo, cantarlo, enseñarlo a sus niños…

A lo mejor cree usted que exagero. ¿Será?

 

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¿La cultura del bafle?

Disfrutar de la buena música tiene mucho de rito. Unos prefieren hacerlo en soledad; otros, acompañados de la pareja o de amigos. Cerrar los ojos, dejar fluir la imaginación o comentar por lo bajo tal o cual frase convierten ese momento en una comunión con la espiritualidad propia.

También se encuentran los espacios para bailar y aunque allí el volumen suele superar el necesario, la mayoría lo perdona en aras de pasar un buen rato y «mover el esqueleto». Mientras no se torture a los vecinos —como también sucede— no hay nada que objetar.

Sin embargo, más allá de las discotecas sin insonorizar o de quienes se empeñan en imponer sus gustos musicales al barrio, crece una tendencia que apunta a poner la música alta en los espacios públicos porque sí, porque es sinónimo de actividad, de fiesta, de «aquí está pasando algo».

Así se inscribe el caso de un museo municipal que ofrecería un evento relacionado con la historia a las diez de la mañana, y desde las ocho sacó un par de bafles a la calle «para que la gente se embullara».

En vez de un clima grato, se generó incomodidad. Los invitados debían hablar a gritos y los artistas convidados apenas podían ensayar; pero el técnico de audio no se sintió aludido, él creía su labor impecable, exitosa, y sus jefes parecían concordar.

Esa es la cultura del bafle: «¿hace falta animar un acontecimiento de cualquier índole?, pues pongamos el equipo a todo dar». Ningún género resulta agradable si agrede los tímpanos, pero no son la trova, la rumba y ni siquiera la popular bailable las más favorecidas en estos casos. Por el contrario, el reguetón más crudo y plagado de antivalores parece ganar la pelea.

De tal forma se vulnera la política cultural cubana y se revela una falta total de sensibilidad artística y entendimiento del disfrute estético. Es inconcebible que incluso en instituciones del sector de la cultura se opte por la música ensordecedora como vía para asegurar el esparcimiento.

Solucionarlo no exige solo decretos o leyes. La decisión de qué temas poner y a qué volumen debe recaer en personas preparadas, con un sentido aguzado del arte y sin enfoques reduccionistas referentes a la recreación.

En una sociedad como la que aspiramos a construir, divertir a los otros también debe implicar educarlos, generar consensos sobre la base de excluir el mal gusto, la chabacanería, las expresiones discriminatorias, misóginas y sexistas.

Que alguien sepa manejar un equipo de audio no lo califica automáticamente para dictaminar qué se pone o no; cabe entonces preguntarse si a esos técnicos, la mayoría muy jóvenes, se les da la oportunidad de superarse, u otras atenciones que hagan menos fugaz su paso por esa labor.

La batalla por la cultura es quizá de las más fuertes que a la nación le toca librar; la música no puede ser nunca vehículo para enajenar y sí para enaltecer. Constituye prioridad evitar que el consumo de arte devenga contaminación acústica, más en un país con una tradición musical tan rica como Cuba.

http://www.juventudrebelde.cu/opinion/2016-11-15/la-cultura-del-bafle/

Centro Coral: El viacrucis de una casa

El deterioro constructivo de la institución no solo la ha sumido en un virtual anonimato, sino también lesionado una parte esencial del patrimonio intangible en Matanzas

“Las condiciones deplorables atentan contra la preparación. La voz sufre”, afirma Líber Lora.
“Las condiciones deplorables atentan contra la preparación. La voz sufre”, afirma Líber Lora.

Muchos jóvenes, y algunos no tanto, desconocen que en la calle de Medio -frente a la tienda La Reina y a la izquierda de la miniplanta de helado- se encuentra el Centro Coral. Hace ya varios años que los niños y adolescentes no acuden allí a aprender del canto, ni los amantes de la música asisten a algún memorable concierto.

Difícil se torna imaginar que tras esa puerta ensaya el prestigioso Coro de Cámara de Matanzas (CCM), negado a abandonar su sede en las aguas de la desidia; porque como bien cuenta su director, el maestro José Antonio Méndez Valencia, “todo empezó con un pequeño hueco que se fue haciendo grande”.

Y LA ABERTURA CRECIÓ          

En 2008, el Coro partió a Venezuela como parte de la Misión Cultura. Durante su estancia, dos ciclones azotaron la Isla. El último levantó por una esquina la manta que recubría el techo y dejó un resquicio por el que penetraba la lluvia.

“Mi esposa me contó por teléfono lo que pasaba, y yo se lo comuniqué a la entonces directora provincial de Cultura; quien contestó que para cuando regresáramos estaría resuelto. Nunca se arregló”, relata Méndez. Así inició lo que él califica como un viacrucis, porque la abertura creció y los estragos de la humedad sobre paredes, carpintería, vitrales y muebles, también.

El techo de la parte posterior de la casa aún no se ha cambiado y las filtraciones afectan la estructura.
El techo de la parte posterior de la casa aún no se ha cambiado y las filtraciones afectan la estructura.

Alrededor del 2010, una brigada de la Empresa Provincial de Mantenimiento y Construcción del Poder Popular intervino en el edificio. “No llegaron a feliz término, decían que el Centro de la Música no pagaba.

“En 2015, cuando se dedicó el Festival Cubadisco a la música coral, hablé con Orlando Vistel, presidente del Instituto Cubano de la Música, entonces se destinó dinero a la reparación y contratamos a una brigada de cuentapropistas”. Luego de problemas con la moneda de pago, lograron que se cambiara la cubierta de la parte delantera de la casa.

En la actualidad, aguardan por capital para culminar las labores; una espera matizada por encuentros con la Uneac, representantes gubernamentales, y promesas de chequeos al avance de la obra que nunca tienen lugar.

LA CASA DE LOS COROS

En la edificación radicó el Conservatorio de Música Señoritas Cóndor Ruiz de La Torre, cuya familia la donó al gobierno, y este, a su vez, se la otorgó a la Dirección de Aficionados de Cultura en la segunda mitad de la década de los 80, con el fin de establecer el Centro Coral para Niños.

El objetivo no era convertir a los infantes en músicos sino que pudieran cantar. “Venían dos veces a la semana, llegaron a ser alrededor de 300. Así se consolidó un movimiento del que surgieron el Encuentro Provincial de Coros, el Seminario Nacional para Instructores de Arte, discos, documentales; y la misma experiencia de enseñanza se extendió a las municipios. Como para entonces yo dirigía el Coro Profesional, también vino para aquí”, relata Méndez.

De tal forma, aquella comenzó a conocerse como la casa de los coros. Allí tuvieron su espacio las cantorías infantiles, coros aficionados de centros de estudio e, incluso, la Cátedra de Canto y Dirección Coral de la Escuela de Nivel Medio de Música.

Líber Lora Carballo, quien se inició en el Coro del Pedagógico y hoy integra el CCM, recuerda lo hermoso y confortable de la institución. “Había una sala de conciertos bien conformada, y presentaciones todas las semanas”.

Tal labor menguó debido al detrimento del inmueble. “No podemos traer a ningún niño porque cualquier perjuicio sería responsabilidad nuestra. Las cantorías buscaron espacios alternativos y la mayoría ha desaparecido”, afirma Reynaldo Montalvo Carreras, integrante de la agrupación coral.

foto-3No obstante, aunque en determinados momentos ensayó en locales ajenos, el Coro se mantiene en el lugar y ha trabajado bajo el influjo de la lluvia, el viento y la pobre iluminación, dispuesto a defender su sede.

Montalvo comenta que en tales condiciones tragan polvo y su colega José Miguel Alfonso Campos habla del calor, el peligro y de cómo las paredes vibran con el sonido. Aunque reafirman la incidencia negativa sobre el rendimiento y la motivación, coinciden en que ello no les ha impedido participar en eventos e intercambiar con otros coros.

Diosdado González Granda, uno de los miembros de mayor experiencia, opina que ahora resulta muy difícil encontrar un cantor. Y en realidad, la falta de un relevo que se forme desde la infancia se halla entre los saldos negativos. “La sala White no funcionó por muchos años, el Teatro Sauto continúa cerrado, no teníamos donde presentarnos y el público se perdió”, añade José Miguel.

La música coral constituye una faceta del patrimonio intangible de la provincia; y varias generaciones de matanceros solo han disfrutado de un escaso contacto con ella. Este Centro no merece el destino de las reparaciones indefinidas. Ojalá su esplendor y vitalidad regresen pronto.

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Disentir también vale

¿Para qué dices esas cosas si al final nada cambiará? Afloja. La vida siempre ha sido la misma. Solo conseguirás ‘marcarte’ y los otros continuarán su camino frescos como lechugas.

Más de una vez me lo han dicho, incluso personas que estimo. Yo siempre contesto que cuando creo que algo está mal tengo que decirlo o escribirlo porque si no ‘reviento’ de la impotencia; que si siguiera tal lógica no tendría este trabajo ni viviera en este país; y que asentir sin concordar me parece el más ignominioso de los crímenes.

Por supuesto que tal postura conlleva complicaciones, imagino lo mismo en Cuba que en Transilvania. Hay personas a quienes les incomodan los que critican, los que dicen aquello que los otros no quieren escuchar, los que se alejan de las versiones complacientes.

En este archipiélago, si bien un proceso revolucionario de más de cinco décadas pone en primer plano la participación popular como esencia, interpretaciones erradas validaron durante muchos años la idea de que había que estar de acuerdo siempre, porque lo contrario contribuía a la fragmentación y al debilitamiento de las estructuras.

Junto a ello creció la costumbre de someter casi todo a votaciones a mano alzada, puramente formales, desde el orden del día de una reunión hasta la ubicación laboral de un grupo de graduados universitarios (aunque alguno no esté contento con lo que le tocó y el resto lo sepa).

Los votos en contra y las abstenciones devinieron rara avis. En una suerte de actuar mecánico e irresponsable hay quien levanta la mano en el barrio o el centro de trabajo sin haberse leído el documento, conocer a la persona que se propone, o coincidir en la decisión que se establece.

En algunos casos, salen enfurruñados, comentando con el de al lado lo que pudo decir en el momento y se calló; en otros -los peores- ni les importa: ya la apatía se les instaló dentro.

Pero disentir también vale, y no conduce a la desunión, sino a  la confrontación sana. Solo de las contradicciones, y eso lo sabe bien quien le prestó un poquito de atención a la teoría marxista, nace el desarrollo.

Si la cultura del debate –y que a nadie le quepa duda de que constituye una cultura- estuviera más acendrada en la nación, en sus espacios de socialización, en los medios de prensa, e incluso en las instancias gubernamentales, muchos problemas podrían solucionarse a tiempo. Sin embargo, la mayoría de las veces quedan como cuerpo para autopsias, y entonces de nada sirve afirmar: yo siempre lo supe.

Sé que muchos que presumen de pragmáticos, a esta altura del comentario podrían cuestionarme: todo eso parece muy lindo, pero si digo lo que creo en un momento que se considere inoportuno puede ocurrir que hagan caso omiso de mi opinión; el jefe me mire con mala cara y después me ‘ponga el pie arriba’; o me den fama de incómodo.

Y sí, pero también puede que quienes no habían notado la deficiencia abran los ojos; o los demás reconozcan en su reflexión sus propias insatisfacciones; y siempre quedará la buena conciencia del revolucionario: haber hecho lo correcto.

La dirección del país llama al pueblo a buscarse problemas, a exterminar el dañino falso consenso. Para lograrlo nos falta un trecho y ahí entra el sacrosanto cambio de mentalidad.

Quien ocupe una responsabilidad cualquiera debe prepararse no solo para que cuestionen su gestión, sino además para sacar de esos cuestionamientos las mejores experiencias. Si, por el contrario, asume la crítica como una ofensa y la emprende contra la persona, ya está suspenso.

Del mismo modo, todos debemos interiorizar que el resto no siempre coincidirá con nuestra forma de entender los procesos y eso no es malo, al contrario. Además, ejercer el criterio constituye un derecho inalienable. Solo construiremos una nación superior si naturalizamos las confrontaciones y entendemos que la unidad nace de una construcción conjunta; y esta, sin debate real, resulta imposible.