Hombre cotidiano en las alturas

Creímos que subir la Loma del Pan iba a ser cosa fácil. Ya una vez un aguacero inoportuno había frustrado la expedición, y por eso sobraba el entusiasmo y la voluntad: nada en el mundo impediría que aquella tarde conquistáramos la mayor elevación de Matanzas y viéramos toda la ciudad y sus paisajes a nuestros pies.

No calculamos el sedentarismo periodístico, los años de más de algunos, las libras sobrantes de otros, los pulmones de algún fumador empedernido. La mayoría, primeriza en la aventura, nada sabía de la empinada carretera que corta el aliento, arranca el sudor y afloja las piernas.

Como “subir lomas hermana hombres” (y mujeres) nos reímos de nosotros mismos, hicimos paradas no recomendables, valoramos acampar a mitad del camino, compartimos el poco ánimo sobrante; y, cuando ya faltaba la fe, llegamos al punto más alto.

Nos hinchamos los pulmones de aire limpio, la brisa del atardecer comenzó a secarnos la ropa, pero primero no vimos el paisaje, ni el sol languideciendo, sino a Martí.

En un fragmento de pared, Salomón -el artista de la plástica- dejó un Apóstol, y nos conmovió encontrarnos con aquel rostro tantas veces recreado, aunque bien definido en el pensamiento de quienes hemos aprendido a amarlo sin convertirlo en ser perfecto o supraterrenal.

Si un pequeño grupo de reporteros insistía en el simbólico acto de conquistar una loma, era en buena medida por el amor al oficio y la Patria heredado de aquel hombre enjuto y brillante, que no se amilanaba ante las debilidades de su físico, ni las ingratitudes del ejercicio de la palabra.

El Maestro para nosotros, el héroe cotidiano; nunca de mármol, nunca idealizado. Allí, en las alturas, sé que más de uno le dedicó en silencio el compromiso de ser, como él, irreverente y revolucionario en tiempos convulsos; y derrotar siempre la subida más difícil, la de la conformidad.

Al otro día, antes de volver a casa, luego de una noche de estrellas y fogatas, no le dijimos adiós. Él, el Martí nuestro, siempre nos acompaña, y lo hará mientras haya Cuba y alguien que palpite al llamarse cubano.

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El odio que apagó una vida

Estabas aún en el vientre de tu madre y de alegría lloré… Cuando la bomba asesina apagó tu joven vida no tengo más lágrimas para llorar”. A Fabio: mi hijo. Giustino Di Celmo

Yo solo tenía seis años; por eso no recuerdo con precisión los sucesos de aquel jueves. Aún era muy pequeña para entender de noticias, y mucho menos de odios.

Ese mediodía seguro mamá me llevaba de la mano y hacíamos el recorrido habitual entre la escuela y la casa para disfrutar del almuerzo. Imposible precisar sobre qué discurría mi elocuencia infantil en el mismo segundo en que una bomba te arrancó la vida.

Tal vez en la noche me hablaron de ti en casa, o al otro día en la escuela. Sin embargo, las nociones que tengo de quién fuiste no son cosa de un día, se han forjado de a poco, con el paso de los años, hasta hacerte tan cercano como los héroes y mártires que la historia me enseñó a amar.

Te llamabas Fabio Di Celmo, tenías 32 años y una hermosa sonrisa. Como todas las víctimas del terrorismo eras inocente. Los asesinos no te conocían, no planeaban que murieras tú, podía ser cualquiera. Solo importaba sembrar el miedo. Tu fin no les quitó el sueño.

EL PEQUEÑO FABIO

Los hermanos menores siempre son pequeños a los ojos de la familia, sin importar que crezcan y se hagan hombres o mujeres independientes. Como Fabio era el menor de los tres hijos de Ora y Giustino, todos le reservaban un cariño especial, protector. Había nacido en Génova, Italia, el 1ro de junio de 1965, dentro de un hogar acomodado; no obstante, sus padres le propiciaron una educación austera.

Así creció Fabio. Leía mucho, aprendía a hablar francés e inglés y prefería la Geografía y la Historia. El fútbol le corría por las venas, desde los siete años perseguía la pelota y lo hacía bien. Llegado el momento, dio la espalda a una carrera futbolística profesional. Le parecía un mundo cruel, y para él ese deporte no podía ser más que refugio.

Preservó la mayoría de los amigos de la escuela; cautivaba por conversador, sencillo, ajeno a extravagancias y lujos fútiles. Siguió los pasos del padre como empresario, y muchas veces trabajaba a pie de obra con los obreros. Le satisfacía palpar con sus manos la labor.

No es de extrañar entonces que Cuba lo conquistara. Sabía del bloqueo y de la historia de resistencia de la Isla. La naturalidad y heroicidad de su gente terminarían por enamorarlo  cuando en 1992 llegó con Giustino a La Habana. Fabio representaba a una firma de exportación e importación radicada en República Checa y proyectaba establecer una sucursal en la capital cubana.

EL MUCHACHO DEL COPACABANA

En una de sus primeras visitas, su auto se averió en medio de La Habana Vieja. Trató de arreglarlo y no pudo. Los vecinos de los alrededores se reunieron. Cada uno daba su opinión sobre cómo solucionar la rotura, hasta que uno dio con la respuesta y Fabio pudo continuar. Eufórico contó la historia al padre, pocos países se asemejaban tanto a su carácter.

Cada dos meses viajaba a Cuba. En el hotel Copacabana todos lo querían, había trabado confianza con cada trabajador y con algunos construido una fuerte amistad. Debatía sobre la realidad del país, estudiaba los discursos de Fidel y hasta había logrado que lo llevaran al Cotorro a jugar un partido de fútbol; soñaba con traer a los miembros de su equipo, el Sciarborasca. Conversaba sobre su deseo de radicarse aquí, como un cubano más, tarjeta de abastecimiento incluida.

Los hechos del 4 de septiembre de 1997 acontecieron con la rapidez y frialdad de lo trágico: canceló una cita de negocios a la que no lograría llegar a tiempo. Desde la habitación, llamó a sus amigos Enrico y Francesca para encontrarse en el lobby bar y decidir dónde almorzarían. La pareja celebraba su luna de miel en la Isla por recomendación de Fabio y esa tarde volverían a Italia.

El salvadoreño Raúl Ernesto Cruz León también estaba en el Copacabana. En el baño armó una bomba –por cada una que colocara en un centro turístico cubano cobraría 4 500 dólares- y la dejó dentro de un cenicero del lobby.

El artefacto pudo explotar sin dejar víctimas fatales, como los otros que ese día dejó en el hotel Tritón, el Chateau Miramar y La bodeguita del Medio, pero una esquirla de metal le seccionó la yugular a Fabio y se desangró.

En el cementerio de Arenzano, Génova, su tumba reza: “El 4 de septiembre de 1997, una bomba asesina de un mercenario salvadoreño apagó la vida del joven Fabio Di Celmo”. Primero se leía “bomba americana asesina” y las autoridades italianas exigieron suprimir el gentilicio.

Giustino, marcado por el dolor inmenso de perder un hijo, juró morir él también en Cuba y lo cumplió. Batalló de forma tenaz contra el terrorismo y exigió condena para los que pagaron a Cruz León y, a diferencia de este, nunca fueron enjuiciados.

Luis Posada Carriles, quien ideó la escalada de 1997 contra el turismo cubano y aún vive libre, dijo a un reportero: “Es triste que alguien haya muerto, ese italiano estaba en un lugar y momento equivocado, pero yo duermo como un bebé”.

Y yo pienso en ti, Fabio, y en la expresión de tu rostro, esperanzada, llena de futuro, cuando un presidente de Estados Unidos pisa suelo cubano por vez primera luego del triunfo  revolucionario y, además de no pedir perdón, nos convida a olvidar. ¿Cómo olvidarte? ¿Cómo olvidar el odio sin castigo, ese que te apagó?

Hay locuras que son poesía

“Las tinieblas del revés jamás apagaron la certidumbre de victoria”. Faustino Pérez

Foto (4)

  1. Abril, 9. 7:30 am

–Muchacho, quítate esos audífonos. Vas a terminar sobre el parabrisas de un carro.

–Yo bajo el volumen, mami, no te preocupes.

En la puerta, Ernesto da un beso distraído a su mamá. Busca en el reproductor una canción para iniciar el día. Mientras la música lo inunda, repasa mentalmente los contenidos para el examen de Historia. Camina junto al muro del preuniversitario y se detiene, por primera vez, frente a la tarja que ha rebasado tantas veces.

Lee: “Juan Ripoll  García. Julio Ruffin Hoyos. José Pérez Vidal. Combatientes heroicos asesinados en la gesta revolucionaria del 9 de abril de 1958. El pueblo eternamente los recuerda”.

Busca en su memoria: matanceros humildes y miembros del Movimiento 26 de julio,  aquel día tenían la misión de protagonizar sabotajes en la zona industrial. De regreso, fueron perseguidos por los esbirros de Batista y alcanzados en esa misma esquina, muy cerca del entonces Instituto de Segunda Enseñanza. Allí los masacraron.Leer más »

Cuando la inocencia se manchó de sangre

Asesinato de los niños Fermín y Yolanda
Asesinato de los niños Fermín y Yolanda

El corte de caña agota, pero Fermín ni lo siente. Le gusta ayudar al padre, pero tiene otros sueños metidos en la cabeza. Esa noche no se aguanta y le dice a su mamá: “Me sé todos los problemas que pone la maestra.El año que viene voy a empezar en una escuela de milicias, ya estoy bastante grande”.

Nicolasa sonríe condescendiente, casi no puede creer que sus niños crecieran tanto. Fermín la asombra, solo tiene 13 años pero anda loco de admiración por Camilo Cienfuegos y dice que será como él. Yolanda no se queda atrás, dos años menor, quiere ser maestra y practica con cualquiera que se le cruce delante.

Cierto, viven en un bohío muy modesto, en la apartada finca La Candelaria en Bolondrón, Matanzas; pero son una familia feliz. Las oportunidades que crecen para los cinco hijos alegran la vida. Es el 24 de enero de 1963.Leer más »

Mi Che

cheMás de una vez me he visto tentada a rezarle a San Ernesto de La Higuera. Cuando se me atraviesa la gente gris, esa que lo ve todo malo pero no mueve un dedo por cambiar nada; cuando veo que las injusticias pasan “desapercibidas”, entonces siento el impulso de invocar a San Ernesto, de pedirle orientaciones, al menos palabras que me conforten.

Desisto pronto, sé que el Che hecho santo no es el Che mío, el que me corre por la sangre, aquel cuyo ejemplo juré seguir de pequeña, y no sé otros, pero yo juré en serio. Verlo como santo implica cierta orientación hacia el conformismo, aceptar lo malo y sufrir con resignación; y nadie ha ido más lejos por cambiar el orden terrenal, sin pararse a esperar bondades celestiales, que Ernesto Guevara de La Serna.Leer más »

Cuando abril se enjugó el llanto

Dice el trovador que “con muerte todas las cosas ciertas /grabaron una puerta en el centro de abril/ con patria se ha dibujado el nombre/del alma de los hombres que no van a morir” (Preludio de Girón, Silvio Rodríguez). Tal espíritu debió inundar a los hombres y mujeres que, sin saberse haciendo historia, se reunieron en 23 y 12, frente al cementerio de Colón de ciudad de La Habana, el 16 de abril de 1961.

“Esta es la Revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes. Y por esta Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, estamos dispuestos a dar la vida”, afirmó Fidel
“Esta es la Revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes. Y por esta Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, estamos dispuestos a dar la vida”, afirmó Fidel

Esperaban ellos escuchar a su líder, Fidel Castro. El día antes aviones procedentes del extranjero, portando la insignia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, habían bombardeado la base aérea de San Antonio de los Baños y los aeropuertos de Ciudad Libertad y Santiago de Cuba. Siete cubanos perdieron la vida, entre ellos el joven artillero Eduardo García Delgado, quien herido y ante la inminencia de la muerte escribió con su sangre: Fidel.Leer más »

Cultura cubana vs. bloqueo

ballet-nacional-cuba3Una pelea entre la espiritualidad y la saña, así puede definirse el enfrentamiento entre la cultura cubana y el bloqueo económico, comercial y financiero que el gobierno de Estados Unidos mantiene, por más de 50 años, contra Cuba. Si bien todas las esferas del desarrollo de la Isla resultan afectadas es curioso como hasta el intercambio de tipo cultural se considera peligroso y dañino para los intereses imperiales.Leer más »

Ese muchacho de sombrero grande

imagesEn blanco y negro las fotografías nos devuelven una sonrisa, siempre limpia, viva. Así es él para nosotros, los que no lo conocimos, los que escuchamos su voz, potente y varonil, solo en grabaciones. Es el hombre de al lado, con quien nos imaginamos conversando sin inhibiciones; el muchacho franco, presto siempre a la broma, encarnación de la idiosincrasia del cubano. Ese es nuestro Camilo.Leer más »